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Rebeldes japoneses: Prólogo

Jueves, febrero 11, 2010

Los 60 suelen considerarse la época de la rebeldía por antonomasia, de la revolución que no llegó a ser, la era del desafío a las jerarquías políticas y del capitalismo clásico, incluida la familia patriarcal y los sistemas de producción en masa. La nouvelle vague, la explosión del pop, de la cultura de las drogas, del amor libre, y demás clichés. Los 60 son por ello la época de El Rebelde, ese joven que busca realizarse burlando las normas, escapando a las disposiciones y ordenanzas de la Sociedad de la Disciplina, por tomarle el término a Foucault, esa misma que, disimulando, silbando como quien se escapa de pagar su parte de la cuenta, terminaría convirtiéndose en la Sociedad del Control. Pero me desvío, esa es otra historia. Los 60 fueron la época del rebelde que buscaba alejarse de la exhortación permanente a la mejora a uno mismo mediante la educación, el ejercicio físico o el trabajo. De aquel entonces nos quedan las imágenes de Dennis Hopper y Peter Fonda en Easy Rider, de la manifestante colocando una flor en el fusil de un policía militar, de Faye Dunaway y Warren Beatty como Bonnie y Clyde, o de las pedradas parisinas del 68.

Pero hay otras rebeldías y hay otra nueva ola. Hay una rebeldía menos fotogénica, más marginal e inesperada si quieren, y hay otra nueva ola influida decididamente por la francesa, y que tomó rumbos tan radicales como ella. Me refiero a los rebeldes japoneses y la nueva ola japonesa.

Japón en los 60 era una sociedad terriblemente convulsa, que se debatía entre el tradicionalismo de las formas imperiales y los códigos samuráis por un lado y la modernidad fulgurante por otro. Los movimientos estudiantiles eran hiperactivos. Las universidades, los centros de trabajo y hasta el parlamento estaban tomados por activistas comunistas. Se producían enfrentamientos continuos con las fuerzas policiales, revueltas que terminaban con alguna muerte la mayor parte de las veces y que a su vez generaban nuevas protestas En este contexto surgieron decenas de películas y directores de un poder enorme, imposibles de glosar con justicia en estas pobres líneas. Cine de una radicalidad brutal, de una osadía infrecuente en cuanto a su puesta en escena (locura de color, de composiciones, de montaje) y en los argumentos. Unos optaron por el cine de explotación, y del que ya les hablé en la prehistoria de este blog. Otros se alimentaron vehementemente de la nueva ola europea aunque mantuvieron al mismo tiempo una personalidad fuertemente nipona, en términos de parsimonia, sutileza y atención al detalle. Ambos cines, siguiendo sus propios modos, reflejaron sin pudor las contradicciones de la sociedad japonesa y de su tiempo y al hacerlo utilizaron la figura del rebelde, un rebelde mutante, distinto aunque reconocible.

En esta serie (intermitente) de posts quisiera hablarles de esos otros rebeldes, los japoneses, que procedían de los márgenes, por arriba y por abajo, de aquella sociedad turbulenta y partida,  nacidos en una cinematografía en ebullición que aún hoy en día resulta también marginal (al contrario que la inmediatamente anterior en el tiempo; estoy pensando en Kurosawa y su enorme influencia en Hollywood). Aquí encontrarán unas meras indicaciones para que comiencen el viaje. Yo les animo a que se adentren en el Japón salvaje de los 60 y 70 y que descubran sus propias joyas.

Adelante.

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