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Historias de la Guerra Fría (y II): Una Primavera Para Stalin

Lunes, mayo 14, 2007

(Pueden leer la primera entrega aquí)

El 1 de Mayo de 1950, un comando apoyado y financiado por la Unión Soviética tomó por sorpresa la localidad de Mosinee, en Wisconsin, Estados Unidos, y la mantuvo bajo su férreo yugo durante 24 horas. Parece increíble, lo sé. Pero estos hechos no resumen el capítulo piloto de Amerika. Ocurrieron de “verdad.”

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos vivía bajo la amenaza de un nuevo enemigo; un oponente que representaba unos valores diametralmente opuestos a los del American Way of Life: La Unión Soviética. Durante la segunda mitad de los años 40, muchos elementos del poder político y económico consideraron que resultaba esencial revitalizar los sentimientos patrióticos de una nación agotada emocionalmente tras el esfuerzo bélico. Media Europa se encontraba ya tras el Telón de Acero y la posibilidad de unos Estados Soviéticos Unidos de América era más cierta que durante los 30, la llamada Década Roja. Y así, durante un breve lapso de tiempo, surgió un fenómeno extravagante e irrepetible, el de las dramatizaciones y cabalgatas patrióticas. Aquellos sucesos se conservan tan solo en noticiarios hablados, en revistas y libros de historia porque el advenimiento masivo de Hollywood y la incipiente era de la televisión los sumieron inexorablemente en el olvido.

Un ejemplo primero de estos intentos de galvanizar el sentimiento patriótico fue el “Tren de la Libertad,” que circulaba por todo el país portando en su interior los documentos más sagrados de la nación, como la Carta Constitucional con las firmas originales de los Padres Fundadores. En cada parada, el paleto redneck de turno entraba, gorra en mano, a contemplar aquellas reliquias con la misma sumisión y devoción que el villano medieval europeo en su catedral correspondiente. Otros ejemplos fueron la creación de artificiales celebraciones de Orwellianos nombres como “El Día de la Lealtad”, que “coincidía” con el Primero de Mayo, o el día de “Yo Soy Americano”, aunque de carácter festivo y carnavalesco eso sí, nada que ver con los Dos Minutos de Odio. Pero entre todos ellos, sin duda, el evento más peripatético de fue la ficticia toma comunista de Mosinee.

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El chacachá del Tren de la Libertad.

Propuesta por la Legión Americana, se trataba de simular la toma de un pueblo cualquiera por parte de unos legionarios disfrazados de comunistas, quienes a continuación lo gobernarían durante un día como si de un koljós se tratase. Un guíon a medio camino entre “La Invasión de los ladrones de cuerpos” y “El Dia de los Locos” de Iznogoud. Se esperaba que semejante dramatización conseguiría que la gente llana se diera cuenta de las libertades y parabienes de los que inadvertidamente disfrutaba y que, por contraste, los abrazara con más ardor que nunca. Sólo había que encontrar una localización ideal y dispuesta a colaborar, a ser posible una ciudad pequeña y sencilla de controlar. Mosinee, con 1.400 habitantes, resultaba una elección excelente.

En Abril de 1950, los prohombres de la ciudad se reunieron para elaborar las líneas maestras del guión a representar: El dueño del principal supermercado, los propietarios de la papelera -industria señera del municipio-, de la serrería y el presidente de la Cámara de Comercio local. Como ven, todos representantes elegidos democráticamente por el pueblo. Como asesores, se contrataron a dos excomunistas: Joseph Kornfeder, un sastre eslovaco emigrado, y Ben Gitlow, expresidente del Partido Comunista Americano. Cuando el plan final se expuso a la población, apenas encontró resistencia. Tan solo el alcalde Ralph Kronenwetter alzó tímidamente la voz, pero pronto calló bajo las críticas de anti-americanismo que recibió del senador por Wisconsin, un tal John McCarthy. Sí, ese mismo. Pero por lo demás, todos en Mosinee se frotaban las manos ante la publicidad que semejante evento traería al pueblo. Y en efecto, la resonancia mediática fue enorme. La revista Life, la CNN de la época, cubrió el suceso. Incluso la agencia soviética TASS envió un corresponsal. Todo estaba listo para “El Día Bajo El Comunismo.”

En la noche del 30 de Abril se simuló el complot. Los legionarios se reunieron en las afueras del pueblo y fingieron diseñar el plan para la toma de Mosinee. Gitlow lanzó soflamas con la retórica comunista exigida por la propaganda. A las 6 de la mañana del Primero de Mayo de 1950, y seguidos por alrededor de unos 60 periodistas, los conspiradores irrumpieron en la residencia del alcalde, y lo sacaron de allí a punta de fusil, en pantuflas y pijama, al rasca del amanecer. Pero como no todos los fotógrafos tuvieron tiempo de tomar posiciones, y los que lo pudieron exigieron más crudeza, hubo de repetirse la escena hasta que quedaron satisfechos. Al finalizar la performance, y mostrando su insobornable americanismo, el alcalde Kronenwetter aprovechó la ocasión para anunciar su candidatura demócrata a senador en pugna con McCarthy.

Mientras tanto, otro grupo de subrepticios comunistas asaltaba el hogar del jefe de policía local, quien se “negó” a ser arrestado y fue “ejecutado” por su resistencia (así quedaba libre para poder controlar el tráfico de entrada y salida al pueblo). Consecutivamente, los insurrectos “tomaron” la papelera, la cual fue “nacionalizada” de inmediato, la iglesia, el periódico local y el telégrafo. Mosinee estaba bajo total control comunista.

