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Huéspedes

Viernes, noviembre 23, 2007

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna maldición.
Mario Benedetti, Rostro de vos.

I’d give you a dream and you’d only wake from it
Now I’ll never go to sleep again.”
Bonnie Prince Billy, I Gave You.

 

No soy de aquí. Quiero decir. No soy de aquí. La cotidianeidad que se desgrana ante mí en este señorial y rancio café donde me desperezo, no es la mía. Tras las enormes ventanas -dos, tres, cuatro- fluye el tránsito de viandantes y vehículos con sus propios programas y programaciones. Cruzan fugaces. Permanece el kiosco, muestrario multicolor de inverosímiles contenidos. Miles de horas de cine, lectura, coleccionismo. Este, en cambio, no es mi lugar. No debería estar aquí, parapetado en la esquina de un café con forma de L, L de lánguido, L de lejano, L de lento. Quizá el camarero, pajarita y chaleco, si es observador, notará cierto aplomo en mi voz, cierto retraso en mis contestaciones; que le he agradecido sin excepción cada acercamiento suyo, cada servicio. Pero por lo demás, le resultaré indiferente. No soy un habitual, sólo un rostro idéntico más, un extraño que le ha solicitado educadamente un café con leche y un cruasán con mermelada. Lo extraño es que aunque no sea de aquí, repito, este espacio-tiempo, este tejido que se hila perezoso y taimado delante mío, no me resulta ajeno. En esta hora intermedia, las parejas de jubilados recortan con calma sus gruesas tostadas disponiéndose a remontar la corriente de un día más, qué remedio, y los ejecutivos planifican sus almuerzos de trabajo, informes en mano, trajes chaqueta, dispuestos a asaltar, subrayador entre los dientes, su porcentual incremento estimado. Atrás queda el chocar de platos y cucharillas, el preparado minucioso de sobres y tazas sobre la barra, juntas, amontonadas, organizadas para hacer frente a la armada de currantes, conductores, funcionarios, que buscan cobijo y calor instantáneo en esta mañana que comenzó brumosa en el parquin trasero de algún mercado. De aquello, tan solo quedan los periódicos gratuitos, desmarañados, vencidos, desperdigados al azar por las mesas de mármol oscuro. Cada uno de ellos porta consigo una historia más autentica, mucho más, que las que lleva impresas. La de la chica ecuatoriana, la del maestro de fieras, la del comercial hastiado, que en el sopor de un vagón de cercanías en el extrarradio abandonan cualquier esperanza de regresar al sueño. Ahora, todas estas páginas, todos estos argumentos, desfilan entre mis manos. Y cuando los abandono y los cierro, vuelvo a mi natural y contemplativo estado. Miro al espejo de enorme marco dorado y éste me devuelve una composición evidente, un cuadro de Degas, clarividente y verdoso. Los parroquianos, los ocasionales, yo, todos, traemos hasta aquí nuestras derrotas, nuestros fracasos, como presentes, como ofrendas. Historias truncadas, rutinas ininterrumpidas, penas que nos calcifican los músculos, que cristalizan nuestros huesos, incienso y mirra. Yo les observo. Ellos me observan. En ocasiones de soslayo, en ocasiones de plano, duros y curiosos. Y me precio, me enorgullezco, al pensar que jamás podrán adivinar mis derrotas, mis fracasos, mis ofrendas. Porque no soy de aquí, les digo. No-soy-de-aquí.

