Una incógnita azul y pálida
Fui uno de tantos niños y adolescentes que durante los ochenta crecieron leyendo sobre OVNIs y extraterrestres, sobre el Triángulo de las Bermudas y el monstruo del Lago Ness, sobre el misterio del Hombre Polilla o el enigma de las pirámides. Tengo en mi haber incluso alguna anécdota sonrojante al respecto, como esta que revelo ahora en exclusiva, la del día en que convencí a mi panda de amigos del colegio para que hiciéramos una encuesta sobre las creencias en estos temas por el mercado del barrio. Y es que en aquella época me asombraban profundamente los casos de desapariciones de barcos y aviones que relataba Charles Berlitz o los Encuentros con humanoides de Antonio Ribera, y me alarmaban hasta el escalofrío las teorías lucidoparanoicas de Salvador Freixedo en La granja humana.
Ese asombro me sigue visitando hoy en día pero ahora, con el beneficio del paso del tiempo, comprendo que estas narrativas paranormales resultan tan atrayentes por tres motivos. El primero porque eran y son estupendas piezas literarias, narraciones extraordinarias repletas de sucesos increíbles, que apelan al horror y al sentido de la maravilla. Los relatos sobre visitantes de dormitorio, sobre el descubrimiento de los restos cuarteados del abominable hombre de las nieves en un templo tibetano o la aparición de un barco sin pasaje pero con la comida servida y humeante son literatura en estado puro, son cuentos atávicos que se enraízan en mitos y leyendas transmitidas frente al fuego primero y en una larga dinastía de páginas escritas después. No en vano, muchos presuntos casos paranormales -el del “vampiro de Borox” o “la teleportación de Rudolph Fentz” por ejemplo- tuvieron su origen en relatos literarios que se transfiguraron en supuestos hechos reales. Supongo que en el fondo esa era la faceta del fenómeno que me fascinaba de niño, la de la fantasía, la que como me sucedía con Verne o Lovecraft me empujaba a sumergirme en libros que parecían conceder conocimientos arcanos, verdades que nadie más veía, certezas soslayadas por la vida cotidiana.
Años más tarde uno percibe otra faceta, la de la sociología que se encuentra tras estos temas; por ejemplo la de un país deprimido y gris que llena sus estanterías, vacías de otro modo, de enciclopedias del misterio, de platillos volantes o de las civilizaciones perdidas, retratado por Óscar Aibar en Platillos volantes (2003), y que intentaba alcanzar el infinito mientras devoraba el realismo fantástico de von Däniken o se congregaba a ante la tele para escuchar a un hombre barbudo, calvo y de voz grave hablar de visitantes de otros mundos o de artefactos imposibles en horario de máxima audiencia (virtudes de la existencia de solo dos cadenas). El tiempo también te va descubriendo que sin la Guerra Fría los cielos no se habrían llenado de foo fighters ni de naves triangulares y que las abducciones a cargo de humanoides grises son un remedo de las sempiternas historias de súcubos que renacen en pleno siglo XX para expresar nuestro miedo a la ciencia invasiva.
Queda por último el drama más íntimo: El de las personas que han experimentado el misterio, las de aquellas que han sido expuestas a apariciones, luces, presencias nocturnas, las que sienten estar en posesión de una verdad que el resto del mundo se niega a afrontar. El drama de los que creen, de los que quieren creer, y de los que viven con ellos, de los amigos que huyen o de sus parejas que se quedan, apuntalándose junto a ellos en lo inverosímil, asimilados, convencidos, vehementes, fieles hasta que la muerte (preferiblemente en circunstancias sospechosas) les separe. Y es que hay que reconocerlo: Miles de personas han visto algo, algo inexplicable. Lo que resulta realmente imposible es que todos ellos mientan.
El tiempo me fue despojando de estos intereses. En parte, lo reconozco, por vergüenza. En parte porque la vida me condujo a otros menesteres. Pero es inútil resistirse. En internet uno termina encontrándose a sus pares y uno deja de sentirse solo o avergonzado, único y equivocado, y puede regresar gozoso a disfrutar de los misterios, más escéptico pero casi igual de entusiasmado. Y quiere la casualidad cósmica que hayan aparecido casi simultáneas dos obras que versan sobre lo insólito, dos obras estupendas y complementarias que demuestran que el misterio nos conforma, que es parte de nosotros, y que más que renunciar a él debemos abrazarlo.
