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Laissez Faire, Laissez Aimer

Jueves, octubre 18, 2007

La duda es una jactancia de los intelectuales
Aldo Rico, general argentino.

Los Mercantilistas fueron unos señores que durante los siglos XVII y XVIII sostuvieron la idea de que la grandeza y poder de una nación se media por la riqueza que esta poseyera, calculada a su vez por la cantidad de metales preciosos en sus arcas. Desde ese punto de vista, toda exportación representaba un triunfo, toda importación una desagradable sangría y el comercio entre estados un juego de suma cero en el que cuanto ganaban unos, perdían otros. En los países del Sur, mientras tanto, se ha mantenido secularmente una visión similar del intercambio sexual: Sus habitantes masculinos intentan evitar a toda costa que nos acerquemos a sus hermanas (o por extensión a sus hijas) con propósitos tan inofensivos como aviesos, pero al mismo tiempo tratan por todos los medios y con todo anhelo de follarse a las nuestras. Analogía en mano, no es de extrañar que en lugares y tiempos pretéritos esa contabilidad absurda de imaginadas ofensas y deshonras se lubricara (risas) con oro y piedras preciosas.

Un mercantilista, se lo juro.

También de modo semejante, en una especie de mercantilismo de los gustos y las ideas, algunos creen desangrarse cuando admiran, elogian o ensalzan a otros que no sean ellos mismos. Parece como si sentir pasión o gusto, como si mostrar agrado ante un libro, una película, un plato, representara una importación, un brazo torcido, un pulso perdido, un escape de nuestra identidad por un hilillo, como si ésta fuera una divisa liquida que hubiéramos de acaudalar bajo cualquier pretexto. Maldito negocio este si renunciamos deliberadamente a la capacidad de asombro. Como decía el apócrifo maestro de los Esponjis: “Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito, yo lo haré de los libros que he leído”.

Tal vez sea peligroso argumentar algo así cuando el fenómeno contrario -blandura, petulancia, diagonalidad, simple chupapollismo- prevalece tanto o más por estos lares. Así que por favor, no relajen el músculo crítico. Es cierto que todos nos sentamos aquí delante con nuestros fracasos, frustraciones y pasados a cuestas; con aquellos que soñamos ser algún día y aquellos que nunca alcanzaremos ser. Pero desde esas posiciones, por el puro goce de hacernos los difíciles y los originales, a veces tendemos a enrocarnos, agazaparnos, dispuestos a no conceder ni un milímetro al regimiento enemigo, y repartimos con soltura frases del calibre de “No me ha parecido nada especial” o “Ahí le tienes, y ya ves, mientras tanta gente en el paro”.

Un profeta loco.

Ese modo “Soy refractario, ergo molo” constituye un particular síntoma de otro rasgo predominante en las sociedades del Sur, el que Diego Gambetta en un lúcido ensayo denominaba la cultura del “¡Claro!”, aquella que considera que mostrar desconocimiento o falta de ideas o juicios definidos en un campo, en una materia, evidencia su carencia en todos. Como creemos que el conocimiento es holístico, como lo equiparamos con la excelencia, con Kultur, identificamos ignorancia local con ignorancia global. Y por tanto mostrar asombro o admiración por algo equivale a reconocer una grieta en nuestra integridad, una cifra en el Debe de nuestra sapiencia.

Pero amiguitos, Leibniz fue el ultimo hombre que leyó todo lo jamás escrito.

Cuando, como nos ocurre, el clarismo es la cultura imperante en nuestro entorno, la mejor forma de evitar que los demás sospechen que no sabemos absolutamente nada es responder siempre ¡Claro! ¡Si eso yo ya lo había _______! – a) dicho; b) visto; c) leído; d) pensado; e) reseñado con detalle en mi blog. En las sociedades claristas se valoran las opiniones fuertes, sin dudas ni resquicios, en cualquier área y desde el principio. En las sociedades claristas el especialista es un ignorante. En las sociedades claristas florece el “iconoclasta porque sí”, porque quien expresa chocantes juicios parece saber algo que nosotros no sabemos. No por casualidad Gambetta subtitulaba su ensayo “Sobre el machismo discursivo”. Y es que reconocerán similares actitudes en algunos de nuestros más reputados y progregarrulos blogueros y listeros.

