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Los finales felices

Miércoles, septiembre 22, 2010

But don’t you remember that you once said
that you liked happy endings?

Pulp.

(La siguiente entrada contiene sustanciosos espoilers porque, en el fondo, va de eso)

Una de los distintivos de la cultura blanda son los finales felices, las historias que estiran los límites de lo aceptable, que empujan al espectador/lector por los procelosos caminos de realidades supuestamente incómodas, que presuntamente desafían su sensibilidad y sus prejuicios pero que siempre terminan reuniéndole con la tranquilidad de una vuelta al “todo en su sitio”, conclusiones agradables que no hacen sino reafirmar el status quo. El final feliz como reafirmación del estado de las cosas siempre ha sido siempre la marca del cine norteamericano de mediados del siglo XX, porque en aquellos tiempos, con la Guerra Fría en auge, la reafirmación del way of life era casi un deber patriótico. Sorprende más su uso en esta época nuestra, en la que la sensibilidad a la violencia y la truculencia es mucho menor, en la que nos consideramos más libres, menos atados, más “comprometidos” y conscientes de la miseria que nos rodea. Así por ejemplo en Minority Report (Steven Spielberg, 2002) el retrato de una sociedad tenebrosa y distópica, desigual y controladora, de su primera mitad es completamente  anulado por la intriga y la posterior resolución del misterio. Pero eso no ocurre solo en el blockbuster, también sucede en el cine mas “social” Un caso sangrante es el de Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008), que tras mostrarnos las terribles condiciones en las que se vive en la India termina con un final bollywoodiense que diluye cualquier mordiente. Que siempre haya un “feel-good film of the season” demuestra que vivimos en unos tiempos mucho más conservadores de lo que parece. Como decía aquel que sabía muy bien de lo que hablaba, “la vida puede ser maravillosa”.

Una reacción posible contra esta tiranía del final feliz es optar por los finales deprimentes y sombríos. Más sofisticada e interesante aún es la tercera vida: Tomar un final feliz y subvertirlo, convertirlo en lo que no es, transformar su naturaleza, despojarlo de sus claves, de sus convenciones y crear algo nuevo. Hoy les quiero traer tres estrategias para conseguirlo junto con tres ejemplos.

El final feliz abierto: Si hay algo a lo que definitivamente la televisión moderna ha contribuido ha sido a sofisticar al espectador. O, al menos, a hacerlo más receptivo a las alteraciones de la estructura planteamiento-nudo-desenlace y a entrenarlo para que realice por sí solo el necesario cierre. Años atrás por ejemplo, un final como el de Inception (Christopher Nolan, 2010) habría generado más desaires que asombros. En cierto modo, esa peonza que no cae, que no termina por decantar si lo que hemos visto hasta ese momento es realidad o sueño fue anticipada años antes por Richard Linklater en Before Sunset (2004), en la que los personajes de Julie Delpy y Ethan Hawke, ya treintañeros, se reencuentran en Paris nueve años después de conocerse. Que el fundido en negro final nos escamotee el beso, el abrazo, el The End clásico otorga al espectador la responsabilidad de concluir si la historia tiene o no un final feliz. Si usted es, como yo, un romántico, lo tendrá bien claro.

El final demasiado feliz: Volviendo a la película de Nolan, algo que hizo sospechar a muchos de que lo visto en Inception era puro sueño era la aparente facilidad con la que todo salía bien para su protagonista, con la que todo encajaba en esos últimos minutos. Esa impecable perfección, que como Zizek y el Agente Smith de Matrix señalaban, constituye la más clara evidencia de la imperfección, es quizá la que subyacía en el final de Bad Lieutenant (Werner Herzog, 2009). Tras una carrera cuesta abajo y sin frenos hacia la decadencia absoluta, como si fuera una especie de Harry El Sucio crepuscular y jorobado, con el pistolón al cinto en todo lugar y ocasión, el teniente corrupto interpretado por Nicholas Cage sale finalmente indemne y triunfante de cada una de las dificultades que le asedian, con una rapidez y limpieza que casi resultan paródicas, que nos hacen preguntar si todo era una estratagema del viejo zorro Herzog para burlarse de sus productores dándoles dosis extremas de lo que le pedían.

El falso final feliz: Una característica del happy ending es que ha de tener lugar después de que los personajes hayan atravesado una serie de ordalías. Pero, ¿y si la estructura temporal no es lineal? ¿Y si el final es en realidad el principio? Ya por ejemplo en Pulp fiction (Quentin Tarantino, 1994) el personaje de Vincent Vega parecía acabar felizmente su atribulada historia con Mia Wallace y sin embargo veíamos después como terminaba su existencia ametrallado con los pantalones medio abrochados, sentado en la taza de un váter. En Irreversible (2002), Gaspar Noé llevó la alteración temporal hasta el límite, contando una historia de venganza y violación al revés, desde el final hacia el principio, terminando con una deliciosa escena íntima entre Vincent Cassel y la bellísima Monica Bellucci que casi nos hace olvidar el torrente de golpes, sangre y esperma que hemos presenciado hasta entonces. La sinfonía de Beethoven, la imagen de la Bellucci tumbada en un verde parque leyendo Un experimento con el tiempo (1927), el ensayo de JW Dunne sobre la simultaneidad del presente, pasado y futuro, y la frase “le temps detruit tout” es el recordatorio de que Noé nos la ha metido doblada y hasta el fondo. Como a él le gusta.

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