Un lustro lustroso

•Domingo, Febrero 7, 2010 • 2 comentarios

Hoy hace ya la friolera de cinco años que servidor se decidió finalmente a abrir este gabinete tras varios meses leyendo con fruición aquel orbe aún reluciente llamado blogosfera. El primer post, Fundación e Imperio, era una declaración de intenciones que aún permanece vigente aunque resulte algo ingenuo tras todo lo acontecido durante este último lustro. Porque, por definición, el futuro cada vez está más cerca y el escenario es muy distinto al de entonces, bastante algo más sombrío, porque además es imposible no echar de menos a todos los que se quedaron atrás, a todas esas mentes y plumas estupendas que por razones diversas decidieron colgar el teclado.

A mi mismo, como habrán comprobado, me cuesta mantener el ritmo que supone mantener dos personalidades secretas. También es cierto que otros proyectos que no son ni este blog ni el Imperialismo Científico van comiéndome el terreno. Pero me fajo por sacar el tiempo de donde puedo y lo voy consiguiendo a ratos. Tampoco ayuda que estos estén siendo (de nuevo) tiempos turbulentos para su querido doctor, pero confío en recuperar la claridad y la velocidad de crucero muy muy pronto. Aún tengo muchas cosas que contarles y de las que hablar con ustedes. Por cierto, resulta curioso que en ocasiones parezca que las ideas se agotan del todo pero que al poco vuelvan a brotar maravillosamente por si solas. Presenciar ese proceso inexplicable es otra razón para continuar cuanto haga falta.

Y es ahí donde quería llegar. No me cansaré nunca de repetirlo. Gracias a ustedes. A los que alguna vez disfrutaron con este inventito, a los que lo disfrutan en tiempo presente y a los que lo harán, aunque aun no lo sepan, en los próximos doce meses. Si las ideas brotan, si el ánimo no falta, si merece la pena continuar es en gran parte por ustedes. It’s a long way to the top, y sin ustedes estos cinco estupendos años no habrían existido. Así que celebrémoslo. ¡A rocanrolear!

Actualizacion: Elhombrecohete me ha dedicado este tema de Das Kabinette.  Me ha gustado tanto que aqui lo añado, como si fuera un regalo bajo el arbol. Hale.

Déjà vu (XI)

•Domingo, Enero 31, 2010 • 3 comentarios

Stalker (Andrei Tarkovsky, 1979).

Antichrist (Lars von Trier, 2009).

Carradine

•Jueves, Enero 28, 2010 • 2 comentarios

El bueno de Pierre Patán, alias Pedro Toro, ha creado, dirigido y producido tres estupendos cortos que han sido seleccionados para el Notodo Filmfest. Dos de ellos, REC2 dirigido por Jaime Rosales y Pagafantas dirigido por Jaime Rosales, son sendos what if cinematográficos: ¿Cómo serían dos de los éxitos españoles de la temporada si los hubiera dirigido el arrogante Rosales? El tercer cortometraje, titulado Carradine, es una cómica historia de kung fu y pasiones reprimidas filmadas al estilo RECallejeros. En él me podrán ver haciendo un cameo infinitesimal; son un puñado de fotogramas que suponen mi debú en el cine. Pero aparte de mi excelsa presencia, vean Carradine por méritos propios. Lo disfrutarán.

Postdata: Ya que mencionamos a los zombis, tampoco olviden echarle un ojo (risas) a Zombie’s breakfast, corto también seleccionado para el Notodo que cuenta con la participación de nuestra amada Minizita.

Y ahora, dos listas más (II)

•Lunes, Enero 25, 2010 • 1 comentario

Cada vez estoy más convencido de que el cine que de verdad importa es aquel que incomoda, aquel que desafía nuestras estructuras y nuestras convenciones. Cada vez desprecio más el cine hecho para afirmar el status quo, ese que nos tensa durante unos minutos, que nos propone premisas en apariencia salvajes para finalmente hacernos retornar al mismo punto, aún más reafirmados y seguros. Cada vez más valoro más las películas que no podría ubicar en la dualidad “me gusta/no me gusta” sino que se quedan ahí, como una arruga incomoda o una piedra en el riñón, resistiéndose a toda decodificación, pues en cierto modo entender algo supone desactivarlo. Me gustaría pensar que la siguiente lista de mis películas favoritas del 2009 refleja este criterio, pero no solo, porque la maravilla también es otra fuente de sacudidas. Al repasar las películas que he seleccionado quizá les sorprenda la ausencia de Malditos bastardos, pero es que solo conozco a tres personas en el universo a las que el último jueguecito autocomplaciente de Tarantino les dejó bien fríos. Y yo soy una de ellas (no me he podido resistir a decirlo). Por lo demás, aquí tienen mi selección del pasado año.

