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Locura steampunk

Lunes, marzo 2, 2015

Este blog hace unos días cumplió diez años. Se dice pronto. Increíble. Una década.

Aunque adormilado, lo tengo siempre muy presente, porque este antiguo gabinete me ha servido para mucho, sobre todo para articular mi pensamiento, casi mi persona (al menos en su acepción en latín), para conocer a gentes y temáticas asombrosas, para atreverme a ello. No lo digo con presunción alguna. Sólo con alegría y sintiéndome afortunado.

Uno de los resultados de estos diez años de actividad, otro atrevimiento del que ya he dejado dicho por aquí en otras ocasiones, ha sido el de escribir ficción. Hoy vengo a hablarles de la última antología en la que he aparecido, The best of Spanish steampunk y un poquito de la pieza que en ella aparece, Mad (Loca).

The best of Spanish steampunk es un proyecto de la Editorial Nevsky, una de estas nuevas iniciativas que quieres que salga bien por el cuidado y decoro que ponen en todo lo que hacen. Afortunadamente a la buena gente de Nevsky su apuesta les está saliendo muy bien. Es probable que hayan oído hablar de ellos a propósito de su preciosa y exitosa edición de El maestro y Margarita, el clásico de Bulgakov, que requería de una nueva traducción (la antigua, hablo por experiencia, era ortopédica y extraña). James y Marian Womack han recopilado y traducido un ´buen número de relatos del género -algunos ya reconocidos, otros inéditos- cuyos autores escriben en castellano. Entre ellos se encuentran algunos muy conocidos como Javier Calvo, Javier CañadasFélix J Palma, y otros muy interesantes como Cristina Jurado, Santiago Exímeno, Francisco J Pérez o Guillermo Zapata.

No soy especialmente un fan del género steampunk, lo confieso. Quizá porque lo más visible de él sea su estética. Su cosplay de gafas de piloto, corsés y alambicados gadgets me produce la misma indiferencia que cualquier otro cosplay. Pero si que me atrae como sub-subgenero de la ucronía o de la historia alternativa. La máquina diferencial (1990), la novela escrita a cuatro manos por William Gibson y  Bruce Sterling que dio carta de naturaleza al steampunk, se desarrolla en una Inglaterra alternativa en la que Charles Babbage consiguió desarrollar con éxito su prototipo para una primera computadora. Lo que me interesa del steampunk es su capacidad para explorar el presente hablando sobre lo que podía haber sido. O sobre lo que habría sido igual de todos modos. De hecho, para mí el interés de The best of Spanish steampunk se centra en el buen número de relatos utilizan las convenciones del steampunk para revisar momentos claves de la historia española y latinoamericana.

El mío, por ejemplo, se ambienta en los días previos a la Guerra de Cuba. O a una Guerra de Cuba que no tiene por qué ser la sucedida. Como todas las historias alternativas,  se ha producido una divergencia, un point of departure, como se dice en inglés, en el que nuestra línea temporal fue alterada. Mi divergencia se basa en la suposición de que España luchó en guerra contra Alemania en 1885 por el control de las islas del Pacífico. En nuestra realidad aquello no se quedo más que en una crisis diplomática (la llamada “crisis de la Carolinas”) que se resolvió por la intercesión del Vaticano y porque Bismarck no quería enemistarse con España en vistas de una posible guerra con Francia. Pero es probable que de haberse producido, nuestra más que probable derrota habría iniciado un revisionismo y reformismo similares al del 98. Más de una década antes. Quizá la monarquía habría caído (un año después el General Villacampa protagonizó la última intentona republicana del siglo) y, quién sabe, quizá el gobierno habría escuchado con mayor atención a Torres-Quevedo y a Peral cuando estos presentaron sus respectivos prototipos de aeronave y submarino. Quién sabe.

En Loca, si hay alguna idea, es que ninguno de estos avances habría significado un cambio social. Tener dirigibles y computadoras que funcionan con vapor no habría liberado a la mujer de su opresión social.

Y ya.

(The best of Spanish Steampunk se puede adquirir en la web de Nevsky (Epub), Amazon (Kindle) y Barnes & Noble (Nook) por solo cinco euritos de nada.)