Howard tampoco era “de aquí”. Howard y yo compartíamos el mismo espacio de trabajo y, como supe más tarde, el mismo vecindario. Siempre que pasaba por delante de su despacho (un puñado de veces al día) se me aparecía del mismo modo. Sentado ante su viejo Mac de un blanco sucio, con la enorme maleta marrón que indefectiblemente acarreaba consigo colocada sobre sus rodillas, escribiendo ininteligibles cifras en cualquier papelajo que se le hubiera cruzado. Howard siempre llevaba chaleco de ante, bigote rubio, greñas y pelo blanco. Howard era un profesor chiflado que había aprendido hebreo en tan solo un año para poder prorrogar su contrato de visitante y así continuar viviendo en su kibutz idealizado. Howard en cuanto encontraba una oportunidad te hablaba del fin del mundo. A Howard se le murió su mujer un viernes por la mañana. Meses sufriendo. Cáncer. Howard jugó al frontón en solitario aquella misma tarde, en el parque de detrás de mi casa, como tantas otras tardes, ataviado como siempre. Le espié desde la ventana horizontal y entreabierta de mi cocina. Sólo yo conocía su excepción, su secreto. Sólo yo conocía la derrota, la pérdida que él ofrecía a aquel atardecer de adolescentes congregados con sus perros vociferantes y chatos, de niños empeñados en hacer volar sus triciclos. Sólo yo fui capaz de leer su tristeza, quizá cierto culpable alivio, cuando hubo de esquivar al chiquitín despistado que de pronto se interpuso entre él y la pelota extraviada por un mal giro de raqueta. Y sin embargo, aquella exclusividad, aquel secreto, aquel conocimiento, no me comportó ninguna victoria, ningún orgullo.

Ven. Entra. No puedes hacer nada, me susurra una voz tierna.

El eco de ese murmullo terso y pretérito atraviesa el tiempo y me hace sacudir la cabeza en un reflejo, como si hubiera despertado de una efímera somnolencia, de una de aquellas en las que soñamos que una escalera falla bajo nuestros pies y el vacío nos engulle. El camarero, a pesar de erguirse tras la barra allá en el extremo derecho del café, percibe por el rabillo del ojo mi violento aspaviento y se detiene a observarme, preguntándose qué me ocurre. Avergonzado, miro hacia abajo, donde mi animal de hojaldre yace parcialmente devorado, sangrando dulce. Jugueteo con el roto sobre de azúcar, esperando a que su interés en mi se disipe. Cuento los anillos marrones que decoran la taza de loza gastada en la que mi bebida, avergonzada, se ve obligada a enfriarse. Contemplo su disposición, su sentido, cómo van gradualmente haciéndose más finos, menos espaciados, a medida que se aproximan hasta el fondo. Una espiral de brazos incompletos. Un código oculto que se abre ante mí y me sugiere que tal vez es en aquel lugar donde ha de terminar todo.

Quiero serte sincera, cielo.

Me vuelvo por puro impulso hacia la izquierda, hacia el límite del salón. Intento enfocar, averiguar quién me habla. No doy crédito. Vestida de negro, juraría que llego a entrever el suave brillo de sus breves canas. Parpadea muy lentamente, fotograma a fotograma, y me mira intensamente desde el fondo de sus inmensos ojos oscuros.

No puedo permitirme el lujo de enamorarme de ti.

Atónito, no me atrevo a contestar. Dudo que me alcance un soplo de aire que consiga animar mis cuerdas. Ella permanece paciente y sentada, en el sofá suave y brillante como una serpiente mansa apoyada contra la pared del final, debajo de otro descomunal espejo; metros, años y una mesa nos separan. Aguarda una respuesta.

Ahora lo entiendo, créeme. Nunca quise imponerte mis derrotas.

A mi espalda, escucho cuchicheos y risas. Unas chicas, apuntes y descaro, han desbancado a los jubilados y tomado posesión de un lugar junto a los ventanales. Me miran de reojo, se burlan, ríen entre ellas. Siento vergüenza: Debo de haber hablado en alto. Disimulo. Intento recuperar cierta compostura. Corto con parsimonia un pedazo del cruasán. Sorbo impertérrito algo de café, insoportable a estas alturas. Pasado el apuro, retomo estas mismas notas. Alguien abandona el local y deja tras de si una puerta abierta de pleno. Una prolongada punzada de frio seco consigue alargar su brazo hasta mí y me perfora. Y el dolor me trae otra mañana, de los Inocentes, otra taza, otro contenido, otro mármol.