-          El luchador (Darren Aronofsky). Estrenada a principios del 2009, su frecuente ausencia de listas como esta se debe en parte a la blanda memoria de muchos. Poco queda que añadir a lo que ya les mencioné hace unos meses. Tan solo reiterar que el cerebral Aronofsky consiguió alcanzar con este moderno western crepuscular emociones verdaderas (no siempre; también se bañaba en demasiados tópicos), merced al estilo documental y al guión de Robert Siegel, una historia atemporal destinada a resonar en todos aquellos baqueteados por las derrotas y otras inclemencias de la vida

-          El extraño caso de Benjamin Button (David Fincher). Otro cerebral que se dio un paseó por lo emocional durante el 2009. Fincher toma el relato original de Scott Fitzgerald y lo convierte en un tratado lánguido y excitante a la vez (su metraje da para albergar todo tipo se sensaciones) sobre el paso del tiempo, las edades del hombre y lo inexorable del fin. Se la acusó de rozar el sentimentalismo a lo Forrest Gump (no en vano ambos compartían guionista, Eric Roth), pero como bien se dijo en el hilo al respecto en el Focoforo, la distancia entre Benjamin Button y el film de Zemeckis es la misma que separa a Edward Hopper de Norman Rockwell. Los referentes pictóricos son muy válidos en este caso: Es una película tan perfectamente planeada que en ocasiones parece más pintada que filmada.

-          Déjame entrar (Tomas Alfredson). En el año clave de la saga Crepúsculo, la no-niña Eli representa al otro vampiro, el que de verdad nos turba, el que es un animal y que en nuestra sociedad ha de ser necesariamente un marginal, un paria. Compartió con Donde viven los monstruos de Spike Jonze su naturaleza de fábula terrible y nada condescendiente de la infancia. Metáfora sobre el amor y su sustento, Déjame entrar es la historia de un romance entre un vampiro y un psychokiller en ciernes, un romance casi adulto, muy lejano por tanto al de Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008), y que tendría una involuntaria continuación en la estupenda Thirst de Chan-wook Park, otro film sobre el vampirismo cotidiano y las relaciones enfermas. Alfredson maneja los colores, la abundancia de primeros planos -tan bergmanianos- y el fuera de campo con maestría, verbigracia la escena final en la piscina que me recordó tanto a la de La Mujer Pantera (1943) de Jacques Torneur.

-          Star Trek (JJ Abrams). El demiurgo de la televisión moderna le metió mano a la franquicia trekkie y el resultado fue un blockbuster deslumbrante pese a su vocación de primer episodio. Ni un reseteo ni una continuación, el Star Trek de Abrams es un mecanismo de diversión y maravilla que funciona a la perfección: contenta al fandom, a las nuevas generaciones, sanciona de una vez por todas el Nerd appeal, entretiene y da esplendor. A su lado, los robotitos y robotazos de Michael Bay y McG se quedaron en braguitas eléctricas.

-          Anticristo (Lars von Trier). ¿Qué pretendía hacer el supervillano del cine con Anticristo? ¿Un ensayo sobre la misoginia? ¿Sobre la locura? ¿Sobre la enormidad de su propio ego? Von Trier creó un mash-up entre Tarkovsky y Herzog para articular sus teorías sobre la naturaleza y la naturaleza de los sexos, la historia del antagonismo entre ambos -razón versus arbitrariedad- y el horror en estado puro. Los golpes en los genitales y las perforaciones eran terroríficos, pero los gritos de Charlotte Gainsbourg en el bosque aún me erizan la espalda.