La misteriosia necrología de la posguerra española

Martes, diciembre 2, 2014

Este pasado fin de semana se han dado dos casualidades que me han empujado a escribir lo que a continuación leerán. Por un lado, la buena gente de Vivir Rodando, junto con el amigo Pablo Vergel, han publicado un podcast en el que diseccionan al dedillo el seminal programa británico Ghostwatch, su contexto y su influencia en la cultura posterior. Han sido además muy amables citando el texto que que hace unos años escribí sobre Ghostwatch como parte de una serie de posts tratando el tema de los fantasmas suburbanos. En segundo lugar, Daniel Ausente, cuya última novela Mataré a vuestros muertos les exijo que compren y lean ahora mismo, mencionaba en su facebook el que llamaremos (con mayúsculas) Caso de la Calle Grilo, paradigmático crimen múltiple, epítome de la crónica negra española. En los comentarios le mencioné a Dani que aquel caso lo terminaban de redondear sus conexiones con otro no menos apasionante y sí mucho más rocambolesco, el (más mayúsculas) Caso Ummo. Pese a ser un experto en lo bizarro, el Sr Ausente dijo no conocer tales asociaciones. Así que, pensando en que quizá ese desconocimiento sea más general de lo que pensaba, y también a modo de pago a Dani por su novela y a Vivir Rodando por sus alusiones, vengo a relatarles los intrincados lazos entre el que quizás sea el caso de contactismo extraterrestre más extraño del mundo y dos de los sucesos más escalofriantes y enigmáticos de la crónica negra patria. O quizá tres.

Podríamos comenzar por cualquier punto de los quince años que acotan esta historia, cierta e inventada a partes iguales. Pero empecemos por los sucesos del 1 de Mayo de 1962 en el número 3 de la Calle Antonio Grilo en Madrid, situada en pleno centro, detrás de la Gran Vía, cerca de la Plaza Luna. En la mañana de aquel día, en el segundo derecha de aquel edificio, que algunos dicen se levanta en el solar que otrora fuera un cementerio para nonatos, amén de escenario de otros macabros sucesos, se escucharon unos gritos tremebundos. Eran los de los miembros de la familia de Jose María Ruiz, sastre de profesión. José María los estaba asesinando. Había comenzado por su esposa, con la que había acabado de un martillazo. Después, uno a uno, con sus cinco hijos a cuchilladas.

Ensangrentado y demente, el sastre homicida salió al balcón de su domicilio con una de sus hijas asesinadas, de tan solo 18 meses, en los brazos. Gritaba “¡Los he matado a todos! Los he matado por no matar a otros canallas.” Esta imagen icónica apareció en forma de dibujo en el semanario El Caso, al que la censura no permitía publicar más que un crimen de sangre en cada número. El gentío se acumuló en la Calle Grilo. Llegó la policía. Barricado en su casa, el sastre amenazaba con pegarse un tiro. Se dice que se permitió a un cura subir hasta allí para que intentara disuadir a Jose María de su impulso. Quizá no fue así. Otros dicen que el sacerdote se negó a dar la extrema unción al suicida en ciernes. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que la crónica cuenta que justo antes de apretar el gatillo el sastre gritó “¡Tenía que hacerlo hoy! ¡Hoy es el día! ¡Ellos me obligaron a hacerlo!”

casobCasi todos atribuyeron el origen de esa orden aberrante a las voces de la esquizofrenia. Otros se refirieron a un ente oscuro, a una impregnación causada por las crueldades sucedidas en aquel lugar en al pasado, una entidad que poseyó al pobre diablo llevándole de la locura al asesinato para después devolverle la conciencia y abocarle al suicidio. Pero unos cuantos sostienen que las voces no eran ni imaginadas ni sobrenaturales sinoreales.

Meses antes del horrible crimen, un hombre llamado Fernando Sesma había comenzado a recibir una serie de anónimos. Aparte de empleado de telégrafos, Sesma era un heterodoxo, un excéntrico, un charlatán a buen seguro, que desde 1954 publicaba una columna regular en el diario Madrid. En fecha tan temprana como esa, Sesma hablaba en sus textos de OVNIs y vida en otros mundos. No era el primero en hacer algo así en España, tampoco el más ilustre. Dos años antes, el general en la reserva del Ejército del Aire Alfredo Kindelán había abierto la edición del ABC Sevilla con un artículo titulado “Platillos volantes”. Retengan este nombre, porque volveremos a hablar del viejo General más adelante. El caso es que Sesma, al que quizá podríamos llamar el L Ron Hubbard español, con permiso de otro de nuestros invitados hoy, fundó el “Círculo de los amigos del espacio,” que celebraba sus tertulias en los sótanos del Café Lion, sito en la Calle Alcalá. Esas reuniones en aquel local llamado La Ballena Alegre, donde para más inri fue fundada Falange Española por Jose Antonio Primo de Rivera (de cuyo padre hablaremos también), terminarían siendo el epicentro del Caso Ummo. Pero no nos adelantemos. Volvamos a los anónimos que recibió Fernando Sesma.

