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Rebeldes japoneses (I): El niño

Lunes, febrero 15, 2010

En 1966 una turbia noticia sacudió Japón. Las autoridades detuvieron a una pareja por simular atropellos. La madre y el hijo del matrimonio se lanzaban contra automóviles en marcha para después exigir una compensación económica a los azorados conductores que pagaban cuantiosas sumas por evitarse el problema de acudir al hospital y a la policía.  Nagisa Oshima tomó esta historia real para establecer los mimbres de Shonen (1969), una fascinante exploración del Japón de posguerra, de las taras de una sociedad en estado de modernización y su influencia en la crueldad de las relaciones de familia, pero también de la infancia y la inocencia.

La familia de Shonen es una familia disfuncional, con un padre violento, veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se niega a encontrar trabajo y que prefiere obligar a su esposa y a su hijo mayor a dejarse los huesos contra carrocerías diversas. Los cuatro irán vagando de ciudad en ciudad, fingiendo atropellos, arriesgándose, consumiendo el dinero que van obteniendo con cada engaño, hasta llegar literalmente al fin del país, a la isla de Hokkaido, donde el drama finalmente se desenlazará.

Oshima quiere denunciar y analizar a una sociedad que es capaz de generar historias como esa y como pretende alcanzar cierta universalidad, priva a sus personajes de nombre –los llama Bebé, Niño, Madre, Padre. Este ultimo representa la sociedad tradicional, herida y manchada de deshonor en la Guerra, que quiere imponer sus modos absolutistas y autoritarios a la nueva generación. El niño crece emocionalmente tarado por los abusos y termina rebelándose contra su progenitor del mismo modo en el que los estudiantes japoneses se rebelaban en los 60 contra las bases norteamericanas o la proliferación nuclear. En este sentido, Shonen anda cercana a cierta tradición del cine francés reciente, recientemente abonada por Laurent Cantet con Recursos humanos (1999) y El empleo del tiempo (2001), que trata de entender la actualidad social tejiendo ficciones a partir de sucesos reales. Pero reducir Shonen a cine de denuncia social sería una injusticia. La disfuncionalidad de la familia protagonista, lo marginales y periféricos que resultan en la sociedad, su rebeldía, aunque cavernaria, su resistencia a formar parte del sistema productivo, la hacen más cercana al primer Palahniuk, en especial a Asfixia (2001), con la que comparte similar premisa.  El director de El imperio de los sentidos es menos sucio que Palahniuk, desde luego, pero no se arruga ante la crudeza. Como en casi todas sus películas, los personajes de Shonen se explotan los unos a los otros, se golpean, se maltratan, y esa violencia es una forma de comunicación entre ellos, es la expresión de la verdadera complejidad de las emociones, de sus contradicciones, esas que tanto le interesan a Oshima. Porque uno puede odiar a su padre. Pensar que es una persona despreciable. Incluso desear que muera. Y aún así, seguir queriéndole. En Shonen, el niño llega a golpear a su padre en varias ocasiones y sin embargo intentará salvarle en último término.

Shonen también proporciona una visión de la infancia muy alejada de la que aparece en obras como Ponette (Jacques Doilon, 1996), perspectivas edulcoradas que tratan al niño como un lienzo en blanco. El niño de Shonen es pura mancha. Crece en un entorno de salvajismo emocional, sin vínculos sentimentales, sin abrazo ni besos, expuesto permanentemente a una violencia más o menos tácita. Se le niega una y otra vez la posibilidad de ser inocente, como queda de manifiesto cuando su madrastra tira al barro el gorro amarillo que poco antes él había comprado. El niño tratará de escapar de su familia varias veces, pero siempre termina descubriendo desolado que no tiene ningún lugar al que ir. Oshima, influido claramente por la nueva ola francesa, incluso le coloca en la playa, mirando al mar, en clara referencia a Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959).  Por eso el niño terminará construyendo un mundo de ciencia ficción en el que poder refugiarse con su hermano pequeño; espera la llegada de los Hombres de Andrómeda, que cree bajarán del cielo un día para hacer justicia en el mundo y acabar con todos los hombres malos, una forma de evasión emparentada con la que usa el protagonista de El ataque de los robots de Nebulosa 5, el fabuloso corto de Chema García Ibarra.

Por si todo esto fuera poco, Shonen guarda múltiples tesoros a nivel visual, porque Oshima busca permanentemente formas con las que reflejar el alejamiento y alienación de los personajes, tanto entre ellos como con respecto al “mundo normal”.  Por un lado utiliza el color (y su falta de) de manera magistral. Como en If… (Lindsay Anderson, 1968), alterna el color con el blanco y negro. Utiliza filtros amarillos para la ciudad y azules cuando la familia llega a la nevada isla de Hokkaido. La película cambia así continuamente de textura. Los tonos en general apagados se ven puntuados con varios objetos coloridos que guardan una significación especial: Las gorras del niño –una blanca y otra amarilla- y la bota roja, que el chaval usa como boca del muñeco de nieve que representa al Hombre de Andrómeda, y que a su vez remite al uso del rojo en otro film de protagonista infantil, El globo rojo (Albert Lamorisse, 1956). El rojo es la culpa, es la perdida, es la transmisión de la explotación y del mal, como queda claro en el último accidente que tiene lugar en el film.

Como forma de tratar sobre la distancias emocional que separan a los personajes, Oshima enmarca continuamente la acción mediante un uso radical del encuadre. Combina espacios abiertos y paisajes urbanos, en los que la familia no constituye más que un grupo de figuras menudas, con los interiores claustrofóbicos, casi teatrales. Y dentro de ellos, elige encuadres insólitos que se centran en el espacio físico que media entre los personajes. En horizontal, una discusión sucede en el extremo izquierdo de la pantalla mientras que el niño la observa desde el opuesto; y en vertical, al fondo de la escena el padre entra en casa y pega a la mujer mientras en primer plano los dos niños miran como sucede la pelea. En ambos casos el chico correrá de un lado al otro de la pantalla, atravesará ese vacío que Oshima quiere poner de relieve.  Una fórmula que se repite con frecuencia porque en Shonen no hay demasiados movimientos de cámara. Son los personajes (y los coches) los que recorren el encuadre buscándose los unos a los otros.

El final deja abierta la interpretación. Tras la conclusión brusca de sus tribulaciones, el niño llora, pero Oshima, empeñado en borrar todo subrayado, apenas muestra sus lágrimas. Uno puede optar por creer ese llanto representa una constatación de la desesperación y la ausencia de salida (no sólo de opciones, sino también cognitivas; las circunstancias son demasiado abrumadoras para un  niño). Que la voz en off que escuchamos superpuesta a esos momentos finales narre las circunstancias de la familia con tono periodístico parece sugerir esa desesperanza. Pero también podría constituir la moraleja de la historia. Porque esa diminuta lágrima que el niño se enjuga puede que sea la prueba de que tras la tragedia ha aprendido a sentir el mal causado a otros, incluido el mismo.

Les dejo aquí un trailer extendido. No se lo pierdan.

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