-          La cinta blanca (Michael Haneke). Una auténtica lección de cinematografía. Dos horas largas que se pasan en un suspiro, que te subyugan gracias a esa capacidad del austriaco para sostener ambientes enrarecidos y malsanos. Haneke explora la inocencia, más bien su falta, pues todos, niños y adultos, son culpables, todos ocultan algo en ese pueblo arquetípico y cerrado, incrustado en esa era presuntamente ingenua y primitiva que fueron los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. La violencia es menos explicita que en Funny Games por ejemplo, es más subterránea, más verbalizada, pero igualmente terrible porque el desasosiego y la posibilidad del exabrupto inesperado son permanentes. Los planos compuestos simétricamente, el blanco y negro y los interiores iluminados con velas, tan DreyerLa cinta blanca es tan grande que supera con creces las intenciones de su propio autor.

Y ahora, dos listas más (I)

•Viernes, Enero 22, 2010 • Dejar un comentario

¿Creían que a estas alturas de Enero ya se habrían librado de todas esas listas con “lo mejor del 2009”? Pues se equivocaban. Hoy les traigo una recopilación de los discos publicados durante el último año y que más insistentemente han sonado en este, su gabinete amigo. No me atrevería a decir que son los mejores de todos los aparecidos, ni mucho menos, pero sí que son una muy agraciada fuente de gozosos sonidos. Algunos nombres le resultarán obvios, otros (espero) ignotos. Casi todos son regresos, lo cual supongo dice más sobre cuánto he estado al tanto de la actualidad musical durante los últimos doce meses que sobre la calidad de la cosecha del año. Sea como sea, hay esperanza, porque en varios casos se trata de estupendos segundos discos, precisamente ese campo de batalla en el que los baluartes del hype solían terminar heridos de muerte. En cualquier caso aquí los tienen, listados sin un orden particular.

-          The Joy Formidable. A Balloon called Moaning. Estrictamente hablando se trata de un EP, pues solo cuenta con ocho cortes, pero son todos de una intensidad que no se recordaba desde el Loveless de My Bloody Valentine. Nitroglicerina emocional, apropiadísima para deshielos afectivos y estados alterados de serotonina, entusiasmos variados y saltos al vacío, y que terminan dejándonos con ganas de más. Mientras esperamos su continuación, pongan The greatest light is the greatest shade en repeat. Es una orden.

-          Richard Hawley. Trueloves’ Gutter. En las antípodas se encuentra este crooner que regresó desbocado y magnífico tras el relativo despropósito de su anterior álbum, Lady’s Bridge (2007). Relativo porque, no nos engañemos, Hawley ofrece siempre similares sabores. Lo que ocurre es que, como buen artesano, sus obras son de calidad variable. Su última entrega es más ambiciosa y altisonante, más dada a las oleadas grandilocuentes que a los retiros íntimos. Y Open up your door es la más perfecta oda al amor que ha escrito en toda su carrera.

-          Jarvis Cocker. Further Complications. Como dijimos ya hace un tiempo, este es otro titán que vuelve por sus fueros. Su segundo disco tras la implosión de Pulp consigue desactivar los recelos que generó su debut. Cocker por fin se revela totalmente como lo que es. Un Serge Gainsbourg macarra y pasado, con demasiada clase como para llegar hasta el final (al menos en público) pero demasiado apasionado como para no emborracharse en un bar de striptease mientras le pone billetes en el tanga a tu hermana. Si parece exagerado, escuchen Fucking song.

-          The Horrors. Primary colours. Esto si que no se la esperaba nadie. Putas del NME, carne de cañón de la Kerrang!, The Horrors eran los niños mimados de la prensa musical y el terror de los promotores de conciertos. Prometedores, poco más. Sin embargo, este pasado Mayo se sacaron de la manga un discazo. Decir que se han madurado equivaldría a insultarlos. Me conformaré con decir que se han asentado, y que, como sucede con muchos fluidos peligrosos, así es posible apreciar mucho mejor sus verdaderas cualidades.  Pueden comprobarlo en Sea within the sea, su híbrido bastardo de Joy Division y Neu!


-          Gossip. Music for Men. Otro segundo disco que triunfa. Fulgurante, arrollador, abrasador. Allí donde los Franz Ferdinand fracasaron, los Gossip salen invictos. Más electro, menos soul, la mezcla de nuevas dosis de electrónica con la arrolladora voz de Beth Ditto resultó en un disco que rezuma amor hipersexualizado. Four letter word es el tema clave para follar hasta hacer arder la noche.

