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El pasado es un animal grotesco

Jueves, octubre 1, 2009

Dicen que en las profundidades del Vaticano, por debajo de los oropeles cardenalicios y los mármoles refulgentes, existen estancias repletas de objetos imposibles, de reliquias de santos, los clavos de Cristo, lanzas de Longino y tantas esquirlas de madera provenientes supuestamente de la Santa Cruz que con ellas se podrían construir trescientas arcas de Noé. Y dicen que en una de esas lóbregas salas reposa El Cronovisor, una máquina creada por los científicos más aventajados de su tiempo –Fermi, von Braun– capaz de fotografiar el pasado. Dicen que en esa cabina unos pocos elegidos pudieron presenciar La Crucifixión, la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley y la caída de Sodoma y Gomorra. Pero si El Cronovisor en verdad existió y llegó a funcionar correctamente, a bien seguro que sus creadores no pudieron vislumbrar nada a través suyo. O, cuando menos, no pudieron entender absolutamente nada de lo que sea que vieron en él. Porque el pasado no existe.

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En La velocidad de la luz, una, por lo demás mediocre, novela de Javier Cercas, su autor auspició esta idea afortunada. El pasado no existe. No existe porque lo construimos con la memoria parcial de lo que pudimos presenciar o con la sesgada interpretación de los hechos que nos han sido transmitidos. Cuando obtenemos nueva evidencia,  nuevos puntos de vista, esa construcción del pretérito se desmorona, cambia, transmuta. Y allí donde había una narración total y tranquilizadora descubrimos un espejismo, un edificio inasible y frágil que reemplaza y transforma nuestro presente. No poseemos nuestro propio pasado porque aquel que lo habitó era, en realidad, otro. En otra velocidad, la de las cosas, Rodrigo Fresán citaba a L. P. Hartley cuando decía “El pasado es un país extranjero. Allí hacen las cosas de otro modo”. Aún diría más. El pasado es como unos de esos objetos extraterrestres del picnic de los Hermanos Strugatsky primero y de Tarkowsky después. Artefactos, incomprensibles y peligrosos, dejados atrás por otros. En el mejor de los casos, el pasado es incomprensible.

Por eso resulta tan impactante el primer contacto con Mad Men. Los primeros episodios son, en apariencia, imágenes directamente salidas del Cronovisor. Gente que fuma a todas horas y en todos los lugares, costumbres y modos que nos parecen imposibles, incluido el rol de la mujer, impuesto y asumido, tan, diríase, bárbaro. Imaginen la impresion fortisíma que debe de suponerle la serie a los espectadores norteamericanos, que consideran la era previa al asesinato de Kennedy como su Arcadia, como una época ingenua y feliz. Los happy days. Y así cuando la secretaria con ambiciones Peggy tiene un chispazo de genialidad, uno de sus superiores, al relatar el momento a sus compañeros, lo describe diciendo “fue como ver a un perro ponerse a tocar el piano.” Ese momento nos desarma porque nos pone en contacto con ese pasado con el que no podemos negociar ni dialogar y del que, supuestamente, procedemos. Sin embargo, su influencia sobre nosotros no es tanto que nuestros lodos provengan de sus polvos sino el uso que hacemos de él para mantener húmedo nuestro propio barro.

peggy y ginecologo

Nuestra memoria es frágil, es cierto. Y así la crisis actual la vivimos como “la peor desde la Gran Depresión.” Porque el pasado se desvanece velozmente y ya nadie recuerda las casi revolucionarias consecuencias de la crisis del petróleo en los setenta. Por eso, cuando recuperamos el pasado, lo hemos de articular en torno a referencias cercana, mediante personajes como Peggy o el creativo homosexual en Mad Men, para poder contemplarlo a través de nuestro prisma presente. El resultado nos convence, completando la frase de Hartley, de que el pasado es un país extranjero, repleto de negritos o indios, al que miramos por encima del hombro como si éste fuera una colonia y nosotros su metrópoli.

En la reciente Public Enemies, Michael Mann se atrevía a filmar las últimas andanzas de Dillinger durante los años 30 a golpe de video digital, textura granulosa y nerviosa cámara en mano. El resultado fue lo más parecido a mandar un reportero de guerra a cubrir los hechos y, por tanto, lo más parecido a como habría sido El Cronovisor si el padre Emetti lo hubiera construido en el siglo XXI. Colores hirientes, movimientos constantes, que delineaban una época en la que su presencia era del todo imposible. Y aunque eso en cine casi siempre es cierto, lo manierista de la propuesta, la contradicción de observar un mundo analógico  bajo los efectos de una sobredosis de adrenalina digital, hacían esa imposibilidad aún más patente. Pero Mann, inadvertidamente, profundizaba aun más en las razones por las cuales el pasado nos resulta inasequible. No solo por su interés en darle a Dillinger, con su visita a la comisaría, una victoria sobre sus perseguidores que nunca llegó a suceder (aunque bien pudiera haberlo hecho), ni tampoco por usar el pasado para ajustar cuentas con nuestro presente fascistoide. Fueron en realidad las tan señaladas y denunciadas anacronías. Los modelos de armas que no debían estar allí, los tatuajes de Depp, los coches modernos en los márgenes de un plano, las canciones que no habían sido compuestas todavía en aquel punto de La Historia. Mediante todos esos fallos y dificultades, Public Enemies dejaba claro que el pasado es un país extranjero, inferior, y cerrado, que, como Corea del Norte, más que visitarlo, tan sólo podemos recrearlo.

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Nota: El bello título de este post proviene de aquí.

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