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El final del verano

Viernes, septiembre 5, 2008

Los fuegos artificiales que dan por concluido el Festival Frioexterior siempre han representado para la ciudad el fin de su húmedo verano y el comienzo de su vistoso otoño. Desde que llegué estas tierras, hace casi un lustro, nunca había faltado a ese ritual de tránsito. De hecho, el elenco de personas que me han acompañado cada año para contemplarlo describe bastante bien mi itinerario. Hasta ahora, claro. Y quiero ver en esa interrupción del retorno anual a las costumbres, en los edificios vacíos y los vientos frios que barren las veredas un signo. Un signo de que mi tiempo aquí posiblemente se esté agotando. O, en general, un signo de que las formas de mi presente se han consumido.

“Cuando uno llega al fin del camino hay que dar un salto a lo desconocido,” decía Juan Goytisolo este sábado. Siempre he sido escéptico ante la idea de buscar las sacudidas y virajes vitales como salida o remedio cuando no sabemos por donde más tirar ni cómo restablecernos. Suelen ser espejismos en medio de una ciénaga. Porque los abismos que nos acucian y de los que nos empeñamos en librarnos a cualquier precio siempre terminan acompañándonos. Cuando por el contrario recibimos una epifanía, cuando se nos aparece clara la conclusión de que ese salto en el vacío sin garantía alguna de éxito es el único camino, lo digno es seguirlo. Pero, ¿qué hacer cuando esa iluminación no llega, la pelota golpea la red, se eleva y queda suspendida en el aire decidiendo de qué lado decantarse?

Como ven, me embarga una sensación confusa e imprecisa (ya lo puse por aquí) de impasse, de stand by, de instante justo antes del término, aunque no sepa muy bien qué es lo que termina. Tal vez sea sólo porque Septiembre siempre trae aromas de frontera. Tal vez sea tan solo un mecanismo de defensa. Una versión retorcida y trémula de eso que los antiguos llamaban esperanza.

One Comment leave one →
  1. Viernes, septiembre 5, 2008 3:05 pm

    Con el fin del verano ocurre algo similar a ese fenómeno que se da los domingos, sólo que a mayor escala.
    No está escrito en ningún lado, tampoco se ha demostrado científicamente, pero el ánimo da un vuelco irremediable, y son tantos los ánimos que circulan en esa dirección que casi se puede sentir del mismo modo en que presentimos una tormenta en los huesos. Debe ser el cosmos de la transición al otoño, que sólo nuestro subconsciente percibe. Si se fija todo respeta una especie de calendario biológico. De todos modos ésta es una época del año bella y extraña, como si el entorno pidiera un plazo de reflexión; ese primer párrafo suyo es una buena prueba de ello, además de una muy espléndida.

    No está solo.

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