-          Desire. II. Johnny Jewel, el 50% de Glass Candy, se embarca en otro proyecto, otro más, y vence de nuevo. Tonos nocturnos y etéreos, sugerentes voces afrancesadas y ecos de Cocteau Twins, Desire son menos bailables y febriles que otras empresas de Jewel, más entregados a la causa de los amores descalabrados y obsesivos. Les garantizo que si reproducen su If I can’t hold you a avanzadas horas de la madrugada, su música comenzará a enredar el aire hasta atraparle a usted y a quienquiera que se encuentre cerca en un cortinaje irresistible.

Pasen un buen fin de semana. El próximo lunes les traeré la segunda lista, la de las películas del 2009. ¡Ahú!

Ballard killed the radio star

•Miércoles, Enero 20, 2010 • Dejar un comentario

El lunes de la semana pasada, servidor fue invitado a participar en ¿Quieres hacer el favor de leer esto por favor?, el programa pilotado por Carolina León y Elena Cabrera en Radio Carcoma. El motivo de mi presencia era departir sobre JG Ballard poco después del fin del 2009, el año en el que nos dejó para siempre.

Fue mi primera intervención en la radio (aunque no la primera vez que mi voz toma las ondas; ahí están los podcasts junto a Mario Vírico sobre James Bond y Lo oculto). Y lo pasé rematadamente bien. Hablamos de la puntos de inflexión en la vida de Ballard a propósito de su autobiografía Milagros de vida (2008), de cómo su estancia en el campo de reclusión de Shanghai y su vuelta a una Inglaterra exhausta tras la guerra afectaron a su prosa y a sus ideas. Surgió la consabida pregunta sobre si Ballard fue de verdad un autor de ciencia ficción y glosamos su intensa influencia sobre la música pop (incluido el Video killed the radio star de los Buggles). Después entró en antena Jordi Costa, poderoso y modesto como él solo, hablando sobre la exposición que comisarió en el CCCB hará cosa de un año sobre el autor de La exhibición de atrocidades. Al final discutimos sobre Lo ballardiano, sobre su presencia en nuestras vidas y antes de acabar con una apología de la píldora anticonceptiva como instrumento creativo, decidimos que era imperativo twittear todas sus novelas a golpe de 140 caracteres como si fuéramos unos Pierre Menard modernos.

Lamentablemente, si no pudieron escuchar todo esto en su día, jamás podrán hacerlo. Y es que debido a un problema técnico el programa no se grabó y quedó flotando en alguna ignota longitud de onda. Queda, eso sí, el torrente de twitters que el programa generó y que pueden recuperar en esta entrada en el blog del programa. Si les sabe a poco, les recuerdo estos dos posts canónicos del gabinete: el primero, en el que me declaro ballardiano a corazón abierto, y el segundo, en el que escribo un obituario del maestro. Y si aun así quieren más de Zito y Ballard, invítenme a café y pastas en su propio domicilio o a bebidas etílicas en algún local infecto. Acudiré gustoso.

38 días después

•Lunes, Enero 18, 2010 • 3 comentarios

Subirse a un avión un día de Diciembre sabiendo que durante unas semanas no te pertenecerás a ti mismo, que serás de los demás y de todos, que te ofrecerás en piezas, en fragmentos, que habrás de ponerte la careta de doctor, la de científico, la de amigo, la de potencial candidato, la de confidente, interesante, adorable, melancólico, magnético, ocurrente, sin saber que sufrirás de gripe, de empastes, otra vez de gripe, que perderás el juicio como se pierden las muelas, no sin antes ir a ver a Rodchenko y a Popova, muerta de escarlatina a los 35, tan muerta como una pelirroja de 23, aunque temas no haber pagado todavía el precio, aunque sospeches que te pusiste demasiado bien demasiado pronto, lees a Borges con fiebre, lees a Ballard con fiebre, pese a un anticlímax tras a otro, y te conviertes en el hombre que se derrite a 39, ves una de Alain Delon, una de zombis, otra de Alain Delon, otra de zombis, ves películas de Melville y de muertos vivientes hasta que el cigarrillo se coloca por si solo en la comisura de tus labios, hasta conquistar el mundo junto a tus camaradas a golpe de mordisco, aunque aprendas que envejecer no te descubre soluciones nuevas sino más bien su ausencia, y te montas en otro avión, cruzas el océano un par de veces, no tenemos su billete, señor, no sabemos de dónde viene, la vida es un anticlímax, amigo mío, todo es pura coincidencia, pierdes la fe en el destino, dejas de saber qué coño es eso, cantas Material Girl, Material Boy, una superestrella, silencio, más silencio, yacer, dormir, tal vez soñar, la taberna, el karaoke, la bolera, y cuando se acerca el final, aceleras hasta que no quepan más horas en el día, dando tumbos hasta el momento de la vuelta, hasta quedar quieto, hasta que no haya más remedio, aunque la cabeza siga girando tontamente y el mundo continúe a lo suyo sin detenerse.

