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El Dr Zito en el Lejano Oriente (II): Jet lag

Miércoles, agosto 20, 2008

El hombre agarra el brazo de la chica, apenas una adolescente, y lo gira sin mucho cuidado. Le dice algo que parece un “aquí mejor”. Ella sonríe, lleva flirteando con él, con todos, desde hace un rato, y comienza a escribir algo en su propia piel, con el bolígrafo atado con un cordón azul a su cuello. Triunfante, el hombre de gafas enormes, cabeza cuadrada y cuarentona, ríe a carcajadas, con la boca muy abierta, del mismo modo en que reía hace un momento cuando levantaba la camiseta del comensal a su izquierda para mostrar al resto de la mesa, y por accidente a nosotros, el ave verde tatuada que cubría por completo la espalda de su amigo. La chica se retira, corre como una colegiala con su minúscula falda verde y sus botas de Robin Hood blanco, a esconderse tras la barra una vez el hombre de gafas ha perdido cualquier interés en ella, más preocupado de llevar la voz cantante en la tempestad de voces. Porque esta gente no grita, brama. Sus berridos resquebrajarían el marmol de cualquiera de nuestros bares, mucho más que cualquier seis doble ganador, y ayudan a soliviantar el jet lag que me ronda como un buitre. Los platos se suceden, a cada cual más delicioso, y MZ, Mo y yo jugamos a ver quien grita más alto, pero esta es también una partida perdida, como la de intentar que el mundo permanezca quieto, porque la chica de la falda verde vuelve a salir de su escondrijo, nos sonríe, insiste en servirnos de nuevo la cerveza, y llena el vaso que acabo de apurar. Que para eso está ella aquí. El color de su falda no es casual.

De vuelta a casa, los carteles verticales repletos de caracteres, las filas dobles de motos durmientes, perfilan las calles que encontramos. Todos los restaurantes decentes (el que acabamos de abandonar no es tan distinguido) hace un par de horas que cerraron. Para todo lo demás aún hay tiempo. Para arreglar el coche, para encargar unas lentes graduadas, lavar la ropa amontonada, hacer que le receten algo al perro por su moquillo, adquirir un perfume, disfrutar de un masaje en los pies o comer fruta exótica en un puesto. La comida, siempre la comida, dando vueltas por calles como un carrusel constante, calles que aunque sean rectas ahora mismo me parecen espirales. Estoy aquí. He llegado. Y es sólo el comienzo. Demasiado nuevo, demasiado al mismo tiempo. Solo quiero dormir, lo que el jet lag tenga a bien dejarme. En una horas me espera otro ave también verde, esta vez metálica, para llevarme a la ciudad de los rascacielos.

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