La Ballena Alegre

Aquellos manuscritos contenían, según parece, palabras de amenaza y muerte. Referencias a decapitaciones, sangre, asesinatos. Y tenían un remite. El número 16 de la Calle Luna, a pocos pasos de la Calle Antonio Grilo. El mismo lugar, casualidad díficil, donde el sastre Jose María Ruiz tenía su taller. ¿Quién había mandado esas misivas proféticas? ¿El mismo sastre? ¿O las mismas voces que le ordenaron asesinar a su familia? ¿Era todo una broma que acabó terriblemente mal? ¿O el ensayo general de algo? Los anónimos no se conservan, pero Iker Jiménez afirma que Sesma los llevo a la redacción de Diez Minutos, la publicación en la que colaboraba en los años 60, y que los mostró a sus compañeros antes de romperlos y tirarlos por el desagüe. Pero en un cierre de la historia aún más absurdo, como mucho de lo que sucede en torno a estos temas, Jiménez sostiene que Sesma, de paseo por la Casa de Campo un buen día, encontró esos anónimos recompuestos.

Sesma & Friends.

Nuestra historia salta ahora atrás en el tiempo. Un 30 de enero de 1954, en el juzgado de instrucción número 14 de Madrid, se presenta un hombre llamado Luis Shelly para interponer una demanda contra su propia madre, Margarita Ruiz de Lihory, Marquesa de Villasante, Baronesa de Alcahalí, Duquesa de Valdeáguilas y Vizcondesa de la Mosquera. Ruiz de Lihory fue un personaje destacado en el siglo XX español, al que no pude evitar incluir en uno de mis relatos para Prosa Inmortal. La Marquesa era una mujer adelantada a su tiempo y que sin embargo permanece muy olvidada, quizá porque al contrario que otras figuras feministas más reconocidas, siempre estuvo muy cerca del poder. Nacida en 1889 o 1893 en una alta cuna de Valencia, hija de masón, la Marquesa de Villasante fue la primera mujer licenciada en Derecho en nuestro país (además de tomar dos cursos de Medicina y estudiar idiomas) y fue también la primera española que condujo un automóvil. Con apenas 20 años, se separó de su marido, un acaudalado de orígenes irlandés aficionado a las prostitutas, dejó sus dos hijos Luis y Margot a cargo de su madre, y se embarcó en una serie de aventuras que la llevaron a formar parte del Círculo 30, al que también pertenecia Alfredo Kindelán. El Ciírculo 30 fue la primera unidad de inteligencia y espionaje de España, una especie de Liga de Caballeros Extraordinarios creada por Primo de Rivera Sr, con quien además se decía que Doña Margarita tenía una más que cordial amistad. El Círculo 30 desarrolló su actividad principalmente en Marruecos y en espacial durante la Guerra del Rif o “Guerra del Moro” (1921-1926). Hasta allí se destacó la Marquesa, oficialmente en labores de corresponsal de varios diarios madrileños. Se convirtió en amante de Abd El Krim, líder de los rebeldes, al que pasaba información para que pudiera evitar el hostigamiento de las tropas francesas.  Fue también en Marruecos donde las inclinaciones de Margarita le hicieron interesarse por los rituales y creencias de los rifeños, y donde conoció a un prometedor general llamado Francisco Franco con el que entabló buena amistad. Margarita tenía por entonces tan solo 24 años.

Doña Margarita.

La Marquesa continuó engrosando su lista de amantes, lo que le ganó el apodo de “Mata-Hari española.” Se la relacionó con ministros, militares y hasta se dijo que entre sus labores de información se cotaba espiar al mismísimo Unamuno. Finalmente formó lo que hoy llamaríamos una pareja de hecho con el abogado barcelonés José María Bassols-Iglesias, miembro de una familia con una reputada tradición espírita, creencia muy en boga en aquellos años. Pero poco a pocoí la figura de esta mujer adelantada, pintora, espía, periodista, fue apagándose hasta aquel día de enero de 1954. Luis Shelly afirmaba que su madre conservaba en su mansión de Albacete una colección insana y abundante de animales a los que ella misma diseccionaba tras su muerte. Cabezas, ojos, lenguas, llenaban tinajas y tarros dispersos por toda la casa. Pero no solo eso. Luis afirmaba que tras la muerte de su hermana Margot debido a una fulminante pero desconocida enfermedad, había encontrado sobre la cama de la fallecida unas tijeras y cuchillos ensangrentados, los mismos que Margarita utilizaba para sus disecciones.  El juez ordenó el registro del palacete. Allí encontraron lo prometido, libros arcanos, imágenes religiosas, paredes escritas, animales colgados de garfios, un quirófano improvisado. Y no solo eso. También encontraron una mano cortada, una mano de mujer con las uñas pintadas, dentro de una lechera.

Se encontraron además dos ojos humanos y un pedazo de lengua. Sospechando lo evidente, se procedió a exhumar el cadáver de Margot Shelly. Al cuerpo no solo le faltaban estas partes. También se le había rasurado el vello púbico y axilar. El juez ordenó el ingreso de Margarita y Jose Maria Bassols en un centro psiquiátrico penitenciario del que no tardaron en salir. Corrieron ríos de tinta. El semanario El Caso agotó su tirada. Aquel número resultaría ser el más vendido de su historia.