Tomo aliento. No quiero ser maldito.

Déjà vu (X)

•Sábado, Enero 9, 2010 • 2 comentarios

Nighthawks (Edward Hopper, 1942).

Profondo rosso (Dario Argento, 1975).

El Dr Zito en el Imperio (II): Mallrats

•Miércoles, Enero 6, 2010 • Dejar un comentario

Centros comerciales y hoteles. Centros comerciales y hoteles. Eso es todo lo que uno puede encontrar en el centro de Atlanta. Todos parecen iguales. Su construcción es idéntica. Un patio central, a su alrededor los pisos, dibujados como líneas consecutivas. Balcones abiertos a ese centro común y vacío iluminado por un techo de cristal distante. Verbigracia, el hotel de ocho plantas donde me alojo, donde las reuniones de negocio y las entrevistas de trabajo se suceden sin descanso. Los dos lados del mercado, oferta y demanda, detrás y delante de una puerta. Unos sentados en el interior, con sus hojas, informes y ordenadores dispersos sobre la mesa. Quizá la televisión encendida, con el recital de cotizaciones bursátiles atravesándola. Al otro lado, los candidatos, que dan sus tres pasos de ida y vuelta nerviosos, recitando en voz alta sus virtudes, sus aciertos, sus hallazgos profesionales. Y esa imagen se repite a sí misma como en un grabado de Escher, como aquel en el que unos monjes subían y bajaban al mismo tiempo la misma escalera, porque todos los candidatos visten de uniforme, con trajes oscuros, aquí, allá, en el cuarto, quinto y séptimo piso, haciendo los mismos gestos, asomándose a ese espacio interior en el que nos espiamos los unos a los otros disimuladamente. A otra escala, como un fractal, esa misma estructura se reproduce hasta el infinito en el Marquis, hotel de tamaño delirante cuyos cuarenta y siete pisos se abren ante ti como la caja torácica de un monstruo antediluviano. Los humanos hemos colonizado su esqueleto como las termitas conquistan el de un elefante y nuestros asuntos en comparación resultan ridículos. Visitar el Marquis y subir hasta el último piso en uno de los ascensores acristalados que recorren su tráquea es lo más cercano a una atracción de barraca y feria que Atlanta puede ofrecerte. Pero si todavía no quedaras convencido, es posible bañarse en el triunfo del capitalismo tardío visitando el museo de la Coca Cola o mejor aún, el cuartel general de la CNN, la cadena de noticias que narra el mundo en twentyfourseven y cuya sede es a la vez un edificio de oficinas, un centro comercial y un parque temático: Puedes comer una hamburguesa, comprar ropa o recuerdos en su atrio, recorrer sus estudios y hacerte allí una foto de familia vestido de presentador de noticias, taza de café incluida, o visitar una sala de proyección con forma de globo terráqueo. El mundo proyectado sobre si mismo.

Mientras tanto en la calle no puede verse a nadie. Hace demasiado frío.

El Dr Zito en el Imperio (I): Last days had begun

•Domingo, Enero 3, 2010 • Dejar un comentario

Salir del metro en Peachtree Station no le reúne a uno con bucólicas imágenes de frutales  sino con edificios enormes, con pasarelas elevadísimas y absurdas que los comunican entre si sin propósito aparente, y con torres coronadas por platillos volantes. Si la realidad se nos aparece a veces como un decorado aquí esa evidencia se hace permanente, porque cuando alcanzas el Parque del Centenario, con su árbol luminoso y su pista de patinaje en la que los adolescentes giran al ritmo del más cursi Michael Jackson, los rascacielos se aúnan en el horizonte, en trescientos sesenta grados, y parecen falsos, muy falsos, como si fueran una maqueta, como si estuvieran recortados en cartón, puntuados por lucecitas alimentadas por una pila de seis voltios.

Es esta una tierra donde lo insólito te sorprende en cualquier momento, casi de continuo, como cuando en el metro un hombre negro entra apurando el cierre de las puertas y comienza su letanía, deseándonos un feliz año nuevo, diciendo que no quiere molestar a nadie pero que necesita nuestra ayuda, y es súbitamente interrumpido por un hombre barrigudo , vestido rigurosamente de oscuro, con un grueso crucifijo colgando del cuello, y a quien yo había tomado por un clérigo de una iglesia exacerbada, por la versión proletaria de un telepredicador. Eso es mendigar y está prohibido, siéntate, le repite tres veces al negro, que desoye la amenaza de una llamada a la policía y hasta la incorpora a su murga: Feliz año nuevo tengan ustedes, no quisiera molestar a nadie, podría costarme la cárcel pero no me importa, ¿podrían ayudarme? Ningún religioso podría ser tan desagradable, me dije, y por eso, cuando ya pasado el incidente abandoné el vagón, aproveché esos últimos segundos para mirar al falso predicador de soslayo y pude ver sobre su pecho la tarjeta que le acreditaba como trabajador del metro. Chivato, mezquino. En realidad, comprendí, si el Dios del Antiguo Testamento se transformara en revisor, esa sería exactamente la forma que tomaría.

Mucho antes, antes incluso de las revisiones minuciosas, de las esperas, las colas, los nervios, antes de las preguntas sobre tu culpabilidad en el Holocausto nazi o las sospechas sobre tu implicación en el contrabando de gérmenes mutantes, mi vuelo había resultado tonto y amable, oscilante entre el sopor y la agitación que provocan  las turbulencias. No me importaron demasiado. Pero ahora acumulo veinticinco horas despierto y el tiempo se ha desarticulado por completo. Quiero creer que después del sueño, mi cuerpo desvencijado por el viaje habrá recogido las piezas una a una, asimilado el rompecabezas, construido un todo coherente y que podré montar mí primer día completo en Atlanta, mi nuevo día en el Imperio. Pero justo antes de dormir, resistiéndose al orden, me asalta el recuerdo de ese momento en el que el tren que me llevaría hasta Peachtree Station recorría vertiginoso los raíles elevados por encima de los barrios de casa ruinosas, de los negros que subían cansados por los barrizales, de las autopistas de seis carriles y las naves oxidadas y vacías. Levanté la vista, enfoqué, y como un friso, escrito sobre el ladrillo visto de una fábrica abandonada, pude leer: The last days had begun. Aunque suene bien, me resisto a estar de acuerdo.

La última noche de quietud

•Jueves, Diciembre 31, 2009 • 3 comentarios

Despido la década desde Gallardongrado, una ciudad que puede ser dura e inhóspita, que te enseña a veces su quijada podrida porque es auténtica, porque aún no ha optado por disfrazarse como sí hizo en cambio Modernona. Gallardongrado puede conducirte fácilmente al desconcierto. Enfrente de El Prado, nocturno y vacío, una guiri esbelta y seseante, desorientada y sola, puede preguntarte cómo llegar al Hotel Ritz. Mientras en el barrio, puedes ver a los gitanos sacando sus teclados por las calles, recolectando monedas con un platillo de plástico. Y por todas partes las señoronas pasean sus abrigos de pieles flotando sobre las aceras, orgullosas como reliquias.  A veces me pregunto si esa autenticidad que le presumo a esta ciudad será falsa. Si, como sospecho que ocurre con los borrachos que pueblan las noches urbanas en los Fríos Exteriores, esas señoras y señores patriotas del madrileñismo rancio son en realidad extras contratados por el ayuntamiento, ex figurantes de Farmacia de Guardia, que ahora se ganan unos céntimos contribuyendo a preservar el estereotipo convertido en patrimonio. Y sin embargo, pese a todo, qué poco cuesta reconciliarse con Gallardongrado, con sus luces y salones, con sus candelabros y caobas, con sus bares, sus tabernas, con el frío intermitente que nos recuerda que estamos clavados en mitad de un páramo.

