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Leer para creer (y III)

Miércoles, enero 14, 2009

A finales del tercer milenio antes de Cristo, el Imperio Antiguo en Egipto llegó a su fin y dio paso a un periodo de anarquía que duraría casi doscientos años. Los monarcas de Heracleópolis establecieron su propia hegemonía sobre el Bajo Nilo y permanecieron en constante disputa con otros reinos durante todo ese oscuro periodo. Pocos testimonios artísticos y escritos se conservan de aquella época tan turbulenta. Pero de entre los eventos que conocemos de esa era, uno de los más enigmáticos es el corto pero férreo reinado de Tu-Hi-Potk, un misterioso faraón de la Novena Dinastía que a punto estuvo de lograr la unificación total de ese fragmentado Egipto.

Tu-Hi-Potk probablemente fue un joven miembro de las hordas invasoras procedentes de la vecina Libia que asolaron la costa egipcia cuando el Imperio Antiguo aún daba sus últimos coletazos. No se sabe prácticamente nada de sus orígenes familiares, tan solo que cuando estaba rondando ya la treintena consiguió reclutar un gran ejército que se sustentaba en la promesa de grandes riquezas para la soldadesca. Los comerciantes egipcios, conscientes de que la estabilidad política era necesaria para la prosperidad de sus negocios, apoyaron fuertemente a Tu-Hi-Potk, hasta el punto de financiar sus campañas. Esto junto con un puñado de sonoras victorias contra los reyes de Tebas contribuyeron a forjarle una imagen casi divina, la de un hombre destinado a dominar Egipto. Eso es precisamente lo que resulta más fascinante de esta figura histórica: Que una vez alcanzó el trono de Heracleópolis, Tu-Hi-Potk decidió apartar las armas a un lado y basar sus conquistas en lo espiritual. Prohibió la religión egipcia y creó una nueva alejada del politeísmo y de las blandas promesas de inmortalidad de Isis, Osiris y compañía. Su culto se basaba en la creencia en un paraíso último al que cualquiera podía acceder si contribuía una parte de su riqueza cada estación a la construcción de su Reino. Lo recaudado se destinaba a comprar sacrificios y ofrendas a un único dios del que Tu-Hi-Potk proclamaba ser la encarnación en la tierra. La cantidad que cada fiel debía pagar era diferente según lo excelente que quería que fuese su lugar en ese reino celestial y según otras circunstancias más terrenales como la dirección de las aves o los ciclos del Río Nilo. Todos los tributos debían pagarse al enviado real, llamado Uri-Bor, o a su cortejo de asistentes, quienes mensualmente iban casa por casa recaudando las contribuciones de los fieles o animando a los infieles a unirse al culto.

Aquí tenemos una de las pocas imágenes que se conservan de Tu-Hi-Potk, representado entregándole a su fiel siervo Uri-Bor las famosas Tablas de la Ofrendas.

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Esta religión se extendió rápidamente por todo el reino de Heracleópolis. Todo súbdito se convirtió en su fiel seguidor. Dados a elegir, los egipcios preferían la certidumbre de que esas ofrendas mensuales les estaban comprando un lugar en el paraíso a la incertidumbre del resultado del juicio de ultratumba descrito por la religión egipcia tradicional y en el que Anubis pesaba en una balanza el corazón del difunto contra una pluma para determinar si éste se salvaba o no. Sin embargo, justo cuando comenzaba a ganar numerosos adeptos en el Sur de Egipto, Tu-Hi-Pokt desapareció misteriosamente dejando un vacío de poder. La leyenda dice que ascendió a los cielos, no sin antes pedir a Uri-Bor que prosiguiera su labor evangelizadora. Se desconoce completamente qué fue de él. Se sabe no obstante que su culto fue disolviéndose progresivamente hasta desaparecer por completo con la llegada del Imperio Medio. Pero como sucedió en Roma con el culto a Mitra, la adoración a Tu-Hi-Potk resurgió durante otros periodos problemáticos de la historia Egipcia, para luego perderse en el olvido. Hoy en día sin embargo, con el auge de las nuevas religiones y las sectas, con la decadencia de las tradiciones y la moral, y sin duda ayudado por las vicisitudes económicas de nuestros tiempos, han aparecido en nuestras ciudades pequeños locales comerciales dedicados a su culto y en los que se le venera con renovadas energías. No se sorprendan si descubren uno cerca de su casa.

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2 comentarios leave one →
  1. Miércoles, enero 14, 2009 8:16 pm

    Oiga, que dicen que se ha muero el prisionero.

  2. Miércoles, enero 14, 2009 8:25 pm

    Coño de teclado del macbook, que se ha MUERTO.

    ¿Los tipos de la inmobiliaria son masones o pantalleros de Madoff?

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