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Esta es su vida (I)

Martes, noviembre 18, 2008

2325135344_1db4634127_mDavid López Redondo, más conocido como Devilín, siempre fue un apasionado del cine. Con una mezcla de ingenuidad y pereza que jamás le abandonó, se tragaba desde bien chico cuanto largometraje o telefilm apareciera en la tele o en el cine a dos calles de su casa. Vio Top Gun el día de su estreno. Y Ghost. Y Días de Trueno. Horas y horas. Bajaba al moribundo videoclub de la esquina, día si, día también hasta devorar todo el cine de los 80 disponible. Cada domingo por la noche esperaba nervioso que apareciera el serio rictus de Juan Luís Goas para después tomar buena nota de sus recomendaciones, gestos e ingeniosas frases. La abuela de Devilín, siempre la última de la familia en retirarse a la cama, le reñía cariñosamente: “Hay que ver lo que te gustan las películas,” antes de dejarle absorto ante la pantalla, incapaz de responder.

Sin embargo, el Séptimo Arte comenzó a interesarle a Devilín de verdad, es decir, a interesarle con pretensiones, cuando durante una multitudinaria cena familiar en Navidad, mientras disertaba con la humildad y sencillez que siempre le caracterizaron de lo entretenidas y malas que son a la vez las películas de zombis, sus familiares, admirados, le repitieron al unísono aquella frase que terminaría grabándosele a fuego: “Hay que ver lo que te gustan las películas, Devilín”. Fue en aquel momento supremo cuando escuchó una llamada en su interior, un fuego sagrado que le impelía a compartir con sus semejantes el conocimiento de todas esas gemas de la cinematografía friki que él había contemplado a lo largo de los años. “He visto cosas que jamás creeríais,” dijo elevando su puño esa misma noche en su habitación. Y así fue como comenzó a coleccionar, clasificar y acumular VHS. Naturalmente, pronto se convirtió en el experto familiar. Su hermano Tomás, que había colocado en lo más alto el listón de los López-Redondo al ganar con su equipo la liga de fútbol regional en categoría cadete, palidecía de envidia mientras el resto de la familia escuchaba atentísima las variopintas recomendaciones de Devilín. Hasta consiguió que su amada abuela se hiciera aficionada a El Exterminador y que su tío Segismundo se aprendiera de memoria los diálogos de El año pasado en Marienbad.

La facultad de Ciencias de la Información le abrió a Devilín un mundo de vastas posibilidades. Por fin podría alcanzar su sueño. Estudiar Comunicación Audiovisual, o lo que es lo mismo, estudiar cine. Poder hablar de él y ser admirado por ello. Sus compañeros pronto le tomaron cariño por su vivarachez y desparpajo. Devilín les sorprendía a diario con divertidas e inesperadas teorías y comparaciones (“La vida es como una aventura gráfica, en serio”, les dijo a la salida de la biblioteca un martes de Febrero). El caso es que siempre tenía una opinión y podía hablar sobre multitud de temas sin cansarse. El día más feliz de su primer curso de carrera ocurrió estando en el bar, delante de unas raciones de patatas bravas y una baraja, cuando sus compañeros cedieron finalmente a sus argumentos sobre que Matrix era un macguffin: “Hay que ver lo que sabes de cine, Devilín.” Se econtraba en el camino del éxito.

A las pocas semanas de comenzar el curso siguiente, Devilín acudió a la academia de peluquería Tongueras cercana al campus. “Además de cobrarte sólo tres euros porque están aprendiendo, las peluqueras están bien buenas,” le dijo entusiasmado a su inseparable y poco agraciado amigo Pepe. Fue allí, entre tintes y orejas cortadas, que Devilín conoció al que seria el amor de su vida, Sonia, quien apenas llevaba tres semanas en la academia cuando Devilín se sentó en el sillón que le correspondía. Contempló con detenimiento el reflejo de Sonia en el espejo, mientras ésta mascaba chicle e intentaba aclararse con las tijeras: Pendientes de aro enormes, sombra de ojos azul intenso delineada casi hasta la sien, pelo microondulado con broche y tupé, frente magnífica, pantalones grises de chándal ajustados con raya lateral blanca. Y una adorable torpeza con el peine. Hubo de reconocerlo. Se había enamorado. Resuelto y seguro de si mismo, como siempre fue, entabló conversación con ella. Los mechones cortados caían, como pétalos de una margarita deshojada por amor, mientras Devilín y Sonia conversaban sin pausa sobre sus aficiones, sus gustos. “Me encanta Piolín. Y el chorizo,” dijo ella, “yo por mi se lo ponía a todo.” “A mi me pasa igual”, respondió él. “Y además me encanta el cine.”

Ese mismo sábado salieron juntos por primera vez. Cenaron en un Foster Hollywood, hablaron del refranero castellano, de choricitos a la brasa y de Woody Allen, y fueron después al Speakeasy, uno de los locales favoritos de Devilín. “Solo ponen música española, ¡es guay!” le dijo a Sonia mientras la arrastraba prácticamente a su interior. “Mientras pongan alguna de Alejandro Sanz…” fue lo único que alcanzó a decir antes de que llegaran a la pista. Bailaron como locos. Chiquilla, Cuentame un cuento, Corazón partío. Tomaron varios, muchos, roncolas, y cuando Devilín ya se había decidido a decidirse, ocurrió el momento mágico, ese que recordarían innumerables veces ante amigos y familiares: Comenzó a sonar Quiero verte de Los Sobraos. La conocí así por casualidad. A una chica preciosa me hacía recordar. Ambos empezaron a tocar las palmas, siguiendo el compás, orbitando uno alrededor del otro. Al verla me dije: no pienses más. Pues esta es tu oportunidad. “Esto va a ser como el travelling circular de Vértigo,” pensó Devilín. Quiero, quiero, quiero, quiero, quiero verte. Unieron sus frentes, para verse mejor, y allí se fundieron en un beso que el Sabor de Amor de Danza Invisible que vino minutos más tarde selló con la cera roja y candente del destino. Al cabo de un rato, cuando comenzaron a sonar los Siempre Así, decidieron llevar su fogosidad a otro lado. A trompicones de pasión encontraron el camino hasta la casa de los padres de Devilín, quienes ese fin de semana se habían ido con la abuela al pueblo, y entraron arrebolados en su habitación. Sonia se quedó maravillada ante los cientos y cientos de VHS que alicataban el cuarto. “Pues sí que te gustan las películas, Devilín.” “¿Quieres que te ponga Demons? Es una paranoia que no veas,” dijo él. “No. Ven aquí.”

(Concluye mañana)

One Comment leave one →
  1. Miércoles, noviembre 19, 2008 1:36 pm

    Claro, yo conozco a Devilín muy bien. Cada vez que lo veo le digo, “Pero qué friki eres, Devilín, caray!”

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