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Emputecidos, adoncellados

Jueves, diciembre 3, 2009

Marsé y Umbral. Umbral y Marsé. Enemigos irreconciliables. Como unos nuevos (viejos ya)  Góngora y Quevedo, como Irán e Irak, peleándose a distancia, lanzándose misiles en entrevistas y columnas. Supongo que al final Marsé resultó vencedor del combate porque los que sobreviven son siempre los que vencen. Lo curioso es que pese a sus antagonismos y a sus diferencias los dos compartieran una visión similar, que ambos convergieran en la imagen de una mujer que se humilla, que se entrega, que aparece donde no debe, que llega hasta donde no se le supone. Marsé y Umbral. Cada uno de ellos, por supuesto, lo observa desde su posición y a su manera. A Marsé se le aparece Maruja, criada en la Barcelona de los 60, que se adentra en el barrio salvaje y tiñoso porque está enamorada perdídamente de Manolo, el charnego, el murciano, el Pijoaparte.

Maruja es esta mujer de la cual uno no recuerda que sus pechos fueron hermosos: recuerda un gesto de sus pechos, el diseño ligeramente amargo y duro de su boca, su espalda morena regresando tímidamente a las zonas de penumbra; uno puede a veces evocar un gusto a eucalipto o a menta que dormía en su saliva, y el ronroneo de su garganta mientras besaba, y también un frío antiguo al verla encoger sus débiles hombros frente al espejo, o su paso lánguido cruzando la habitación, desnuda y púdica. Podía verla otra vez subiendo al Carmelo en una ventosa tarde de invierno, con su abrigo a cuadros estrecho y pasado de moda y una banda de terciopelo rojo en el pelo, pero sobre todo, entre esas imágenes persistía el parpadeo temeroso de sus ojos en medio de un remolino de polvo en la calle Gran Vista, rodeada de niños armados con piedras y abundantes tapabocas que sólo dejaban ver sus ojitos curiosos, y persistía la trémula dulzura de su mano en el pecho, ciñendo las solapas del abrigo, la sumisión de sus piernas fervorosamente juntas y su manera comprensiva y hasta risueña de ladear la cabeza cuando le esperaba en el bar Delicias, de pie, inmóvil, sin avergonzarse de su condición de criada emputecida…

Ultimas tardes con Teresa (1966).

A Umbral en cambio se le aparece una mujer anónima del madriñelismo pijo, una mujer de alcurnia y posibles según parece, que acude a una fiesta que le es ajena para poder verle.

Ella ha venido, ha venido a la fiesta, fiesta que le es indigna, ha venido por verme, para verme, para coincidir aquí, habíamos hablado esta mañana por teléfono, no pensaba venir, esto no está en su tono, en su mundo, en su galaxia, pero yo iba a venir, yo he venido, y ella lo ha dejado en duda, y al fin no se ha resistido a venir, se asoma al bar tímidamente, cuando estoy hablando con alguien, llega en tonos discretos, color indefinible del gran chal, elegante apenas, color inadvertido, gesto impersonal, cómo le agradezco que esté aquí, me emociona y casi me entristece en ella, tan gran señora, esta primera humillación voluntaria, como si hubiese enviado a otra «Oriana» más pobre, menos ella, a cumplir. […] Ha venido como una doncella enamorada y tímida, como esas marquesas del pasado que se disfrazan de humildad en el teatro, para una cita. La quiero porque ha venido. Me parece sensacional, pero también me parece usual.  Ha hecho lo que se hace siempre en estos casos. Ha dado un primer paso ingrato, pueril, un poco humillante, miserable, delicado, impuro y tierno, decidido y gris. Esto puede significar mucho. Esto puede no significar nada. Pero siempre recordaré, en nuestra delgada historia, esta tarde, esta aparición modesta, esta visita inesperada, esta peregrinación, este delicadísimo sacrificio, con su largo chal caro iluminado por una luz plata que no viene de ningún sitio, que derrama una lluvia sutilísima aunque no llueve.

Ser de lejanías (2001).

Como verán, lo fascinante y lo revelador de este cruce de pareceres entre estos escritores enemigos es que ambos vean a sus mujeres reducidas a doncellas enamoradas. Más allá del tópico metafórico, quizá algo machista, el amor es eso. O al menos sus primeros pasos. Porque si algo está claro es que lo maravilloso solo sucede a quien se expone. A quien se expone como un imbécil, como un tonto, como si nada más importara, como si uno estuviera muerto. Ser no siendo. Sí, así es como ocurre lo maravilloso, y lo terrible a veces. Saber cuando es tal o cuando es cual. Solo hay una manera de comprobarlo, solo una manera de que suceda. Emputecerse. Adoncellarse.

Aunque no llueva.

6 comentarios leave one →
  1. Jueves, diciembre 3, 2009 4:54 pm

    Amén.

  2. Jueves, diciembre 3, 2009 6:24 pm

    Curioso que tengan que ser ellas las que se rebajen o se humillen, como si hubiera algo indigno en distanciarse del egocentrismo, porque la vanidad varonil piense que dicha entrega lo deja vulnerable e indefenso. Ellas se emputecen o se adoncellan, ¿y ellos se pagafantizan? ¿Qué hay de tonto en amar?

  3. Jueves, diciembre 3, 2009 6:36 pm

    Hydra, muy bien visto lo del pagafantismo.

    Y no, no hay nada imbecil ni tonto. Eso es solo lo que se dice con frecuencia desde fuera.

  4. Jueves, diciembre 3, 2009 7:53 pm

    Siembre envidié al Pijoaparte porque (no sé porqué, de hecho) siembre imaginé a Maruja y a Teresa como dos bellezas muy sensuales. Es una buena analogía la que planteas aquí, aunque, querido Dr., tengo claro con cuál de los dos me quedo: JM.

  5. Viernes, diciembre 4, 2009 9:57 pm

    ¿Y qué ocurre cuando el hombre se adoncella? ¿Es eso el pagafantismo?

  6. etzu permalink
    Jueves, diciembre 10, 2009 11:17 pm

    Emputecida y adoncellada
    solamente puedo decir:
    ¡gracias por venir!

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