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Las tres letras de su nombre

Miércoles, abril 18, 2007

And I think it’s gonna be a long long time
Till touch down brings me round again to find
I’m not the man they think I am
Rocket Man, Elton John

Desde el final, han transcurrido apenas dos semanas. Él ha dedicado aquellos días a recopilar pacientemente, a reunir bajo un dolor sereno y severo, los fragmentos, las piezas, los archivos; las fotos y más fotos, las canciones, los montajes no-públicos, el photoshop privado. Y junto con las conversaciones sostenidas, las palabras constantes, los mensajes cotidianos, esa totalidad conforma su historia, la de ellos, aquella que aguarda ser cerrada, aquel paisaje oculto cuya contemplación directa aun le daña.En otros tiempos, en los pasados, el proceso hubiera consistido en hacerse con una enorme caja. En llenarla de conchas, piedritas, cassettes, cartas y más cartas; un mechón, dibujos, unos negativos. Pero en ese siglo, aquellos centenares de megabytes en una virtual carpeta, constituyen la única y completa prueba, el mudo testigo de que ellos dos habían conseguido vencer formidables distancias, de que habían compartido un intervalo y un espacio, de que todo aquello había en verdad sucedido.

Porque mientras, Wendy Kroy se aleja rauda en un coche.

Ahora resta abrir la unidad, la bandeja. Volcar en aquel plástico una carga que no pesa. Ceros y unos. Esperar unos minutos, después custodiarla de por vida. Decidir mientras qué color adjudicarle. No el negro; definitivamente no el azul (ella lo odiaba); ni plantearse el blanco. ¿El naranja? Tal vez el rojo… No le convencen, no resultan apropiados. Demasiado convencionales. La grabadora continúa entre tanto con sus acompasados suspiros. Y la ruleta rusa emocional del random, caprichosa, dispara “Rocket Man” a bocajarro, una canción de antes, de cuando Elton John molaba, y que enmarcó sus primeros encuentros. Entonces lo comprende. Fucsia. Intenso, extremo, más allá del rosa; excepcional y mesmérico, pero al que resulta nocivo estar expuesto por periodos prolongados de tiempo.

Así que, habiendo decidido, coloca una hoja e imprime una lisa carátula. La unidad de CD cesa su tonto ronroneo y le saca la lengua. Cuidadosamente, emplaza cada parte en su lugar. Y como ella le enseñó a no creer en las casualidades, no le extraña reconocer en el resultado final al gemelo idéntico del Loveless. Qué apropiado. Sonríe, y con el rotulador caligrafía sobre el disco casi el mismo intérprete, sustituyendo lo necesario por las casi idénticas tres letras de su nombre.

Solo entonces, él se siente listo para situarlo todo en su modesto estante.

Y entre todos los demás colores, aquel refulge, dañino y radiante.

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