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El mal en el cine negro español

Viernes, agosto 6, 2010

Tiempo después de descubrir aquella maravilla sonora que era Jazz en el cine negro español 1958-1964 por fin he comenzado a adentrarme en las joyas poco conocidas del cine negro que se hizo en la Madre Patria durante la segunda mitad de los 50 y los primeros 60, un cine que parece estar ya merecidamente reivindicado gracias al buen dossier doble que le dedicó hace pocos meses Dirigido Por y a lo que promete ser un fenomenal artículo de Grace Morales en el inminente nuevo número de Mondo Brutto.

Era ese cine un puro meandro, un constante esquivar a la censura y a las vicisitudes económicas. Originado en pequeñas productoras de Madrid y, especialmente, Barcelona, que filmaron un par de docenas de títulos que miraban sobre todo a lo que se hacía por entonces en Estados Unidos, lastrados siempre por la agobiante atmósfera moralizante del franquismo, concediendo a veces, saliendo airosos las más, y que gozaban de un sentido del ritmo y una solidez de tramas que vistos cinco décadas después aún sorprenden por su fuerza y presencia.

Con Arturo Fernández como galán de cámara y Julio Coll como director habitual, el cine negro español era de los del “el mal siempre paga”, por supuesto, y sin embargo su concepción de ese Mal, sus esbozos de la naturaleza de la avaricia y la miseria moral que impulsaba sus argumentos fue cambiando sensiblemente con el tiempo. En El Cerco (Miguel Iglesias, 1955) un eléctrico heist movie de 77 minutitos, los malvados atracadores son más o menos unos criminales sin alma, hombre de armas que guardan cierto honor entre ellos, aunque no duden en apretar el gatillo cuando conviene y cuyas motivaciones, aparte de la evidente codicia, nunca se exploran ni se explican.

Todo lo contrario sucede en El Inocente (1953), estupenda novela negra existencialista de Mario Lacruz, de estructura temporal fragmentada y de un espíritu muy cercano a El extranjero de Camus,  y que en 1959 sería llevada a la pantalla como Muerte al amanecer por José María Forn. En ella, sin nombrarse ni ubicarse explícitamente, el malvado entramado que desencadena la muerte por la que la policia persigue al inocente Virgilio Delise es de un oscuro origen revolucionario/subversivo, “la causa”, una herencia de un pasado todavía reciente que no puede pronunciarse.

Ese es el mismo principio que mueve la maravillosa A Tiro Limpio (Francisco Pérez-Dolz, 1963) en la que unos anarquistas venidos del otro lado de los Pirineos, unos maquis, aunque la palabra tampoco llegue a deletrearse, siembran el terror en Barcelona, retratándola en el proceso, atracando a punta de metralleta a ricachones y señoronas, asaltando pensiones en las que los señores respetables se ven con sus queridas y las parejas de novios resuelven su calentón urgente. Esa amenaza exterior, ese Mal que proviene de ahí fuera, del exilio y del pasado, alcanza a sembrarse en “nuestra sociedad” porque el pobre Román y “El Picas”, sus desgraciados cómplices, viven vidas miserables y estrechas. El dinero que ese mal venido del exterior les ofrece será su forma de intentar escapar de su situación penosa.

Esa miseria es también el enganche de Los atracadores (Franciso Rovira-Beleta, 1961), basada a su vez en una novela de Tomás Salvador, pero que establece un radical cambio en su visión del mal. Una banda de muchachos (un señorito, un currante industrial, un desposeído) va dando golpes de mayor envergadura. Esta vez no hay amenaza exterior. Sus miembros son el producto de la propia sociedad, como el tono ejemplarizante de la voz en off se encarga de subrayar a menudo. Son el fruto del pecado original de sus propios y fariseos padres (en el caso del señorito) y no solo de la miseria derivada de un trabajo embrutecedor o de su ausencia (en el caso de los otros dos). Ese cambio de perspectiva, ese mirar dentro para encontrar la fuente del mal queda claro en la escena en la que unos estudiantes universitarios, compañeros sin saberlo de El Señorito, comentan los recientes crímenes y conjeturan sobre sus autores: Criminales comunes, anarquistas venidos de fuera y, finalmente “unos chicos como nosotros”.

Ahí, es donde Los atracadores se toca con Lo quinqui. Dos décadas después, cuando esa miseria se acentuó y se localizó, el criminal juvenil –“El Jaro”, “El Vaquilla” – se convirtió en la nueva figura mediática, alentada por el sensacionalismo del periodismo de sucesos, como mostraba la exposición del CCCB que ahora puede verse en Gallardongrado. El cine de entonces volvió a la voz en off, al presunto retrato social que mezclaba y confundía a propósito la denuncia con el espectáculo. En aquel cine, que ya no era negro, el mal pasó a ocupar el purgatorio. El mal estaba a la vez fuera y dentro. Era un mal a golpe de metro, un mal de extrarradio.

5 comentarios leave one →
  1. Domingo, agosto 8, 2010 4:27 pm

    ¡Muy buen texto y labor de investigación! ¿Ha llegado el momento de descubrir que el cine español, sobre todo el anterior a los 60, no es el páramo que siempre hemos creído (yo el primero? No he visto ninguna de las que dices, pero parece que la historiografía oficial se equivoca (para variar) y hay bastante más aparte de los 10 o 15 títulos clásicos. ¡Gracias por sacar estas cosas a la luz!

  2. Albertote permalink
    Domingo, agosto 8, 2010 5:01 pm

    Creo que el guionista de A tiro limpio se basó en una noticia sobre anarquistas, pero en la película más bien los pintaba como comunistas, ¿no? (creo recordar alguna alusión velada al “Partido”). A lo mejor me estoy liando y es al revés.

  3. Domingo, agosto 8, 2010 7:32 pm

    Gracias, Borja. Adentrese, que merece la pena.

    Albertore, posiblemente tenga usted razon y la memoria me traiciono. Pero ya sean anarcos o del “Partido”, ambas son amenazas de fuera del espacio tiempo franquista.

  4. Domingo, agosto 8, 2010 9:00 pm

    muy interesante drzito, un placer leerte. Muchas gracias por el add, estoy que no quepo en mi🙂

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