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El futuro y los bancos

Miércoles, noviembre 7, 2012

Se ha estrenado en nuestras pantallas estos días Cosmópolis, la última película de David Cronenberg basada en la novela homónima de Don DeLillo, una película desconcertante e hipnótica, enigmática y fragmentada, que refleja perfectamente el zeitgeist apocalíptico que nos impregna (como decíamos ayer), este estado de confusión y desorientación en el que estamos sumidos y que el personaje interpretado por Juliette Binoche resumía muy bien con la frase “todo hoy es demasiado… contemporáneo”. Una película difícil que, como dice el Sr Ausente, más que verse se escala, a lo que contribuyen esos diálogos tan DeLillo en los que los personajes ni se escuchan ni se responden sino en los que declaman su monólogo interno apoyándose minimamente en lo que dice su interlocutor, unos diálogos de sordos que encajan a la perfección con la asepsia y falta de empatía que domina muchas de nuestras relaciones sociales.

Pues bien, en la proyección a la que acudí, tal vez les pasó a ustedes también, en el bloque de publicidad que antecede de los trailers un anuncio destacaba por su oportunidad y su total contradicción con el espíritu de Cosmópolis. Se trataba del spot del Banco Santander titulado “confianza”, que forma parte de la campaña que la célebre TBWA ha confeccionado para la entidad presidida por Emilio Botín. Por si no lo han visto, aquí la tienen.

Si dejamos la inicial náusea a un lado, entre atletas paralímpicos, La Roja, Fernando Alonso, hombres que intentan abrir juntos una persiana metálica encallada y un niño dando botes en una cama, lo que aparece es el extraño concepto de un banco -uno de los más fuertes del mundo- dando a la población un mensaje de confianza y optimismo en el futuro, un mensaje que correspondería dar al gobierno, a ese Gobierno de España (magnífico acierto de comunicación de la Era Zapatero) que está ahora mismo desfondado, desprestigiado y cojitranco, ese que es incapaz de ofrecer ni una hebra de ilusión, al que le crecen los enanos por doquier -europeos, catalanes- y que camina paso a paso hacia la bancarrota monetaria y de autoridad. Ante ese vacío y ausencia de visión que nos ha dejado la política cortoplacista, esa cuya única misión es gestionar la escasez al menor coste posible,  una empresa privada como el Santander se ha personado en el espacio que debería ser de todos, el futuro. De ahí la frase que jalona el anuncio: “Nunca, nunca vamos a dejar de confiar en el futuro.”

Es curioso, muy curioso, este fenómeno que ya les mencionaba hace unos meses. Los bancos, unos de los causantes y responsables de que estemos atravesando este valle de lágrimas social y económico, se han convertido en nuestra principal vanguardia hacia el porvenir. Mientras que las opciones no parecen existir, mientras que el camino haca adelante o la salida de este atolladero no aparecen por ningún lado, mientras lo que se nos ofrece es una elección entre el capitalismo renqueante a la Occidente o el capitalismo autoritario a la rusa o a la china, los bancos no dejan de hablar del futuro. De hecho, no parecen hablar de otra cosa. Son de los pocos que consiguen sustraerse a la nostalgia del pasado o a la desesperación ante el presente que nos acucia.

Pero no todo será tan sencillo como lo pinta el Santander en ese mundo futuro, en esa Tierra Prometida que vendrá tras la travesía del desierto. El HSBC, otro de los grandes bancos mundiales, el que se dice el único banco a la vez global y local, lleva una buena cantidad de meses anunciandose en aeropuertos y centros financieros con la campaña “In the future“, en la que mediante una serie de imágenes compuestas nos provee con su imagen del futuro y de las oportunidades de negocio y cambios inevitables que este nos traerá. Lo curioso de esta campaña ideada por Scott Bassen y JWT es que su visión del porvenir esta bastante lejos del optimismo anticuado y conservador del Santander, que anhela que todo vuelva a ser como era. Su visión está bastante más cerca de panorama que esbozaban films de corte ballardiano como la misma Cosmópolis o Código 46 (Michael Winterbottom, 2003) o incluso Looper (Rian Johnson, 2012) o de la narrativa de Maureen F. McHugh, como su novela China Mountain Zhang (1992) o su relato Special Economics (2008); un mundo hipertecnológico pero al mismo tiempo afligido por la escasez y en el que Europa y Estados Unidos han perdido su hegemonía en favor de unos poderes que dejan de ser emergentes para convertirse en bien establecidos.

Pero los anuncios de la campaña que más me han impresionado son estos dos que encontrarán debajo de estas líneas y que, dejando de lado la idea de un mundo que cambia de manera natural, entran de lleno en lo distópico.

En el futuro del que el HSBC quiere ser heraldo, la biotecnología ha unido animal y máquina, y lo que es aún más perturbador, nuestro ADN se ha convertido en nuestra firma, dejándonos tan solo a un paso de un mundo como el que aparecía en el cortometraje Plurality (Dennis Liu, 2012) en el que virtualmente todas las superficies de las grandes ciudades pueden leer nuestra impronta genética para así obtener un control casi absoluto de nuestros movimientos. Códigos QR, huellas dactilares, genes catalogados, para facilitar la vida, las transacciones  y los negocios, los ingresos, los préstamos, las compras y los depósitos. No hará falta la confianza.