Ahora saltamos a 1969, un año después de la muerte de la Marquesa. El párroco Enrique López Guerrero, conocido como “el cura de los OVNIs” recibe unas cartas remitidas supuestamente por habitantes del planeta Ummo. No eran las primeras cartas de ese tipo. En una repetición tragicómica de los anónimos que le habían llegado meses antes de los asesinatos de la Calle Grilo, Fernando Sesma había empezado a recibir unos escritos parecidos desde 1966. Aquellos textos contenían increíbles descripciones de aquel mundo extraterrestre, descripciones perladas por sugerencias de tecnologías desconocidas, que utilizaban una jerga científica mezclada con expresiones y términos escritos en el presunto idioma ummita. Las cartas crearon sensación en La Ballena Alegre y de ahí en toda España cuando Sesma las trasladó a un serial que fue publicando por entregas en Diez Minutos (que se convertía así en el Amazing Stories español). Mandadas desde distintos puntos de la península, este ramillete de misivas dibuja toda una mitología que se apunta sobrevenida, pues se concluía que una colonia extraterrestre se había instalado en nuestro país. Los ummitas se describían a sí mismos como alienígenas del tipo nórdico, altos, rubios y benefactores. Preocupados por la carrera armamentística y la contaminación del mundo. Pero las cartas traen al círculo de Sesma a otro individuo llamado Jose Luis Jordán Peña, este sí, quizás, el auténtico L Ron Hubbard hispano. Un hombre de más porte que Sesma, asertivo, embaucador,manipulador, de una sexualidad galvánica. Hablar de Jordan Peña requeriría muchos más textos que este. Por hoy nos bastará decir que él fue la figura central en dos sonados avistamientos OVNI cerca de la capital de España, el de Aluche en 1966 y el de San José de Valderas en 1967. Fue Jordán Peña quien poco a poco desplazó a Sesma de la centralidad del grupo que se reunía en La Ballena Alegre hasta hacerse con su control. Fue él quien en su lecho de muerte confeso que Ummo había sido todo invención suya.

Jordán Peña & Friends.

A estas tertulias reloaded, acudía también el párroco López Guerrero, que pronto comenzó a recibir las misivas ummitas. El sacerdote creyó a pies juntillas en ellas, lo que le llevó a proclamar en prensa que “los extraterrestres conviven con nosotros desde hace años,” ganándose así el apelativo por el que se le conocía. En marzo de 1969 recibió una especialmente llamativa, en la que se afirmaba que una distinguida dama albaceteña, amante de los animales había dado cobijo a dos hermanos ummitas. En el curso de unas experimentaciones “psicofiosológicas,” continuaba la carta, un virus de origen extraterrestre se había liberado infectando a una joven habitante de la casa, colonizando en particular la mano derecha, los ojos y el tejido epitelial de la lengua, motivo por el cual tuvieron que ser amputados, causándole la muerte. La referencia al crimen de la mano cortada era vidente. Y así fue como los ummitas se hacían protagonistas de otro de los sucesos más escabrosos de la posguerra española.

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Los hechos reales detrás del caso, sin embargo, son casi más interesantes que la versión ummita. En efecto, Ruiz De Lihory había dado cobijo a dos hombres altos y rubios. No en su palacete pero sí en una de sus fincas. Pero esos dos personajes no eran ummitas sino nazis, dos oficiales de las SS cuya fisonomía destacaba en el Albacete de los años 50. Probablemente homosexuales, no es descartable que la avanzada Marquesa también los invitara a sus resonados festejos en los que tenían cabida todo tipo de inclinaciones. En cuanto a la mutilación del cadáver de Margot, la teoría mas fiable afirma que Margarita llevó a cabo con el cuerpo un ritual marroquí de inmortalidad, como indica el rasurado del vello. Seguramente uno de los encantamientos que aprendió durante sus años en el Rif.

¿Por qué esta omnipresencia de lo extraterrestre en la crónica negra? La hipótesis más clara es la que vertebra la excelente Platillos Volantes (Oscar Aibar, 2003). La película ficcionalizaba los hechos que en 1972 llevaron a dos hombres, José Félix Rodríguez Montero y  Joan Turú Vallés, a colocar sus cabezas sobre las vías del tren en el apeadero de Torrebonica, Tarrasa, hasta que fueron seccionadas. En una especie de premonición del suicidio colectivo del culto de la Puerta del Cielo, ambos sujetaban sobre sus cuerpos decapitados un papel en el que se leía “Los extraterrestres nos llaman. Pertenecemos al infinito.” Días antes habían enviado varias cartas, a un ufólogo, amigos e incluso a la ONU, en las que expresaban su deseo de trascender este mundo y de emigrar a las estrellas. Pues bien. Aibar tomaba estos hilos para, incluso haciendo una referencia nada disimulada a las reuniones ummitas, argumentar que mirar a las estrellas era una respuesta plausible al horror de una España autoritaria y cruel y de un mundo al borde de la autodestrucción atómica (y quizá también al horror de nuestra época, como muestra Misterio (2013), el excelente cortometraje de Chema García Ibarra).