Pocos meses atrás Pablo Vergel alumbraba Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura, un ensayo radicalmente novedoso sobre el tema de los no identificados. Si no andan ustedes muy versados sobre las investigaciones ufológicas recientes, déjenme resumirles que tras la marea de casos de los 60 y 70, la consiguiente resaca y travesía del desierto ha traído a escena a una nueva generación de investigadores -entre los que se encuentra Pablo- que cuestionan el fenómeno OVNI desde sus propias siglas: No son ni objetos ni volantes, afirman. Lo que muchos ya llaman “el gran teatro OVNI” nace de la constatación de la naturaleza proteica y fundamentalmente absurda del fenómeno, del sinsentido que resulta de defender que civilizaciones alienígenas nos visitan a bordo de aparatos que dejan quemaduras en el suelo con el propósito de recoger muestras minerales y animales, de las que ya deben contar toneladas a juzgar por el número de casos descritos. La llamada “hipótesis extraterrestre” está dando paso a otras teorías aún en estado de solidificación que subrayan la insensatez del fenómeno. Ahí tienen por ejemplo los coqueteos de Miguel Pedrero con la física cuántica, siempre muy socorrida para explicar lo inexplicable, o la llamada “Teoría de la intrusión” formulada por Jesús Callejo y Carlos Canales, cuyo bello nombre es sin embargo bastante más estimulante que su contenido.
Pablo Vergel pertenece pues a esta nueva hornada de investigadores ufológicos que no tienen problema en disputar el fenómeno desde su base y que están hastiados de la recolección deslavazada y rutinaria de caso tras caso en que terminó convirtiéndose la ufología clásica. Apoyándose en las teorías de titanes como Jacques Valleé, un auténtico hombre del Renacimiento, o del irrepetible John Keel, Pablo se aproxima al asunto desde su formación como sociólogo, y con lógica y sentido establece dos hechos cardinales: Primero, que no podemos negar por más tiempo que los testigos han visto algo y segundo que ese algo posee una capacidad de metamorfosis a través de la geografía y la historia que nos obliga a concluir que o bien su causa es una inteligencia inefable que responde y juega en cierto modo con nosotros, o que se su origen radica en factor puramente humano. Incógnita OVNI opta por la segunda vía y plantea una hipótesis que dada la naturaleza de los hechos es tan plausible o más que cualquier otra pero que también está argumentada como pocas. Y es que en su repaso de las diversas hipótesis hasta ahora propuestas, Pablo Vergel nos ofrece una mirada lúcida y esclarecedora que va apartando lo accesorio y que no tiene miedo de explorar territorios en apariencia demenciales como las apariciones marianas o la teoría conspiranoica ni de usar conceptos sencillos de filosofía, porque lo que el ensayo plantea en último término es utilizar una metafísica básica para abordar el rasgamiento del tejido de Lo Real causado por los sucesos sobrenaturales. Si un defecto tiene Incógnita OVNI en todo caso es su brevedad. Me habría encantado que Pablo se hubiera extendido más en ciertos puntos y, aunque su decisión de no echar mano catálogo de avistamientos es muy consciente, que hubiera ilustrado lo absurdo del teatrillo OVNI con algún caso inaudito, como uno de mis preferidos, el del pastor Heliodoro Nuñez a quien una tarde se le apareció un extraño ser asomándose desde una especie de pantalla surgida de la nada.
Hace unas semanas aparecía su compañero perfecto, el cómic Azul y pálido, editado por Entrecomics, y dibujado por el bueno de Pablo Ríos, autor ademas de la portada de Incógnita OVNI. Este segundo Pablo (¿hace falta llamarse así para recibir una iluminación?) nos ofrece una visita guiada por la casuística OVNI, por ese imperativo del “vigilad los cielos” que nos acompaña desde 1947 hasta aquí. El título nos remite a una realidad: que nuestro mundo no es más que una mota en el borde de una galaxia secundaria condenada a la soledad dada la vasta dificultad de los viajes estelares (ya no solo por la dilación del tiempo sino también porque el espacio sideral, con sus radiaciones y rayos cósmicos, es un entorno fundamentalmente hostil a la vida). Citando al mismísimo Carl Sagan y su “no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos”, Pablo Ríos deja que ferviente devotos y charlatanes de feria cuenten su historia. Desde la del obrero que afirma que el gobierno conspira con los extraterrestres hasta el estigmatizado italiano encantado de recibir tus donativos. Azul y pálido tiene momentos de verdad sublimes, como su traducción a imágenes de la cháchara del “contactado” y vendedor de humo Sixto Paz, a la que eleva al rango de cosmogonía, o la historia de los primeros abducidos, el matrimonio Hill, que en los pinceles de Pablo se convierte en un relato conmovedor de amor más allá de la tumba. Azul y pálido por tanto aúna esas dos vertientes de las que hablábamos, la literaria y la intimista. Todos estos testigos, afectados e iluminados van desfilando por sus páginas. La compasión sin límites que Pablo muestra por muchos de estos personajes es la compasión que sentimos por nosotros mismos, por aquellos a los que, como él, nos gustaría poder creer, aunque resulte irracional e inconsecuente, porque reconocemos que esa pulsión humana por habitar en el misterio, de contarnos historias fabulosas los unos a los otros, nace de la necesidad de sentirnos un poco menos solos en el universo.
