Por un nuevo romanticismo (y II): Weltanschauung

•Jueves, Noviembre 26, 2009 • 1 comentario

Decíamos ayer que la propuesta de Friedrich resulta aún relevante hoy en día porque aún anida en nosotros el hambre por la sorpresa, por lo inesperado, por el sobrecogimiento, pese a que la realidad se nos imponga o se nos quiera imponer a todas horas como pedestre y prosaica. La presencia de la Naturaleza no nos sirve, como le servía a él, para escapar de esa realidad porque nuestros entornos son mayormente urbanos, están construidos por nosotros mismos y son causa y efecto de nuestras neurosis. Pero eso no evita que en La Ciudad, en su contemplación cuidadosa, en el alejamiento que se produce cuando miramos algo largo rato, podamos encontrar similares sensaciones a las que Friedrich quería provocarnos. Tomen por ejemplo el caso de Michael Mann en su díptico Collateral/ Miami Vice en el que, como decíamos tiempo atrás, La Ciudad es un escenario grandioso en el que se desarrolla la acción humana, diminuta por comparación de tamaño, hasta el punto de convertirse en un personaje en sí mismo. Ese momento en el que Colin Farrell/ Sonny Crockett caminaba por un parking vacío con una amenazadora tormenta de fondo era una estampa tan neo-noir como neo-romántica.

Miami Vice, el neo-noir romántico.

En literatura, tomen por ejemplo este fragmento de Ser de Lejanías (2001), de Francisco Umbral.

“Estoy sentado en un banco de Príncipe de Vergara, puede que sea Velázquez, o Pío XII o la parte alta de Serrano, estoy como el rey del frío, a primera hora de la tarde, cuando no hay sol sino una claridad ni siquiera azul, en todo el cielo grande y vacío, cielo que se refleja en los enormes edificios de cristal, reflejo que da en otros reflejos, como una ciudad solo de espejos y espejismos, las grandes autopistas vacías, y este Madrid de cristal tiene algo de poliedro o joya simétrica.”

Umbral, como otros umbralianos (permítanme: Rubén Lardín y Javier Pérez Andujar), prefijaba en la ciudad una fuente de sensaciones sublimes, de asombro continúo, en absoluto religioso o sobrenatural. Su observación de la luz, de sus cambios y texturas, de las disposiciones, de los ángulos de los edificios o de la basura, tan romántica, está también al alcance de la fotografía urbana, en especial de la Lomografía (aunque se haya convertido ahora en moda moderna), con sus imágenes aquejadas de defectos, solapamientos y sobrexposiciones. Se trata en definitiva de potenciar la realidad, de transformarla, filtrarla, deformarla, hasta convertir lo cotidiano en irreconocible, usando todos los medios que podamos. La Ciudad se troca así en un marco extraordinario y alienígena que nos permite preguntarnos por las costumbres más comunes, por los movimientos, los dramas, las transacciones, los encuentros cotidianos. Se trata de una cosmovisión, de una Weltanschauung que dirían los alemanes, que no es tanto un mapa del mundo como una forma de mirar, de narrar, de mirarnos y narrarnos.

No son Lomos, pero son mías.

“El mundo tiene que romantizarse. Encontraremos así, de nuevo, su sentido primigenio. Y romantizarlo no es más que potenciarlo cualitativamente. En la medida en que concedo a lo común un sentido profundo, a lo ordinario un aura misteriosa, a lo familiar la dignidad de lo desconocido, y a lo finito un destello de infinitud, lo romantizo.

Y al contrario, mediante esa operación, lo profundo, lo místico y lo infinito, reciben una expresión corriente.”

Novalis, Fragmentos, 1798.

Por un nuevo romanticismo (I): Friedrich

•Miércoles, Noviembre 25, 2009 • 2 comentarios

Cementerio de un monasterio bajo la nieve, (1818).

