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Umbral

Lunes, septiembre 3, 2007

Regreso de unos días por tierras magiares con la urgencia de verter aquí unas letras sobre Francisco Umbral y la sensación de que será necesario defenderme por ello. Así que hoy llamaré a las cosas por su nombre.

Cuán poco se le ha leido y cuánto se habla de él no obstante. Su persona mediática, su cara visible, la del hombre embufandado, hosco, grosero, misógino, su “yo he venido aquí a hablar de mi libro, coño”; su apariencia francamente desagradable, que le hizo objeto de escarnio; su pertenencia al progresismo malentendido y baturro que apoyó al PP en los noventa (cuando, recuerden, Aznar era un estadista y resultaba cool votarle), acabó por sumirle en la incomprensión absoluta, por reducirle a la figura de enorme y vociferante mico. Cuando él en realidad era un progresista aristocrático, enfrentado a la pretensión burguesa de conocer el mundo a través de la literatura, un dandy revolucionario que luchó contra el precepto aquel de Baudelaire, “hay que ser sublime sin interrupción.”

Y lo más lamentable de ese reduccionismo al que el mismo se entregó, pasota y desganado, es que haya alejado a tantos de su obra, sin duda una de las más brillantes de nuestra segunda mitad del siglo XX. Porque sí, créanselo, aquello que comentan los noticieros es cierto. Umbral era grande, grandísimo. Quién lo diría, con esas pintas, con esa voz, con esas gafotas. Quién imaginaria su radical modernidad, quién creería que oscilaba entre la suciedad de la desilusión y el lirismo exacerbado, poética del cubo de basura si lo prefieren, de la que tantos suciorrealistas deberían aprender. Todos estos logros, ensombrecidos. Porque Umbral también fue un perdedor, al que le superaron las vicisitudes y los tiempos.

Mortal y Rosa como arquetípico ejemplo, que un servidor relee cada pocos años. Qué descorazonador, qué hermosura. Quizá ya sepan que el libro narra el viaje irrefrenable hacia la muerte de su hijo y que durante ese tránsito, antes de ser devorado irremediablemente por la pérdida, Umbral va desmenuzando la realidad a su antojo. Itinerario hacia la aniquilación, canto de cisne excelso, lleno de deliciosos momentos domésticos (“escuchamos crecer a nuestro hijo”), repleto de metáforas exquisitas que he hecho por siempre mías (ya no viajo en metro sino en “catacumba veloz” y los abrigos que caen por accidente de sus perchas son invariablemente “blandos suicidas”) pero carente de redenciones, epifanías y otras hostias. Como todo lo que escribió, como debe ser.

Porque Umbral no se resume tan solo en este titular. En Madrid 650 condensó su faceta incendiaria y valleinclanesca de cronista de los invisibles y los marginados, de aquellos que batallan en las periferias de la prosperidad aparente de la “España del pelotazo. Como centro, la calera de los humildes, mecanismo de venganza y justicia, a cuyo fondo van a parar abrasados todo aquellos que osen romper sus reglas, según juzgue El Jero, antihéroe urbano, individual y socialista, a medio camino entre el Marlon Brando motero y el Pijoaparte arribista (a esto enseguida llegaremos). En Madrid 650 se saquean diariamente cementerios y putas de lujo tienen sexo con mendigos en escenas no tan lejanas a las de mis últimas cochinadas.

Décadas atrás, en Travesía de Madrid, Umbral había escrito sobre la otra cara, la de los señoritos que se despertaban a una dolce vita de opulencia y hedonismo en un Madrid aún de cofias y pensiones húmedas, en una ciudad simultánea, como la definió él entonces. Jamás entendí por qué Umbral denostaba aquella obra. Quizás mi juicio se resuma en que Travesía de Madrid se me cruzó a una edad harto inconveniente y que en aquel entonces me deslumbró sin remedio el que para retratar todos aquellos sucesos paralelos, Umbral desarticulara el tiempo narrativo, lo retorciera y rompiera, convirtiendo líneas en anillos. O quizá fuera el hecho de que al leerla no pudiera evitar creer que aquellos descampados por los que yo jugaba de niño, y en los que veraniegamente aparecía un puesto de sandías, pizarra y lona, componían el paisaje que aquel mostrenco de enormes lentes contemplaba no demasiados años antes, sentado en el Puente de Toledo, lavanderas en el río, mientras esperaba a su novia la sirvienta, la que venía cada tarde de casa de sus señores montada en el tranvía que bajaba aullando por General Ricardos.