Incógnita OVNI: Metafísica de la ruptura - Descargable gratis.
Azul y pálido – Disponible en la web de Entrecomics.
Ocho
Este blog cumple ocho años. Tal día como hoy. Nacido en otro lugar y con otros propósitos que parecen lejanos, inverosímiles, como de otra existencia. Ocho años. Vaya. Se dice pronto.
Resulta díficil no aprovechar una efeméride como esta para echar la vista atrás y reflexionar un poco. El caso es que aquí seguimos, perlando las semanas con algun texto que otro, y sin querer que las cosas cambien. Están bien así. Usando este espacio para refflexionar de vez en cuando, con pausa y cuando el entusiasmo lo dicte. De momento el entusiasmo dicta, dicta bastante, y no faltan los temas ni las intenciones. El tiempo sí, pero ese es otro tema, que les voy a contar a ustedes. El blog mientras tanto, como artefacto, como fenómeno, también parece ser de otro lugar y tener otros propósitos. Yo al menos no leo menos que antes, sino más. Quizá la frecuencia con la que cas todos escribimos se haya reducido, porque como digo, el reloj de arena parece tener un agujero negro en su cuello. Pero es que uno no deja de asombrarse con los textos, ideas y maravillas que otros cocinan. Y de vez en cuando, Twitter o menéame caen en la cuenta, y esos tesoros se hacen públicos. Aunque no los haya escrito yo, mi condición de bloguero, supongo, me hace sentir orgulloso.
No se trata ahora de pergeñar con prisa una reivindicación del blog. Quizá ahora ostente el papel y el rol que siempre debío ser suyo. Pero oigan, es que ocho años escribiendo con regularidad, se dice pronto. Yo estoy muy contento, no puedo evitarlo. Por la gente que me dice “te leo desde hace milenios”, o los que te dicen “es que siempre ha estado muy bien,” pero también por lo que a mí me atañe, porque aún me maravilla la idea de que por escribir aquí, por compartir con ustedes lo que me conmueve o me hace pensar, yo haya conocido en el mundo real gente tan absolutamente increíble y con la que me honra compartir mesa, mantel y maneras.
Y después de agradecerles una vez más que estén aquí, me voy a celebrar estos ocho años con una paella.
Django desenmascarado
No ocurre con la suficiente frecuencia que se estrene una nueva película de Quentin Tarantino. Al genio de Knoxville hay que ir a verlo siempre, proponga lo que proponga, porque es un director de talento mayúsculo cuyo único defecto es, en ocasiones, una cierta autoindulgencia. En cualquier caso, su Django unchained es un festín de cine. Una maravilla técnica y narrativa, en la que Tarantino combina el atrevimiento y talento formal con sus inconfundibles dotes para el dialogo y el dibujo de personajes. Como sucedía en Kill Bill vol 1 y 2 (2003-2004) y en Inglorious Basterds (2007), Django Unchained hunde sus raíces de manera nada disimulada en el cine de explotación setentero más desprejuiciado para ofrecernos algo a la vez antiguo y nuevo, no un mero coctel de referencias, sino una pieza de cine mutante que alcanza un terreno en el que esas raíces se convierten en sustento de una fantasía tan original como deslumbrante.
Por eso es por lo que Django unchained está generando críticas elogiosas y textos tan fantásticos como esta entrada del Maestro Ausente, en el que glosa los referentes fílmicos de la película, o como este artículo de Annalee Newitz quien, partiendo de las polémicas declaraciones de Spike Lee sobre el presunto criptoracismo de la película, describe Django unchained como la fantasía de todos los blancos que nos sentimos culpables por el esclavismo y el colonialismo (puede sonar desnortada, pero esta tesis la enuncia de forma explícita el Dr Schultz durante la película).
