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Por un nuevo romanticismo (I): Friedrich

Miércoles, noviembre 25, 2009

Cementerio de un monasterio bajo la nieve, (1818).

Regreso a los Fríos Exteriores tras los festejos del fin de semana en Gallardongrado y el paisaje que me recibe es el del verdadero Noviembre, el de la oscuridad que lo traga todo, de la lluvia horizontal, de los vientos furibundos y el frío. Durante mi estancia en la Madre Patria, que parece ajena a las estaciones que no sean el verano, y en compañía de Mamazita y Minizita, me acerqué a ver la exposición sobre Caspar David Friedrich (1774-1840) en la Fundación Juan March, dedicada a sus dibujos y que pueden disfrutar hasta el 10 de enero.

Esto me sirve de excusa para hablarles sobre Friederich, uno de mis pintores favoritos, uno de mis referentes si no les importa que emplee el término. Así resolveré la omisión de no haberle dedicado aún un post, aunque le haya mencionado en el gabinete con frecuencia (como por ejemplo aquí). Pero también me serviré de la ocasión para proponer un nuevo concepto de romanticismo, o más bien para proponer cómo podemos continuar siendo románticos en esta era racional y crematística. Románticos en el sentido clásico, claro está.

El mar de hielo, (1823-1824).

La obra de Friederich se define por unos vectores muy simples. Una religiosidad profunda, la creencia en la omnipresencia de lo sobrenatural, su devoción por la Naturaleza, su visita constante al concepto de Lo Sublime. El intento continuo de representar la belleza de una forma lo más extrema posible con el fin de provocarnos “El Stendhalazo”, un rapto, un éxtasis sensorial que consiga ponernos en contacto con lo trascendente, con la divinidad, mediante el sobrecogimiento. Friederich utilizaba para lograrlo un paisajismo dramático, de proporciones monumentales, que huye de la composición y perspectiva clásica para evitar que nuestra vista se focalice en un punto y para que así podamos captar el cuadro como una totalidad. Su estilo también rehuía el realismo testarudo, pese a su pasión por retratar la naturaleza de un modo riguroso, como demuestran los dibujos a lápiz y los grafitos que la exposición exhibe en su minimalista y delicado esplendor.

Monje a la orilla del mar, (1808-1810).

De Friedrich nos quedan sus composiciones sombrías, sus abadías en ruinas, cementerios bajo la nieve, glaciares resquebrajados. Playas inmensas, montes envueltos en brumas, que tan idiosincrásicos son en la cultura germánica y que aún perduran en ella, como puede verse sin ir mas lejos en el cine de Werner Herzog (Corazón de Cristal, por ejemplo) o de Lars Von Trier (las postalitas que marcaban los cambios de capítulo en Rompiendo las olas o la sección en Edén de Anticristo).

El caminante sobre el mar de nubes, (1817-1818).

Mi relación con Friedrich, lo que me hermana con él, es la fascinación por la Naturaleza, por su escala. Recuerdo la conmoción permanente que me causaba la presencia de las montañas en frente de la casa que los padrezitos tenían en el campo. Observar cómo cambiaban, cómo jamás parecían iguales en cada visita, tan majestuosas, tan gigantes, cubriendo la mayor parte del cielo. Recuerdo la furia de las tormentas de verano, el viento que doblaba los chopos, el tamaño de los rayos, lo ensordecedor de los truenos. Recuerdo el cielo nocturno espumado de estrellas, con las constelaciones dispuestas a dejarse dibujar y los brazos de la Vía Láctea siempre abiertos.  Supongo que todas esas imágenes, la indefensión, la insignificancia, pero también el sentido de la maravilla han permanecido en mí, y me han hecho apreciar tanto a Friedrich, hasta el punto de haber llegado a imitar torpemente sus cuadros en mis fotografías.

Con Friedrich no podemos compartir su fe. No podemos compartir su panteísmo, porque no es que Dios esté en todas partes, es que no está en ningún sitio. Pero precisamente por eso, por esa constatación de la muerte de Dios, sus pinturas han de constituir para nosotros un salvoconducto. Sus obras nos permiten dar el paso, explorar ese germen que aún anida en nosotros y que ansía lo desconocido, lo inabarcable. Vivir la necesidad de ser asombrados, de ser sobrecogidos, de encontrar una zona donde no opere lo euclidiano. Y es en ese cuestionamiento permanente de la realidad donde ha de nacer un nuevo romanticismo.

(Concluye mañana).

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5 comentarios leave one →
  1. Miércoles, noviembre 25, 2009 9:59 pm

    Primera en comentar tan excelsa entrada, comulgo con cada palabra, con la confrontación del individuo y el entorno, Madre Salvaje en su afecto y en su abandono. Si Friedrich hubiera retratado el cosmos, tendríamos un temor reverencial cada vez que alzáramos la vista al cielo. Los cuadros me poseyeron hace tiempo, pero me quito el sombrero ante tus fotografías. ¿Imitaciones? ¿Acaso el arte más abrumador no es aquel que imita a la naturaleza?

  2. Jueves, noviembre 26, 2009 9:54 am

    Fíjese, querido Doctor, que ando yo eligiendo imagen para la felicitación navideña de mi negocio y estoy dudando entre ése del monje que usted pone y Mañana de Pascua. “Vivir la necesidad de ser asombrados, de ser sobrecogidos, de encontrar una zona donde no opere lo euclidiano. Y es en ese cuestionamiento permanente de la realidad donde ha de nacer un nuevo romanticismo.” Le mando un abrazo.

  3. padawan permalink
    Martes, diciembre 1, 2009 12:42 am

    No me había enterado de esta exposición, tengo que ir sin falta. El año pasado, también en la Fundación Juan March, organizaron una exposición sobre la evolución del romanticismo. Yo fui principalmente por Friedrich, pero al final, acabé descubriendo a Rothko. Antes no me decía nada, pero tal y como estaba organizada la expo podías ver la evolución que empieza en cuadros como el del monje ante el mar y acaba en esos cuadrados de colores.

  4. Micaela Salinas permalink
    Miércoles, junio 23, 2010 3:27 am

    Alguien me podría ayudar?
    Estoy haciendo un trabajo donde tengo que elegir un cuadro que me produzca catarsis y el único que lo hace es la obra El cementerio de Cloister bajo la nieve, el problema es que es del año 1818 y necesito cuadros después de 1900, pero me dijeron que Tim Burton uso esa pintura para una de sus películas, si alguien sabe cual, agradecería que me lo informara por EMAIL, muchas gracias.

  5. Viernes, septiembre 3, 2010 9:53 am

    !Fantástico! Doctor Zito, Friedrich, es uno de los grandes, como Sargent, como Urgell!!!! como los Prerafaelitas, como los Simbolistas, como Casado del Alisal. Uno de tantosdamnificados, durante casi un siglo, de las vanguardias (alguna dudosa)
    Isidre Monés Ilustrador

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