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El fin de la escasez

Martes, junio 17, 2008

La escasez se administra. Ya lo sentenciaba Marcuse. “¿Quererla? Tu lo que quieres es meterla en caliente,” le decía Antonio, hijo de papá, a Miguel, falso cordero, en Los Europeos de Rafael Azcona. Con ello, Don Rafael, menos solemne pero igual de viejo zorro que Don Herbert, pretendía desnudarnos a la evidencia de que la escasez, pese a ser capaz de teñirlo todo con el tono pastel de lo honorable, nos devuelve siempre a las formas más primitivas de nosotros mismos.

No quiero pensar que sea la pertinaz sequía la culpable de la cierta irritación que me ensombrece. Prefiero creer que se debe a mi vuelta a los Fríos, fenómeno que suele inocularme este síndrome posthistórico. Porque no me han faltado en estos días momentos gloriosos en los que he visto cómo otras escaseces eran fulminadas por el rayo de la abundancia incontenible. Pocas alegrías hay más plenas. Por ejemplo, saliendo del lugar en el que Mario Cabré mandó disecar el toro que le brindó a Ava Gardner, y en el que para más INRI celtibérico conocí al hijo de Helenio Herrera, mítico acuñador de tópicos futbolísticos, la ciudad estalló en mil torrentes y se derramó gozosa por cuestas y canalones, por fin dejando atrás la sequía, los barcos de agua, los enfados provincianos y provinciales. Barcelona reventó feliz, rebosando cada desagüe, limpiándose de baba y frustración con un estruendo del que no había manera humana de guarecerse. Solo quedaba bailar bajo la lluvia. Comparado con la tromba, resultó casi ridículo escuchar a dos académicos chillar como verduleras a vueltas por el Teorema de Weiertrass. Entre medias, hubo esquinas aún empapeladas de besos y promesas (siempre las habrá en los lugares en los que uno ha amado), aristas afiladas que rasgaron el vaporoso velo del presente. Y no existe mejor remedio que habitarlo, habitarlo de nuevo. Colmar al presente de presente. Como conocer a la triple A (nada que ver con aquella), Absence, Alvy y Aura y su aguacero de amistad y ternura. Con el maestro bebí mojitos y con el arcángel y su pléyade – Lost Driver, Fran, Xavi y Pep– visitamos decadentes lobbies, en el que un negro de voz tan profunda como el Congo preparaba fabulosos cócteles. Comimos como emperadores, bailamos como diablos hasta el alba, que no es igual en todas partes, y en su calor, me confiaron el cuidado de Manuel, cuyo retrato ilustra estas líneas.

El siguiente salto en el espació me llevó a Gallardongrado, por entonces inmersa en la atmósfera de El Incidente que recorría todo el país. Porque mientras se estrenaba la nueva y apocalíptica película de Shamalayan, los noticiarios reponían constantemente imágenes de estantes famélicos, gasolineras cerradas y leyendas urbanas sobre acaparadores de harina. La escasez en las sociedades opulentas, aunque sea fabricada, siempre es noticia. Y las apariencias mediáticas resultan ser profecías siempre dispuestas a autocumplirse. Uno puede jugar a hacerse el digno y a no dejarse llevar por el simulacro de armaggedon. Pero si todos los demás lo creen cierto, serán sus creencias y no las nuestras las que definirán la realidad.

En paralelo a estos sucesos, conviví con otras ficciones más habituales y modestas. Como escribió Jordi Costa hace unos años, Madrid se ha convertido en un parque temático de famosos. De famosos porque sí, sobre todo: Uno puede sentarse en una cafetería a discutir el futuro de la blogosfera sin apercibirse de que a su lado el elenco de Fama casi al completo disfruta del flash de sus décimas de gloria. Claro que también, por bendición de Zeus, uno puede cruzarse en un supermercado cultural con Bárbara Goenaga y jugar con el destino y sus señales: Javo, no es usted el único que se la ha encontrado dos veces.

En la última etapa, tras la penúltima despedida, Paco y su familia, me mostraron el lugar donde viven sin remedio porque, sencillamente, el bolsillo les vence. Urbanización suburbial y ocre, destino de la nueva clase media-media, sin gente apenas por las calles, sin bañistas en la desierta piscina, quizá ahuyentados por sus rocas de cartón piedra y su minipuente colgante, imitación de la imitación de otros parques temáticos. Y desde la zona de los ricos, en aquel Beverly Hills murciano, contemplamos la vista del plano erizado de montes con cristos, grúas y toboganes multicolores. Allí Paco y yo sentimos la necesidad de desmigar porteros automáticos, de lanzar cócteles en llamas que ennegrecieran las réplicas de mausoleo egipcio, los cristales de las lineales copias (sin sexo dentro) de las mansiones que Andrew Blake puebla de mujeres inalcanzables. Y fantaseamos con que tal vez, como en Noches de la Cocaína, el mal que consiguiéramos causar con todo ello acabaría por desalojar de su sopor pre mortem a sus residentes, además de aliviarnos el rencor de clase.

Murcia es, sin duda, la irrealidad verdadera. Visitar La Manga, recorrerla en coche es tridimensionalizar una fase del Out Run. Una carretera lineal, flanqueada por palmeras, que deja paso a aglomeraciones de edificios fantásticos, castillos con almenas, paraísos arábicos. Decidimos doblar a la altura del casino, mole abandonada y cúbica, que permanece enhiesta en frente de la playa donde recuerdo haber visto por primera vez unas tetas, las de unas irlandesas que se alojaban en nuestro hotel y a las que yo, con mis húmedos doce años, no dejaba de vigilar en los desayunos comunitarios. Porque, volviendo a Azcona, la playa siempre ha contribuido muchísimo a la modernidad de los españoles. Aquella tierra también es la de los espejismos. De camino al aeropuerto, ya de vuelta, mientras Paco me glosaba los méritos de prohombres de la región -jefes de policía de Coslada, urbanistas de Marbella, presidentes de Generalitat y del Congreso– apareció tras una loma Polaris World, quimera autosuficiente y cerrada en medio de un socarral desolado que tras desaparecer detrás de una curva me dejó colgando de los labios la duda de si aquel vergel, aquellos dúplex alineados con precisión irritante, existen realmente.

Aquí en los Fríos, el verde en cambio es radiante y auténtico. Queda en el fondo de la copa dorada de estos días la sensación de fin de siècle. De fin de ciclo. Tal vez haya llegado el momento de emprender el regreso.

5 comentarios leave one →
  1. Martes, junio 17, 2008 5:25 pm

    Qué maravilla de texto, Doctor. Lo siento, no me salía otra cosa que gritar de admiración. Un abrazo fuerte.

  2. Miércoles, junio 18, 2008 3:07 pm

    “Fama” y el futuro de la blogosfera se cruzaron aquella tarde. ¡Y cómo!

    Que nadie saque conclusiones equivocadas: “Fama” no es el futuro de la blogosfera. Pero Sergio Alcover nos pidió fuego a Zito y a mí (Javo aún no había llegado).

  3. Miércoles, junio 18, 2008 5:49 pm

    En efecto. El futuro y el no-futuro, juntos.
    Que conste que fue Noel quien me lo soplo, que yo ni idea de quien es esa gente.

  4. Miércoles, junio 18, 2008 8:26 pm

    Doctor, ¿insinúa que mi récord personal de encuentros fortuitos con Bárbara Goenaga en la FNAC ha sido igualado? Maldición…

  5. Jueves, junio 19, 2008 2:17 am

    Me tiene en áscuas oficiales.

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