Lo cierto es que el plantel de personajes de Django unchained cubre todo el espectro moral posible. Y eso suele molestar a los simplones y a los politicamente correctos. Tenemos desde el Dr Schultz, un blanco que mata por dinero pero al que la esclavitud le repele (blanco pero europeo; “al contrario que yo, no ha estado lo suficientemente expuesto a América,” dirá de él Django) a Stephen, el maravilloso villano encarnado por Samuel L Jackson, un negro que ha abrazado su esclavitud para dominarla hasta conseguir tratar de igual a igual a su amo. En ese sentido, Tarantino se arriesga a exponer un hecho tan incomodo como cierto que ya ocupó a Lars von Trier en Manderlay (2006): Que ser esclavo no necesariamente te hacer desear la libertad. Si a esto le sumamos la violencia extrema marca de la casa, no es de extrañar que Django unchained haya despertado una estúpida polémica.
Dada la abundancia de bellos textos sobre la película, a partir de ahora me centraré en un solo aspecto del que creo merece hablarse con detenimiento: La importancia en ella de la ficción, la farsa y la teatralidad.
(Ojo. Spoilers a partir de ahora).
Una vez Django está bajo el ala protectora del Dr Schultz y comienzan su andadura juntos como cazarrecompensas, su primera misión es encontrar a los Hermanos Brittle, tres negreros de la plantación propiedad de un recuperado Don Johnson. Ahí surge la primera ficción: Para poder entrar sin levantar demasiadas sospechas, Schultz pide a Django que finja ser su mayordomo, que interprete un papel, que se presente como quien no es: No como esclavo, sino como criado dispuesto. En ese punto Django es todavía un niño, porque la esclavitud, como cualquier forma intensa de control social, provoca la infantilización de quien la sufre. Django no conoce expresiones y palabras, como no las conoce un niño de ocho años. Y cuando se le ofrece elegir ropa, elige la ropa brillante y colorida, esa que eligen los niños sin mediacion de padres ni de la moda ni del sentido del ridiculo. Simplemente porque mola. Y así llegan a la plantación, como amo y criado, fingiendo querer comprar un esclavo. Cuando cumplen la misión, la orden de detención en el bolsillo de Schultz pone punto final a la representación teatral.
El plan de rescate de la esposa de Django, esclava en Candyland, es la segunda farsa. Presentandose como esclavistas interesados en luchadores mandingo, Djano y Schultz abordan all malvado Calvin Candie, un colosal Leonardo Di Caprio. Para ello Django cambia de nuevo sus ropajes. Ahora es un tipo duro de espuelas y cartucheras, un vaquero icónico, un Boss Nigger, hasta el punto de que su nuevo disfraz le hace ser despreciado por otros negros. El plan es de nuevo representar una pieza teatral para evitar la negativa de Candie a vender la esclava. La ficciónse rompe cuando Stephen lee a través de ella. Pero lo que viene después es otra pieza de dramaturgia. Candie vuelve de la cocina con un martillo y una calavera. Y comienza un discurso sobre las razas y la frenología. Esta dilatación de los tiempos mediante dialogos tan bellos como imposibles es marca de la casa Tarantino, lo sé. Pero resulta divertidismo imaginar al personaje de Di Caprio pensando en cómo desenmascarar a los impostores sentados en su mesa, agarrando la calavera del viejo esclavo, componiendo poco a poco su monólogo, diseñando las inflexiones de voz, planeando el uso del martillo para conseguir el máximo efecto dramático. Sin embargo, el baño de sangre siguiente se desencadena cuando las ficciones se caen y Schultz se niega a entrar en la farsa del “pacto de caballeros” y dar la mano al odioso Candie.
Y finalmente, la última fantasía: la que sirve a Django para emanciparse. Una vez muerto Schultz, sólo, esclavizado de nuevo, de camino a una muerte cierta pero ya habiendo aprendido los trucos del oficio, Django declara su independencia creando una ficción propia e improbable que le permite vencer los últimos obstáculos y rescatar a su amada. La historia que relata a sus captores, la narración que magustralmente maneja, es tan imposible como apasionante. En ese sentido, Tarantino propone lo opuesto a Hitchcock en Los 39 escalones (1935), cuando el protagonista, para librarse de los espías que le persiguen para matarle, consigue convencer a un lechero para que le preste su ropa contándole una falsa historia sobre infidelidades en vez de la verdad. Django demuestra que una ficción absurda puede ser tan poderosa como una mentira cotidiana.