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3 comentarios leave one →
  1. obaka permalink
    Miércoles, noviembre 7, 2012 6:55 pm

    Es curioso que hables de confianza. ¿se puede confiar en las multinacionales como sustitutas de los gobiernos? Si buscan maximizar sus beneficios a costa del interes general, ¿no resulta preocupante el auge de las privatizaciones?

    Tampoco hay que olvidar que estas mismas empresas emplean la psicología y los avances en neurociencia para manipular nuestras mentes a la hora de comprar productos (http://en.wikipedia.org/wiki/Martin_Lindstrom). Aunque, por el otro lado, los gobiernos tampoco se cortan a la hora de utilizarla para mantener el orden (http://en.wikipedia.org/wiki/Paul_Ekman) o influir en nuestro voto (http://www.ted.com/talks/david_pizarro_the_strange_politics_of_disgust.html).

    No sólo es que no haga falta la confianza, ésta ya es un espejismo.

  2. Viernes, noviembre 9, 2012 1:12 am

    La función principal de los medios de comunicación no es la de informar, sino la de fomentar y afianzar (y a veces monitorizar) la confianza de la población en el orden establecido.

    De paso, evidentemente, informan un poquitín. Pero ni es su propósito ni lo hacen de forma consistente.

    Esto es evidente en anuncios como el del Banco Santander o en los medios gubernamentales, pero en realidad se aplica a todos, incluso los que prometen alteridad. Incluso los que se ofrecen al público desde la más sincera disidencia. Porque en general si propones algo que tiene visos de salirse del sistema, el sistema se lo traga y te lo devuelve digerido y producido en masa.

    Lo que Cronenberg quería transmitir con su película, creo, es esto precisamente. Que vivimos en una sociedad que se te come y después te caga. Que internet y el desarrollo exponencial de la tecnología se han cargado el pensamiento abstracto y lo han dejado hecho añicos, y ahora nos toca jugar con esos añicos e intercambiarlos pero sin posibilidad de recomponerlos. De ahí las pedanterías inconexas que sueltan los personajes sin escucharse los unos a los otros — pedanterías que o no sirven para nada o si sirven es para dar malas noticias como la del yuan. En esto Cronenberg es listo porque esconde sus propias limitaciones, puesto que frases así se soltaban, más dispersas pero con más gracia, en películas suyas anteriores, pero ahora la novela de DeLillo le ha ofrecido la excusa perfecta para escupirlas a razón de una por minuto. Y antes podíamos decir que las frases lapidarias visten mucho pero abrigan poco, pero con lo bajo que está el listón cada una de sus ocurrencias vale su precio en oro. Mucha es la gente que sale del cine creyendo que ha visto un “eye-opener”.

    Así pues no concluiremos que se le ha vuelto el arma en contra. Pero a mi me parece que se le ha gastado la tinta del bolígrafo, y considero que “Crash” por ejemplo era mucho más interesante a todos los niveles, y muchísimo más valiente por lo arriesgado de intentar adaptar una novela como aquella.

    Una vez hablando con un amigo me comentó que para él la historia está hecha de ruido, y que es un proceso darwiniano el que hace que un ruido predomine sobre el otro. Cada partícula es caótica, decía, pero el conjunto de ellas sigue un comportamiento estadísticamente predecible y los puntos de vista más resistentes son los que al final prevalecen, para bien o para mal. Yo le respondí que ese es un modelo de la naturaleza y lo está intentando aplicar a la sociedad, y ese es un error de bulto. Que lo único arbitrario en esta dinámica es quién está ahí para presionarla y cuántas veces se equivoca. E incluso eso tiene poco de arbitrario si nos tenemos que creer los escritos de Alexandre Deulofeu. Que el “ruido” está canalizado por instituciones cuya única finalidad es la preservación del statu quo. Le dije también que según su modelo, tendríamos que concluir que el “bullying” institucional de la Iglesia al resto de la sociedad durante la Edad Media era necesario o accesorio para canalizar indirectamente ese ruido, cuando de hecho es plenamente aceptado hoy día que la transición a la Edad Moderna se hizo tarde, mal y a pesar de la iglesia católica y no gracias a ella. Sólo se puede estar en desacuerdo con esto si creemos que sólo había una única Edad Moderna posible y que tarde o temprano se llegaría a ella, o que es la mejor de las posibles por una especie de versión dinámica de la ley de los grandes números, conclusión respetable pero con la que yo personalmente no coincido. Es el “para llegar a esto tuvimos que pasar por aquello” de Peces Barba al rey al firmar la Constitución cuando Juan Carlos lamentó que su abuelo y Pablo Iglesias no se hubieran llevado tan bien como ellos dos. Estos razonamientos a mí no me funcionan. Es una visión lineal y determinista de la Historia que castra intelectualmente.

    Todos estos temas, en cualquier caso, y muy particularmente la disyuntiva entre “ruido dirigido” y libre albedrío potencial, debería plantearlos de alguna forma una película como la de Cronenberg pero no los plantea.

Trackbacks

  1. Tu futuro a buen recaudo « Doctor Zito

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