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Disch

Martes, julio 8, 2008

En silencio, sin hacer ruido, sin apenas repercusión en los medios, ha muerto Thomas Disch. Figura fundamental del pensamiento distópico del siglo XX, autor importantísimo de ciencia ficción, pilar de la Nueva Ola, aunque menos conocido que nuestros venerados Philip K DickValis lo tenga en su gloria- o J. G. Ballard, tristemente aquejado de un cáncer terminal. Nacido en Des Moines, Iowa, en 1940, Disch se había retirado prácticamente de la escena literaria, aunque aún escribía con frecuencia (hasta dos días antes de su muerte) en su espacio en LiveJournal. Pero este pasado viernes, sintiéndose incapaz de continuar habitando la realidad desoladora de sus problemas económicos y del fallecimiento hace unos años de su compañero de toda la vida, decidió acabar con su existencia. Es preciso, pues, reivindicarle.

Thomas Disch fue también poeta y autor de abundante crítica literaria. De hecho, ha sido uno de los mayores críticos y teóricos de la ciencia ficción. En parte, que no alcanzara la misma popularidad que otros autores coetáneos suyos puede deberse a la incomodidad que generaba su permanente exigencia crítica. Su sentencia “La ciencia ficción es literatura juvenil” no le granjeó muchos amigos que se diga. Pero con esa frase Disch no pretendía hacer una declaración esencialista, sino reprobar un estado de las cosas as they are. La Nueva Ola, de la que él había formado parte, había luchado contra la concepción de la ciencia ficción entendida exclusivamente como space opera, como un pulp relocalizado en lejanos planetas. Disch defendió durante toda su vida por establecer una verdad que aunque a nosotros nos parezca evidente, el establishment literario aún no ha aceptado: Que la ciencia ficción es mucho más poderosa como forma de declaración política que cualquier tipo de ficción realista. Se lamentaba de que las nuevas generaciones no hubieran continuado aquel camino y por tanto deploraba, como César Aira en su ya seminal artículo “Contra la literatura infantil“, que gentes como Ursula K. Le Guin u Orson Scott Card hubieran contribuido a una nueva puerilización del género.

Disch pasará a la historia por su involuntaria trilogía distópica, formada por Campo de Concentración (1968), 334 (1972) y En alas de la canción (1979). Alabada por el Maestro Dick, Campo de Concentración narra en forma de diario íntimo el tránsito de Louis Sachetti, disidente político, por un campo de internamiento al que ha sido confinado por un gobierno norteamericano totalitario. Poco a poco, Sachetti va descubriendo que todos los internos en Campo Arquímedes, él incluido, han sido expuestos a un virus derivado de la sífilis capaz de elevar la inteligencia y la creatividad hasta niveles de genio pero que a la vez genera un acelerado e irreversible deterioro físico. De modo análogo a Punishment Park (Peter Watkins, 1971), Campo de Concentración, hace una rotunda declaración sobre la peligrosa senda por la que Disch creía que su país se estaba encaminando. Pero que ésta sea su obra cumbre se debe sobre todo a la perfecta fusión entre forma y fondo. Porque en su camino hacia la iluminación última, y por tanto hacia su propia muerte, la prosa de Sachetti/Disch va haciéndose cada vez más culta y referencial, más marcadamente experimental. Y ese es precisamente el tema principal de la novela, la tensión entre la genialidad individual y las llamadas a la conformidad social.

En un torno muy posmoderno, Disch sospechaba de las metanarrativas, de las ideas que pretenden incluir todo lo humano. Para él eran necesariamente fuentes de esclavitud y servidumbre. Al respecto, déjenme extraer dos perlas que Disch pone en labios de Mordecai, otro de los internos en Campo Arquímedes.

“No es solamente Alemania -dijo-, ni solamente Campo Arquímedes. Es el universo entero. Todo el maldito universo es un jodido campo de concentración.”

“Considera a tu Católico Creador un celador de esta prisión-universo, y tendrás exactamente el argumento que Aquino, ese tonto, sofística: que solamente sometiéndonos a Su voluntad seremos libres. En realidad, como Lucifer bien sabe, como yo lo sé, como tú por supuesto sospechas, solamente se puede ser libre haciéndole un palmo de narices.”

Como ven, no resulta sorprendente que Disch también se encargara de escribir la primera novelización de las aventuras de El Prisionero. En I am not a Number! (1969), y habiendo visionado apenas unos pocos episodios, Disch reinventaba y expandía la serie con múltiples juegos metalingüísticos y retruécanos argumentales. Así que como despedida, qué mejor que dejarles con la portada francesa de la novela, una deliciosa recreación daliniana que hermana los universos de Número 6 y Disch. Descanse en paz.

3 comentarios leave one →
  1. Miércoles, julio 9, 2008 6:46 am

    Estimado doctor; llego a su consulta por prescripción de nuestro común compañero Enrique Ortiz, y me encuentro con un magnífico blog. Intentaré estar atento a sus evoluciones (aunque no me resulte fácil, no…).

    Saludos cordiales.

  2. Miércoles, julio 9, 2008 10:48 am

    R.I.P.

  3. Miércoles, julio 9, 2008 11:18 pm

    Pues encantado de tenerle por aqui, Don Manuel. Pase y pongase comodo. Bienvenido.

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