Regreso a los Fríos Exteriores tras los festejos del fin de semana en Gallardongrado y el paisaje que me recibe es el del verdadero Noviembre, el de la oscuridad que lo traga todo, de la lluvia horizontal, de los vientos furibundos y el frío. Durante mi estancia en la Madre Patria, que parece ajena a las estaciones que no sean el verano, y en compañía de Mamazita y Minizita, me acerqué a ver la exposición sobre Caspar David Friedrich (1774-1840) en la Fundación Juan March, dedicada a sus dibujos y que pueden disfrutar hasta el 10 de enero.

Esto me sirve de excusa para hablarles sobre Friederich, uno de mis pintores favoritos, uno de mis referentes si no les importa que emplee el término. Así resolveré la omisión de no haberle dedicado aún un post, aunque le haya mencionado en el gabinete con frecuencia (como por ejemplo aquí). Pero también me serviré de la ocasión para proponer un nuevo concepto de romanticismo, o más bien para proponer cómo podemos continuar siendo románticos en esta era racional y crematística. Románticos en el sentido clásico, claro está.

El mar de hielo, (1823-1824).

La obra de Friederich se define por unos vectores muy simples. Una religiosidad profunda, la creencia en la omnipresencia de lo sobrenatural, su devoción por la Naturaleza, su visita constante al concepto de Lo Sublime. El intento continuo de representar la belleza de una forma lo más extrema posible con el fin de provocarnos “El Stendhalazo”, un rapto, un éxtasis sensorial que consiga ponernos en contacto con lo trascendente, con la divinidad, mediante el sobrecogimiento. Friederich utilizaba para lograrlo un paisajismo dramático, de proporciones monumentales, que huye de la composición y perspectiva clásica para evitar que nuestra vista se focalice en un punto y para que así podamos captar el cuadro como una totalidad. Su estilo también rehuía el realismo testarudo, pese a su pasión por retratar la naturaleza de un modo riguroso, como demuestran los dibujos a lápiz y los grafitos que la exposición exhibe en su minimalista y delicado esplendor.

Monje a la orilla del mar, (1808-1810).

De Friedrich nos quedan sus composiciones sombrías, sus abadías en ruinas, cementerios bajo la nieve, glaciares resquebrajados. Playas inmensas, montes envueltos en brumas, que tan idiosincrásicos son en la cultura germánica y que aún perduran en ella, como puede verse sin ir mas lejos en el cine de Werner Herzog (Corazón de Cristal, por ejemplo) o de Lars Von Trier (las postalitas que marcaban los cambios de capítulo en Rompiendo las olas o la sección en Edén de Anticristo).

El caminante sobre el mar de nubes, (1817-1818).

Mi relación con Friedrich, lo que me hermana con él, es la fascinación por la Naturaleza, por su escala. Recuerdo la conmoción permanente que me causaba la presencia de las montañas en frente de la casa que los padrezitos tenían en el campo. Observar cómo cambiaban, cómo jamás parecían iguales en cada visita, tan majestuosas, tan gigantes, cubriendo la mayor parte del cielo. Recuerdo la furia de las tormentas de verano, el viento que doblaba los chopos, el tamaño de los rayos, lo ensordecedor de los truenos. Recuerdo el cielo nocturno espumado de estrellas, con las constelaciones dispuestas a dejarse dibujar y los brazos de la Vía Láctea siempre abiertos.  Supongo que todas esas imágenes, la indefensión, la insignificancia, pero también el sentido de la maravilla han permanecido en mí, y me han hecho apreciar tanto a Friedrich, hasta el punto de haber llegado a imitar torpemente sus cuadros en mis fotografías.

Con Friedrich no podemos compartir su fe. No podemos compartir su panteísmo, porque no es que Dios esté en todas partes, es que no está en ningún sitio. Pero precisamente por eso, por esa constatación de la muerte de Dios, sus pinturas han de constituir para nosotros un salvoconducto. Sus obras nos permiten dar el paso, explorar ese germen que aún anida en nosotros y que ansía lo desconocido, lo inabarcable. Vivir la necesidad de ser asombrados, de ser sobrecogidos, de encontrar una zona donde no opere lo euclidiano. Y es en ese cuestionamiento permanente de la realidad donde ha de nacer un nuevo romanticismo.

