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El Dr Zito en el Lejano Oriente (V): El incendio

Martes, agosto 26, 2008

Entre las amplias avenidas que tejen Taipei, entre las estaciones de metro futuristas, sueño húmedo de cualquier alcalde megalómano, por debajo de los pasos elevados que ensombrecen las aceras, discurre una miriada de pasajes densos, dispuestos a sorprender al visitante ocasional con insólitos tributos. Quizá como ocurre con los orientales mismos, es evidente lo diferente que son estas calles de las que cotidianamente transitamos, pero resulta complicado diferenciarlas entre ellas cuando se carece de práctica. La sensación de desorientación es constante. Sin embargo, es también posible encontrar zonas peculiares, como la que visitamos hoy MZ y yo. Barriadas más pretenciosas, tal vez beneficiarias de las modas, que se escapan a esa mezcla confusa.  Al poco del salir del local donde comimos, occidentalizado y repleto de sofás seductores pero en el que los taiwaneses permanecían fieles a su costumbre de dormitar reclinados sobre la mesa, divisamos la humareda. Un humo grueso, gris, casi negro, que se elevaba rapidísimo, casi huyendo de su propio fuego. Atraidos, curiosos como otros muchos, corrimos a acercarnos, mientras los camiones de bomberos comenzaban a arremolinarse a nuestro alrededor sitiando el barrio. ¿Qué habría prendido? ¿Quizá uno de los puestos en los que la gente compra dinero falso para quemarlo como ofrenda a los dioses? ¿Quizá uno de las decenas de puestos de comida cocinada con llama portátil? Al llegar a la esquina, sorteando a policias y mangueras hinchadas, vimos que el origen era una casa japonesa, reliquia oscura y derelicta de los setenta años de ocupación nipona de Formosa. El fuego había ya contagiado un edificio contiguo. Que no llegue a ningún déposito de butano, me avisa MZ. Un vecino grita nervioso a una mujer en bicicleta. Un responsable municipal corre por la calle con unos planos enormes bajo del brazo. Los ancianos, ansiosos por tomar ellos la manga, señalan a los bomberos el balcón con el que más se está ensañando el incendio. Los chorros de agua parecen perderse en el vacío. Una viga de madera, liberada al fin, se desliza por lo que queda del tejado, perfora el muro exterior de la casa derramando cascotes incandescentes. Explota algo. El bombero jefe grita. No compartimos su idioma pero le entendemos perfectamente. El viento cambia de dirección. No puede verse el sol. Y mientras el pasado se pierde para siempre, unas pavesas grises, enormes como gorriones, se elevan despacio por el aire como un globo de papel escrito con deseos.

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