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Sobre el subrayado

Jueves, marzo 4, 2010

El cine es para tontos. Esa es una frase que he escuchado y leído decir en repetidas ocasiones a Minchinela, Vigalondo e Hijo Tonto. Las observaciones que motivan sus afirmaciones son diferentes (y muy correctas), pero yo no puedo estar de acuerdo con esa idéntica conclusión a la que llegan a partir de ellas. Sin demasiado ánimo de polemizar, quisiera concentrarme en uno de sus argumentos. En concreto en lo que el último de ellos escribía en su última columna en Libro de Notas:

“El cine necesita de subrayados, necesita de información redundante para dar pie a la comprensión de un mensaje simplificado hasta el hartazgo y eso, para mi, es un problema.”

Y dentro de esta afirmación, la de que el cine necesita subrayados, me detendré en esos momentos en los que la cámara languidece mirando fijamente a un objeto que después tendrá cierta importancia para hacer avanzar la trama. Seguro que ustedes conocen innumerables ejemplos, pero yo tomaré uno con el que me encontré el otro día: La escopeta de Los vividores (Robert Altman, 1971).

McCabe, el personaje interpretado por Warren Beatty, está siendo asediado por unos pistoleros que quieren matarle y entra a esconderse en una iglesia. Cuando está a punto de tomar la escalera que sube hasta el campanario para así tener una mejor vista del pueblo, se da cuenta de que el escopetón que lleva a cuestas le estorba demasiado y lo deja en el suelo. Altman lo muestra con en un plano prolongado, zoom incluido, del brazo, la mano y el objeto. El equivalente literario de este plano de sería algo así como “McCabe dejó la escopeta junto a la escalera para poder subir mejor. Repito. Dejó la escopeta. Allí, junto a la escalera. Que quede claro. El sube pero la escopeta se queda ahí, quietecita. Igual no está cuando el vuelva, ¿eh?”. Y todo ello escrito con mayúsculas.

Este tipo de subrayado es el reverso de otra escopeta, “la escopeta de Chejov,” un tropo literario que argumenta que si el autor menciona o introduce un objeto en un momento (generalmente el inicio) de la narración, es necesario que éste sea utilizado o cobre significado más tarde. Esta apuesta chejoviana por la simplicidad se invierte en el cine y se transforma en un “si vas a utilizar un objeto, muéstralo bien”. Esta práctica se ha hecho tan frecuente, tan habitual, que su uso en la resolución dramática de los conflictos que vertebran la trama de gran parte del cine se ha hecho ya imperceptible. En Funny Games (1997), Michael Haneke juega a subvertir esta convención: Al comienzo del film, la cámara nos muestra un cuchillo. Más tarde, y por pura inercia, creeremos que ese objeto será la salvación de la madre de la familia cuando ésta vaya a sucumbir a manos de los dos inesperados psicópatas. Haneke finalmente se reirá de nosotros con una mueca burlona.

El austriaco sigue una de las posibles opciones frente al fenómeno del subrayado. Cachondearnos de las convenciones, exponerlas y mostrar cómo nos manipulan. Otra alternativa es empujar nuestro análisis un poco más allá ¿Por qué tiene el cine la necesidad de hacer algo así? ¿De tratarnos como tontos?

Creo que la respuesta se debe a la experiencia de ver cine aún se concibe como una experiencia autocontenida. Aún permanece en los modos cinematográficos la idea de que el espectador irá a ver la película, se apagarán las luces, la proyección tendrá lugar, las luces se encenderán de nuevo y ya está. Eso conduce a la simplificación. Y la simplificación al subrayado. La diferencia entre la escopeta altmaniana y la escopeta chejoviana es que una escopeta literaria puede recuperarse volviendo unas páginas atrás, y por tanto no necesita subrayarse. En el cine, entendido como suele entenderse, como experiencia totalizante, ese rebobinado no es posible. Antaño esa imposibilidad era física. Se debía a una falta de acceso. En los tiempos anteriores al video la casi única esperanza de ver una película que no fuera un estreno era aguardar un pase en alguna cadena pública. Y antes de la invención de la televisión, ni les cuento. Pero aún con la aparición del VHS y el videoclub, el conjunto de películas que solo podían verse de pura casualidad seguía siendo enorme. Todo eso hacía del visionado de un film una experiencia única y casi irrepetible por definición. En estos momentos, en lo que todo está disponible todo el tiempo, en el que el pasado y hasta el futuro del cine son un elongado presente, el problema no es una falta de acceso. Es una falta de atención o bien, visto desde la otra trinchera, un exceso de oferta. Es posible rebobinar. Es posible fijarse en esa escopeta, pero tal vez estemos más ocupados viendo el teaser del teaser de un futuro estreno. Por eso el subrayado y la redundancia perduran.