(Concluye mañana).

Satélite de amor

•Viernes, Noviembre 20, 2009 • 4 comentarios

En 1972, Lou Reed estrenó el segundo single de su segundo álbum en solitario. Se llamaba Satellite of Love, un tema que no disfrutaría de demasiado éxito en un principio aunque el tiempo terminaría dictando para él otro destino muy distinto. Como Reed confesó años después de componerla, Satellite of Love trata sobre novias infieles, celos y las preguntas que nos acosan, porque el problema en estos casos, como ustedes saben bien, siempre ha sido la simultaneidad (“I’ve been told that you’ve been bold, with Harry, Mark and John”). Miren que bien la cantaba el bueno de Lou en Amsterdam en el 72.

Con el tiempo llegaron las versiones, claro. Una de ellas sería la de U2, aparecida como cara B de One, y con Bono utilizando el falsete a tutiplén antes del arrebato épico final que la convierte en un nuevo himno marca de la casa. Dedícosela a La Pequeña Delirio, fan irredenta de estos mendrugos.

U2

Ocho años después, el mismo Bono se alió con su querido Wim Wenders para parir The Million Dollar Hotel, película que produjo Mel Gibson (quien declaró en publico estar arrepentido de haber financiado esa “mierda pretenciosa”), y cuyo guión se basaba en una idea del “artista comprometido” por excelencia. En la banda sonora, mezclada con otros cortes demenciales y alguno hasta bueno, destacaba una nueva versión, esta vez mucho menos literal, berreada por la felina y pluscuamperfecta Milla Jovovich, mujer de pezones indescriptibles y cuya reinterpretación de Satellite of love les confieso que me arrebata.

Milla Jovovich & The MDH Band

Recientemente, el grupo de electropop The Polyamorous Affair, que descubrí merced a Superwoobinda, incluyó en su bellamente titulado álbum de debut Bolshevik Disco, una nueva adaptación del clásico de Reed. No se si usted verán en este encadenamiento de versiones un proceso degenerativo. Yo aún no lo tengo claro. Pero me parece que al menos estas dos últimas han sabido dotar al original de un magnetismo e intensidad que este tan solo dejaba entrever.

The Polyamorous Affair

Y con esto les dejo por el momento, apreciados miembros del gabinete. En breves horas haré como el satélite del amor y surcaré el cielo, camino de Gallardongrado, a donde viajaré por unos pocos días para celebrar un evento sucedido hace más de treinta años. Y es que su querido doctor ha alcanzado la edad mesiánica y quiere celebrarlo con todos ustedes. Están invitados.

El nuevo Número 6

•Martes, Noviembre 17, 2009 • 2 comentarios

Desde hacía tiempo se venían anunciando y cancelando consecutivamente los planes para un remake en forma de serie o película de El Prisionero, obra fundamental y de culto de los 60, que como saben analizo para Elitevisión. Pero esos planes nunca se concretaron. Hasta que hace dos años, coincidiendo con el cuarenta aniversario de su primera emisión, AMC, productora responsable de éxitos como Mad Men y Breaking Bad, anunció la grabación de una miniserie en la que revisitaría el original parido por Patrick McGoohan y George Markstein, y cuyo reparto estaría encabezado por Jim “Cristo” Caveziel y Sir Ian McKellen.

El fandom reaccionó con desconfianza. Revisitar El Prisionero es una tarea ardua. Una serie tan radical, fascinante, surreal, excesiva e imperfecta, tan avanzada a su tiempo y al mismo tiempo tan anclada en sus propio marco histórico, la Guerra Fría, y cultural, los swinging sixties, era de muy difícil reasimilación. En un intento previo, ITV, la poseedora de los derechos, llegó a citar la  marcada identidad británica de la serie como razón para no venderla a otra productora americana. Y es cierto. La extrema individualidad de McGoohan y su personaje emblemático, Número 6, su constante desconfianza de toda autoridad o establishment, tan británicas, siempre en el filo entre el anarquismo y el conservadurismo ultramontano, hacían demasiado compleja cualquier readaptación de El Prisionero a principios del siglo XXI.

