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El nuevo Número 6

Martes, noviembre 17, 2009

Desde hacía tiempo se venían anunciando y cancelando consecutivamente los planes para un remake en forma de serie o película de El Prisionero, obra fundamental y de culto de los 60, que como saben analizo para Elitevisión. Pero esos planes nunca se concretaron. Hasta que hace dos años, coincidiendo con el cuarenta aniversario de su primera emisión, AMC, productora responsable de éxitos como Mad Men y Breaking Bad, anunció la grabación de una miniserie en la que revisitaría el original parido por Patrick McGoohan y George Markstein, y cuyo reparto estaría encabezado por Jim “Cristo” Caveziel y Sir Ian McKellen.

El fandom reaccionó con desconfianza. Revisitar El Prisionero es una tarea ardua. Una serie tan radical, fascinante, surreal, excesiva e imperfecta, tan avanzada a su tiempo y al mismo tiempo tan anclada en sus propio marco histórico, la Guerra Fría, y cultural, los swinging sixties, era de muy difícil reasimilación. En un intento previo, ITV, la poseedora de los derechos, llegó a citar la  marcada identidad británica de la serie como razón para no venderla a otra productora americana. Y es cierto. La extrema individualidad de McGoohan y su personaje emblemático, Número 6, su constante desconfianza de toda autoridad o establishment, tan británicas, siempre en el filo entre el anarquismo y el conservadurismo ultramontano, hacían demasiado compleja cualquier readaptación de El Prisionero a principios del siglo XXI.

Por fin, tras varias reescrituras de guión y un cambio de director en mitad del rodaje en el desierto de Namibia, se estrenó este domingo la nueva miniserie, que está siendo emitida a razón de dos episodios por día. Y a juzgar por los dos únicos capítulos que he visto hasta el momento, parece que los temores se han visto confirmados. El resultado es extraño, muy extraño. No es un remake, no es una continuación, no es un reseteo. Es un híbrido desconcertante, un remake mutante a lo Superman de Bryan Singer, que recoge multitud de elementos de su fuente original, demasiados, y que circula casi siempre dentro de los parámetros de lo mediocre.

En la distinción que Bioy Casares estableció entre la invención y la trama, el Nuevo Prisionero apuesta por la segunda. En la serie original, qué era La Villa, las razones de su existencia o incluso las razones de la dimisión de Número 6 eran secundarias. Los prisioneros eran ex espías o pobres funcionarios que sabían demasiado. En la nueva versión sin embargo, los conciudadanos de Número 6 se empeñan en convencerle de que no hay nada fuera de La Villa. Ellos no recuerdan nada sobre el mundo exterior, porque de algún modo se han suprimido sus recuerdos, que han quedado relegados a sueños. Por tanto, mientras que la situación mental de este nuevo Número 6 recuerda a la de Quaid en Desafío Total, la de los habitantes de La Villa oscila entre la falsedad consciente al modo de El Show de Truman y la ignorancia impuesta de los vecinos de The Village de M. Night Shamalayan.  Donde el original exploraba la idea de inclusión total, de que el mundo entero es La Villa, de que todos somos prisioneros vayamos donde vayamos,  el remake la concibe por contra como reducción, como un cosmos comprimido por razones arcanas, hasta el punto de no dejar nada fuera de ella. Esa es una diferencia fundamental entre original y versión. Que el enigma, el tratar de descubrir esas razones, el porqué, el misterio detrás de la institución es el sustento de la tensión dramática, una tensión que el original despreciaba. Aquí se trata de desenroscar una trama a golpe de flashbacks, de vencerla, al estilo Lost, y no de establecer una serie de reglas a explorar o a romper –un confinamiento, planes de escape o de control.  Y aunque el misterio y la intriga son en principio premisas positivas, lo malo es que los resultados del juego con ellas no son nada memorables hasta ahora.

Por momentos, el Nuevo Prisionero parece jugar a con el concepto de realidad, al modo paranoico de Philip K. Dick, pero lo hace desprovista de fuerza y de recorrido, porque ese intento es cortado de inmediato en cuanto la ambigüedad se instala. Se apuntan otros conceptos, como la opresión (hay guardias y perros fieros, y rejas), el totalitarismo hedonista (la lisérgica escena del bar) o el terrorismo como forma de control social. Pero solo se apuntan. También se dan por sentado ideas que aun no se han mostrado, como que Número 6 se sienta presa del control mental cuando apenas se ha ejercido presión sobre él. Esto puede deberse a lo corto de la serie o a la revelación parcial de los secretos, es difícil discernirlo a estas alturas. Pero más bien parece que esto descansa sobre una asumida familiaridad del espectador con el original. Lo malo es que eso probablemente solo creará confusión en el espectador novato, que percibirá la narración como una hilazón apresurada.

