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El número de Dunbar

Viernes, marzo 26, 2010

El cotilleo como costumbre social nació mientras nuestros antepasados se quitaban los piojos los unos a los otros. Mientras se acicalaban y se peinaban comentaban los últimos eventos en la tribu. Que si Puri, la de la choza adosada, se veía secreto con Gregorio, el sobrino del jefe, o que si los hijos del chamán se parecían sospechosamente al bruto del marido de Charo la lavandera. El chismorreo, el acicalamiento mutuo eran y son formas de socialización, de reforzar lazos comunes. Cohesionan la comunidad. No es sorprendente por tanto que los primates, incluidos nosotros, que dedican más tiempo a estas actividades se congreguen en grupos y comunidades más grandes. Lo curioso es que esa cantidad de tiempo y el tamaño de nuestros grupos sociales están positivamente relacionados con el tamaño de nuestro neocortex. Si además de a los primates, incluimos a nuestros ancestros cazadores-recolectores, esta relación se hace aún mas patente. Es lo que se llama la Teoría del cerebro social (The Social Brain Hypothesis, Evolutionary Anthropology, 1998). La necesidad de almacenar información sobre otros miembros de nuestra comunidad, de comprender sus necesidades, sus caracteres, sus deseos, fomentaron el desarrollo de ciertas partes del cerebro (y de la Inteligencia Maquiavélica, como la llaman algunos). A medida que evolucionamos, nuestras sociedades se hicieron más complejas y nuestro cerebro fue mejorando su capacidad para lidiar con ellas, para mantener lazos de confianza y cooperación, para establecer relaciones más o menos intimas con otros humanos. La religión y el baile ayudaron en este proceso.

Pero ahora empujemos más el argumento. Si la capacidad de nuestro neocortex determina nuestra capacidad para mantener relaciones inter-personales estables, como por ejemplo de amistad, ¿cuál es el tamaño esperable de los grupos sociales en la sociedades humanas (relativamente) modernas? Una sencilla extrapolación de los datos pertenecientes a primates y a nuestros ancestros sitúa ese número en aproximadamente 150, el conocido como Número de Dunbar, en honor a Robin Dunbar, su descubridor. Otros datos históricos avalan esta cifra. 150 era el tamaño medio de las villas neolíticas y también de las villas en la Inglaterra del siglo XVIII. 150 era el tamaño medio de las unidades militares romanas y el tamaño de la mayoría de gremios en algunos MMORPG como el Ultima Online o el World of Warcraft (WoW). El Número de Dunbar es aproximado, claro. Existen variaciones, dependiendo del género, por ejemplo. Pero aún así es bastante consistente.

¿Y qué ocurre con el Número de Dunbar en este mundo de redes sociales y web 2.0? Tomemos el ejemplo de Facebook. Muchos presumen y compiten por tener más “amigos”. 300 o 500 o 3000, los que haga falta. Por supuesto, este no es el tipo de relaciones a las que Dunbar se refiere. Estudiosos de Facebook han mostrado que la proporción de “amigos” con los que se tiene un contacto online más o menos recurrente es aproximadamente el 5%-10% del total (un usuario con 120 contactos en media deja comentarios en los muros de 7 contactos y chatea o se manda mensajes con 4, mientras que alguien con 500 contactos lo hace con 17 y 10 respectivamente). El resto de tus “amigos” son, básicamente, voyeurs de tu vida. O viceversa. Algunos han argumentado que las redes sociales ayudarán a romper el límite que supone el Número de Dunbar. Por el lado físico esto es muy complicado. Las presiones evolutivas a las que nos vemos sujetos hoy en día son muy limitadas. Pasaron ya los tiempos aquellos en los que teníamos doce hijos y se nos moría la mitad. Sin embargo, las redes sociales sí que pueden servir para romper esa otra barrera limitadora, el tiempo, y para evitar que las amistades periféricas se disuelvan por completo.

Hace poco que pasé de los 150 contactos en Facebook. Como me tomo estas cosas muy en serio, hice verdaderas y repetidas limpiezas étnicas entre mis contactos para que no sobrepasaran el número mágico. Pero ya no pude limpiar más. Ahora quiero a todos los que tengo. ¿Les haré mucho menos caso que antes? ¿Me olvidaré de ellos, de sus gozos y sus tribulaciones? Mientras me responden, me pensaré qué hacer con la rubia tetona con foto de perfil en contrapicado que me ha mandado un friend request.

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