La coda a este proceso es la aparición de un cine que funciona por acumulación de detalles que son imposibles de captar en un solo visionado. Puede que por motivos artísticos, pero también porque están pensados para el mercado del DVD; es decir, para inducir a la compra. Se me ocurren por ejemplo la simultaneidad barroca de elementos en un mismo plano en La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), el detallismo anal de Fincher en Zodiac (2007) o las innumerables referencias a la cultura audiovisual de todo el siglo XX que aparecen en las pantallas detrás de Ozymandias en el Watchmen de Zack Snyder. Estos dos últimos en particular practican un tipo diferente de subrayado. Ese  en el que se quiere hacer patente un esfuerzo de producción monumental y una perfección técnica.

Particularmente, yo sé bien lo que prefiero. Ya lo he dicho por ahí alguna vez refiriéndome al cine de género. Si me dieran a elegir yo optaría por eso que se ha venido llamando cine minimalista o cine antinarrativo. Y con ello me refiero a algún Kiarostami, pero sobre todo en el Gus Van Sant de su tetralogía de la muerte –Gerry (2002), Elephant (2003), Last Days (2005) y Paranoid Park (2007). Y creo que su modelo es exportable a la literatura: Coger una historia, perfectamente sólida, muy sencilla tal vez, pero hilada y articulada, y despojarla gradualmente de sus accesorios, de la información que es simplemente expositiva, como si estuviéramos rajando un sofá de tapizado hortera, vaciándolo de su relleno, hasta dejarlo en muelles y madera, hasta hacerla incomprensible si es preciso, para así dejarle al espectador/lector vía libre, espacio para la imaginación. Para así dejar de tratarle como a un tonto.

7 comentarios leave one →
  1. Paulo permalink
    Viernes, marzo 5, 2010 5:33 am

    Excelente nota. Felicitaciones.

    Me gustaría saber que piensas de la forma en la que Hitchcock maneja y distribuye la información en sus películas teniendo cuenta lo que expones aquí.

  2. Viernes, marzo 5, 2010 6:14 am

    Me gustaría añadir algo respecto, pero reconozco que el artículo me tiene pensando desde ayer.

    Por lo de pronto, yo creo que conviene tener en cuenta que la literatura expone y construye en la mente del lector, mientras el cine dirige los estímulos visuales y auditivos del espectador, pero esos estímulos no nacen de él, de su comprensión, si no que vienen dados.

  3. Viernes, marzo 5, 2010 1:51 pm

    Hola Paulo, gracias por su comentario. Menciona usted a Hitchcock y pienso en el ramo de flores de Madeleine en “Vertigo” y no me parece muy sutil. Al mismo tiempo, el tipo era un maestro en el uso del McGuffin, que en cierto modo es una desactivacion implicita del subrayado. Enc ualquier caso, hay ejemplos miles de usos muy sutiles de objetos, no todo es tan crudo como lo expongo aqui. Le dejo un enlace a un excelente texto al respecto

    http://laescueladelosdomingos.blogspot.com/2009/12/un-yacimiento-de-espejos.html

    Henrique, creo que esta en lo cierto. Supongo que por una mera cuestion sensorial las imagenes son siempre mas directas y nos dejan menos espacio que la literatura, que nos induce mas a comprender que a percibir. Tal vez por eso el cine si que sea para tontos.

  4. Viernes, marzo 5, 2010 3:10 pm

    Muchas gracias por recomendar el texto de “la escuela de los domingos”. Me parecen muy interesantes tus reflexiones, creo que se trata de una de los temas cruciales respecto al, llamémosle, lenguaje cinematográfico y, también, sobre los problemas de la recepción de las películas -creo que ahí está la clave-, que tiene que ver, por un lado, con el uso de la memoria del espectador por parte del cineasta, pero también con la cultura fílmica del espectador. En fin, un asunto complejo y poliédrico. Sobre la cuestión de la literatura y el cine, creo (con Rohmer) que, más allá del asunto de las adaptaciones, no se trata de que las películas cuenten de otra manera (lo que cuentan las obras literarias de las que parten, pongamos por caso), sino que las películas cuentan otra cosa. Y ahí radica no sólo, que también, el problema de las adaptaciones, sino también el problema de poner en la pantalla un guión, por más que éste sea original. Nos seguimos leyendo.

  5. Sábado, marzo 6, 2010 12:23 am

    Genial aporte. Le leo desde hace poco pero ya veo que no me he equivocado haciéndolo.

    No puedo añadir ni una palabra más a su enfoque sobre el subrayado, aunque sí respecto al punto de partida que ha originado la entrada. El cine no es para tontos, el cine se hace para tontos, o por desgracia la mayoría de él. Actualmente y cada vez más toda sutileza que el cine clásico nos brindaba se deja de lado, ocupándose ese lugar por el excesivo subrayado. El cine no necesita de subrayados, lo necesita el público, que cada vez menos quiere pararse a reflexionar, a pensar en el significado de las pequeñas cosas, y cada vez más quiere salir de la sala de cine con el visionado ya masticadito para comentar aspectos banales y poder discutir sobre ellos con los acompañantes.

    Es imposible en el cine no hacer subrayados sobre determinados objetos, pues para darle importancia y evitar esto deberían no hacerle zoom, sino mostrar una vista global de una escena fija durante varios minutos y que nosotros nos fijásemos en todo. El equivelante a una descripción en un libro. Sin embargo lógicamente esto sería una absura locura, pero aún dentro de los subrayados se puede encontrar la sutileza. Todo depende de lo que se quiera crear, y lo más importante, para quién.

  6. Elisabeth Vogler permalink
    Jueves, abril 29, 2010 8:59 am

    Hace tiempo que quería dejarle un comentario sobre su artículo, ya que me interesa la reflexión que hace del subrayado y, en su opinión y en parte la mía, su uso para ponérselo fácil al espectador, partiendo de la base de que es “tonto”. Usted habla de cine minimalista citando a Gus Van Sant o Kiarostami y aquí emerge un tema interesante: el silencio como catalizador del relato en el cine y su peso dentro de la narración fílmica. No me quiero ir por otros derroteros, pero sí que considero que la afirmación “el cine es para tontos” no deja de ser generalizadora y admite las excepciones a la regla. Yo no me quedaría sólo en Kiarostami y Gus Van Sant primordialmente, tampoco en Haneke riéndose de nosotros al engañar al espectador en el subrayado (y soy muy fan de Haneke). Qué tal Bergman? Qué tal “Persona”, “Rostro”, “Frénetico”? Qué tal Lynch (que sinceramente algo mamó del Bergman de “Persona” para “Mullholland Drive” etc? Qué tal otros subrayadores como Polanski que utilizan el subrayado metafórico y no lo ponen tan fácil? Qué tal Kurosawa en, por ejemplo, Rashomon, que subraya la daga para luego poner en duda en la narración si fue el objeto que se utilizó para matar o no? Por no hablar de la multiplicidad de puntos de vista de la narración que utiliza en el mismo film para que el espectador no sea un mero tonto e hile su propia historia a partir de los elementos y puntos de vista presentados (yo veo mucho Faulkner de “El ruido y la furia” en esto pero ese es otro tema y no me quiero ir por la tangente)… Y seguiría nombrando. No me quedo con un par de títulos ni con un par de directores. Podría seguir nombrando a buenos narradores con subrayados diferentes y que esperan que su público no sea tan tonto aunque luego acaben incluso decepcionados con ciertas recepciones de sus films (este es otro tema interesante, el de la recepción y la interpretación del film o la obra de arte por parte del consumidor)
    Que la mayor parte del cine es para tontos? Sí, estoy de acuerdo. El cine es un entretenimiento, es joven en comparación con la literatura (con la cual no dejamos de compararlo para finalmente llegar a la conclusión de que jamás el cine llegará al nivel narrativo y descriptivo literario, vamos, que es un segundón). Yo soy más partidaria de separarlos y gozar de sus diferentes mecanismos narrativos, de disfrutar en cine justamente de esos subrayados -coincido en que si no son obvios y me lo ponen difícil mucho mejor-, de los sonidos diegéticos o no, de los planos fijos o travellings, del silencio, del ruido, de las miradas reveladoras, intrigantes, instigadoras, etc en primer plano de los actores, de las panorámicas que crean atmósfera, etc etc etc. El cine es para tontos? En general sí, en particular no. Es otra forma de entretenimiento popular, cada uno que escoja el subrayado que más le plazca.

    Gracias por el artículo. La reflexión sobre el tema me ha encantado.

    Un saludo

  7. Luisfer permalink
    Miércoles, septiembre 28, 2011 10:24 pm

    Qué maravilla de artículo.

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