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El Dr Zito en el Imperio (I): Last days had begun

Domingo, enero 3, 2010

Salir del metro en Peachtree Station no le reúne a uno con bucólicas imágenes de frutales  sino con edificios enormes, con pasarelas elevadísimas y absurdas que los comunican entre si sin propósito aparente, y con torres coronadas por platillos volantes. Si la realidad se nos aparece a veces como un decorado aquí esa evidencia se hace permanente, porque cuando alcanzas el Parque del Centenario, con su árbol luminoso y su pista de patinaje en la que los adolescentes giran al ritmo del más cursi Michael Jackson, los rascacielos se aúnan en el horizonte, en trescientos sesenta grados, y parecen falsos, muy falsos, como si fueran una maqueta, como si estuvieran recortados en cartón, puntuados por lucecitas alimentadas por una pila de seis voltios.

Es esta una tierra donde lo insólito te sorprende en cualquier momento, casi de continuo, como cuando en el metro un hombre negro entra apurando el cierre de las puertas y comienza su letanía, deseándonos un feliz año nuevo, diciendo que no quiere molestar a nadie pero que necesita nuestra ayuda, y es súbitamente interrumpido por un hombre barrigudo , vestido rigurosamente de oscuro, con un grueso crucifijo colgando del cuello, y a quien yo había tomado por un clérigo de una iglesia exacerbada, por la versión proletaria de un telepredicador. Eso es mendigar y está prohibido, siéntate, le repite tres veces al negro, que desoye la amenaza de una llamada a la policía y hasta la incorpora a su murga: Feliz año nuevo tengan ustedes, no quisiera molestar a nadie, podría costarme la cárcel pero no me importa, ¿podrían ayudarme? Ningún religioso podría ser tan desagradable, me dije, y por eso, cuando ya pasado el incidente abandoné el vagón, aproveché esos últimos segundos para mirar al falso predicador de soslayo y pude ver sobre su pecho la tarjeta que le acreditaba como trabajador del metro. Chivato, mezquino. En realidad, comprendí, si el Dios del Antiguo Testamento se transformara en revisor, esa sería exactamente la forma que tomaría.

Mucho antes, antes incluso de las revisiones minuciosas, de las esperas, las colas, los nervios, antes de las preguntas sobre tu culpabilidad en el Holocausto nazi o las sospechas sobre tu implicación en el contrabando de gérmenes mutantes, mi vuelo había resultado tonto y amable, oscilante entre el sopor y la agitación que provocan  las turbulencias. No me importaron demasiado. Pero ahora acumulo veinticinco horas despierto y el tiempo se ha desarticulado por completo. Quiero creer que después del sueño, mi cuerpo desvencijado por el viaje habrá recogido las piezas una a una, asimilado el rompecabezas, construido un todo coherente y que podré montar mí primer día completo en Atlanta, mi nuevo día en el Imperio. Pero justo antes de dormir, resistiéndose al orden, me asalta el recuerdo de ese momento en el que el tren que me llevaría hasta Peachtree Station recorría vertiginoso los raíles elevados por encima de los barrios de casa ruinosas, de los negros que subían cansados por los barrizales, de las autopistas de seis carriles y las naves oxidadas y vacías. Levanté la vista, enfoqué, y como un friso, escrito sobre el ladrillo visto de una fábrica abandonada, pude leer: The last days had begun. Aunque suene bien, me resisto a estar de acuerdo.

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