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Ensanches

Lunes, septiembre 21, 2009

Apenas llevaba un año viviendo en Modernona cuando por avatares inmobiliarios me vi fuera del piso que hasta entonces había compartido felizmente. En manos de los amigos, a la vuelta del verano, encontré cobijo en un piso del Eixample, un quinto en la calle Córcega, que por culpa de los principales y entresuelos con los que los modernoneses de principios del siglo XX entreveraban sus edificios, era en realidad un séptimo. Sin ascensor. Imaginen qué bravo resultaba cualquier expedición al exterior en busca de alimentos o diversión, siempre con la amenaza de haber olvidado algo importante ahí fuera y de la necesidad de volver a recorrer catorce pisos ida y vuelta. Las dos semanas que habité allí, como una cría de cóndor en su nido andino, constituyeron también un bálsamo y un descubrimiento íntimo de una parte de esa ciudad que desde hacía poco me acogía. El entramado de los suelos de los pisos del Eixample, sus dibujos florales y geométricos, su trabajo olvidado, resultaron lo más obvio. Pero lo más definitorio fueron sus patios interiores. Como dejó dicho Manuel de Solà-Morales, a quien Don Andrés cita a propósito, son “patios interiores, extensos como plazas, donde la intimidad doméstica se combina con una sensación de compañía vecinal, discreta y distante.” Siempre he pensado que esa combinación de comunidad y reserva privada, de distancia y necesidad de presencia de otros que los patios del Ensanche estructuran define muy bien la catalanidad. Conservo de entonces la memoria de luz matinal, dormida y gruesa, entrando mientras desayunaba por los ventanales destartalados de aquel piso de Córcega, y de esas tardes de septiembre, leyendo como sólo entonces leía, escuchando los sonidos cotidianos de aquel patio, espiando de lejos y de cerca esa función perpetua desde mi ventana indiscreta, explorando con detenimiento los edificios diversos y angulosos, el mal gusto para las cortinas o el desfile de ropas tendidas.

Años más tarde regresaría a esa misma manzana del Ensanche. Esta vez desde la calle Balmes, en un incierto caminar sobre el alambre, en un intento enloquecido de alcanzar un hogar que en realidad estaba ardiendo. Desde la terraza de aquel nido modernizado (porque era un tercero y ascensor había) podía divisar aquel otro y primero, a tan solo unos metros, y gozar de una perspectiva que aunque variaba tan solo en 90 grados era sin embargo tan distinta. Desde allí divisé tortugas gigantes y descubrí para mi horror que el patio que durante el día aún resultaba familiar y próximo, se tornaba afilado y siniestro con el llegar de la noche. Probablemente era yo quien había virado.

Una noche reciente y roja de este verano, mientras contemplaba tumbado en la cama como las luces del norte se resistían también al sueño, caí en la cuenta de algo que debería haber sabido hace mucho tiempo. El Cubil Zito se encuentra en la esquina de una inusual plaza que alberga un campo de bolos, que aquí en los Fríos Exteriores se juega como una petanca sobre césped. El clima frío y cambiante no invita a los espacios públicos y comunales como las plazas del Sur de Europa y eso hace aún más insólito este punto de la ciudad y aún más revelador un hecho: Que cientos de kilómetros más allá y cientos de días después he encontrado mi propio patio del Ensanche. Un teatrillo de colores variados, jugadores vestidos de blanco, televisiones titilantes y persianas inexistentes que me vuelve a proporcionar distancia y compañía. Sin ser consciente de ello he reconstruido mi pasado en este exilio, que quizá ya haya dejado de serlo. De tanta recurrencia, de tanta vuelta y regreso, sé que debería pensar que no son más que casualidades. Pero, qué diablos. Me niego.

4 comentarios leave one →
  1. Lunes, septiembre 21, 2009 4:48 pm

    Serendipias, doctor. Es el destino, que acecha y atraviesa. Cómo se nota que llega el otoño…

  2. Miércoles, septiembre 23, 2009 6:29 pm

    Pues no estamos los modernones orgullosos de Idelfons Cerdà ni nada…

  3. Miércoles, septiembre 23, 2009 6:30 pm

    Ildefons, sorry.

  4. Lunes, septiembre 28, 2009 7:46 pm

    Querido Dr.,

    muchas gracias por la cita, aunque quien de verdad debería agradecérsela es Don Manuel de S-M.

    Sobre la luz pastosa de la mañana mediterránea (especialmente la de invierno) creo que ya hemos hablado en algún otro sitio; y me ha encantado eso de que esos patios distantes y cálidos al mismo tiempo son un buen resumen de lo catalán, que tan dificil resulta de entender fuera, y que tanto nos seduce a los gallardongradenses cuando nos acoge dentro.

    Y diga Vd. que sí: un estado mental es como un patio de manzana, y uno satisfactorio como uno bien proporcionado de los dos que Vd. describe, aunque en latitudes diferentes; lo malo es cuando uno aún no ha vivido en ninguno de ellos, ni estados satisfactorios ni patios seductores. Me alegro, y que Vd. lo disfrute. AM.

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