Skip to content

Va y Ven

Viernes, abril 11, 2008

Va.

Vuelvo del Mundo Humano, el que habitan ustedes que entienden la lengua en que están escritas estas líneas, a los Fríos Exteriores, donde moro. Vuelvo con la necesidad de articular este tiempo de encuentros y reencuentros, de metaforizarlo si quieren, de fabricar un punto y seguido que quizás ilumine el cruce de caminos en el que me encuentro. Y a la hora de escribirlo, me encuentro torpe y trastabillado, pulverizado por la prolongada pausa. Brota tan solo la somera evidencia de que he llenado mis días de vaivenes entre el futuro y el pasado, míos y de otros, de Sur a Norte, al revés y vuelta, investigando en lo probable, buceando en lo posible, intentando tejer hilos que explicaran mi presente, como dicen que las supercuerdas explican el Universo. Y a lo largo de estos ejes, he ido conduciéndome por brazos que se abrían amables, por camas y sofás que dejaban de ser ajenos y por la consulta de un dentista.

En el Albaicín sorprendí a dos perros que jugaban a morderse el alma y a un lilo que cubría sin prisa la superficie de una fuente recóndita. Más tarde, en la noche abierta, Lagartija Nick y Sidonie compartían su resignada lealtad al pasado. Unos desde la nostalgia de quienes fueron para después dejar de ser. Otros desde la derrota de quienes creían poder haber llegado a ser algo y no fueron, un destino que al final uno ha agradecido, la verdad. Entretanto, yo compartía con MA la jeringuilla del romanticismo vencido y el calor doloroso y sanguíneo de las certidumbres auténticas. Esa es la única victoria, si es que existe alguna. MA es más lista que los ratones coloraos, y mientras Liebre le demandaba caricias, ella me persuadió de que callar es un hermoso verbo. Así que, para no provocarla, no hablaré más de las palabras con las que llenamos el aire impregnado de humo y leña en su mirador a la sierra.

A continuación, el regreso a Gallardongrado, estación de paso en esta obra en tres actos, y donde tocaba actualizar la libreta de afectos para quedarse, indefectiblemente, sin hojas. Futuro y pasado, amistades nuevas y antiguas, se entremezclaron con viajes en moto, un crepuscular e inevitable concierto de Siniestro, y con los interiores de sórdidos y caseros bares, incluida La Taberna, templos de la roña y el vicio que vislumbraban cada uno a su manera el inminente verano de terrazas e insomnios. Y en su secuencia lógica, la envidiable normalidad de todos aquellos recorridos me ayudó a esclarecer la línea que separa los anhelos esenciales de los efímeros deseos.

Por último, en la estribación de la semana, acechaba la visita a la ciudad norteña, herreriana y recia, envuelta en el persistente regusto a óxido que nos dejan las vidas que abandonamos para siempre. Allí, los amigos atávicos, esos extraños, escenificaron para mi, sin saberlo, un pasado elevado al cuadrado al que no pertenezco pese a sus muchos vociferios y llamamientos al asalto de las kupelas. Todo aquello culminaría poco después en La Concha, que se ofrecía neblinosa y quieta, ajena por completo al bullicio del Casco Viejo. Algo alcoholizado, de madrugada, con el mar lamiéndome levemente los pies, no me esperaba ninguna revelación en aquella playa familiar y consabida. Pretendí escuchar, pero solo hubo silencio. Y junto a esa quietud, la humilde certeza de que todo lo vivido había conducido a ese momento, de que todo lo que sucediera a partir de entonces formaría parte del regreso, de la vuelta, del ir recogiendo el hilo. Sin más. Sin significado, ni finalidad, ni epifanías. La oscilación había alcanzado su cenit.

Ven.

