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La Pastelería del Predicador

Viernes, diciembre 5, 2008

SconesUna cafetería, un bar por las mañanas, es el lugar que mejor explica el mundo. Si existe alguna verdad ahí fuera, enorme, redonda, rosada, es posible vislumbrarla a través del ritual en apariencia intrascendente de cafés, idas y venidas, periódicos y tragaperras. Comenzar la jornada asomándose a él. Hacer de la clarividencia una rutina. Un bar por las mañanas resume el universo. No en vano José Hierro se sentaba cada día en un barecillo de sótano cerca de Atocha con sus Ducados y su oxígeno a componer poemas. Y como él tantísimos otros, cada uno en su rincón escogido. Hasta el punto de que la condición de parroquiano parece preceder a la de escritor, casi más que el escribir en si mismo.

Yo también ocasionalmente poseo un lugar como ese. La Pastelería del Predicador, detrás de la iglesia de la calle de la Dama Lawson. La Pastelería del Predicador es diminuta, de exterior escueto y verde, interior funcional y modesto. Es un horno, una tahona lo llamarían en otros pueblos, que en algún momento, la facturas mandan, decidió servir bocados ligeros y bebidas calientes y que se habilitó para ello como mejor pudo. Dos mesas, unas pocas sillas. En la Pastelería del Predicador preparan mejor que nadie los recios dulces propios de estas tierras. Deliciosas masas de harina y mantequilla, placeres densos y sencillos, acabados con la reconocible imperfección de lo que se prepara con las manos. Un padre y un hijo la regentan, con una amabilidad y afán de servicio que casi duelen a quienes les contemplan. Abren temprano. Entran, salen, atienden, colocan bandejas. A veces aparece también la abuela, pequeña y sonriente, que niega con el índice cuando le pregunto cuánto ha sido, ella no entiende de cuentas, y se esconde de nuevo a trastear en la trastienda.

La Pastelería del Predicador tiene los cristales empañados estos días. El frío matutino. La radio acumula polvo tranquilamente sobre el elevado estante y no se molesta en cambiar de emisora. Los tabloides cubren las mesas como manteles, con sus noticias sobre pederastas, asesinos en serie, su especial motor, dossier liga. Nicola, la chica de pechos sugerentes que me sonríe erguida desde la página tres, me cuenta en breves líneas que le preocupan los derechos de los animales y el medio ambiente. No son tiempos ya de calendario de mecánico. Sobre el mostrador cuelga la fotografía en blanco y negro de un grupo de obreros neoyorquinos sentados en una viga. Esa es en mayoría su clientela. Porque la Pastelería del Predicador es un lugar para currantes. Para conductores de reparto con rostros marcados por un pasado pantanoso. Para obreros y paletas procedentes de la obra cercana que como buceadores despistados, recién salidos del agua, entran quitándose sus gafas de trabajo, se dejan el casco puesto, hacen su pedido, y mientras esperan su tentempié grasiento y contundente, estiran la espalda, echan los brazos hacia atrás y se sacuden el pantalón de aburrimiento y polvo. Visten camisas gruesas de cuadros. Botas gigantescas. Yo, que uso anti ojeras porque las noches no me suelen tratar bien, que uso hidratante porque la ducha me seca la piel como no lo había hecho nunca antes, disimulo mi estudio. Pero ellos me observan. Pueden leerme. Porque soy el único que pide lo suyo y se sienta, el único al que vienen a servirle, un café en vaso larguísimo, un dulce en un platillo floreado, cubiertos de plástico. El único que se queda.

Ellos son los hombres, los otros hombres, otra forma de masculinidad, una ajena a las modas y a las exigencias de un guión prescrito. A veces creemos que ellos son más reales. Que las dificultades y la monotonía les hacen más verdaderos. Tal vez porque nosotros participamos de un proceloso ritual de formalismos, saludos y charlas breves. Porque elegimos qué callarnos. Porque conocemos el contenido de falsedad de nuestros modos. Quizás nosotros estemos hechos de aleación, ellos de un sólo metal. Pero no por eso existimos menos. Porque cuando les llega su orden, envuelta en un papel blanco y mientras yo apuro mi desayuno, antes de marchar, ellos echan un último vistazo al periódico que acabo de dejar. Van a esa página que contiene ese esplendoroso par de tetas con sus aureolas, enormes, redondas, rosadas. Y como si tomaran aire antes de volver a sumergirse, se llevan esa imagen consigo para poder sobrevivir al desfallecimiento, para tener con qué alimentar la horas por delante. Eso nos une. Yo también encuentro milagroso un par de tetas. Libres o batiéndose contra una blusa. Un milagro constante y cotidiano. Una fe, una magia, un hechizo que ayuda a continuar el ritual del día.

9 comentarios leave one →
  1. Viernes, diciembre 5, 2008 11:56 am

    Querido Dr.,

    esto que cuentas “una cafetería es uno de los lugares que mejor explica el mundo”, me recuerda a una cita de Juan Marsé que reseñaba Enrique Ortiz hace unos días y que decía así:

    “La cultura es saber salir de casa, sentarte en un banco, en una plaza, fumarte un pitillo o beberte una cerveza, en armonía contigo mismo y con los demás. Eso es cultura. Lo demás son puñetas. No hemos venido a escribir versos, ni novelas, ni zarandajas. Todo eso está muy bien, pero hemos venido, sobre todo, a ser felices (…)”

    Pues eso, la felicidad es eso que cuenta JM, y además “una buena cafetería”. Un abrazo, Dr., y buen fin de semana. Am

  2. Viernes, diciembre 5, 2008 12:03 pm

    Partiendo del mismo extracto que comenta Andrés añadiría que la mejor literatura se hace a base de esos pensamientos fugaces, esas impresiones volátiles que nos vienen en ambientes como el de la cafetería a primera hora de la mañana, o el bar céntrico a eso de las dos de la tarde.

    Sin coba barata, otro texto excelente en el que no puedo sino sumergirme. Y además contiene una defensa mamaria bien maja, hecha con gusto.

    Por otro lado decirle que no he podido evitar ofrecer a la audiencia un aperitivo de lo que será (o no) nuestro inminente proyecto. Espero que me perdone…

  3. Viernes, diciembre 5, 2008 6:46 pm

    Tiene un arte tremendo a la hora de describir el ambiente de la pastelería, de transmitir sus pensamientos con sutileza, de unir a los hombres de diferentes aleaciones bajo un mismo impulso mamario. Bravo.

  4. Viernes, diciembre 5, 2008 9:49 pm

    Zito, habrá logrado que a muchos se les haga la boca agua…😄

    ¡Un abrazín!

  5. Sábado, diciembre 6, 2008 12:59 pm

    Excelente texto, doctor; qué fácil reconocerse en esas apreciaciones, para los que nos movemos por territorios cercanos, aunque seamos mucho más torpes para expresarlo.

    Felicidades, saludos y buen fin de semana.

  6. Sábado, diciembre 6, 2008 7:08 pm

    Parece usted el mismo predicador Dr. Esto lo escribió en la pastelería a falta de bar?😉
    Me ha recordado otro texto que leí, también de usted, sobre un bar que me fascinó. También creo en los milagros de formas turgentes.
    Un saludo!

  7. Miércoles, diciembre 10, 2008 1:10 am

    Me gustan las historias con sabor propio. Esas que hacen que te relamas con el bollo o sientas las tetas de la chica del As en el cogote.

    Te sigo hace tiempo, a distancia, eso sí. Me pareces una de las mejores plumas de la blogosfera.

    Saludos, Doc.

  8. gromland permalink
    Miércoles, diciembre 10, 2008 2:46 am

    Fantástico texto; y coincido plenamente con Vd. en dotar a los pequeños establecimientos hosteleros de su condición de pequeñas placas de Petri donde observar los más variopintos comportamientos humanos (quizás, por mi alcoholismo mental, soy mas de tasca y serrín en el suelo). Ahora bien: no he entendido muy bien la frase “a veces creemos que ellos son más reales”. ¿Qué narices es un “hombre de verdad” (además de una canción de Alaska)?

  9. Jueves, diciembre 11, 2008 12:36 am

    Andrés, muy acertada la cita, lo resume todo esplendidamente. Es una constante, la verdad. Yo no era consciente. Pero isolatednought me ha recordado ese otro texto (Huespedes) en el que la cafeteria tambien adoptaba el cariz que describe Marse.

    Gromland, no me exprese muy bien ahi. No me referia solo a los hombres, sino a los humanos en general. Parece que las dificultades nos hacen mas autenticos. Y en parte es cierto. Pero la autoconsciencia tambien viene de no tener que dar el callo de sol a sol.

    Y muchisimas gracias a todos por sus parabienes. Animan mucho.

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