Por fin, tras varias reescrituras de guión y un cambio de director en mitad del rodaje en el desierto de Namibia, se estrenó este domingo la nueva miniserie, que está siendo emitida a razón de dos episodios por día. Y a juzgar por los dos únicos capítulos que he visto hasta el momento, parece que los temores se han visto confirmados. El resultado es extraño, muy extraño. No es un remake, no es una continuación, no es un reseteo. Es un híbrido desconcertante, un remake mutante a lo Superman de Bryan Singer, que recoge multitud de elementos de su fuente original, demasiados, y que circula casi siempre dentro de los parámetros de lo mediocre.

En la distinción que Bioy Casares estableció entre la invención y la trama, el Nuevo Prisionero apuesta por la segunda. En la serie original, qué era La Villa, las razones de su existencia o incluso las razones de la dimisión de Número 6 eran secundarias. Los prisioneros eran ex espías o pobres funcionarios que sabían demasiado. En la nueva versión sin embargo, los conciudadanos de Número 6 se empeñan en convencerle de que no hay nada fuera de La Villa. Ellos no recuerdan nada sobre el mundo exterior, porque de algún modo se han suprimido sus recuerdos, que han quedado relegados a sueños. Por tanto, mientras que la situación mental de este nuevo Número 6 recuerda a la de Quaid en Desafío Total, la de los habitantes de La Villa oscila entre la falsedad consciente al modo de El Show de Truman y la ignorancia impuesta de los vecinos de The Village de M. Night Shamalayan.  Donde el original exploraba la idea de inclusión total, de que el mundo entero es La Villa, de que todos somos prisioneros vayamos donde vayamos,  el remake la concibe por contra como reducción, como un cosmos comprimido por razones arcanas, hasta el punto de no dejar nada fuera de ella. Esa es una diferencia fundamental entre original y versión. Que el enigma, el tratar de descubrir esas razones, el porqué, el misterio detrás de la institución es el sustento de la tensión dramática, una tensión que el original despreciaba. Aquí se trata de desenroscar una trama a golpe de flashbacks, de vencerla, al estilo Lost, y no de establecer una serie de reglas a explorar o a romper –un confinamiento, planes de escape o de control.  Y aunque el misterio y la intriga son en principio premisas positivas, lo malo es que los resultados del juego con ellas no son nada memorables hasta ahora.

Por momentos, el Nuevo Prisionero parece jugar a con el concepto de realidad, al modo paranoico de Philip K. Dick, pero lo hace desprovista de fuerza y de recorrido, porque ese intento es cortado de inmediato en cuanto la ambigüedad se instala. Se apuntan otros conceptos, como la opresión (hay guardias y perros fieros, y rejas), el totalitarismo hedonista (la lisérgica escena del bar) o el terrorismo como forma de control social. Pero solo se apuntan. También se dan por sentado ideas que aun no se han mostrado, como que Número 6 se sienta presa del control mental cuando apenas se ha ejercido presión sobre él. Esto puede deberse a lo corto de la serie o a la revelación parcial de los secretos, es difícil discernirlo a estas alturas. Pero más bien parece que esto descansa sobre una asumida familiaridad del espectador con el original. Lo malo es que eso probablemente solo creará confusión en el espectador novato, que percibirá la narración como una hilazón apresurada.

Quizá lo más ecuánime sería juzgar al Nuevo Prisionero como una obra sustentada en sí misma, sin establecer continuos paralelismos con el original. Pero la serie renuncia a una identidad diferenciada desde el principio. Las imágenes iniciales, un hombre perseguido por un desierto por oscuros guardas que le disparan, remiten a Punishment Park, la película maldita de Peter Watkins que tantos conceptos compartía con El Prisionero original. Pero que ese hombre, un anciano, lleve las mismas ropas que Número 6 en la versión de 1967 es toda una declaración de intenciones. No será la única, pues más adelante veremos que los aposentos de ese tal Número 93 son prácticamente calcados a los del protagonista del original. En ese sentido, parece que el Nuevo Prisionero toma como referente la idea del retorno a La Villa que articulaba Shattered Visage, la tácita continuación en forma de cómic publicada en los ochenta y protagonizada por un Número 6 viejo y desengañado.