Quizá lo más ecuánime sería juzgar al Nuevo Prisionero como una obra sustentada en sí misma, sin establecer continuos paralelismos con el original. Pero la serie renuncia a una identidad diferenciada desde el principio. Las imágenes iniciales, un hombre perseguido por un desierto por oscuros guardas que le disparan, remiten a Punishment Park, la película maldita de Peter Watkins que tantos conceptos compartía con El Prisionero original. Pero que ese hombre, un anciano, lleve las mismas ropas que Número 6 en la versión de 1967 es toda una declaración de intenciones. No será la única, pues más adelante veremos que los aposentos de ese tal Número 93 son prácticamente calcados a los del protagonista del original. En ese sentido, parece que el Nuevo Prisionero toma como referente la idea del retorno a La Villa que articulaba Shattered Visage, la tácita continuación en forma de cómic publicada en los ochenta y protagonizada por un Número 6 viejo y desengañado.

Pero este es tan sólo uno de los múltiples elementos que el Nuevo Prisionero toma del antiguo. El primer episodio está severamente lastrado por ese recorrido de referentes, como si los responsables de la serie se hubieran sentido obligados a incorporar todos los guiños y detalles más recordados del primer prisionero con el fin de contentar a los fans. Por ejemplo, los títulos de crédito son una muy literal y desvergonzada reconstrucción de los del original, con Caveziel entrando en la oficinas de la corporación en que trabaja para dimitir notoriamente, porque como nos ha quedado claro las corporaciones desempeña hoy en día el papel que las dos superpotencias representaban en los 60. Y como esa, infinitas mas: las lámparas de lava, el monstruo Rover (que es y suena igual, solo que en más grande), las obligadas frases “Be seeing you” y “I’m a free man!” o el sonrojante momento en que se emula literlamente la irrupción de Número 6 en un pasillo oscuro.

La única variación visible es la elección de la estética de la Nueva Villa, aquí un pueblo suburbano de evidente estilo años 50. Esta elección tiene sentido. Como decía Zizek (le citamos de nuevo), los 50 son la época dorada, la arcadia estadounidense, una época de inocencia y felicidad que podría verse como el equivalente americano del pueblo bucólico y rural, paraíso a su vez de los británicos, que era La Villa original. El problema de haber optado por esta estética es que de inmediato nos remite a El Show de Truman, probablemente una de las reactualizaciónes más satisfactorias del legado monumental de El Prisionero.

Y es aquí donde reside otro de los problemas fundamentales de este remake de El Prisionero. Después de 40 años una revisión del original ha de estar necesariamente mediada por las obras previas que han bebido de esa misma fuente. El Show de Truman es una de ellas. Lost es otra. De hecho,  JJ Abrams la ha citado con frecuencia entre sus series favoritas. La campaña publicitaria del Nuevo Prisionero ha hecho uso de virales y ha puesto en pie webs ficticias que exploran el mundo alrededor de la nueva serie, al más puro estilo del creador de Lost y Cloverfield.  Por eso este remake es tan mutante, porque no termina siendo ni la revisión del clásico, ni de El Show de Truman, ni de El Bosque ni de Lost pero los es de todas al mismo tiempo, por contagio, por retroalimentación y por ósmosis, hasta el punto contradictorio de que por comparación una serie hecha hace 40 años permanezca aún más aguda, actual y relevante que su versión moderna.

Esperemos a averiguar qué nos deparará la conclusión.

3 comentarios leave one →
  1. Mycroft permalink
    Jueves, noviembre 19, 2009 9:05 pm

    Voy por el 1×03 y me sorprendo saltándome trozos intrascendentes.
    ¿No le parece que el flashback, para nada esencial, le da una continuidad que rompe el desorden temporal del original?
    Y esa gravedad orwelliana. Me da un poco de tirria. Falta fineza, es todo demasiado superficial, no hay más lecturas. Han tomado el argumento pero no el espíritu, la letra de la ley y no su sentido (perdone mi formación de jurista).
    Por otro lado, el interesante apunte de negar la existencia de ese “otro mundo” real, en el original era más un juego de ahora si ahora no, de estar viviendo en un mundo irreal y saberlo…
    En fin, en fin…usted está más autorizado en este tema, pero de momento estoy moderadamente horrorizado (a diferencia de V)
    Solo un posible respeto al críptico final podría moderarme en mi ira. Un final “masticadito” sería demasiado para mi…

  2. Jueves, noviembre 19, 2009 9:18 pm

    El final es “masticadito” pero no sencillo, y eso puede explicar que la cadena no le haya dado demasiada bola. De hecho, he de confesar que al final me ha convencido más o menos, pese a que, estoy de acuerdo, la serie es bastante superficial. Si que creo que es respetuosa con el original, y se hace mejor cuanto más se separa de él. Lo curioso es que opte por lo opuesto. En el sentido de que no quiere hablar en absoluto del mundo y sus problemas, sino de los problemas del mundo interior. El drama personal frente al drama social. Ya me ira diciendo que le pareció al final.

  3. Miércoles, diciembre 2, 2009 12:16 am

    Espero que no le importe que le cite en mi reseña, porque en cierto modo es casi una reseña de su reseña.

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