Un bloguero progregarrulo cualquiera.

En último término, un tipo con nombre de futbolista argentino, David Ricardo, conseguiría derrumbar los principios mercantilistas sobre el intercambio, argumentando que cada nación posee ventaja comparativa en algo: Cacao, macarrones, chips o regaliz. Si cada una se especializa en ello, decía, y todas comercian entre ellas, podrán alcanzar niveles de riqueza que ninguna podría obtener por su cuenta. De igual modo, no somos pobres por aceptar que no sabemos lo que no sabemos, sino por simular saberlo todo. Ni nos enriquecemos por exhibir nuestro almacén de erudiciones privadas, sino adoptando, trasformando y disfrutando los conceptos, expresiones y modos de pensamiento de otros. Sólo los dioses y los animales no necesitan aprender. Y les recuerdo que Dios murió hace ya mucho tiempo.

8 comentarios leave one →
  1. Jueves, octubre 18, 2007 7:27 pm

    Zito, te encuentro combativo, en pleno ring… cosa que me conforta, porque no me sentiría con energías para un post así. Vamos, que te veo en plena forma.
    Y sobre este tema, no sé, espero que no haya tantos que crean poseer el misterio de la Santísima Trinidad, o posean sabiduría infusa para iluminar al resto con las explicaciones sobre la muerte de Marilyn… estamos aquí un poco para hablar de nuestros juguetes.
    Lo malo es que hay como en todas las casas, y hay quien no desea realmente compartir sino jugar solo y con sus juguetes.
    Pues eso. ¿He dicho algo coherente?

  2. Ikke Leonhardt permalink
    Jueves, octubre 18, 2007 9:15 pm

    Pues tiene vd. toda la razón, Dr., y espero que no me lo tome a chupapollismo. Durante muchos años yo mismo practiqué el “clarismo” y otras modalidades de ser imbécil. Gracias a Dios (QEPD) el tiempo me ha ido limando un poco la tontería… creo.

    Pero no quería hablarle de eso. Venía a contarle que esta misma tarde he terminado de leer “Breakfast of Champions”, y que ahora me meto aquí y veo ahí arriba lo de su Twitter.

    Si es vd. el creador del universo o algo dígamelo, tenga la bondad.

  3. Viernes, octubre 19, 2007 1:57 am

    La coda a este texto va a ser otro post, así que me limito a soltar el muy bonito, advierto y sonrío.

  4. Viernes, octubre 19, 2007 1:58 am

    El loco profeta es ese que hace películas que tejen genealogías de la moral ¿NO?

  5. syntext permalink
    Viernes, octubre 19, 2007 10:56 am

    “sino adoptando, trasformando y disfrutando los conceptos, expresiones y modos de pensamiento de otros”. Usted es un humanista sensiblero y acomodaticio. Un tolerante librepensador de los que hacen mucho daño.

  6. Viernes, octubre 19, 2007 3:49 pm

    Si hay alguien incoherente aqui, eses soy yo Aura. Como bien indica el troll ese.
    Alvy, deseando leer esa coda me deja. Y tiene razon, el profeta es ese mismo.
    Ikke: Por favor, no se dedique a acabar con todos los robots del mundo. Son bonitos y han costado mucho dinero.

  7. Sábado, octubre 20, 2007 12:53 am

    Vale, sí. Pero, adentrándome un poco más en terreno fangoso, dudeo: ¿por qué esa necesidad imperiosa de demostrar un concomiento completo? O, dicho a la inversa, ¿a qué casusas es debido ese miedo por el reconocimiento propio de la ignorancia? ¿Es quea a caso el personal “clarista” no llega concebir que en su muro de conocimiento (apuntualado, remozado y lleno de fisuras mal disimuladas) es mucho más fácil descubrir la auténtica Verdad?

Trackbacks

  1. Edificando desde la ignorancia (I): Abriendo el libro « Mario Vírico

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