Pero este es tan sólo uno de los múltiples elementos que el Nuevo Prisionero toma del antiguo. El primer episodio está severamente lastrado por ese recorrido de referentes, como si los responsables de la serie se hubieran sentido obligados a incorporar todos los guiños y detalles más recordados del primer prisionero con el fin de contentar a los fans. Por ejemplo, los títulos de crédito son una muy literal y desvergonzada reconstrucción de los del original, con Caveziel entrando en la oficinas de la corporación en que trabaja para dimitir notoriamente, porque como nos ha quedado claro las corporaciones desempeña hoy en día el papel que las dos superpotencias representaban en los 60. Y como esa, infinitas mas: las lámparas de lava, el monstruo Rover (que es y suena igual, solo que en más grande), las obligadas frases “Be seeing you” y “I’m a free man!” o el sonrojante momento en que se emula literlamente la irrupción de Número 6 en un pasillo oscuro.

La única variación visible es la elección de la estética de la Nueva Villa, aquí un pueblo suburbano de evidente estilo años 50. Esta elección tiene sentido. Como decía Zizek (le citamos de nuevo), los 50 son la época dorada, la arcadia estadounidense, una época de inocencia y felicidad que podría verse como el equivalente americano del pueblo bucólico y rural, paraíso a su vez de los británicos, que era La Villa original. El problema de haber optado por esta estética es que de inmediato nos remite a El Show de Truman, probablemente una de las reactualizaciónes más satisfactorias del legado monumental de El Prisionero.

Y es aquí donde reside otro de los problemas fundamentales de este remake de El Prisionero. Después de 40 años una revisión del original ha de estar necesariamente mediada por las obras previas que han bebido de esa misma fuente. El Show de Truman es una de ellas. Lost es otra. De hecho,  JJ Abrams la ha citado con frecuencia entre sus series favoritas. La campaña publicitaria del Nuevo Prisionero ha hecho uso de virales y ha puesto en pie webs ficticias que exploran el mundo alrededor de la nueva serie, al más puro estilo del creador de Lost y Cloverfield.  Por eso este remake es tan mutante, porque no termina siendo ni la revisión del clásico, ni de El Show de Truman, ni de El Bosque ni de Lost pero los es de todas al mismo tiempo, por contagio, por retroalimentación y por ósmosis, hasta el punto contradictorio de que por comparación una serie hecha hace 40 años permanezca aún más aguda, actual y relevante que su versión moderna.

Esperemos a averiguar qué nos deparará la conclusión.

El no-tabaco

•Sábado, Noviembre 14, 2009 • 5 comentarios

Mi amado Slavoj Zizek ha hablado en múltiples ocasiones (porque este hombre se recicla a si mismo que da gusto; no me pidan que les proporcione la fuente original), de la idea de la “virtualidad real”, de su visión de este mundo en que vivimos como una realidad que ha sido desprovista de su propia substancia y en la que nos vemos rodeados por falsedades vacías, por objetos despojados de su propia esencia. Así es como tenemos café sin cafeína, cerveza sin alcohol, crema sin grasa y hasta chocolate laxante (sí, como lo oyen, con lo astringente que es el jodío), de tal modo que el hedonismo moderno aúna placer con restricción y consigue que lo que te hace mal también te cure.

