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Resaca mundialera

Lunes, julio 12, 2010

Llego a Barcelona el día de la final. Mira, está todo lleno de banderas, escucho detrás de mí. El autobús del aeropuerto ha entrado por la Gran Vía y de los balcones, aquí y allá, cuelgan banderas españolas, con toros o escudos, a veces tan solo un trapo rojo. Me sorprenden estas expresiones de españolismo, normalmente clandestinas e implícitas en los miles de personas que llenan los recitales de La Pantoja o las multitudes congregadas por Justo Molinero que abarrotan cada año Can Zam. Pero en los balcones, a veces conviviendo con la rojigualda, cuelgan también muchas senyeras. Solo un día antes la manifestación en contra de la sentencia del Estatut había congregado a cientos de miles de personas en el centro de la ciudad llenándola de esteladas y gritos, algunos los de siempre, otros nuevos, porque el fallo del Constitucional ha airado a muchos y ha condenado al peligro de extinción a las posturas matizadas, a los que antes rechazaban el maniqueísmo. Catalana un día, española al siguiente. Esa es la naturaleza de esta ciudad, poliédrica y mezclada, una naturaleza que puede confundirse con la esquizofrenia si uno aplica el mismo ojo que los que se empeñan en enfocarla solo desde el lado de la barricada que les conviene.

Aprieta el sol, son apenas las cinco. Pasamos por delante de La Fira. Grupos de gente con camisetas rojas, latas de cerveza y bolsas de plástico ya están remontando la explanada flanqueada por las dos columnas venecianas para tomar posición y bocata. El alcalde de la ciudad, Jordi Hereu, ha sacado finalmente a la ciudad de una anormalidad innecesaria y ha accedido a colocar una pantalla gigante que recortada contra Montjuic parece pequeña, muy pequeña, comparada con la que presidía el puerto de Copenhague y en la que ayer ví el Alemania-Uruguay mientras cenaba con un grupo de americanos, alemanes, franceses, italianos y un holandés convencido de que ganarán la final, como todo el país, me dice. Y como nosotros, claro. Los alemanes de la pantalla marcan el tercer gol y los jugadores se abrazan y se alegran como si hubieran ganado la final, como si no se dieran cuenta de que están jugándose unas migajas contra una nación minúscula que ya ha triunfado llegando hasta allí y que juega al fútbol con un descaro y con una alegría desbordantes. Al final de la mesa, una chica alemana pontifica. Alemania jugó mal, por eso nos ganó España, dice segura sin saber que seguramente una cosa fue culpa de la otra. Y en las sentencias de unos y otros, holandeses y alemanes, resuenan los prejuicios de siempre, los prejuicios del Norte de Europa, los que no nos ven haciendo nunca algo grande, los que nos miran con simpatia y condescendencia porque a la hora de competir para ellos no contamos.

El autobús para en un semáforo. Cruzan cuatro chicos con la camiseta de la selección. El conductor hace sonar el claxon y levanta el puño. Los chavales le responden, saltan y saludan. Euforia. Mientras tanto España está sumida en una crisis económica de proporciones incalculables. Un quinto de la población activa está desempleada, dicen las cifras, algo que no sucedia desde hacía treinta años cuando la reconversión industrial y la crisis del petroleo nutrieron las colas del INEM hasta hacerlas una seña de identidad nacional. De aquellos días quedó en el inconsciente colectivo el trauma del paro, la idea inculcada a los niños de estudiar lo que fuera, de aceptar las más míseras condiciónes de trabajo para evitar el desempleo. Hoy casi dos generaciones viven de minisueldos, de microsueldos, de nosueldos, en una realidad que parece una gran estafa, un carro al que se les animó a subirse y que despeñó por un barranco antes de que pudieran agarrarse. Esas mismas generaciones llenan ahora La Fira, llenan Sol, las plazas de toda España. Uno piensa que estaría bien que la selección ganara la final aunque fuera solo por ellos, para darle un alegrón a un país en un estado permanente de irritación y pesimismo, que ha dudado mil veces de su equipo en los momentos difíciles. Uno piensa que estaría bien que abandonaran de una vez por todas el fatalismo.

Twitter en cambio hierve con los antifutboleros que se preparan para el apocalipsis que vendrá. Hoy es un día duro para ellos. Sus frases oscilan entre la resignación y el asco. Pan y circo, dicen, no sin ciertos argumentos, pues la excitación que está provocando el Mundial es tanto síntoma como causa de la situación del país. Sin disfrutar de los partidos, sin involucrarse, los antifutboleros se quedan logicamente con el resto. Y el resto puede ser muy feo. El resto es el cantico troglodita, es el garrulerismo del toro y del Yo soy español, es el forofismo de pandereta de las retransmisiones. Es, de nuevo, el ruido de los ruidosos, de la brocha gorda y del reduccionismo. Cómo decirles que hay algo más. Como decirles que no es solo eso. Que los chavales que van a pegarle patadas a un cuero allá en Sudáfrica no son unos borderlines, que son chavales normales y sin divismos, que no hay por que avergonzarse de ellos, porque quieren jugar como los ángeles, porque sus victorias han sido reivindicaciones en contra del pragmatismo de nuestros tiempos. El fútbol, como deporte, como todo deporte, es primitivo en su esencia. Pero España lo juega para exatrer su esencia plástica, las curvas, las parabolas, la técnica del movimiento de los cuerpos, de la anticipación, de la improvisación y de la inteligencia para llegar al resultado.

A España la entrena Don Vicente. Don Vicente es un señor que pronto cumplirá sesenta años. Uno le ve entrando en un bar de su Salamanca natal, qué va a ser hoy Don Vicente, ¿la copita de siempre?. Don Vicente es un señor castellano, sereno y recio, el último hombre tranquilo, que toma su copa con los amigos y que calla cuando otro eleva la voz, o le responde que bueno, que tampoco es para tomárselo así, que así son las cosas y hay que sacar lo mejor de ellas. Don Vicente nunca tiene una palabra más alta que otra, nunca es vehemente, nunca quiera habla mal de nadie, porque su emoción se le arrima por dentro. Un hombre que cuando Puyol marcó contra Alemania casi en el último momento y mientras todo el banquillo salió a celebrarlo, sonrió, se metió las manos en los bolsillos y volvió a sentarse.

Cuando Don Vicente relevó a Luis Aragonés bajo la mirada turbia de Fernando Hierro, parecía que el madridismo había vuelto a secuestrar a la selección. Don Vicente ha sabido ser él mismo, hacerlo bien, sustituir las piezas gastadas del equipo que ganó la Eurocopa, y componer un combinado cuyo núcleo y cuyo espíritu, ese fútbol de toque, de elegancia, de buen trato,  ese cuidado tanto del resultado como del proceso, son los del FC Barcelona. Siete jugadores, autores de los ocho goles del equipo. Siete jugadores del Barça, que se conocen y se entienden, pero que llevan jugando años junto al resto, sin estridencias ni individualismos, siendo ellos, siendo mejores. En ese estilo uno no puede evitar reconocer el modelo de cómo le gustaría que fuese España.

He quedado con Aura y Zarquie en Plaza de Catalunya. Llego pronto. Quedan dos horas para el partido. Una chica vestida con un bikini rojo y sandalias sube por la calle Pelayo. Lleva una bandera de España como capa. Suenan bocinas y vuvuzelas. Hay, como siempre, decenas de guiris en la plaza. Hay un grupo de ellos, todos con las camisetas del equipo español, que por su falta de cintura y por sus gorras de visera diría que son americanos. Dos holandeses vestidos de naranja, altos y rubios como corresponde, se cruzan con una manada de españoles. Se saludan, tocan más bocinas y se despiden. Como tiene que ser.

Llegan y nos vamos al Milano, a tomar cócteles. El Milano es una coctelería en pleno centro, subterránea, hoy fresca y vacía, de cortinajes y tapicerias rojas, de ambiente neoyorquino aunque algo decadente. Sin tele. Un refugio antiaereo, un búnker. El piso de arriba lo ocupa un bar. Salvo por los aplausos iniciales es posible olvidar que está pasando nada ahí fuera. Más tarde escuchamos resoplidos, gritos, entrechocar de sillas, júbilo, silbidos, aplausos. Qué está pasando. Es confuso. Mientras, ajenos, nosotros hablamos de mujeres locas, de gente que es gente, de cine demasiado estúpido como para tomarse tan en serio a si mismo. Por fin la filtración. 0-0 y prórroga. Ya es imposible sustraerse.

A las once menos cinco se escucha un rugido. Ha marcado Iniesta. Después ya todo son bocinas, cantos, bailes, banderas (otra vez) en Canaletas.

4 comentarios leave one →
  1. Lunes, julio 12, 2010 3:09 pm

    Conseguí tomar algunas fotos de unos delincuentes descerebrados que festejaban la victoria😄 A ver si puedo flickearlas para que tenga documentos gráficos.
    Besitos.

  2. Danzante permalink
    Martes, julio 13, 2010 1:11 am

    Bravo, caballero. Menuda crónica. Grandísima la descripción de Vicente del Bosque, por cierto; y esa forma de leer el significado del Mundial y del fútbol, que van más allá de la pandereta y el furor troglodita.

  3. Ikke Leonhardt permalink
    Martes, julio 13, 2010 4:56 pm

    En el fútbol también se puede encontrar la belleza, claro que sí. Por eso, mucho peor que “los antifutboleros que sólo se quedan con el resto” son los futboleros a los que sólo les interesa ese mismo “resto”.

  4. Miércoles, julio 14, 2010 5:04 pm

    Querido Zito, sabes que cuando hablas de Modernona me tocas la fibra. Enhorabuena por el texto, estupendo. A

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