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Murmansk

Miércoles, junio 20, 2007

Un ojo dejé en Los Lagos, por un descuido casual,
El otro quedó en Parral, en un boliche de tragos.
Recuerdo que mucho estrago, de niño vio el alma mía:
Miserias y alevosías, anudan mis pensamientos.
Entre las aguas y el viento, me pierdo en la lejanía.

Violeta Parra, La Exiliada del Sur

Murmansk. Puerto del Ártico. Murmansk. Ni un solo árbol. 68°57′. Sólo manos nudosas que aferran el cielo, cyan, en el amanecer eterno. Alyosha. Enormidad monolítica. Desaprueba el vaho que me acompaña cada tres segundos. Me da la espalda, me libera de su mirada para continuar vigilando. Entre los carámbanos, entre los copos que crujen (criqui-pliqui, por ejemplo), entre las lomas níveas que tropiezan con los monstruosos bloques, no reconozco nada. Murmansk. Donde muere la Corriente del Golfo. Único puerto ártico que no se hiela en todo el año. Bebe aguas de espesor variable, como su flujo, aguas que lo han visto todo, que han acariciado los colores encarnados del Caribe. Que se han calentado con el sol ortogonal, primordial y salvaje de lejanos parajes. Una alusión evocada que me obliga a percibir el aroma violento de cierto órdago, de cierto paraíso veraniego que me fue prometido y del que fui expulsado. Del sueño prestado de cañas y arenas mecidas por una brisa que abrasa. De puestas en doce mil colores simultáneos que desnudan a las cosas del disfraz más agudo e hiriente de sí mismas. Del despertar bullicioso de la noche preñada y que no obstante jamás se cansa de ofrecerse. De una playa cubierta de piedritas, limosas en la luna gigante. Del recuerdo de haberme pegado fuego, de haber corrido aullando por todas y cada una de las calles de la ciudad de humo, ardiendo de fe, ardiendo de incertezas, ardiendo de frustración, ardiendo de impotencia, ardiendo de falsa clarividencia, ardiendo de ignorancia, de supina ignorancia, de voluntariosa ignorancia, ardiendo por la Causa Suprema.

Ma non ero mai stato nell posto dove’ stato ammassato Pasolini.

Murmansk intenta calmarme y me ofrece su secreta lengua salina, que no consigue aplacar la frigidez glacial de mis miembros. Lame mis pies antes de darse por vencida. La miro con lástima. No puede ser de otro modo. Debajo de este hielo, sólo hay ceniza. Y aún así, la dulzura de su humilde e incansable entrega me empuja a preguntarme si no será la tibieza lánguida, la calidez remota, la incandescencia primera, la respuesta. Pero qué sé yo. Qué respuesta. Si no tengo lugar y no tengo paisaje. Y aún menos tengo patria.

Allá abajo, a través de la nieve, donde comienza el camino que me ha traído hasta aquí, creo divisar una figura oscura, que me saluda con un amplio brazo, alborozada, queriendo llamar mi atención, como un escalador casi helado, cual náufrago en harapos. Hago de vigía, intento enfocar, frunzo el ceño. Parece real. Le devuelvo el saludo. Anudo la bufanda. Me parapeto en mi abrigo. Me preparo para la bajada. Salgo a su encuentro.

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4 comentarios leave one →
  1. Miércoles, junio 20, 2007 2:51 pm

    La banda sonora de Caro Diario es ideal para leer el post.

  2. Miércoles, junio 20, 2007 9:44 pm

    No he pestañeado mientras lo leía… por segunda vez hoy. es precioso.

  3. Viernes, junio 22, 2007 3:37 pm

    Con su texto, acaba de dificultarme viajar a Murmansk, pues por mucho que pueda cautivarme, me cuesta creer que pueda superar sus sensaciones.

  4. Sábado, junio 23, 2007 4:26 am

    Textazo, Dr., me ha dejado boquiabierto la serie de tres adjetivos. Qué maravilla. Lo guardo, claro.

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