Inevitablemente, cuando se va y se viene, cuando se viven existencias paralelas en la lejanía, uno se pregunta cuál es su verdadera patria. La patria es la infancia, dijo alguien. Y en parte es cierto. Esté donde esté llevo conmigo ese periodo en el que aún puedo encontrar emociones purísimas y verdaderas, las formas esenciales de mi mismo. No en vano, para enamorarme de una mujer necesito que me muestre cómo fue de niña. Sin embargo, ese hogar, del que cuando nos alejamos todo comienza a torcerse, a estas alturas no puede ya satisfacerme.

Nuestra patria es la literatura, dijo el otro. Yo, que nunca seré un experto en comics, ni parte de grupo musical alguno, ni promiscuo, he llegado a sentir que si por algo merezco ser salvado es precisamente por esto. Por reunirme con ustedes a intervalos en los que me acalicanto en esta cápsula que todo lo suspende, retorciendo mecanismos, destilando mal que bien metáforas e imágenes que exorcicen lo que soy, a los demás, al mundo. Pero, desengañémonos, no soy un entusiasta de toda la vida. Jamás gané un certamen literario, ni urdí diarios íntimos, ni colmé cuadernos escolares hasta el margen. Mi depravación ha sido más bien reciente. Así que sí, puede que ronden por ahí múltiples mediocres, cientos de “cráneos previlegiados” que con frecuencia obtienen reconocimiento y premios. Pero mientras no lo remediemos, mientras no escribamos, ellos siempre poseerán el derecho a desahuciarnos de esta casa.

“Solo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida,” decía Umbral, a quien releo estos días (por si no se habían percatado). Y con ello, el gafotas no se refería al puto Carpe Diem, sino más bien a que nuestra continuidad es el presente, este punto intermedio e inexistente, tangencia de las esferas de un reloj de arena que tal vez si sea nuestra patria. No es posible habitar el pasado. Ni siquiera podemos aseverar que exista. Somos su lodo, es cierto, pero no somos aquel o aquella que hubo de transitarlo. De haber alguna forma sensata de reconstruir lo pretérito, ésta sería el emplearlo aquí y ahora mismo, en nuestro yo instantáneo. Quizá en el etéreo umbral del porvenir inmediato. Porque esa es otra. El futuro es una terra incognita y brumosa esperando a ser conquistada, como el mundo virgen del Civilization. Y solo posee el valor que osemos otorgarle.

Aún así, no puedo evitar encarnarme en una de esos universos alternativos y conjeturar que si en aquel momento postrero de la despedida hubiera optado por deslizar mis gafas de sol en el bolsillo de su chaqueta, éstas no se habrían volado cuando me asomé por la ventanilla para tomar una absurda foto camino del Norte días más tarde. Así que opto por agarrar mi condensador de fluzo y alcanzar esa línea temporal en la que me he quedado sin gafas, como ahora, pero en la que ella en cambio puede elevar su mirada y contemplar con tierno asombro un cielo marciano y rojo.

3 comentarios leave one →
  1. Domingo, abril 13, 2008 1:59 am

    No sabe hasta qué punto me identifico con el clima de sus idas y venidas.
    Aunque suene a paradoja ahora que se ha ido a los Fríos, bienvenido de nuevo a la blogosfera. Esto estaba desangelado sin usted.

    Un saludo.

  2. Minizita permalink
    Domingo, abril 13, 2008 11:45 am

    Como me gusta leerle Zito, es un placer.
    Besos de esta Minizita que en este instante del que habla el “gafotas”, va.

  3. Martes, mayo 6, 2008 3:01 am

    hermano!tienes toda la razon el mundo !O_o
    realmente leer esto es demasiado escalofriante porke nuo se identifica xD tienes razon hasta donde la patria e sla infanciaO_o q filosofia tan loca y a la vez tan sabia xD es verdad d ahi es donde venimos y aprendimos todo!!!

    bye cuidate y sigue siendo un loco total los locos dominamos al mundo ( jesuscristo,bill gates,cristobal colon y a todos los alguna vez les dijeron locos y hoy los alaban) jajajaja
    bye

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: