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Las derechas, las tertulias y los principios de la estadística (y II)

Viernes, julio 2, 2010

(Viene de aquí.)

Los menos convencidos de ustedes, o los de pensamiento más sano, podrán argumentar llegado este punto que también se escuchan a menudo pensamientos “izquierdistas” de tremenda simpleza, que ¨la progresía¨ también sacude banderas y busca agitar a las masas bajo principios sencillos: Que si el libre comercio es malísimo, que si las corporaciones son demonios del averno que controlan el mundo, o que es preciso mandar más dinero a los países en desarrollo. Es innegable que estos son ejemplos de pensamiento no-conservador profundamente simplistas. Pero trataré de convencerles de que el pensamiento no-derechista es intrínsecamente más complejo. Y lo haré usando principios de la estadística.

En estadística se usan a menudo los conceptos de error de Tipo I y de Tipo II. Estos tipos de errores clasifican los posibles fallos a la hora de inferir si una hipótesis de partida es correcta o no. El error del Tipo I, o falso positivo, es el que ocurre cuando damos por mala una hipótesis que en realidad es cierta. El Tipo II, o falso negativo, ocurre cuando damos por buena una hipótesis que no lo es. Si por ejemplo su hipótesis de partida es que los clientes del Corte Inglés son más viejos que los de Bershka, y van a sendos establecimientos, preguntan, calculan la edad media de los encuestados y estas parecen darles la razón, desconfíen. Puede que esa diferencia sea real o puede que no porque ese día resultó que usted tuvo la mala suerte de preguntarle la edad a clientes precisamente en los extremos del espectro de edades. De hecho las sociedades se diferencian por el énfasis que colocan en cada uno de estos errores. En las democracias la hipótesis de partida es que todo el mundo es inocente y los errores de Tipo I (encarcelar a un inocente) se consideran horribles. En los regímenes totalitarios por otro lado este tipo de error no tiene importancia alguna y lo que se quiere evitar es el error Tipo II, dejar suelto a alguien que pueda ser un potencial subversivo.

El punto al que quiero llegar es que muchas de las ideas del pensamiento ¨progresista¨ o al menos las que yo creo que constituyen su columna vertebral, se fundamentan en aceptar la comisión de frecuentes errores del Tipo I, es decir, de soltar culpables. Por ejemplo, los impuestos progresivos (pagan más lo que más tienen), la abolición de la pena de muerte o la imposición de la paridad entre sexos implican que ciertas personas (contribuyentes, víctimas, hombres) sufrirán injustamente. Implica aceptar que alguien se llevará parte de lo que has obtenido con tu trabajo y que quizá lo gaste en asuntos que no te importen. Implica que no podrás usar el Ojo por Ojo. Implica que tal vez una lerda indocumentada obtenga un puesto de responsabilidad a tu costa. Todo ello en aras de un beneficio que nos trasciende, el bienestar del diferente, del extranjero, del otro. Asumir estas medidas que pueden atentar contra nuestra integridad y autonomía como individuos solo puede hacerse si a su vez aceptamos una idea muy compleja: Que no somos nosotros mimos por ninguna razón en especial, que no nos poseemos totalmente como individuos.

El filósofo John Rawls argumentaba que toda decisión social debía hacerse siempre desde detrás de lo que él llamaba el velo de la ignorancia. Es decir, como si no supiéramos que posición ocupamos en la sociedad, pobre o rico, criminal o victima, hombre o mujer. Rawls sabía que solo así los juicios morales podrían ser justos, porque las características y posición de alguien afecta a lo que piensa, porque en ese momento entran en juego los mecanismos simplistas del pensamiento primordial y derechista. Tener un negro por vecino, que el violador de nuestra hija continúe vivo o que otros consigan resistir el recorte de salarios son ideas que solo podremos aceptar si no nos creemos demasiado especiales como individuos o como grupo. Pero esta es una idea elaborada, y por ello difícilmente transmitible que, en cierto modo,  lleva en sí el germen de su propia condena.

Por eso comprendo ahora mi silencio cuando siendo yo adolescente, el Padre Zito, indignado e iracundo por algo que había visto en el noticiero,  me llamaba “El justiciero”.

No más silencio.

2 comentarios leave one →
  1. mini permalink
    Jueves, septiembre 9, 2010 12:35 pm

    Zito, ambos post, junto con el de “Ampliación del campo de batalla”, me han parecido lo más inteligente y sugerente que he leído en la blogosfera en los últimos tiempos. Siempre que me paso por su blog me llevo gratas sorpresas y estos tres post son una preciosidad para enmarcar. Sin más.

  2. Jueves, septiembre 9, 2010 12:54 pm

    Muchas gracias, mini. Me alegra mucho saber que alguien los lee y los valors.

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