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La última noche de quietud

Jueves, diciembre 31, 2009

Despido la década desde Gallardongrado, una ciudad que puede ser dura e inhóspita, que te enseña a veces su quijada podrida porque es auténtica, porque aún no ha optado por disfrazarse como sí hizo en cambio Modernona. Gallardongrado puede conducirte fácilmente al desconcierto. Enfrente de El Prado, nocturno y vacío, una guiri esbelta y seseante, desorientada y sola, puede preguntarte cómo llegar al Hotel Ritz. Mientras en el barrio, puedes ver a los gitanos sacando sus teclados por las calles, recolectando monedas con un platillo de plástico. Y por todas partes las señoronas pasean sus abrigos de pieles flotando sobre las aceras, orgullosas como reliquias.  A veces me pregunto si esa autenticidad que le presumo a esta ciudad será falsa. Si, como sospecho que ocurre con los borrachos que pueblan las noches urbanas en los Fríos Exteriores, esas señoras y señores patriotas del madrileñismo rancio son en realidad extras contratados por el ayuntamiento, ex figurantes de Farmacia de Guardia, que ahora se ganan unos céntimos contribuyendo a preservar el estereotipo convertido en patrimonio. Y sin embargo, pese a todo, qué poco cuesta reconciliarse con Gallardongrado, con sus luces y salones, con sus candelabros y caobas, con sus bares, sus tabernas, con el frío intermitente que nos recuerda que estamos clavados en mitad de un páramo.

Esta noche acaba una década, dicen. Pero el caso es que yo no termino de creerlo. Vivo aún tratando de asirme a este torbellino de tiempo, que se escapa, que se filtra, y que me hace sentir tres o cuatro años alejado de la corriente donde presumo vive el resto. Lo único seguro es que mis muelas abandonan mi boca como reclusos de un psiquiátrico, vestiditas con su camisa de fuerza y calcio. Dicen que soñar con que se te cae la dentadura anuncia una época de cambios. Me pregunto si vivir despierto esa caída anuncia el cambio más importante de todos: la edad que nos retoma, y en último término la muerte, que por fin parece interesarse por nosotros, como le oí decir a Martin Amis, con ojos de curiosidad y deseo, como te puede observar, por ejemplo, una pelirroja demente desde el fondo de un antro.

Se acaban los noughties y el mundo entero echa la vista atrás como un anclaje. Los mejores discos, libros, polvos de la década. She’s a maniac y Sunday Bloody Sunday suenan en la radio. Mis referencias vuelan por encima de las cabezas de los más jóvenes y acto seguido marcho de cena con los amigos del colegio, unidos por casi tres décadas (la friolera) y por nuestros apellidos localizados en la misma sección del abecedario. Vivo, como digo, en un torbellino. Y no me reconozco en ese yo mismo que hace diez años se dormía en el sofá mientras veía por televisión cómo La Fura quemaba, si recuerdo bien, un hombre de paja tan solo quinientos metros más allá de su casa. Aquella era otra vida, otra suerte, aquel era el cambio del milenio, el principio de una nueva era o de la última. Hoy terminan sus primeros diez años y no creo que el mundo tampoco se reconozca en aquel otro cuyo principal miedo era que los ordenadores se volvieran gilipollas al cambiar de fecha.

Parece mentira.

3 comentarios leave one →
  1. Sábado, enero 2, 2010 2:42 am

    Y aún me parece que fue anteayer… menos mal que la década no acaba hasta el año que viene. Un saludo.

  2. Jueves, enero 7, 2010 1:27 am

    Querido Dr., está claro: sus más bellas palabras aparecen, de forma anual, al finales del año, y tras una estancia en Gallardongrado. Abrazos, AM.

  3. Domingo, enero 10, 2010 7:05 pm

    Y sí: creo que lo que considerábamos auténtico de Gallardongrado ha sido convertido en patrimonio cañí por el Sr. Gallardón, sino me remito al video maldito de la candidatura de la ciudad en Copenhague (episodio COI). Saludos, AM.

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