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Los hombres bestia (y II)

Viernes, enero 30, 2009

(La anterior entrega, aquí)

El que el Dr. Watson no hiciera público el caso del Profesor Pressbury hasta 1923 se debió no sólo a una prudente espera a que su protagonista falleciera, sino también a los novedosos estudios científicos que emergieron durante los años veinte. Una vez convenientemente olvidados (o silenciados) los terribles efectos de los primeros xenotrasplantes, la ciencia había continuado su búsqueda de la fuente de la eterna juventud espoleada además por el nuevo clima social. Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial la población joven masculina europea se había reducido considerablemente. Como bien sabemos, fue este el factor que generó las laxas costumbres sexuales que imperaron durante los llamados “locos veinte”. Pero menos conocido es el efecto que la realidad demográfica de posguerra tuvo sobre los hombres de mediana edad, quienes se vieron obligados a desempeñar el papel social asignado a los jóvenes. La energía juvenil y el vigor sexual se convirtieron de ese modo en cualidades muy preciadas. Así las cosas, en 1920 el médico ruso-francés Serge Voronoff comenzó a practicar los primeros trasplantes de testículos de chimpancés en humanos, generalmente vetustos millonarios que podían pagar el tratamiento. Su premisa era muy similar a la de Brown-Sequard: El tejido de mono trasplantado activaría la producción de esperma del paciente y con ello se iniciaría un proceso de rejuvenecimiento. En poco más de un lustro más de mil pacientes habían pasado por las manos de Voronoff, quien se hizo extremadamente popular entre la aristocracia europea, siendo recibido incluso en audiencia por monarcas como Alfonso XIII.

voronoff1Paciente de Voronoff fotografiado antes y después del procedimiento.

Pocos saben sin embargo que el verdadero hito de esta técnica se alcanzó en un pequeño y modesto consultorio de la moscovita Calle Obukhov, muy lejos del glamour de la Costa Azul y del París de entreguerras. En los últimos días de 1924 el Profesor Preobrazhensky practicó el proceso inverso al de Voronoff: Implantó los testículos y la pituitaria de un criminal ejecutado en un perro callejero que como resultado fue gradualmente transformándose en humano. Perdió el pelo que recubría su cuerpo, sus caninos recedieron y hasta adoptó el habla. Al contrario que los torpes híbridos de Moreau, el resultado del experimento de Preobrazhensky fue el ciudadano perfecto, indistinguible del resto de súbditos de la recién nacida Unión Soviética. El ejemplar adoptó el nombre Poligraf Poligrafovich Sharikov y obtuvo un puesto en el Departamento municipal de Limpieza. Solo conservó como vestigio de su antigua condición perruna una fobia irracional a los gatos. Sin embargo aquel fabuloso ejemplar hubo de ser revertido a su estadio original por presiones políticas. Las notas de Preobrazhensky que no fueron incautadas y destruidas llegaron de algún modo a manos Mikhail Bulgakov quien las redactó en forma novelada, lo que no impidió que las autoridades soviéticas prohibieran su publicación durante más de cuarenta años.

Había quedado claro sin embargo que para poder prolongar la vida humana no bastarían meros injertos de glándulas. En cambio, si órganos más centrales como el corazón o el cerebro pudieran reemplazarse una vez éstos comenzaran a fallar, la posibilidad de longevas existencias podría hacerse realidad. Por eso resulta difícil no pensar que la desaparición de Preobrazhensky, ocurrida poco después de su fenomenal experimento, se debió a que éste fue obligado por el Kremlin a trabajar en exclusiva para el gobierno. No en vano en el Instituto de Terapia y Fisiología Experimental creado en 1936 en Moscú, científicos como el Dr Sergei Bryukhonenko desarrollaron sus trabajos de reanimación y transplantes también experimentando con perros. En concreto Bryukhonenko se especializó en el desarrollo del “autojektor”, una maquina capaz de revivir a canes clínicamente muertos y de mantener viva una cabeza seccionada, como se puede comprobar en el documental Experiments in the Revival of Organisms que en su estreno en 1943 sacudió a Occidente.

experiment1940Cabeza de perro mantenida viva gracias al autojektor de Bryukhonenko.

Preobrazhensky y Bryukhonenko inspiraron sin duda al Dr. Vladimir Demikhov, bregado en las mesas de operación de la Segunda Guerra Mundial cuando era tan sólo un veinteañero. Tras sus iniciales éxitos en transplantes de corazón exotorácicos entre perros (en el cuello y en la región inguinal principalmente), Demikhov se atrevió a realizar un experimento que asombraría al mundo: En Enero de 1955 convocó una rueda de prensa a la que acudieron numerosos corresponsales de ambos lados del Telón de Acero. Allí les mostró un ejemplar imposible. Un perro implantado en otro perro. La cabeza, patas delanteras y tronco superior de un cachorro injertadas en lomo de un pastor alemán adulto. El cachorro jugaba, se divertía y gamberreaba como su condición juvenil le dictaba. Su huésped en cambio parecía padecerle con la paciencia y resignación con la que se soporta a un hijo hiperactivo.

Condenado como “el experimento más malvado de la Historia,” el perro bicéfalo de Demikhov tuvo sin embargo un enorme impacto científico. El cirujano responsable del primer transplante de corazón de humano a humano, el surafricano Dr. Christian Barnaard, visitó a Demikhov en dos ocasiones y siempre le consideró como su maestro. Mientras tanto los estadounidenses, golpeados por el enorme efecto propagandístico de la proeza de Demikhov y temerosos de perder la Guerra Fria en el campo de la investigación médica (uno de tantos en los que se libró el conflicto), decidieron comenzar su propio programa de transplantes. Para ello financiaron los experimentos del Dr. Robert J. White, también seguidor de los trabajos de Demikhov, y quien en 1962 consiguió por primera vez extraer y mantener vivo el cerebro de un perro. En 1964 implantó el cerebro de un can en el cuello de un segundo especimen. Con estas dos pruebas White demostró que el cerebro podía permanecer activo fuera del cuerpo pero ¿permanecía activa la consciencia? Sólo existía una manera de saberlo. Así que en 1970, White finalmente implantó con éxito la cabeza de un mono en el cuerpo de otro. Aunque paralizado de cuello para abajo, ya que es imposible recomponer nervios seccionados, el nuevo ejemplar era capaz de sentir, ver, y pensar del mismo modo en que lo hacia en su anterior cuerpo. White había alcanzando así el objetivo último: El transplante de cerebro y con él, abrir la puerta a la inmortalidad.

En los últimos párrafos de su relato, Edward Prendick confesaba que su regreso a la civilización no le resultó en absoluto agradable. Inseguro, temeroso, sospechaba continuamente de sus vecinos, de sus suaves modales y sus máscaras de afabilidad bajo las cuales creía ver los instintos bestiales hirviendo, a punto de desbordarse. Animales con forma de persona, decía, capaces de volver a su forma original en cualquier momento. Porque más allá de su humanidad aparente, una mirada agresiva, un rugido involuntario, un gesto porcino, nos revelan que esa persona con la que nos cruzamos en la calle, que se sienta a nuestro lado en el autobús o que nos atiende detrás de un mostrador es en realidad uno de Ellos. Uno de los Hombres Bestia.

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  1. gromland permalink
    Domingo, febrero 1, 2009 12:26 pm

    Estimado Dr Zito, ha ingresado Vd. con honores y por la puerta grande en la “Liga de los Narradores Extraordinarios”. Bravo!

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