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I Shot the Sheriff.

Se comenzaron a distribuir tarjetas de identificación, cartillas de racionamiento y otros permisos. Se comprobaba todo vehículo. Incluso se detuvo y registró un tren regional ante la atónita mirada de los viajeros. Los restaurantes locales sirvieron como menú único sopa de patata, pan negro y café. Nada más. Se devaluó el dólar y los precios se multiplicaron. El diario local se convirtió en “The Red Star” y se publicó un edicto por el cual se abolía la propiedad privada, la constitución y otras “leyes burguesas.” Un pelotón asaltó la biblioteca pública y secuestró todos los libros sospechosos, apilándolos en la calle. A mediodía se organizó un desfile popular, encabezado por los infantes de la localidad, quienes portaban carteles que en los que se leía “Stalin es nuestro líder,” “La competencia es derroche” o “La religión es el opio del pueblo.” Finalmente, al anochecer, todo el pueblo se reunió en la “Plaza Roja” para la catarsis final. Se quemaron en un gran fuego todas las pancartas, carteles y parafernalia comunista utilizada, los vecinos arrebolados entonaron unidos el “God Bless America,” llorando algunos, apreciando todos el auténtico valor de la libertad, y se dio por finalizada la ocupación.

Quizá fue ese uno de los puntos más fascinantes de todo el montaje: La muy dickiana confusión entre realidad y ficción. Algunos ciudadanos representaron sus papeles convencidos, se dejaron llevar por la representación y siguieron el guión a pies juntillas. Un vecino incluso fortificó su vivienda y amenazó con disparar a todo comunista que osara traspasar su propiedad y tocar la bandera americana que ondeaba en ella. Los trabajadores de la papelera reaccionaron soliviantados cuando la “fuerzas de ocupación” anunciaron que la jornada laboral pasaba a durar 12 horas, cuatro de ellas entregadas gratis al Estado. Los paralelos modernos son demasiado apetitosos como para dejarlos escapar.

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La invasión, como se esperaba, fue un éxito mediático sin precedentes. Pero también sirvió a las autoridades para demostrar cuán fácil era montar un golpe de estado comunista. La experiencia se intentó repetir en Iowa e Indiana, aunque por definición, el caso de Mosinee era irrepetible. Las subsiguientes secuelas fueron bastante más artificiales y contaron con mucho menos apoyo popular. Los escenarios que se presentaban eran crecientemente sombríos (se insinuaba que todas las grandes cuidades habían caído) y contenían un tono religioso mucho más subido (se llegaba a tildar al comunismo como de anti-cristo). Se ensayaron escenas aun más brutales, como tomas de iglesias, palizas, campos de trabajos forzados para los desafectos. Incluso en 1953 se llegó a proponer representar la toma simultánea de once grandes ciudades. Pero cada nueva representación atraía menos publicidad e interés, que era lo que al final realmente importaba, y el fenómeno acabó muriendo por si solo.

Además, pronto, la clase política comenzó a suministrar su propia versión del anti-comunismo teatral. El alcalde de Mosinee nunca llegó a formalizar su candidatura a senador porque, para continuar el drama de aquel diá, murió de un infarto poco después de la “invasión”. El camino hacia la reelección estaba despejado: Había llegado el Macartismo.

10 comentarios leave one →
  1. Martes, mayo 15, 2007 11:34 am

    Una pena que no acabaran como en el Stanford Prison Experiment…

  2. Martes, mayo 15, 2007 1:56 pm

    Me encanta imaginar tal invasión pero a la española. Sería muy berlanguiano…

  3. Martes, mayo 15, 2007 11:07 pm

    Pussy, 15 paginas de wikipedia me he tenido que leer para enterarme de que iba ese experimento. Que sabia es usted!

    Aura, no se llaman fiestas de Moros y Cristianos?😛

  4. manuel permalink
    Lunes, octubre 29, 2007 10:58 pm

    ese konfeder estuvo en Venezuela desmantelando el partido comunista

  5. victorino permalink
    Lunes, enero 14, 2008 1:29 am

    quisiera saber mas sobre Kornfeder, si es tan amable.

  6. Lunes, enero 14, 2008 10:09 am

    Amigo Victorino, existe poquisima informacion sobre Kornfeder en la red. Asi que si alguno de ustedes sabe o conoce algo mas concreto o conoce referencias acerca de el, sus contribuciones son bienvenidas.

  7. victorino permalink
    Sábado, febrero 2, 2008 5:58 pm

    muchas gracias dr. pronto les enviare lo que he adelantado en mis investigaciones para mi libro, pero serìa tan amable de darme la fuente de donde sacò la informaciòn que maneja en esta pagina?

  8. Sábado, febrero 2, 2008 8:37 pm

    Pues mire, el libro donde podra encontrar un relato de los sucesos en la falsa toma de Mosinee es “The Russians Are Coming! the Russians Are Coming!: Pageantry and Patriotism in Cold-War America” de Richard Fried.
    Por otro lado, el FBI posee un dossier entero sobre Kornfeder. Es posible solicitarlo bajo la Transparecy Act, pero me temo que hay que ser norteamericano para poder conseguirlo.
    Y estare encantado de leer lo que haya escrito sobre el tema. Un placer.

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