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Los límites del control

Martes, marzo 23, 2010

“Hay organizaciones, sí, pero son más solapadas, más difusas.
El dinero, la policía, los partidos… todas las caras del fascismo.
El mal no tiene un solo rostro.
Sería demasiado fácil,”
Paris nos pertenece (Jacques Rivette, 1960).

Víctima de una distribución y promoción lamentables, pero también de su propio hermetismo, Los límites del control, la última película, algunos dirán capricho, de Jim Jarmusch pasó prácticamente desapercibida en el momento de su estreno. Escondida, tan escurridiza como ella misma, se deslizó por las carteleras hasta desaparecer, como su protagonista, incluso aquí en los Fríos Exteriores, donde al fin pude verla merced a una postrera resurrección, aunque demasiado tarde, eso sí, para incluirla en la lista que hace no mucho les ofrecía con mis películas favoritas del 2009. Y es que Los límites del control es una verdadera maravilla.

Las primeras imágenes son las un hombre negro con traje gris (Isaach De Bankolé) realizando unos ejercicios de tai chi en los baños de un aeropuerto. Después se reúne con otros hombres de apariencia tal vez ridícula, mafiosos de medio pelo tal vez (si no fuera porque uno de ellos es tambíen negro) y que le encargan mediante acertijos y aforismos una misión que jamás llega a explicitarse. Antes de separarse se alarman cuando se creen observados por otros individuos trajeados y con gafas de sol. El hombre del traje gris sube a un avión, llega a Madrid, y se aloja en el icónico edificio Torres Blancas mientras espera, se ejercita, visita museos, clubs nocturnos y escucha música clásica. Se encuentra con personajes extraños –un violinista, una mujer fatal que le espera desnuda y con pistola, otra mujer con botas, abrigo y sombrero vaquero blancos- y entre tanto continúa recorriendo la ciudad, callado, misterioso, enigmático, inexcrutable, toma cafés en tazas separadas y escudriña los cielos en busca de helicópteros que parecen vigilarle. En cada uno de estos encuentros  se nos presenta un misterio, un intercambio de cajas de cerillas, un papel con un código de cifras y letras que el hombre del traje gris lee y se traga; más etapas, el tren, otro encuentro, Sevilla, más encuentros, finalmente Almería, hasta que su misión se nos aparece clara antes de que vuelva a dejar de serlo y el hombre del traje gris se desvanezca en el anonimato. Nunca quedará claro cual es su propósito. Nunca quedará claro quiénes son esas personas que le salen al encuentro, a qué organización pertenecen, qué significado tienen los objetos que se intercambian. Y aún así nada de esto importa.

Lo que Jarmusch hace en Los límites del control es conjuntar muchos de sus intereses previos. En Dead Man (1995) exploraba la disolución progresiva de la identidad, diríase la muerte en vida, de un personaje del que no sabemos nada. En Ghost Dog (1999), deconstruía las reglas del polar de Jean-Pierre Melville, tomando literalmente la figura de Alain Delon en El silencio de un hombre (1967) y transplantándola en la de un Forest Whitaker transformado en un samurai al servicio de la mafia. En el proceso le levantaba escenas al Seijun Suzuki de Branded to Kill (1967) -de la que espero hablarles pronto- porque Jarmusch mismo ha declarado alguna vez que lo importante no es tanto de dónde tomas referentes sino a dónde los llevas. En Flores rotas (2005) ensayaba el paso del protagonista por etapas, encuentros con personajes en localizaciones distintas que Bill Murray visitaba en busca de su supuesto hijo. Los límites del control puede verse como una reunión de estos referentes y formas, con otros ingredientes nuevos como El Reportero (1975) de Antonioni –el viaje postrero a Almería, la mujer fatal interpretada por Paz de la Huerta con su pelo y su cuerpo colmado, tan Maria Schneider. Y sobre todo, el Rivette de Paris nos pertenece (1960).