O puede que no. Que todo ese ímpetu por lo extraterrestre fuera más deliberado de lo que parece. Puede que todo fuera no más que un artificio. No en vano el Caso Ummo sigue al pie de la letra el argumento de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1940), el cuento de Jorge Luis Borges. O quizá fue algo más. Porque Jose Luis Jordan Peña aparece nombrado en algunos documentos del CSI, del Centro Superior de Inteligencia, en los que se menciona a adivinadores y videntes profesionales contratados por los servicios secretos. Entonces cabe preguntarse ¿fue todo una operación psicológica? ¿Un experimento?

Epílogo:

Tan importante llegó a ser Ummo en la cultura popular que Paul Naschy escribió un guión titulado “El hombre que vino de Ummo” y que finalmente terminaría convirtiéndose en Los Monstruos del Terror

El ciclo de la vida en los ecosistemas del privilegio

Miércoles, noviembre 26, 2014

“Este tren es el mundo,”

Snowpiercer (2013).

Hace ya unos añitos les contaba por aquí sobre las comunidades construidas a finales del pasado siglo en Florida bajo la divisa del “Nuevo Urbanismo”, un movimiento arquitectónico que buscaba recuperar tiempos idealizados abrazando geografías urbanas capaces de ser recorridas a pie y diseños estructurales que acercaran a los vecinos en vez de aislarlos en sus unidades prefabricadas. La nostalgia retrógrada cimentaba pueblos como Seaside, donde no en vano se filmó El show de Truman (Peter Weir, 1998), y Celebration, que hoy nos ocupará de nuevo, creados de la nada, diseñados por prestigiosos estudios hasta el último detalle, incluyendo las tapas de sus alcantarillas, el color de las persianas o la composición del compost. El miedo a la degradación que aqueja a tantas ciudades norteamericanas, a la decadencia, a la vuelta al Mal, hacía que una férrea normativa, extensa y prolija, determinara hasta los aspectos más nimios del comportamiento y modos de sus habitantes.

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Servidora terminaba aquel artículo preguntándose qué sería de una comunidad así con la crisis que estaba cayendo (y que aún nos cala). ¿Los ricachones buscarían refugio allí? ¿O terminaría vaciándose el paraíso a golpe de desahucio y bancarrota? Como en una extraña premonición, involuntaria y ciega, resultó que apenas unas semanas de publicar mi modesto texto, dos sucesos sacudieron la hasta entonces aparentemente tranquila comunidad de Celebration, construida en 1996 por ni más ni menos que Disney Inc. en los terrenos limítrofes de Disneyland. Un vecino de 52 años, tras barricarse durante 14 horas en su vivienda amenazada de desahucio, y tras haber mantenido un tiroteo con la policía, terminó el asedio suicidándose. Apenas siete días después de estos hechos uno de los 11.000 residentes en Celebration, un hombre de orden según todos los parámetros, un maestro retirado que vivía con su perrito chihuahua, apareció asesinado a golpe de hacha en su domicilio. El asesino convicto resultó ser un sintecho que se había autoinvitado durante una semana en la casa de la víctima mientras iba empeñando los objetos de valor que allí encontró.

La crisis había golpeado duro a Celebration. Los precios de la vivienda, antes desorbitados, habían caído a un ritmo mucho más rápido que en el resto de Florida. Y aunque los precios de sus inmueble seguían siendo muy superiores a la media, la tasa de desahucios era el doble que en el resto del estado. Para colmo, el lujoso cine del pueblo diseñado por Cesar Pelli, el mismo arquitecto responsable de las Torres Petronas, acababa de cerrar. Con aquel suicidio y aquel asesinato parecía que el Mal había penetrado por fin en aquel idílico reducto, aprovechado el hueco dejado por las familias desahuciadas.

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Los medios se cebaron en la historia como cangrejos y anguilas alimentándose de una ballena muerta. Porque como cantaban los Pulp “everybody hates the tourist” y los ciudadanos de Celebration son turistas de la vida, ¿no es cierto? Privilegiados que viven sus artificiales existencias en un ecosistema protegido de la miseria y los problemas. Y es cierto. En Celebration no puede residir cualquiera. Es una comunidad sustentada sobre la segregación.  La vasta mayoría de sus ciudadanos son blancos (no es así en el resto de Florida, claro). No todo el mundo puede permitirse los 900 dólares anuales que hay que pagar en concepto de tasa municipal. La nieve artificial no se fabrica sola (cuatro veces al año).

Pero además, Celebration es falsa, dice el ciudadano medio. La obligatoriedad de construir en uno de los séis estilos permitidos -Clásico, Victoriano, Colonial, Mediterráneo, Costero y Francés (sic)- y su resultado -calles de edificios idénticos- rezuman pura falsedad, dicen, sin hacer notar que por todo Estados Unidos, o nuestra misma costa, han florecido las McMansions, lujosas casas que imitan estilos pretéritos con más gigantismo que gusto. El referente lejano era la robotización del personal que narraba Las mujeres perfectas (1972), la novela de Ira Levin que todo el mundo conoce como The Stepford Wives. El referente más cercano era Wisteria Lane, la calle donde se desarrollaba la acción de Mujeres desesperadas (ABC, 2004-2012). Secretos siniestros y mentiras ocultas tras vallas blanqueadas, enterrados bajo céspedes impolutos. Porque la perfección siempre es sospechosa, como bien nos repite la ciencia ficción de invasiones cuando describe a los alienígenas o robots que nos amenazan como fríos y perfectos, sin la capacidad de cometer errores, esa capacidad que es la “que nos hace humanos.”

Pero eso no resta asombro al giro que dieron los tabloides británicos a la historia de las muertes violentas en Celebration cuando se hicieron eco de ellos. Lejos de suscribir la versión oficial según la cual, el crimen mas horrendo ocurrido en Celebration hasta entonces había sido un robo de bicicleta, el Daily Mail relataba la descripción que varios vecinos anónimos hacían del pueblo como un nido de vandalismo larvado, robos violentos, alcoholismo rampante, cotilleos destructivos y de hasta redes de intercambio de parejas. No sabían, espero, que estaban recreando el mismo argumento que desarrolló JG Ballard en Noches de la Cocaína (1996), su novela ambientada en Estrella de Mar, una urbanización exclusiva, otro ecosistema del privilegio, sito en la costa malagueña, y en el que sus habitantes se entregaban a esas mismas actividades para superar el aburrimiento, introduciendo el Mal en sus vidas para apagar la televisión, salir a la calle y formar una comunidad cohesionada.

Pero no todo es decadencia y deterioro. La otra posibilidad, la de los ricachones refugiándose de los males del mundo, está cobrando cada vez más cuerpo. Florecen los proyectos de comunidades libertarias inspiradas por Ayn Rand. Y por si no funcionara, siempre queda la posibilidad de embarcarse en un lujoso crucero sin final: En El Mundo

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El MS The World es un navío, un crucero, pensado para que los ultrarricos, ya ni siquiera el 1%, pudiera disfrutar de unas vacaciones perpetuas explorando los siete océanos. Más que un barco, The World era una forma de vida, una ciudad flotante con 12 cubiertas, seis restaurantes, tiendas, un cine y hasta una capilla interconfesional diseñada por uno de los miembros del grupo A-Ha. Sus paredes cubiertas con pósters motivacionales en los que se leen palabras como ÉXITO, PERSEVERANCIA, PASIÓN. Sus apartamentos salieron a la venta en 2002 con un precio mínimo de un millón de libras. El precio resultó ser demasiado excesivo. Cuando la fecha de botadura era ya inminente casi un tercio de los pisos-camarote seguía vacío. Así que la compañía propietaria, en completo secreto, bajó el precio del resto de viviendas y se las vendió o alquiló, al módico precio de mil libras la noche, a ricos sin más. Los residentes primigenios, la mayoría ancianos extremadamente bronceados, se vieron invadidos por otros, esporádicos, ruidosos y muy dispuestos a aprovechar la permanente barra libre de alcohol a bordo, que pululaban por las cubiertas borrachos, vomitando, tropezando con todo. El Mal había penetrado en The World aprovechando el espacio que le había ofrecido la avaricia de sus dueños. PEro entonces los primeros propietarios, temiendo la ruina, se rebelaron. Se amotinaron y con sus propios recursos tomaron control de la compañía y la gestión del navío. Desde entonces son ellos quienes deciden a quién admiten y a dónde navegan. Son ellos quienes se apropiaron del Mundo.

Deja vu

Martes, octubre 7, 2014

Ikarie XB 1 (Jindřich Polák, 1963)

2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968)

Deja vu

Lunes, junio 16, 2014

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The Quatermass Xperiment (Val Guest,1955)

Horror Express Blu-Ray 21

Pánico en el Transiberiano (Eugenio Martín,1972).

ArkInSpace

“The ark in space” (1975), Doctor Who E02S12

 

Va a haber resurrección

Viernes, mayo 9, 2014

muertos

Al entrar en mi despacho hace unos días me topé con un panfleto. Alguien lo había deslizado por debajo de la puerta. Debió de volar al abrirla y quedó escondido tras ella, en un rincón. Solo lo vi cuando quise hacer una llamada y tuve que levantarme a cerrarla (en este punto creo importante señalar que tengo colgado un poster de los de I want to believe como el que tenía Mulder colgado detrás de mi puerta). Y allí estaba, esperando. Desde entonces siento que me vigilan. Quizá sean cosas mías. No en vano estoy leyendo El año de la plaga de Marc Pastor a tragos lo más grande de los que soy capaz. Su relato de invasión de ultracuerpos en la Barcelona moderna, con esos camiones llenos de eucaliptos atravesando la Ronda de Dalt y esos clones vegetales acechantes en las cuestas de Nous Barris puede haber inoculada cierta paranaoia.  ¿Será posible que los muertos vuelvan a vivir? ¿Sí? No sé. Tal vez. Terror zombi. Edificios empapelados con anuncios del nuevo disco póstumo de Michael Jackson. Difuntos resurrectos en el planeta Júpiter, la “idea Toynbee”,  la que obsesionaba a aquel hombre anónimo que las escribía en planchas de asfalto que luego adhería a las calles de Philadephia. Cuando consiguo tranquilizarme trato de imaginar a la persona que vino hasta aquí para dejarme esto. Un hombre con algo de sobrepeso y pantalones de pinzas o una mujer de pelo canoso y corto con un bolso cruzado en bandolera que subió cuatro pisos (el ascensor tiene llave para que no lo utilicen los alumnos), que atravesó el pasillo gris de hospital en el que se ubica este departamento, mirando los nombres que titulan las puertas, seleccionando en cuáles colar su mensaje, dejar su semilla, hasta la llegar a la mía. Entonces se agachó. Le costó agacharse. Y fiu. O puede que nó. Quizá haya sido un colega. Seguramente podemos descartar al profesor que dicen es a la vez del OPUS y del PSOE. Bastante tiene con ser él mismo. Pero quizá sí fue la loca que gusta de gritar a los estudiantes. O el profesor que obliga a los alumnos a comprar su mediocre libro. O el que meaba con la puerta abierta cuando la oficina de las secretarias estaba frente al servicio de caballeros.

Abro el dítpico. “Va a haber resurrección”. Lo pone en la Biblia (dicen).

Yo vigilo el camino

Miércoles, abril 30, 2014

title John Frankenheimer I Walk the Line Gregory Peck DVD PDVD_001

Un sábado por la tarde, con tus padres de visita, está predestinado a  terminar frente a la pantalla. Digo pantalla y no televisor porque no tengo. Confusos por la falta de familiaridad con el espacio y la ciudad, sin el refugio amable de su rutina, mis padres me preguntan por qué no vemos algo. Ese “ver algo” significa pasar un rato juntos teniendo algo de lo que hablar. Descartados los DVDs, rebusco en el disco duro. Me cuesta encontrar algo que les guste. Aparto el cine abyecto frances (impensable), el cine negro español de los 50 (cutre), unas cuantas peliculas surcoreanas recientes (chinadas), a CasavettesVan Sant (deprimentes). El proceso de eliminación conduce a un único resultado que sin embargo parece también formar parte del destino de esa tarde sorprendentemente calurosa de Marzo: Yo vigilo el camino (I walk the line, 1970), de mi adorado John Frankenheimer, que descansa desde hace años en ese cementerio de promesas que es mi disco duro externo desde que Nacho Vigalondo le dedicara una excelente entrada en su añoradísimo blog. Cine clásico, una historia reconocible, Gregory Peck como protagonista. Los Padrezitos por supuesto acceden.

En Yo vigilo el camino, Peck encarna a un sheriff cincuentón en un pueblucho aburrido del Tennessee que se enamora perdidamente de la hija de unos moonshiners errantes que han elegido un molino abandonado como base para sus ilícitas operaciones destiladoras. Nacho hacía muy bien en cifrar gran parte del logro de la película en su descomunal demolición de la condición masculina. Algo que quizá pueda ahora parecernos evidente y hasta frecuente, pero que con fecha 1970 podría calificarse como pionero. El sheriff abandona las convenciones sociales, mancha su respetabilidad, traiciona a su esposa, contempla abandonarlo todo y hasta traspasa en repetidas ocasiones y con cada vez menos miramientos la línea a la que se refiere el título original, la línea que separa La Ley del delito. Lo hace llevado por una incontenible obsesión por esa muchacha de inocencia feroz que interpreta Tuesday Weld con un acierto que trasciende sus capacidades interpretativas. ¿Está jugando la chica con él o es en verdad inocente? ¿Se le ofrece solo para obtener un mejor trato para los suyos? La respuesta no tarda en revelarse pero mientras tanto es facil comprender al personaje de Peck en su amor desesperado y fou por esa criatura que es a la vez rescate y condenación.