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Por si tanto despropósito no fuera bastante, ha llegado al mercado y a su línea aérea de bajo coste de confianza, Smokeless Cigarrettes, el tabaco sin humo, el tabaco sin tabaco. Más higiénico, más barato, más sano. No se trata de esos armatostes electrónicos, los NJoy, los -cigarrillos, con su molesto cargador y excesivo tamaño, que han proliferado en los clubs londinenses tras la entrada en vigor de la prohibición de fumar en espacios públicos. Smokeless promete parecer idéntico a un cigarrillo normal, producir idénticas sensaciones, hasta te proporciona cierta cantidad de nicotina, pero al mismo tiempo te recuerda vehementemente que no es un cigarrillo. Sabe igual, se fuma igual, parece igual. Pero no lo es. Lo curioso del asunto es que en inglés la palabra smokeless tiene un significado que va más allá del aparente, de la ausencia de humo. Fumar es to smoke y a un cigarrillo se le llama familiarmente “a smoke”. Smokeless significa no solo que el producto no produzca humo, sino también que es el tabaco no-tabaco. Fumar un cilindro blanco desprovisto de sustancia, una entelequia, algo que no existe.

Déjà vu (VII)

•Lunes, Noviembre 9, 2009 • 4 comentarios

vlcsnap-9123581L’année dernière à Marienbad (Alan Resnais, 1961).

happeningThe Happening (M. Night Shyamalan, 2008).

Estás en mis ojos

•Viernes, Noviembre 6, 2009 • Dejar un comentario

Sin duda, uno de los más importantes descubrimientos musicales para mí este año, merced a la intercesión de la Srta.Galore, ha sido Glass Candy, el dúo compuesto por Ida No y Johnny Jewel, quien por cierto también milita en otras joyas del fantástico sello Italians Do It Better, como Desire y Chromatics. Confieso que no conozco su evolución. Pero Glass Candy me desconciertan y me sorprenden a cada paso. A veces con maravillas punk como Love Love Love

Otras con fulgurantes piezas de electropop robótico como Candy Castle (¿velada referencia a los Crystal Castles quizás?), o con elegancias balearicas como Rolling Down The Hills.

Glass CandyRolling Down The Hills

El caso es que no debo de ser el unico al que Glass Candy ha embrujado y seducido últimamente, porque precisamente este tema ha sido sampleado por mi amado Jarvis Cocker en You’re in my Eyes, la canción que cierra su segundo disco en solitario, un regreso mucho más satisfactoria que su abúlico debut, y que nos lo recupera como siempre lo quisimos, como un Serge Gainsbourg macarra y pasado, al que me imagino aburrido mientras contempla a una bailarina exótica contonearse sobre la barra. You’re in my Eyes no es el corte más directo de Further Complications (ahí estan Angela o Fucking song), pero si el que le reconcilia al menos con mi memoria de la época dorada de Pulp, y mi extasis con sus interminables canciones, descarnadas declaraciones de amor, de obsesión o de deseo, que se resistían a terminar para evitar que se rompiera su hechizo


Cthulhu era un señor de Murcia

•Miércoles, Noviembre 4, 2009 • 6 comentarios

Tras esa batalla galáctica contra las Fuerzas del Mal que popularmente se conoce como La Transición, muchos creyeron que Los Primordialistas habían sido vencidos, expulsados a una dimensión paralela, a un universo subyacente al nuestro, en el que esas criaturas terribles y oscuras permanecerían exiliadas para siempre. Criaturas como esta:

Pero ni La Transición fue ninguna batalla, más bien una apisonadora de consenso como diría Guillem Martinez, ni Los Primordialistas habían dicho su última palabra. Siempre latentes, pulsantes, aguardaban su momento, el momento en el que el buenismo oficial se debilitara lo suficiente como para poder colarse en nuestra realidad. Momento en el que la Nación Taxista, como acuñó Vigalondo, se pondrá de nuevo en pie cual famélica legión.

Hace un par de meses, delante de unos refrescos domingueros, el bueno de Jordi SN me hablaba de Intereconomía, canal televisivo y radiofónico que, por fortuna o no, no es sintonizable aquí en los Fríos Exteriores. Durante sus tertulias, repletas de rostros exconocidos, cainitas de aviesos rencores, agraviados por prebendas negadas o vueltas de espalda, el público puede mandar SMSs que aparecen acto seguido en pantalla. Hasta aquí nada que no suceda también en DEC o en Sálvame. Al menos, la ortografía no es mucho mejor. De lo que Jordi me avisaba era del contenido golpista y primordialista de esos mensajes, que unas veces propugnan la unicidad de la Nación Española, otras piden el ojo por ojo con los etarras o, casi siempre, acusan a Zapatero de todos los males del mundo, desde su presidencialismo a la Fidel hasta del fracaso de la moda española en Nueva York.

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Fue entonces cuando concluimos que Cthulhu es un señor de Murcia. Que esos mensajes son el canal, el portal, que conecta nuestro mundo, con las extensiones yermas donde esos seres míticos y malditos habitan y desde las que nos escriben esos textos con sus dedos viscosos, con sus tentáculos gomosos. Todas esas tertulias de nombres demenciales  –El gato al agua, Más se perdió en Cuba, Alguien tenía que decirlo, Los últimos de Filipinas- no son más que rituales, invocaciones, en las que los tertulianos pronuncian extraños conjuros, usan palabras dormidas y poderosas, mueven sus manos siguiendo ancestrales reglas, para exaltar fuerzas arcanas, para abrir la brecha, para abrir la puerta, y que Los Primordialistas regresen por fin tras años de destierro a reclamar lo que es suyo por derecho.

Los muertos vivientes

•Domingo, Noviembre 1, 2009 • 4 comentarios

Buenos días. La Tianeptina es un antidepresivo cuya acción principal consiste en acelerar la producción de serotonina. Esta propiedad la hace atractiva como droga de propiedades opiáceas. En Rusia y Armenia, adictos a la Tianeptina la consumen mediante inyecciones intravenosas. Sin embargo, cuando la sustancia no se disuelve correctamente en el torrente sanguíneo, ésta comienza a disolver huesos y músculos, a pudrir la carne, agujereando el cuerpo de los afectados que finalmente suelen requerir de amputaciones extensivas.

Como final de esta semana dedicada a los muertos, les traigo este video (que encontré hace unos meses en Steam Monkey), en el que se muestran los efectos adversos de la Tianeptina en todo su decadente esplendor. Un video de auténticos muertos vivientes, el más enfermo que jamás haya aparecido por aquí (superando incluso a aquel otro).

Necesidad, dependencia, hambre, ansia. Si se atreven a verlo, pinchen en la imagen. Feliz Día de los Muertos.

walking-dead

Huesitos de santo

•Sábado, Octubre 31, 2009 • Dejar un comentario

Doggie-Bones-Pet-Costume

Y además, reluce en la oscuridad.

Memento mori

•Viernes, Octubre 30, 2009 • 2 comentarios

Tras la Peste Negra del siglo XIV, Europa comenzó a vivir una era de esplendor que culminaría con el Renacimiento. La presencia constante y asfixiante de la muerte (y bueno, el auge de la burguesía también) hizo que los europeos comenzarán a calibrar los logros alcanzados en este Valle de Lágrimas™ como la única forma posible de alcanzar la inmortalidad. El propósito del género del Memento mori –en pintura, música y literatura- era precisamente recordar a los mortales la finitud del tiempo, la brevedad de la vida y el hecho de que la muerte nos iguala a todos.

Similar propósito alberga Memento mori, el set del Flickrzito al que les voy trayendo imágenes que nos recuerdan al esqueleto de la guadaña. Sobre todo arte funerario, que me resulta delicioso aquí en los Fríos Exteriores, pero también ejemplos más cotidianos de lo que antes o después nos habrá de pasar a todos.

Irena

•Jueves, Octubre 29, 2009 • Dejar un comentario

Como ya sucedió en otras ocasiones, como en el estreno de Star Wars III o en el de Indy IV, no he podido negarme a colaborar con Noel y su llamada a los lectores de El Emperador de los Helados. My Horror Love es una serie de entradas inaugurada con motivo de Halloween y construida a partir de las contribuciones de aquellos que leemos con asiduidad a una de las mentes más preclaras y chisporroteantes de la blogosfera. Allí podrán encontrar Irena, mi delicioso terror personal, un tributo mínimo a lo que me persigue, una pequeñez algo adolescente, pero por eso mismo, inevitable.