La fantasía. En último término tanto Inglorious Basterds como Django unchained son dos intentos de exorcisar la Historia mediante la ficción. El plan de los bastardos también se basaba en una impostación, cojitranca y risible. La aventura de Django es toda ella una secuencia de representaciones. Pero al contrario de lo que afirman sus críticos, el propósito de Tarantino no es frivolizar con la Historia. Al contrario. Sus fantasías de retribución y venganza nos hacen capaces de acabar con Hitler, nazis malvados, el Ku Kux Klan y esclavistas crueles que merecerían haber muerto entre sufrimientos. La ficción pone puntos y aparte. La ficción purifica nuestros fracasos como especie. La ficción es capaz de liberarnos. Como a Django.
Tu futuro a buen recaudo
Sé que ya les he hablado en varias ocasiones de la curiosa relación que los bancos guardan con el futuro en medio de esta crisis existencial que como civilización vivimos. y de cómo esa relación especial se manifiesta en la publicidad de las entidades bancarias. El porvenir aparece de forma habitual en sus proyecciones de imagenen las que los bancos se representan como posibilitadores de oportunidades, como galvanizadores de esfuerzos y, también, como garantes de futuro. Estas Navidades que pasé visitando a la Familia Zita, esta última faceta publicitaria de los bancos no pudo hacérseme más evidente. En la calle en la que viven, una calle comercial pero modesta de la periferia de Ciudad Mandril, no una, ni dos, sino tres sucursales bancarias mostraban en sus escaparates llamativos carteles que de un modo u otro hablaban del futuro.
Comenzamos con un viejo conocido, el Banco Sabadell, que ya nos tiene acostumbrados a hablarnos en su publicidad sobre lo que nos espera.
Vean qué concepto más minimalista. Sin colores, pura letra, con ese “Tú” en itálica para que nos quede claro que el banco se preocupa por nosotros y que está dispuesto a diseñarnos un plan de pensiones, es decir, un futuro, a nuestra medida, el que mejor nos convenga. Para que podamos dormir tranquilos, porque el mundo está muy raro y convulso, y nunca se sabe lo que puede ocurrir. Precisamente de tranquilidad es de lo que nos habla también La Caixa en su propaganda.
Lo primero es observar que los creativos del Sabadell deberían a estas horas haber denunciado ya a los de La Caixa por plagio. Y es que la publicidad de la caja que de momento ha capeado mejor el temporal económico no se corta un pelo a repetir la idea de que el futuro es tuyo y que debes reflexionar sobre él, con su ayuda naturalmente. Y para subrayar ese mensaje, para hacer que llegue a casa, como dicen los ingleses, nos ponen también la imagen de un atractivo madurito, que apoya un galáctico bolígrafo sobre su mentón, en un gesto de reflexión, responsabilidad y decisión. Itálicas o corchetes, lo que importa es que el futuro has de labrartelo tú y que los bancos quieren ayudarte para que no te entren taquicardias ni angustias. Para que estés seguro.
Y qué mejor para ofrecernos seguridad que una cara conocida, que una persona querida, amable, respetada, un rostro provecto pero juvenil, uno de esos de los que dices “uy, qué mayor se ha hecho de repente” y que te hace pensar que tú también, pronto, transitarás por ese mismo camino. Qué mejor que, en dos palabras, Fernando Romay. Medallista olímpico, deportista, presentador y lo que se tercie, que desde las alturas de sus 213cms te dice: Pequeñín, hazme caso, hazte un plan de pensiones en el Banco Popular.
Aquí llegamos a una aparente contradicción: Que se recurra a una figura del pasado para vendernos el futuro. Que se recurra a una vieja gloria para decirnos cómo conducir nuestro porvenir. Contradicción aparente solo, porque como hemos dicho ya en alguna otra ocasión, el futuro que interesa a los bancos es uno muy determinado, aquel que es mera proyección del presente, el que estable, seguro, tranquilo, sin sobresaltos, en el que todos seguimos los ciclos de ahorro y gasto que nos corresponde y en el que nuestras pequeñas suman van acumulando intereses cual hormiguero acumula granos de trigo de cara al invierno.