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Dicen que Frankenheimer quería a Gene Hackman para el papel del sheriff. Que Peck fue una imposición del estudio. Dicen que por eso y por otros problemas de producción nunca quedó demasiado contento con la película. Es curioso, y a la vez nada casual, que solo un año más tarde Hackman protagonizaría French connection (William Friedkin, 1971), la película a la que suele atribuírse el primer difuminado deliberado entre criminal y policía. El detective Jimmy “Popeye” Doyle que encarna Hackman allí es violento y agresivo. Sus métodos son cuestionables y amorales, lo que contrasta con la suavidad y elegancia del villano interpretado por Fernando Rey con su savoir faire habitual. Doyle se verá frustrado en última instancia, como tambien el sheriff de Yo vigilo el camino. Al fin y al cabo, los setenta son los tiempos del antihéroes. Pero creo que esa comparación evidencia que Frankenheimer se equivocaba en preferir a Hackman, que habría imprimido al personaje del sheriff demasiada testosterona y hosquedad. Parte del encanto Yo vigilo el camino es precisamente la vulnerabilidad que despliega Peck. Entregado durante su carrera a papeles de hombre caballeroso, recto y virtuoso, en el segundo acto de la película le vemos romper esa máscara mostrándonos un ser (quizá él mismo) infiel, egoista y culpable por el que finalmente solo podemos sentir una conmiseración extrema.

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Es interesante también como Frankenheimer despliega en Yo vigilo el camino los vectores  de su obra pasada y futura. Por un lado, el escenario de un hombre de mediana edad que quiere liberarse de la carga de su cotidianeidad gastada la encontramos en su obra maestra, Plan Diabólico (Seconds, 1966). Frankenheimer usó en ella a otro icono de la masculinidad, Rock Hudson, para sus propósitos. A medio camino entre la conspiranoia política y la ciencia ficción, avanzando en cierto modo el clima de los 70, Plan diabólico contaba la historia de un ajado ejecutivo que recurre a una misteriosa corporación para que reconstruya su vida y hasta su propio cuerpo. A través de ella compra una nueva vida como pintor (mediocre), una joven (y liberada) novia, y una bella anatomía (la de Hudson), dejando atrás el ambiente axifisiante del hogar que hasta entonces compartía con su lastimera esposa en una huida hacia adelante que sabemos desde el principio solo puede acabar mal. Sin recurrir a elementos fantásticos sino a la literatura sureña de pedigrí (la película está basada en la novela An exile del reputado Madison Jones), Frankenheimer explora una idea muy similar a la de Plán diabólico en Yo vigilo el camino. El sheriff quiere abandonar su vida como sea y planea escaparse con su nueva amante mientras su dedicada mujer, que sabe que está perdiendo a su esposo, trata de aprender todo lo que pueda sobre problemas matrimoniales leyendo el Readers’ Digest. La esposa terminará implorando, arrastrándose ante su marido, pero la tragedia es que pronto reconocemos que su batalla también está perdida de antemano.

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En Operación Reno (Reindeer games, 2000), su última película antes de dejarnos demasiado pronto, Frankenheimer planteaba un engaño similar tambien a un hombre de presunto buen corazón. Rudy, el personaje que interpretaba Ben Affleck, recién salido de prisión, ve en la despampanante Ashley (Charlize Theron) su pasaporte a una nueva vida. Ashley sin embargo es solo el cebo que una banda de atracadores ha utilizado para obtener la información que creen que Rudy tiene en su cabeza. Operación Reno sigue el más puro canon de trama con femme fatale. Sus personajes tienen pocas dobleces y no hay ataque a la servidumbre sexual masculina porque Ashley es mala, muy mala, y ya está. Pero es interesante que Frankenheimer insinúe el incesto entre los engañadores como también lo hace en Yo vigilo el camino. El jefe de la banda de atracadores se presenta a Rudy como hermano de Ashley. Más tarde, en la célebre escena de la píscina, Ashley se desnuda y se ofrece a su hermano antes de que se clarifique al atónito espectador (y al pobre Rudy que lo está viendo todo) que el auténtico lazo entre ellos es carnal pero no de parentesco. En Yo vigilo el camino, el lider de los moonshiners es el hermano de la muchacha que trae loco al pobre sheriff. Tiene con ella una cercanía física tan incestuosa como podía mostrarse en 1970 dentro de los límites de la industria. La comparación entre los libertinos y felices delincuentes y el pacato y reprimido sheriff, atrapado por el amor romántico, no hace más que acentuar el patetismo del personaje de Peck.

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Termina la película. Durante la proyección los Padrezitos han usado sus habituales expresiones “qué mala es la chica” o “qué tonto eres Gregorypeck”. Mi padre dice que la peli “no está mal” lo que en su diccionario es equivalente a colocarle cinco estrellas. Está cansado. Demasiado turismo, me dice.  En la última actividad del día subo con ellos al terrado. Desde allí puede verse una vista completa de esta esquina de Barcelona encastada entre montes que nunca sale en las postales. No tardaremos en irnos a la cama, dice mi madre antes de que volver. Bajan las escaleras silencioso, algo encorvados. Llevan casados casi cuarenta años. Diría que hace cinco que no les veo darse un beso.

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