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Los muertos

Martes, septiembre 30, 2008

He terminado de leer estos días Ser de Lejanías, diario íntimo de Francisco Umbral, quien precisamente nos dejaba hace poco más de un año. Y ese compendio de textos breves sobre su vida cotidiana en los que miraba al tiempo consumido y se estrenecía ante un final que se le acercaba aullando como un indio sioux, me lo devuelven vivísimo, como si estuviera aquí mismo. Para eso se escribe, supongo, para seguir presente, para morir menos. Y su voz cercana, como siempre, instala en mí una sensibilidad alquímica, casi fotográfica, que me ayuda en mi intento de alterar la forma de las cosas mediante la palabra.

Cuentan que los restos mortales de Hitler fueron enterrados y exhumados hasta ocho veces. Se dice que los soviéticos tenían miedo. Que quisieron cerciorarse de que eran los verdaderos, y que aún entonces los desenterraron una última vez para destruirlos por completo. Y es que la influencia que poseen los muertos sobre nosotros es inmensa. Su marcha nos suele empujar a jurar que aprovecharemos al máximo nuestras vidas, que no nos apegaremos demasiado a nada. Prometemos seguir sus pasos. Prometemos apartarnos de ellos. Como con los antiguos amantes, les mantenemos vivos a diario reivindicándoles frente al mundo o demostrándoles lo equivocados que estaban. Como supervivientes que somos, creemos tener la última palabra. Pero es al contrario. Cuánto de lo que vemos o tocamos está hecho, fabricado, por muertos. Este libro, aquel puente, ese parque. De hecho la casa que habito perteneció hasta hace no mucho a una mujer muerta. Los muertos siempre serán más. Hay cien mil millones de ellos.

Hace poco, por casualidad, revisando emails antiguos, me topé con dos mensajes de Toni. Toni también está muerto. Se fue un fin de semana de Noviembre pasado, un fin de semana que por varias razones para mí fue terrible, un mes que curiosamente Umbral detestaba.  En esos mensajes de hace más de cuatro años, conmigo recién llegado a los Fríos Exteriores, Toni me escribía aconsejándome que cuidara mi hígado y mi línea, y que eligiera bien a mi barbero. Y aunque cada día leo textos escritos por gente muerta (también terminé ya con Bolaño), me resulta muy extraño leerle. Seguir esa sucesión de letras a las que en algún momento él puso orden. Imaginarle tecleándolas. Percibir en ellas su intelecto feroz, su personalidad intensa, saber de su cotidianeidad que ya no existe.

Con sólo 37 años, Toni se había convertido en una auténtica estrella. Era uno de los científicos con mayor proyección de Europa. Había conseguido reunir en torno suyo a un grupo de estudiantes y coautores que creían en él y en sus innovadores trabajos, apuntalados sobre esa feliz unión entre ingeniería y filosofía que él personificaba. No es de extrañar por tanto que cuando falleció, los obituarios mencionaran una y otra vez el brillante futuro que Toni tenía por delante y que ahora jamás llegaría a realizarse. Ni es casualidad que esa misma idea se repitiera en las semblanzas de las victimas del 11-S o del 11-M: Ya no podrá casarse, ni comprarse una casa, ni ir a la universidad, ni montar ese bar para el que estaba ahorrando, ni tener los dos hijos que quería, ni viajar a la India en Octubre. Y es que en Occidente concebimos nuestras vidas como el arco de un personaje de ficción, como potencialidades que se van a desarrollar siguiendo un guión que ya hemos leído. Episodios, capítulos, actos. Somos arquetipos. Ya se sabe qué esperar de nosotros cuando aparecemos en pantalla. En cambio de las víctimas en países lejanos nunca se menciona su porvenir truncado. Porque sus existencias no estaban regladas ni tabuladas. En cierto modo, ya estaban muertos.

Aprendí mucho de Toni. Era un placer conversar con él sentado en el precioso sofá azul que colocó en su despacho. Siempre conseguía ofrecerme un nuevo punto de vista o deslumbrarme con alguna observación de una lucidez que espantaba. Repito a menudo sus frases, intento seguir todos sus consejos. No estábamos siempre de acuerdo, sobre todo en política. Recuerdo especialmente cuando, con esa sabiduría ingenua de los liberales, me dijo: “Si fuéramos tan listos como nos creemos, ya estaríamos en Harvard, ¿no?”

Por fin he conseguido un sofá azul para mi despacho nuevo.

6 comentarios leave one →
  1. Martes, septiembre 30, 2008 9:23 am

    Esta mañana, cuando he abierto el correo electrónico a las 8 de la mañana, me he encontrado un e-mail de un amigo contándome que el que fue mi jefe el verano pasado en los cursos que dábamos a americanos en Tarifa había muerto de un infarto. No sé que edad tendría, no llegaba a cuarenta casi seguro. No me parecía una muy buena persona pero sí un buen jefe y, caray, vivimos juntos todo un mes, hicimos la compra, programamos clases pasada la medianoche y fuimos a urgencias de madrugada con un niño que tenía un cólico nefrítico. No tengo ni idea de como sentirme y mientras lo pensaba he abierto el bloglines y aquí andaba este post.

    Mi mejor amigo se va a la India en octubre.

    Nada, que ando sobrecogido. Un abrazo.

  2. Martes, septiembre 30, 2008 12:29 pm

    La muerte es el instrumento que legitima el componente ficticio de nuestra existencia, y por eso los fantasmas nos son necesarios. No como amenazas desde el olvido o la negligencia, sino como faros entre la bruma.

    Por eso amar es bello, en vida y después de ésta. Es la mejor educación de la que dispone el Hombre. Pero para amar bien hay que llamar a la memoria, esa gran abandonada; sentir las manos de cientos de obreros construyendo los escalones por los que ahora ascendemos, o hacerle un retrato imaginario al autor de esa melodía que vino para quedarse.

    De nuevo, perdón por la lírica. Es usted, que me inspira.

  3. Martes, septiembre 30, 2008 6:08 pm

    Un placer seguir leyéndole Dr.🙂

  4. Miércoles, octubre 1, 2008 3:06 pm

    Dear Dr,

    consternador😦 muchas veces me pregunto (a raíz de eso que cuentas de encontrar info digital de alguien que ya no está) … ¿qué será de todo esto -toda esta info digital en abierto- cuando nos hayamos muerto? Un fuerte abrazo, Am

  5. Miércoles, octubre 1, 2008 5:00 pm

    Es una gran pregunta, Don Andres. A mi tambien me inquieta mucho.

  6. Miércoles, octubre 1, 2008 7:04 pm

    Puentes hechos por muertos, casas construídas por muertos… En la breve parte de vida que llevo he tenido muchos amigos muertos, quiero decir, las palabras de los muertos me han hechio vivir mucho más que las de los vivos, sea un primo-hermano escritor o una carta reencontrada. El conflicto no son los muertos vivos, son los muertos-muertos, y de esos encontramos muchos cada día, o dejamos de verlos, o recibimos un mensaje inesperado de alguno de ellos. Intentando que pasemos por alto que ellos sí que están realmente muertos.

    Persón por la disgresión.
    Y besos.

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