Curiosamente, años mas tarde, en un casi idéntico estrechamiento del tiempo, en similar remembranza de lo inexistente, yo le seguiría los pasos a Manuel y Teresita en el Tibet, allá por El Carmelo, y jugaría a designar a dedo uno de los caserones de la calle Virgen de Montserrat como aquel mítico de los Claramunt, mientras iba de camino al médico. Descansa tranquilo, Marsé, tu que siempre denigraste a Umbral por escribir “prosa sonajero.” Esta comparación con tu enemigo no es odiosa.

Falsa es la vacuidad de Umbral, a sus columnas me remito, pero cómo negar que sus poemas en prosa rebosaban musicalidad y ritmo, por su sintaxis descabalgada, por su fragmentismo, por sus proliferaciones, de lo cual la primera página de Trilogía de Madrid da perfecto ejemplo.

Puente de los Franceses, puente de los Franceses, ya nadie pasa, ya nadie pasa, ay Carmela, ay Carmela, y bajo el puente de los Franceses pasaba ahora, Madrid, sesenta, el agua esquelética del río, la mierda de la sierra, el oro del Club de Campo, el Club de Golf, el Hipódromo y otros clubes, el oro como mierda repartida, la mierda como acuñado oro madrileño, ay Carmela, ay Carmela, y venía un verano de ribera quemada, las riberas de nada, porque agua no venía, servidumbres de El Pardo, el rebeco locuaz y silencioso, muerto a telerrifle, noticia de “interés humano” para los periódicos de la tarde, la sangre del rebeco, una sangre inocente y no visible, río abajo, qué coños de río, ay Carmela, ay Carmela, pies perdidos y sueltos de productor con la baja, alpargatas en vacaciones de verano, solas como dos lanchas en la orilla, y las ratas de río, tranquilas gordas, feas, impresentables, y los gatos hermosos y tiñosos (la tiña los hacía más tigres, un poco tigres, les atigraba la tiña), matando ratas con garra justiciera dulce y mínima, y un muerto de feria bebiéndose la botella del último San Antonio, ya idos los carruseles, la máquina de probar la fuerza y esa noria gigante que mareaba el cielo y mi cabeza mareada de escritor novel sin cuatro duros, ay Carmela, ay Carmela, cómo he venido aquí, cómo llegué hasta allí, hasta aquella bajura, éstas son mis memorias de escritor novel, Madrid de los últimos tranvías, un siglo de tranvías muriendo como esquifes en la altamar del hormigón, allá, por allá arriba, donde el asfalto municipal y espeso se recalentaba, se reblandecía y era un mar de los Sargazos madrileño, lleno de grumos, un mar de los Sargazos con meloneros, heladeros, putas y gitanos payos, o sea quinquis, ay Carmela, ay Carmela.

Ahora, en breves horas, traspasaré la puerta que lleva a la ciudad simultánea. Y alli habitaré por unos días. Ya no habrá descampados en los que jugar, sino pisos alto standing. Ya no habrá lavanderas en el río, sino obras y grúas. Ya no habrá umbral, sino silencio pleno.

6 comentarios leave one →
  1. Lunes, septiembre 3, 2007 1:41 pm

    A mí me fascina “Las ninfas” y algún ensayo suyo sobre Lord Byron que leí hace mucho.
    Amaba de veras a este caballero que cultivaba aquello de “sorprender y no ser jamás sorprendido” que decía Oscar.

  2. Lunes, septiembre 3, 2007 2:56 pm

    Me ha gustado mucho su apología Dr., bien escrita y al grano del asunto. Hace tiempo recuperé mi afición a la lectura leyendo Travesía de Madrid y esas cosas no se olvidan. Muy buena la cita de Baudelaire…y bueno, la respuesta mediática a la muerte de un gran escritor como Umbral es “lo que cabía esperar” en un panorama social como el que tenemos en este país.

  3. Amando de Ossodio permalink
    Martes, septiembre 4, 2007 3:43 am

    Chapeau, doctor. Dejemos que hagan del futbolista un mártir del deporte mientras nosotros nos solazamos en la lectura del ex-gafotas.

  4. Martes, septiembre 4, 2007 3:06 pm

    Estoy muy de acuerdo con usted.

  5. Martes, septiembre 4, 2007 8:37 pm

    Sufro de predilección por el Mortal y Rosa que ha comentado usted, así como por Capital del Dolor, próxima (re)lectura, en claro homenaje póstumo.

    Aún así, he de reconocer que el don Francisco que me deslumbró fue más el periodista/columnista que el literato. Primero vino uno, y a posteriori llegué al otro. El Mundo ha dejado de tener sentido sin él.

  6. Lunes, septiembre 24, 2007 11:13 pm

    Ay que ver….Un traidor a su clase, por no putear a Aznar….Inconcebible

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