Junto a los míos, veo sus zapatos menudos y estrechos. Calcetines dorados, sus favoritos.

Qué haces aquí.

Ella me clava su mirada azul incandescente, esa que creía haber olvidado, enmarcada por sus cejas finas y delgadas como su cuerpo, casi perfecto, ese que seguro no he olvidado. Chaqueta de invierno, color ocre, flor de fieltro en la solapa. Tal como entonces.

Todo irá bien.

No, no todo va a ir bien. No fue nada bien.

Nadie se vuelve hacia mí esta vez. Casi es el turno del almuerzo, y mis palabras se disuelven junto a ella en la espuma de voces que va colmando el café. Unos personajes han dejado paso a otros. Han abandonado sus lugares con su tempo moroso. Otros, más ansiosos, más adictos, han tomado su puesto con la emoción de sostener conversaciones nuevas o la necesidad de consumir silencios como cerillas entre los dedos. Yo formo parte de los primeros. Sobro. Soy reliquia de un modo que ha prescrito. Recojo mis cosas. Antes de levantarme, reacio a romper el hechizo, me detengo en un último intento de divisar lo que no puede ser visto. Y la temporalidad se detiene conmigo, en el mínimo segundo en el que el día se dobla sobre si mismo, en el que todo es simultáneo, y la mañana se convierte en tarde y el comienzo en desenlace. Todo pierde su definición, sus axiomas, sus partículas elementales. No aquí, no ahora, en las primeras horas de un amanecer de nubosidad bulbosa y variable, sé que alguien me sueña, se sueña, junto a mí, en este café, en este escenario imaginado. Y ríe. Y charla. Y es feliz. Con las bromas que ya no hago, con la teorías que ya no elucubramos, con las sonrisas que ya no dedico a sus ojos que ya no están iluminados por mi. Cruelmente, el ritmo epiléptico y digital de la alarma la hará desvanecerse de mi lado. Cuando termine de despertar, se convencerá de que todo fue un espejismo imposible, inconveniente e inútil. Cuando despabile, se condenará a imponer su derrota a otros y a si misma. Y esa negación me deja aquí, suspendido, más allá de cualquier lugar, donde no hay colores que atrapar ni estrellas que puedan ser contadas porque todo es blanco, inmensamente blanco.

Me pongo mi abrigo, forrado de habitaciones de hotel, de sudor glorioso y besos perdidos. Meto en mis bolsillos promesas quebradas, llamadas a oscuras, abrazos diferidos. Cargo en mi bolsa confusión, miedos, descalabros. Reúno estas hojas escritas de exhumación y suicidio.

Quédese con el cambio.

Deposito un billete pequeño sobre la barra. Pronostico el aroma de la tarde. Y cuando funde en negro, salgo.

6 comentarios leave one →
  1. Sábado, noviembre 24, 2007 1:19 pm

    Este relato es una comedia romántica de terror.

  2. Domingo, noviembre 25, 2007 1:17 pm

    Voy a tomar la determinación de escribir en un bar en forma de L, qué maravilla de texto Dr. Los dos primeros párrafos en especial me parecen muy buenos. Lo dicho, o voy a ese bar a escribir o dejo de hacerlo. Felicitaciones.
    pd: disculpe que no me haya pasado por aquí en algún tiempo. Soy un “descastao”

  3. Minizita permalink
    Domingo, noviembre 25, 2007 3:43 pm

    Ay Zito, que cosas. Gracias por sus palabras.

  4. Domingo, noviembre 25, 2007 8:43 pm

    Está lleno de sombras, si.

  5. desmemoriada permalink
    Domingo, noviembre 25, 2007 9:09 pm

    “Qué ha quedado de ese amor jurado / Te querré siempre mientras vivas”. Las palabras bailan para nosotros, Zito.

  6. Lunes, noviembre 26, 2007 12:30 pm

    The main thing i’m enjoying while reading your blog is the way you write, you are a really charismatic person and your posts are wonderful, keep it up!

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