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Y ahora, dos listas más (II)

Lunes, enero 25, 2010

Cada vez estoy más convencido de que el cine que de verdad importa es aquel que incomoda, aquel que desafía nuestras estructuras y nuestras convenciones. Cada vez desprecio más el cine hecho para afirmar el status quo, ese que nos tensa durante unos minutos, que nos propone premisas en apariencia salvajes para finalmente hacernos retornar al mismo punto, aún más reafirmados y seguros. Cada vez más valoro más las películas que no podría ubicar en la dualidad “me gusta/no me gusta” sino que se quedan ahí, como una arruga incomoda o una piedra en el riñón, resistiéndose a toda decodificación, pues en cierto modo entender algo supone desactivarlo. Me gustaría pensar que la siguiente lista de mis películas favoritas del 2009 refleja este criterio, pero no solo, porque la maravilla también es otra fuente de sacudidas. Al repasar las películas que he seleccionado quizá les sorprenda la ausencia de Malditos bastardos, pero es que solo conozco a tres personas en el universo a las que el último jueguecito autocomplaciente de Tarantino les dejó bien fríos. Y yo soy una de ellas (no me he podido resistir a decirlo). Por lo demás, aquí tienen mi selección del pasado año.

–          El luchador (Darren Aronofsky). Estrenada a principios del 2009, su frecuente ausencia de listas como esta se debe en parte a la blanda memoria de muchos. Poco queda que añadir a lo que ya les mencioné hace unos meses. Tan solo reiterar que el cerebral Aronofsky consiguió alcanzar con este moderno western crepuscular emociones verdaderas (no siempre; también se bañaba en demasiados tópicos), merced al estilo documental y al guión de Robert Siegel, una historia atemporal destinada a resonar en todos aquellos baqueteados por las derrotas y otras inclemencias de la vida

–          El extraño caso de Benjamin Button (David Fincher). Otro cerebral que se dio un paseó por lo emocional durante el 2009. Fincher toma el relato original de Scott Fitzgerald y lo convierte en un tratado lánguido y excitante a la vez (su metraje da para albergar todo tipo se sensaciones) sobre el paso del tiempo, las edades del hombre y lo inexorable del fin. Se la acusó de rozar el sentimentalismo a lo Forrest Gump (no en vano ambos compartían guionista, Eric Roth), pero como bien se dijo en el hilo al respecto en el Focoforo, la distancia entre Benjamin Button y el film de Zemeckis es la misma que separa a Edward Hopper de Norman Rockwell. Los referentes pictóricos son muy válidos en este caso: Es una película tan perfectamente planeada que en ocasiones parece más pintada que filmada.

–          Déjame entrar (Tomas Alfredson). En el año clave de la saga Crepúsculo, la no-niña Eli representa al otro vampiro, el que de verdad nos turba, el que es un animal y que en nuestra sociedad ha de ser necesariamente un marginal, un paria. Compartió con Donde viven los monstruos de Spike Jonze su naturaleza de fábula terrible y nada condescendiente de la infancia. Metáfora sobre el amor y su sustento, Déjame entrar es la historia de un romance entre un vampiro y un psychokiller en ciernes, un romance casi adulto, muy lejano por tanto al de Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008), y que tendría una involuntaria continuación en la estupenda Thirst de Chan-wook Park, otro film sobre el vampirismo cotidiano y las relaciones enfermas. Alfredson maneja los colores, la abundancia de primeros planos -tan bergmanianos- y el fuera de campo con maestría, verbigracia la escena final en la piscina que me recordó tanto a la de La Mujer Pantera (1943) de Jacques Torneur.

–          Star Trek (JJ Abrams). El demiurgo de la televisión moderna le metió mano a la franquicia trekkie y el resultado fue un blockbuster deslumbrante pese a su vocación de primer episodio. Ni un reseteo ni una continuación, el Star Trek de Abrams es un mecanismo de diversión y maravilla que funciona a la perfección: contenta al fandom, a las nuevas generaciones, sanciona de una vez por todas el Nerd appeal, entretiene y da esplendor. A su lado, los robotitos y robotazos de Michael Bay y McG se quedaron en braguitas eléctricas.

–          Anticristo (Lars von Trier). ¿Qué pretendía hacer el supervillano del cine con Anticristo? ¿Un ensayo sobre la misoginia? ¿Sobre la locura? ¿Sobre la enormidad de su propio ego? Von Trier creó un mash-up entre Tarkovsky y Herzog para articular sus teorías sobre la naturaleza y la naturaleza de los sexos, la historia del antagonismo entre ambos -razón versus arbitrariedad- y el horror en estado puro. Los golpes en los genitales y las perforaciones eran terroríficos, pero los gritos de Charlotte Gainsbourg en el bosque aún me erizan la espalda.

–          La cinta blanca (Michael Haneke). Una auténtica lección de cinematografía. Dos horas largas que se pasan en un suspiro, que te subyugan gracias a esa capacidad del austriaco para sostener ambientes enrarecidos y malsanos. Haneke explora la inocencia, más bien su falta, pues todos, niños y adultos, son culpables, todos ocultan algo en ese pueblo arquetípico y cerrado, incrustado en esa era presuntamente ingenua y primitiva que fueron los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. La violencia es menos explicita que en Funny Games por ejemplo, es más subterránea, más verbalizada, pero igualmente terrible porque el desasosiego y la posibilidad del exabrupto inesperado son permanentes. Los planos compuestos simétricamente, el blanco y negro y los interiores iluminados con velas, tan DreyerLa cinta blanca es tan grande que supera con creces las intenciones de su propio autor.

2 comentarios leave one →
  1. Miércoles, enero 27, 2010 12:09 am

    Que primero hable de desafiar estructuras y convenciones y luego excluya “Malditos Bastardos”… pero bueno, no voy a tratar de convencerle, que yo incluso adorando la película me siento tremendamente incómodo con el ego autoreferencial de Tarantino.

    Por lo demás, una lista irreprochable.

  2. Miércoles, noviembre 24, 2010 5:00 pm

    bien rara tu lista, sólo de acuerdo con dos
    apenas vi anticristo y fue un golpazo
    por eso encontré tu blo
    saludos

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