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Detectives y forenses, señora, en su propio domicilio

Miércoles, septiembre 1, 2010

Sin duda una de las revelaciones audiovisuales de este verano ha sido Sherlock, emitida por la BBC y creada por Steven Moffat (a quien adoramos en el gabinete por su incorporación a Doctor Who, aunque ese es un tema del que hablaremos en otro momento). En este Sherlock del Londres del siglo XXI, sombrío y hostil como pocas veces se había visto en la ficción, la clásica formula de las adaptaciones del héreo detectivesco de Sir Arthur Conan Doyle se ha actualizado de forma fulgurante, en fondo y forma, aunque menos irreverentemente que en el estupendo film de Guy Ritchie estrenado hace unos meses. Así este Sherlock Holmes escribe SMS, busca datos en Internet, tiene página web y utiliza las últimas técnicas de criminalística para asistir a su vasto intelecto y a sus caprichosos ánimos. El resultado son tres telefilms (cómo llamar si no a tres episodios de hora y media de duración), que son un carrusel de sorpresas, giros, guiños, inteligencia y humor.

Uno de los grandes méritos de Moffat ha sido encontrar el tono y el hueco apropiados para su hipervitaminado Sherlock dentro de la ficción televisiva actual. Algo complicado dado que sus modernos herederos televisivos llevan unos años comiéndole el terreno. Por un lado tenemos su presunto descendiente directo, House, personaje al que se le suele citar como un Holmes de la medicina, capaz episodio tras episodio de desbaratar los planes con forma de enfermedad exótica y letal que prepara ese terrible Profesor Moriarty que es La Muerte (símil  fácil, lo sé). Sin embargo en House el espectador carece de cualquier posibilidad de descubrir el misterio central. El mismo doctor, supuesto experto, se encuentra siempre a dos o tres pasos por detrás de la resolución del enigma y de la terapia salvadora. Pero incluso si el espectador fuera un avezado galeno tampoco podría encontrarla por sí mismo. Las dolencias que aquejan a sus sufridos “clientes” y el technobabble que emplean los protagonistas suelen ser pura invención de los guionistas.

En el otro extremo del espectro está CSI, otra serie sobre expertos y sobre la fascinación que nos provoca la ciencia, en este caso la forense, y que ha conseguido convertir a la población en aprendices criminalistas con el paso de los episodios; quién, hasta hace poco, sabía que un finado no sangra o era capaz de averiguar en qué posición ha yacido un cadáver por el patrón de sus hematomas. Aparte de su glorificación de la ciencia, CSI también ha traído La Muerte a nuestros hogares, ha introducido en ellos cuerpos inertes, muertos mutilados con un verismo nunca antes conocido -muñecos-cadáver que parecen de verdad, representación sin tapujos de traumas y heridas- y lo ha hecho además en una época en que tratamos de huir a toda costa del esqueleto con guadaña, de su posibilidad, de sus preámbulos (la vejez, la enfermedad) y de sus consecuencias (piensen en la lejanía emocional que nos proporcionan la cremación y los tanatorios). Aún así la aproximación de CSI a La Muerte es también aséptica y científica, anatómica y materialista, no produce morbo ni inquietudes y es por tanto también muy de nuestros tiempos.

Pero me estoy desviando del tema.

La fuerza con la que CSI y la tecnificación del misterio han entrado en nuestras vidas explican el descubrimiento que hice unos días atrás en una juguetería cercana al Cubil Zito. Un kit CSI con el que podrán resolver crímenes y asesinatos en su propio domicilio. Aquí lo pueden ver.

No me digan que no es una preciosidad. Miren, lo tiene todo: Análisis de rastros, huellas, tejidos, pelo, sustancias misteriosas, cromatografía y además, y eso es lo mejor, si los misterios de su casa no son suficientemente interesantes, si descubrir quién se ha comido todas las galletas de chocolate o el helado que quedaba, quién ha manchado el baño de la oficina, qué ha pasado en la cama de sus padres, de su pareja o de su compañero de piso, este kit CSI trae un CD-rom con los detalles de cuatro crímenes, cuatro, que usted podrá resolver en la comodidad de su hogar, cuatro enigmas que desvelar gracias al poder de la ciencia forense. Y todo ello con el sello de calidad de New Scotland Yard. Ninguna afrenta casera o laboral quedará ya impune. Usted mismo podrá desenmascarar a los culpables.

No puedo evitar pensar en cómo se adaptaría este kit en su versión española. Imaginen cuáles serían esos cuatro crímenes en cd: El robo en la mansión de Jose Luis Moreno, el crimen de los Marqueses de Urquijo, el de Los Galindos y el de las niñas de Alcasser. Todo un superventas.

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4 comentarios leave one →
  1. milveinticinco permalink
    Jueves, septiembre 2, 2010 10:00 am

    Dr.Zito,
    Totalmente de acuerdo con usted, la vi hace un par de días (alguien la recomendó por el focoforo) y me gustó mucho. No es solo la ambientación y los guiños al canón, sino la temática (sobre todo el segundo episodio) que perfectamente podrían haber encajado en cualquier explotiation de la obra de Conan Doyle hecha a finales del S. XIX.

  2. Martes, septiembre 14, 2010 7:30 am

    Sin duda a ese kit adolecerá de lo analógico y le faltará la verdadera herramienta: el catálogo, o su versión contemporánea: la base de datos. CSI es profusa en su utilización, hay medida y muestra registrada de todo, desde ADN a huellas dactilares, de rodadas de neumático a concentración de algas por centímetro cúbico… Subiendo la apuesta, el catálogo sincrónico, el sistema de información georreferencial que enriquece la muestra con una longitud y una latitud de seguimiento constante haciendo más tupido aún el universo investigado. Y cada veredicto que se fija en última instancia con la consulta de ese oráculo binario MATCH / NO MATCH

  3. Martes, septiembre 14, 2010 11:42 am

    Que interesante lo que dice y cuanta razon tiene, sublibrarian.
    El catalogo como fuente de sabiduria forense es la version en papel o en base de datos de lo que Sherlock tenia: Un conocimiento formidable del medio, y que era lo que le permitia ver mas alla de lo que otros veian.

    Despues esta el otro aspecto. Que nuestro mundo haya llegado a ser catalogable. Los polenes se saben que son de aqui y de alli gracias a los avances cientificos. Que las ruedas o las botas son de tal marca es el producto de la comercializacion de todo. En el medievo uno no podia saber quien habia hecho que.

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