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Resaca eurovisiva

Domingo, mayo 25, 2008

– Mamá, ¿es un humorista?
– No, es Leonard Cohen.
Mamazita y Zitito (con 9 años), ante la tele.

Como ya es costumbre en la Mansión Zita, varios elementos subversivos nos reunimos delante del televisor para disfrutar del certamen musical petardo por excelencia. Este año, por supuesto, contábamos con el ingrediente Chikilicuatre en la ecuación. Y es que el Chiki Chiki, pese a la distancia también ha logrado machacar los oídos de este, su querido doctor. Tal fue la emoción que nos embargaba ayer que decidí, algo tarde, retransmitir las actuaciones eurovisivas en el Twitterzito. A mi el Chikilicuatre, pues miren, más o menos me parecía bien. Una forma de darle en las narices a los pacatos y a los tontipoperos que aun osan tomarse Eurovisión en serio. Un concurso, no lo olvidemos, que no es menos absurdo que una competición internacional de tartas. Me hubiera gustado pensar que, como sucede con ciertas sustancias radioactivas en estudios genéticos, el Chiki Chiki serviría para poder marcar y revelar mejor las gozosas contradicciones e inconsistencias de Eurovisión. Sin embargo, la resaca mediática parece que trasluce por un lado decepción por no haber ganado (pero, ¿qué se esperaban?) o alegría por haber superado anteriores marcas (claro, ¡era tan difícil!). Y esto último, como demostró la actuación de ayer, es lo que constituye el gran pufo en el que el Chiki Chiki se ha convertido en última instancia: Si el ejercicio pretendía jugar con las reglas, al final acabó siguiéndolas. Si pretendía ser punk y sedicioso, al final terminó escenificándose en la voluntad de ganar, de vencer.

Del resultado final del concurso observamos que la formula “jamona + vestido cortísimo” está en auge en el continente, y que el modelo de nuestro querido Alf Poier aún da réditos, aunque ya no suficientes para triunfar. Yo, que quieren que les diga, a lo de las jamonas, amén. Amén. Sobre todo la ucraniana, que me ganó con su deriva disco y su momento Nueve semanas y media. Pero… esto… ejem, que me desvío del tema. Otras mierdas que contemplamos, no autoconscientes, supongo, como los piratas letones o los granjeros bosnios, no quedaron mal paradas, por encima de naciones poderosas que pataleaban al ver como éstos y Chikilicuatre les sobrepasaban en la clasificación una y otra vez. Y es entonces cuando se invocan pactos e intercambio de votos. Curiosamente, un reciente artículo parece demostrar lo evidente: No hay semejantes acuerdos. Las puntuaciones que los países otorgan se puede explicar tanto en base a la calidad de las canciones (ya sea mucha o poca) como en base a similitudes culturales y lingüísticas (Ginsburgh y Noury, “The Eurovision Song Contest. Is voting political or cultural?European Journal of Political Economy, 2008). Así que de nuevo nos sirve la analogía del concurso de tartas. Las que más nos gustan serán siempre las que más se parezcan a las nuestras, cuyos ingredientes entendamos y a las que nuestro paladar se haya ya acostumbrado. Y claro, mirándolo así, podemos entender el éxito de las jamonas: su sabor es universal.

Por mi parte, yo me quedé con Francia. Fue una pena que no gozara de mejor suerte. El tema, Divine, poseía un discreto encanto gamberro, y su puesta en escena, su humor seco, servían de perfecta introducción a Sebastian Tellier, héroe instantáneo de un servidor, hombre de una clase deslumbrante y sexualizada, que le emparenta con Jarvis Cocker y la mejor tradición francesa. Todo ello pasado además por el tamiz Daft Punk (uno de ellos le produce). Divine también ha sido la primera aportación eurovisiva francesa cantada en inglés. Que esto no diera resultados supongo que cargará de razón a los puristas que se indignaron en su día con ella, los mismos que ahora plantean que Francia, como ya hiciera Italia, abandone Eurovisión ya que los sistemas de televotación, dicen, no les favorece. Una lástima. Porque creó que Tellier le tomó el punto exacto a todo el tinglado, como ya muestra el video oficial de Divine, que con su juego con los clichés de la estrella del rock y de lo norteamericano refleja perfectamente el espíritu con el que deberíamos acercarnos a TartavisiónTM.

3 comentarios leave one →
  1. Lunes, mayo 26, 2008 7:48 am

    Si no hay pactos tácitos entre los votantes y si no se tiene en cuenta la calidad musical, ¿cómo es posible que el maestro Uribarri acertara (casi) todas las quinielas de (casi) todos los países? El bloque del este es demasiado bloque para que el europop más septentrional, en ocasiones superior, llegue a algo.

    Dos apostillas: acertado el vencendor, no ya en tanto que música, más como espectáculo casual y cacharreramente kitsch y la consecuencia obvia de que a más porqueria menos reluce la basura.

  2. Martes, mayo 27, 2008 7:39 am

    No solo Uribarri. Terry Wogan, el tambien veteranisimo comentarista de la BBC, las clavo de igual modo (con los 12 puntos de Andorra echaba chispas!). Son predecibles porque, como el articulo sugiere, los parecidos culturales son determinantes. Y claro, ahi en el Este hay paises a cascoporro.

  3. Mil25 permalink
    Jueves, junio 5, 2008 10:20 am

    Tellier es también mi nuevo idolo. En el sentido más bíblico del término.

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