Esta noche acaba una década, dicen. Pero el caso es que yo no termino de creerlo. Vivo aún tratando de asirme a este torbellino de tiempo, que se escapa, que se filtra, y que me hace sentir tres o cuatro años alejado de la corriente donde presumo vive el resto. Lo único seguro es que mis muelas abandonan mi boca como reclusos de un psiquiátrico, vestiditas con su camisa de fuerza y calcio. Dicen que soñar con que se te cae la dentadura anuncia una época de cambios. Me pregunto si vivir despierto esa caída anuncia el cambio más importante de todos: la edad que nos retoma, y en último término la muerte, que por fin parece interesarse por nosotros, como le oí decir a Martin Amis, con ojos de curiosidad y deseo, como te puede observar, por ejemplo, una pelirroja demente desde el fondo de un antro.

Se acaban los noughties y el mundo entero echa la vista atrás como un anclaje. Los mejores discos, libros, polvos de la década. She’s a maniac y Sunday Bloody Sunday suenan en la radio. Mis referencias vuelan por encima de las cabezas de los más jóvenes y acto seguido marcho de cena con los amigos del colegio, unidos por casi tres décadas (la friolera) y por nuestros apellidos localizados en la misma sección del abecedario. Vivo, como digo, en un torbellino. Y no me reconozco en ese yo mismo que hace diez años se dormía en el sofá mientras veía por televisión cómo La Fura quemaba, si recuerdo bien, un hombre de paja tan solo quinientos metros más allá de su casa. Aquella era otra vida, otra suerte, aquel era el cambio del milenio, el principio de una nueva era o de la última. Hoy terminan sus primeros diez años y no creo que el mundo tampoco se reconozca en aquel otro cuyo principal miedo era que los ordenadores se volvieran gilipollas al cambiar de fecha.

Parece mentira.

Audición Bond

•Sábado, Diciembre 26, 2009 • Dejar un comentario

Llego gracias a la deliciosa Spy Vibe a una galería de fotos inéditas que el archivo online de la revista Life acaba de hacer públicas. Son instantáneas de las pruebas y castings que se hicieron a los cinco actores candidatos para sustituir a Sean Connery en Al servicio secreto de su Majestad (1969), el primer film Bond sin el Bond por antonomasia y una de sus mejores entregas, como afortunadamente se reconoce hoy en día tras sufrir décadas de desprecio. De entre los cinco candidatos, George Lazenby, modelo de publicidad australiano, resultaría elegido para tomar el papel de 007, a quien como saben encarnaría tan solo esa vez (ante los discretos resultados cosechados, Connery regresaría en Diamantes para la eternidad). Lo primero que podemos apreciar en estas instantáneas es que Lazenby poseía un encanto especial (¿quizá esa sonrisa?) fuera del alcance el resto de Bonds wannabes: ni John Richardson con su evidente parecido al Daniel Craig, ni el mentón a lo Guy Pearce de Robert Campbell consiguieron igualarle. Pero esta galería de fotos, mirada con detenimiento, nos muestra también algo más. Nos muestra a Bond, como arquetipo, como patrón de la masculinidad. Si observan bien, los cinco actores repiten las mismas poses. Fuman, se miran al espejo mientras se prueban trajes espléndidos, seducen a una bella rubia armada con una pistola. Y al verles a todos en idénticas poses estos distintos hombres se erigen como uno solo, como El Hombre, que debía ver, beber y vencer siempre. Todos son el mismo macho, el canon al que debían, al que debíamos, ajustarse y ajustarnos todos. Darse cuenta de ello no lo hace menos deseable. Pero nos hace consciente de la masculinidad, de sus fundamentos y sus endebleces.

Si no lo creen, miren esta, esa y esa otra instantánea.

Mientras las saborean y se saborean tomando un Don Perignon, no olviden escuchar la magnífica partitura que, como de costumbre, John Barry compuso para esta entrega Bond. Disfruténla.