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La dolce vita

Martes, abril 22, 2008

Voy a cerrar este día. Voy a voltear la cubierta y apartarlo en la repisa. Voy a colocar a buen recaudo esta jornada que comenzó conmigo escribiendo, como ahora la termino, escuchando a las gaviotas protestándole al alba. En venganza, el sueño breve sacó de madrugada su rabioso cuchillo, y asfixiado de recuerdos, rasgó mis costuras dejando escapar mi contenido. Ella. Su vestido verde. Sus piernas doradas. Su pecho de pajarillo. Y cuando desperté sabía que aquella aparición echaría a perder lo que restara. Que el día quedaría en barbecho como las tierras malas. Por eso he jugado al niño malcriado, a la estrella de rock ociosa entre dos discos, dormitando, bebiendo, mirando culos, comiendo con lujuria, bromeando ajeno a la marca de las horas o los días. No había más remedio. Para qué ocultarlo. No me he curado. No ha sanado aún este presente. No me importa demasiado qué hace o habrá hecho. Todo lo que debía aprender ya lo he aprendido. Solo me importa el yo que aquí ha quedado. El que tiene que habitar este aire enrarecido. El que se deja seducir por las flores caprichosas del desorden.

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