Skip to content

Una incógnita azul y pálida

Martes, febrero 12, 2013
La Tierra, fotografiada por el Voyager desde elconfín del Sistema Solar en 1990.

La Tierra, fotografiada por el Voyager desde el confín del Sistema Solar.

Fui uno de tantos niños y adolescentes que durante los ochenta crecieron leyendo sobre OVNIs y extraterrestres, sobre el Triángulo de las Bermudas y el monstruo del Lago Ness, sobre el misterio del Hombre Polilla o el enigma de las pirámides. Tengo en mi haber incluso alguna anécdota sonrojante al respecto, como esta que revelo ahora en exclusiva,  la del día en que convencí a mi panda de amigos del colegio para que hiciéramos una encuesta sobre las creencias en estos temas por el mercado del barrio. Y es que en aquella época me asombraban profundamente los casos de desapariciones de barcos y aviones que relataba Charles Berlitz o los Encuentros con humanoides de Antonio Ribera, y me alarmaban hasta el escalofrío  las teorías lucidoparanoicas de Salvador Freixedo en La granja humana.

Ese asombro me sigue visitando hoy en día pero ahora, con el beneficio del paso del tiempo, comprendo que estas narrativas paranormales resultan tan atrayentes por tres motivos. El primero porque eran y son estupendas piezas literarias, narraciones extraordinarias repletas de sucesos increíbles, que apelan al horror y al sentido de la maravilla. Los relatos sobre visitantes de dormitorio, sobre el descubrimiento de los restos cuarteados del abominable hombre de las nieves en un templo tibetano o la aparición de un barco sin pasaje pero con la comida servida y humeante son literatura en estado puro, son cuentos atávicos que se enraízan en mitos y leyendas  transmitidas frente al fuego primero y en una larga dinastía de páginas escritas después. No en vano, muchos presuntos casos paranormales -el del “vampiro de Borox” o “la teleportación de Rudolph Fentz” por ejemplo- tuvieron su origen en relatos literarios que se transfiguraron en supuestos hechos reales. Supongo que en el fondo esa era la faceta del fenómeno que me fascinaba de niño, la de la fantasía, la que como me sucedía con Verne o Lovecraft me empujaba a sumergirme en libros que parecían conceder conocimientos arcanos, verdades que nadie más veía, certezas soslayadas por la vida cotidiana.

Años más tarde uno percibe otra faceta, la de la sociología que se encuentra tras estos temas; por ejemplo la de un país deprimido y gris que llena sus estanterías, vacías de otro modo, de enciclopedias del misterio, de platillos volantes o de las civilizaciones perdidas, retratado por Óscar Aibar en Platillos volantes (2003), y que intentaba alcanzar el infinito mientras devoraba el realismo fantástico de von Däniken o se congregaba a ante la tele para escuchar a un hombre barbudo, calvo y de voz grave hablar de visitantes de otros mundos o de artefactos imposibles en horario de máxima audiencia (virtudes de la existencia de solo dos cadenas). El tiempo también te va  descubriendo que sin la Guerra Fría los cielos no se habrían llenado de foo fighters ni de naves triangulares y que las abducciones a cargo de humanoides grises son un remedo de las sempiternas historias de súcubos que renacen en pleno siglo XX para expresar nuestro miedo a la ciencia invasiva.

Queda por último el drama más íntimo: El de las personas que han experimentado el misterio, las de aquellas que han sido expuestas a apariciones, luces, presencias nocturnas, las que sienten estar en posesión de una verdad que el resto del mundo se niega a afrontar. El drama de los que creen, de los que quieren creer, y de los que viven con ellos, de los amigos que huyen o de sus parejas que se quedan, apuntalándose junto a ellos en lo inverosímil, asimilados, convencidos, vehementes, fieles hasta que la muerte (preferiblemente en circunstancias sospechosas) les separe. Y es que hay que reconocerlo: Miles de personas han visto algo, algo inexplicable. Lo que resulta realmente imposible es que todos ellos mientan.

El tiempo me fue despojando de estos intereses. En parte, lo reconozco, por vergüenza. En parte porque la vida me condujo a otros menesteres. Pero es inútil resistirse. En internet uno termina encontrándose a sus pares y uno deja de sentirse solo o avergonzado, único y equivocado, y puede regresar gozoso a disfrutar de los misterios, más escéptico pero casi igual de entusiasmado. Y quiere la casualidad cósmica que hayan aparecido casi simultáneas dos obras que versan sobre lo insólito, dos obras estupendas y complementarias que demuestran que el misterio nos conforma, que es parte de nosotros, y que más que renunciar a él debemos abrazarlo.

ovuprapPocos meses atrás Pablo Vergel alumbraba Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura, un ensayo radicalmente novedoso sobre el tema de los no identificados. Si no andan ustedes muy versados sobre las investigaciones ufológicas recientes, déjenme resumirles que tras la marea de casos de los 60 y 70, la consiguiente resaca y travesía del desierto ha traído a escena a una nueva generación de investigadores -entre los que se encuentra Pablo- que cuestionan el fenómeno OVNI desde sus propias siglas: No son ni objetos ni volantes, afirman. Lo que muchos ya llaman “el gran teatro OVNI” nace de la constatación de la naturaleza proteica y fundamentalmente absurda del fenómeno, del sinsentido que resulta de defender que civilizaciones alienígenas nos visitan a bordo de aparatos que dejan quemaduras en el suelo con el propósito de recoger muestras minerales y animales, de las que ya deben contar toneladas a juzgar por el número de casos descritos. La llamada “hipótesis extraterrestre” está dando paso a otras teorías aún en estado de solidificación que subrayan la insensatez del fenómeno. Ahí tienen por ejemplo los coqueteos de Miguel Pedrero con la física cuántica, siempre muy socorrida para explicar lo inexplicable, o la llamada “Teoría de la intrusión” formulada por Jesús Callejo y Carlos Canales, cuyo bello nombre es sin embargo bastante más estimulante que su contenido.

Pablo Vergel pertenece pues a esta nueva hornada de investigadores ufológicos que no tienen problema en disputar el fenómeno desde su base y que están hastiados de la recolección deslavazada y rutinaria de caso tras caso en que terminó convirtiéndose la ufología clásica. Apoyándose en las teorías de titanes como Jacques Valleé, un auténtico hombre del Renacimiento, o del irrepetible John Keel, Pablo se aproxima al asunto desde su formación como sociólogo, y con lógica y sentido establece dos hechos cardinales: Primero, que no podemos negar por más tiempo que los testigos han visto algo y segundo que ese algo posee una capacidad de metamorfosis a través de la geografía y la historia que  nos obliga a concluir que o bien su causa es una inteligencia inefable que responde y juega en cierto modo con nosotros, o que se su origen radica en factor puramente humano. Incógnita OVNI opta por la segunda vía y plantea una hipótesis que dada la naturaleza de los hechos es tan plausible o más que cualquier otra pero que también está argumentada como pocas. Y es que en su repaso de las diversas hipótesis hasta ahora propuestas, Pablo Vergel nos ofrece una mirada lúcida y esclarecedora que va apartando lo accesorio y que no tiene miedo de explorar territorios en apariencia demenciales como las apariciones marianas o la teoría conspiranoica ni de usar conceptos sencillos de filosofía, porque lo que el ensayo plantea en último término es utilizar una metafísica básica para abordar el rasgamiento del tejido de Lo Real causado por los sucesos sobrenaturales. Si un defecto tiene Incógnita OVNI en todo caso es su brevedad. Me habría encantado que Pablo se hubiera extendido más en ciertos puntos y, aunque su decisión de no echar mano catálogo de avistamientos es muy consciente, que hubiera ilustrado lo absurdo del teatrillo OVNI con algún caso inaudito, como uno de mis preferidos, el del pastor Heliodoro Nuñez a quien una tarde se le apareció un extraño ser asomándose desde una especie de pantalla surgida de la nada.

artadaHace unas semanas aparecía su compañero perfecto, el cómic Azul y pálido, editado por Entrecomics, y dibujado por el bueno de Pablo Ríos, autor ademas de la portada de Incógnita OVNI. Este segundo Pablo (¿hace falta llamarse así para recibir una iluminación?) nos ofrece una visita guiada por la casuística OVNI, por ese imperativo del “vigilad los cielos” que nos acompaña desde 1947 hasta aquí. El título nos remite a una realidad: que nuestro mundo no es más que una mota en el borde de una galaxia secundaria condenada a la soledad dada la vasta dificultad de los viajes estelares (ya no solo por la dilación del tiempo sino también porque el espacio sideral, con sus radiaciones y rayos cósmicos, es un entorno fundamentalmente hostil a la vida). Citando al mismísimo Carl Sagan y su “no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos”, Pablo Ríos deja que ferviente devotos y charlatanes de feria cuenten su historia. Desde la del obrero que afirma que el gobierno conspira con los extraterrestres hasta el estigmatizado italiano encantado de recibir tus donativos. Azul y pálido tiene momentos de verdad sublimes, como su traducción a imágenes de la cháchara del “contactado” y vendedor de humo Sixto Paz, a la que eleva al rango de cosmogonía, o la historia de los primeros abducidos, el matrimonio Hill, que en los pinceles de Pablo se convierte en un relato conmovedor de amor más allá de la tumba. Azul y pálido por tanto aúna esas dos vertientes de las que hablábamos, la literaria y la intimista. Todos estos testigos, afectados e iluminados van desfilando por sus páginas. La compasión sin límites que Pablo muestra por muchos de estos personajes es la compasión que sentimos por nosotros mismos, por aquellos a los que, como él, nos gustaría poder creer, aunque resulte irracional e inconsecuente, porque reconocemos que esa pulsión humana por habitar en el misterio, de contarnos historias fabulosas los unos a los otros, nace de la necesidad de sentirnos un poco menos solos en el universo.

Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura - Descargable gratis.

Azul y pálido – Disponible en la web de Entrecomics.

About these ads
4 comentarios leave one →
  1. Domingo, febrero 24, 2013 11:21 am

    Sitchin dice que nunca se ha explicado de modo muy convincente el repentino desarrollo de la civilización sumeria. En su opinión, la explosión cultural surgió de la nada: “La mayoría de los eruditos ahora confiesan con gran frustración que el hombre, según todos los datos que poseemos, debería haber seguido sin civilizarse hasta hoy.” Todo el mundo tiene el derecho a opinar, pero cuando Sitchin empieza a declarar que todos los expertos piensan igual que él acabamos preguntándonos si el autor de El Duodécimo Planeta está jugando con sus lectores. Los mismos libros que cita para demostrar lo “misteriosamente” desarrollada que era sumeria al principio de los tiempos también ofrecen teorías plausibles para explicar la génesis de su cultura. El profesor Samuel Kramer, cuyos textos universitarios están entre los mejores exámenes de la cultura mesopotámica existentes, propone que fue la introducción de un sistema de irrigación en sumeria la que creó la necesidad de una organización comunal. Había que abrir y mantener los canales para transportar el agua, y alguien tenía que regularizar su distribución entre todas las comunidades. Esto habría conducido a la creación de instituciones gubernamentales, y luego al resto de los atributos de una gran civilización. Quizás el buen profesor y los muchos otros arqueólogos que opinan como él se equivocan en algo. Pero Zecharia Sitchin pasa por alto estas explicaciones y prefiere fingir que una aura de misterio rodea todo el asunto. Y ello a pesar de que cita a Kramer en repetidas ocasiones para apoyar sus ideas. El hecho es que antes de 1976 nadie hablaba de Sumeria como una prueba del “repentino origen” de las culturas, y prácticamente nadie lo mencionaba en un contexto ufológico. Ahora es difícil encontrar un libro que debate estos temas que no siga ciegamente las pautas establecidas por Zecharia Sitchin.

  2. Jueves, septiembre 5, 2013 11:54 am

    Yo también crecí en la época dorada de la esotérica como creyente (no me extraña que continuamente Iker Jiménez repita que la echa de menos) y he retornado a esos temos como consumidor de ficción. Gracias al rastro local estoy reuniendo una enorme colección de títulos de la legendaria Otros Mundos (en bolsillo y en tapa dura). Incluso gracias a vivir en una isla de turistas he podido conseguir el Invisible Residente de Ivan T. Sanerson (unas risas, oiga) ese libro que todo dios cita de Berlitz en adelante.

    • Jueves, septiembre 5, 2013 12:12 pm

      Gracias Emilio. Creo que es un gozo poder consumir ahora estas historias desde la lucidez y abrazando el sentido de la maravilla.
      Saludos!

Trackbacks

  1. Incógnita Azul y Pálida « Metafísica OVNI

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.364 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: