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Quiero la cabeza de Jeremías Bentham

Lunes, enero 19, 2009

Como toda disciplina, el Imperialismo Científico necesita constantemente renovar sus filas con nuevos cerebros, mentes bulliciosas que con sus atrevidas ideas nos permitan avanzar en nuestro plan de dominación del mundo. Cada año por estas fechas, nos reunimos en Ciudad Capital para captar a estos talentos emergentes. Les entrevistamos y asistimos a sus presentaciones, en un cónclave muy similar a una feria de muestras o a un mercado de carne. Y es que si no organizáramos un mercado, nosotros que somos sus supuestos defensores, ya me contarán ustedes. Medir el valor de las personas, juzgarlas por cuánto pueden servirnos o por lo útiles que creemos que serán para nuestros fines es un ejercicio que practicamos a diario. Pero sólo en momentos como este, cuando se es parte consciente del proceso, uno percibe con nitidez esa implacable dinámica que gradualmente separa a las personas en dos grupos. El de los triunfadores y el de los vencidos. A esa carrera feroz por la supervivencia se le añade la connatural anomalía de los imperialistas científicos como seres humanos.Verbigracia la rusa diminuta, sola, de pie firme junto a su poster, que empuña una varita de caña como una maestra severa a la espera de que se interesen por ella. O el tipo al que escucho retransmitir sus propios movimientos en voz baja (“atravieso un pasillo, luego una puerta, luego otra, entro en la sala de la derecha”), mientras camina detrás de mi como una sombra nerviosa.

La exhibición de productos humanos sucede en un pabellón del ala Sur lleno de cubículos alineados. En ellos se realizan las entrevistas. Más allá, en el hall, aguardan los olvidados, expectantes, ávidos,  esperando una pausa entre encuentro y encuentro en la que poder acercarse hasta la mesa deseada a ofrecer sus esfuerzos y sus servicios. A venderse. A pedir trabajo. Como el oriental maduro que se deshace en reverencias y nos ofrece una caja octogonal con un lazo rosa y un paquete plano forrado de caracteres. Son presentes, nos dice. Tés, dulces, agradecimientos por haberle atendido, aunque lo único que hayamos hecho en los segundos que le hemos concedido haya sido diferir el rechazo. Porque como otros, como tantos otros que El Mercado no considerará valiosos, este Hiro Hito venido de ultratumba no encontrará en su bandeja o en su teléfono mensaje alguno esta noche. Viejo, demasiado viejo. Mientras, en el ala Norte, Jeremías Bentham se pudre lentamente. “The greatest good for the greatest number,” era su máxima. Jeremías donó su cuerpo a la ciencia a condición de que fuera disecado y expuesto. Pero casi 180 años después, un mecanismo circular y un candado le guardan en una vitrina dentro de un armario. Porque se cuenta que los jóvenes estudiantes, cuando los bedeles andan distraídos, roban su cabeza para jugar con ella en el patio. Jóvenes estudiantes, como esos otros candidatos, pulidos, profesionales, idénticos, que con sólo sentarse me seducen con su seguridad, con sus argumentos, con su desvergüenza serena, y me muestran ese alguien que yo quisiera ser o quisiera haber sido. Como se me pide, les valoro, les analizo. Y la conclusión a la que llego es que a su lado soy como el celacanto. Una curiosidad. Una antigüedad. Una reliquia. Ese es precisamente el precio que he de pagar por haber sobrevivido un lustro atrás a este mismo proceso. Antes o después ellos se sentarán donde yo me siento. Así es como debe ser y como siempre ha sido. Hasta que un día los siguientes insolentes de la lista lleguen para derrocarlos.

A la noche, N me pregunta qué tal fue mi día. N vive en Ciudad Capital. Me aloja en su casa y así aprovechamos para volver a vernos después de unos años. N está grande, rotunda, preciosa, como la maternal mujer fatal que siempre fue, como una Monica Bellucci de Anatolia. Esos chicos quieren mi cabeza, le respondo. Me sonríe. Le relato mi cansancio. Me escucha. Fumando despacio, apoyada en el quicio de la puerta, mientras acaricia su creciente barriga. Después me intereso por dónde estuvo, por si vio a aquel amigo, por si fue de compras. Y cuando terminamos de intercambiarnos, me acerca la manta, me pregunta si quiero un té y desaparece en la cocina. Y me doy cuenta del tiempo que hace que olvidé lo que es sentir que alguien te cuida.

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2 comentarios leave one →
  1. gromland permalink
    Lunes, enero 19, 2009 1:54 am

    Escape lo antes posible de ese entorno, estimado Dr Zito: no permita que su mente preclara se contamine con las ideas utilitaristas de la UCL.

    Porque está Vd. en Londres, ¿no?…

  2. Lunes, enero 19, 2009 6:29 pm

    La tópica historia de novatos y veteranos. Los novatos sufren la ira de los veteranos porque, en su dia, ellos fueron maltratados y necesitan sentir el poder de joder como les jodieron. Menos mal que todo llega y, el juicio, habitualmente, te hace renegar de la superestructura y pasar, al fin, a la vida mendical del hombre libre. O no, yo qué se.

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