En el film de Rivette, el verdadero manuscrito fundacional de la nouvelle vague, su protagonista, Anne, investigaba una supuesta conspiración  a partir de la muerte de un joven músico español. Una conspiración que, como el propósito y planes del hombre del traje gris en Los límites del control, nunca llegaba a hacerse corpórea. Paris nos pertenece parte del punto en el que un personaje siembra ciertos indicios conspiranoicos que van enrareciendo el ambiente, desasosegando a Anne, tornando su mirada en sospecha, mientras intenta recomponer las piezas de un rompecabezas de unas dimensiones que se le escapan. La trama se enrosca, alcanza puntos muertos, vira, aparecen macguffins, referencias a La Bomba, a Nixon, a Franco, a campos de concentración, porque con el pretexto de un thriller, Rivette usa una duración prolongada (140 minutos, pero atiendan, que en con Out 1 llegó a las 12 horas) y el fluir de los personajes por la ciudad de Paris como formas de cristalizar nuestra percepción como espectadores, para que cobremos conciencia de estar contemplando una ficción y sus mecanismos pese a la aparente espontaneidad y amateurismo de la puesta en escena. Jarmusch quiere conseguir algo similar. Utiliza las pausas, las repeticiones –de localizaciones, de secuencias, de frases- para que prestemos atención a los objetos, a los detalles mínimos, a las obsesiones, para que nos sumerjamos en la contemplación de la vida cotidiana. Uno ha de aliarse con la propuesta, claro está. Desacelerar y dejar que la narración fluya en espiral, que vaya dejando pistas sobre sí misma en forma de cuadros u objetos, sin esperar una gratificación final al uso, una resolución, un twist, porque como Rivette, Jarmusch está más interesado en lo que aprenderemos durante el proceso del thriller, en sus encantos y su hipnotismo que en su mero desenlace. Aún así Los limites del control tiene una tesis, que es la contraria a la de la cita que abre esta entrada: Que la imaginación como fuerza capaz de desafíar a El Control también tiene muchas caras – música, arte, ciencia, bohemia, drogas- y que los poderosos, por mucho que se empeñen, no podrán asfixiarlas todas. Que el hombre del traje gris sea negro y acabe vestido con un chándal de Camerún, o que el vestuario de Bill Murray sea idéntico al de Bush El Joven, son formas de decir esto mismo de manera algo más sutil que la explícita frase que cierra los créditos de la película: No limits, No control.


Apoyando los propósitos de Jarmusch está la magnifica fotografía de Chris Doyle, que vuelve a elaborar una filigrana visual del tipo que acostumbra a fabricar para Wong Kar Wai. Los colores casi parecen poder cogerse con las manos, en especial los rojos. Abundan los planos enmarcados por ventanas o umbrales, las miradas a través de puertas acristaladas, que juegan a confundirnos, a pervertir la oposición interior/exterior y que, como Jarmusch reconoce, son su intento de aprehender alguno de los logros visuales de A quemarropa (John Boorman, 1967). A ver si se pensaban ustedes que el parecido del traje gris del protagonista con el de Walker era solo casualidad  Las composiciones, los encuadres, están medidos, milimetrados. Ese control formal se resquebrajará solo al final, solo en el último plano.

Es por esto que Los límites del control ha exasperado a muchos. Porque juega con unos códigos prestados para ofrecernos algo que se nos escapa si somos nosotros los que no prestamos atención a los detalles, si no estamos dispuestos a detenernos a admirarlos. La España que recorre el hombre del traje gris es una España fantasmal, vacía, un espacio enorme y fluido como lo era también el Paris de Rivette. Hay intertextualidad, hay humor (la repetición de la frase “Usted no habla español, ¿verdad?”), hay metahumor si quieren, como el momento en el que el personaje de Tilda Swinton dice que le gustan las películas en las que dos personas están sentadas sin decirse nada y a continuación ella y el hombre del traje gris guardan unos cuantos segundos de silencio. Como siempre, al final todo depende de nuestra disposición a dejarnos arrastrar por un juego que nunca oculta su condición de humilde artificio, en contraste con un cine (y unos espectadores) empeñado en autocontrolarse borrando los rastros de su propia falsedad.

6 comentarios leave one →
  1. Martes, marzo 23, 2010 8:49 pm

    Grandísimo texto, y muy bien cogida la resonancia con la peli de Rivette. Lo mejor de ese rupturista plano final es que, según leí en alguna entrevista, fue tan fortuito como aparenta. Algo que no debería extrañar viniendo de Jarmusch, pero que, en tiempos en los que el tiralíneas acecha detrás de cada arbusto, no está de más señalar.

  2. Singer permalink
    Miércoles, marzo 24, 2010 3:24 pm

    Es una maravilla de película, una cosa acojonante y perfecta.

  3. Miércoles, marzo 24, 2010 6:56 pm

    Una película que funciona a innumerables niveles. Una rotunda obra maestra.

  4. Martes, marzo 30, 2010 3:23 pm

    Gracias por la recomendación, doc. Una peli acojonante y hermosa.

  5. Lunes, mayo 17, 2010 11:21 pm

    Jarmush es de mis directores favoritos y está película me cautivó. La dirección de arte y de fotografía es impresionante, los distintos ambientes, desde el minimalismo absoluto a ambientes más barrocos. Los contrastes de color esas mujeres tan blancas y el tan negro, los detalles de la gabardina de vinilo transparente y el paraguas también transparente, las paredes rojas, las escaleras de todo tipo, rectas, caracol y la música una protagonista más toda la película es un viaje visual.

Trackbacks

  1. Transmisión fortuita « Justhat

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