La segunda contradicción aparece cuando nos fijamos en que gran parte del lío en el que nos vemos metidos se debe precisamente a los bancos y cajas. Aunque es cierto que los gobiernos también tienen su parte de culpa en ello, la socialización de pérdidas del sector bancario, el que entre todos debamos asumir los números rojos que deberían recaer sobre sus accionistas e inversores, convierte todo esto en una broma pesada. Díganselo si no a todos aquellos timados y engañados con el escandalazo de las preferentes. Cruel ironía que los responsables de que el presente sea un infierno por culpa de sus malas acciones en el pasado estén tan deseosos de proyectarse como parte de nuestro futuro.
Pero eso no es todo. Como quizá saben, y como acertada medida para salir del atolladero, aunque se nos haya tenido que imponer desde la UE, se ha creado el SAREB, ese famoso “Banco malo”, que absorberá los activos tóxicos, todas esas hipotecas ruinosas, todas esas urbanizaciones llevadas por la maleza y construidas en medio de ninguna parte, para que por fin el crédito pueda fluir y la actividad económica despegue. Y quién mejor, sin duda, para poner al frente de esa institución clave para nuestra recuperación y nuestro futuro que Rodolfo Martín Villa, un hombre de 78 años, un demócrata de toda la vida, hombre moderno, dinámico y actual, al que vemos bajo estas líneas saludando a unos amigos.
Perros de arena
Perros de arena era el título que me habría gustado que llevara Perros del desierto, la “novella” de Francisco Serrano publicada hace apenas unos meses por la Editorial Alegoría en su colección Memento Mori. La aparición de esta serie de libritos de pura vocación pulp y de género fue sin duda una de las mejores noticias editoriales del año pasado. Junto con la novela de Francisco Serrano apareció Nigromancia en el reformatorio femenino, la salaz, cerda y entretenidísima contribución de John Tones a la colección. Ambas forman un dúo esplendido y poderoso, que esta sirviendo para reivindicar por un lado la literatura rápida, barata y de calidad, y por otro el género, como forma canónica -y casi me atrevería a decir que única- de la ficción (porque otro asunto es cuánto los autores se esfuerzan en disimular o desmentir lo genérico que hay en toda narrativa). El objetivo es, creo, romper binomios preconcebidos entre género e inferioridad literaria. A Borges no le hizo falta luchar contra esto ni reivindicar nada; sus lectores y su entorno cultural apreciaban a Simenon y a Stevenson o a Wells tanto como a él, de hecho eran un sine qua non para disfrutar de la obras del cieguito. Pero a nosotros esa brega si nos toca.
Habrán notado que pese a la parrafada anterior aún no he dicho nada sobre cómo es Perros del desierto. El caso es que ahora pueden leer online el prologó no autorizado que escribí sobre ella. Allá me encontrarán, deslumbrado y entregado. He dicho “prólogo no autorizado” porque en su idea de que las novelas de la colección funcionen como un tiro, se las despojó -acertadamente creo- de agradecimientos, prólogos y demás mandanga. Ahora pueden leerlo en la web de Memento mori junto a la estupenda ilustración de Marcos de Diego que ven junto a estas líneas.
Y no solo eso: el próximo jueves 17 de Enero se prepara en Madrid la repanocha. Una fiesta-concierto-presentación de la colección que, como podrán ver gracias a este fantabuloso poster, no deberían perderse por nada del mundo.
Bola extra: Si necesitan más pruebas, aquí pueden leer el primer capítulo de Perros del desierto.
El cielo es rosa cada Navidad
Lo primero: Su querido doctor quiere aprovechar para desearles un feliz 2013, año en el que este humilde blog enfila su octavo aniversario, por qué no octavo pasajero, que uno ya se siente un poco así, como reliquia peligrosa y metamorfa. Tonterías aparte, les venía a anunciar por si acaso no lo han visto ya por otros canales, que el ínclito Álvaro Mortem un año más ha convocado a unas cuantas mentes preclaras para diseccionar tres objetos culturales de su elección, en un evento que se está convirtiendo en una preciosa tradición internetera. El resultado en esta ocasión ha sido aún más deslumbrante de lo normal, en serio. La lista de elecciones es variada y heteróclita, una constelación rutilante de productos culturales de toda condición y concreción, seleccionados por personas de conocido buen gusto entre lso que están Roberto Alcover Oti, Noel Ceballos, Alberto Haj-Saleh, Grace Morales, Javi Sánchez, John Tones y Pablo Vergel, así como por otros cuantos desconocidos para mí, gratas sorpresas que me han abierto los ojos a objetos que me habían pasado desapercibidos el pasado año. Ah, ¿les he dicho ya que contribuyo yo también?










Gravity Falls S01E12 – Summerween.



