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Oh, cómo se aferra tu fantasma

Miércoles, enero 5, 2011

Ejemplo de teta primordial.

(El tono de la presente entrada no oculta su deuda con este texto de Grace Morales)

“No seas carcamal, tu eres un chaval
Eres de la mejor generación
¡ConocesLa Empanadillade Móstoles!”
Chaval, spot de Coca Cola.

La Nochevieja pasada, reunida una nutrida parte de la Familia Zitaalrededor de la mesa y poco después de las campanadas de medianoche, el televisor comenzó a emitir un intermitente resplandor en colores sepia y tonos grises. Se trataba de un especial, un refrito de momentos televisivos de todos los tiempos. Actuaciones de Formula V, Los Bravos, Manolo Codeso, fiestas delirantes de Pajares y Esteso con patillas gigantes, pajaritas desorbitadas y cantantes melódicos de pelo profuso. Si en los años 60 Hans Laube hubiera finalmente inventado el Olorvisión doméstico, el odorama televisivo, aquel programa habría dejado en la estancia un penetrante olor a naftalina. Los más mayores de los presentes -mis padres, mis tíos- iban jugando a adivinar quién era el artista añejo que mostraba en la pantalla su juventud perdida antes de que el rótulo sobreimpresionado lo aclarara. Mis primos y yo jugábamos con los escasos ejemplos que procedían de los 80. En tu fiesta me colé y Yo tuve un novio que tocaba en un conjunto beat. Y es que si en tiempos no tan lejanos la Nochevieja era la noche picarona por excelencia, coronada por alguna película de calificación S o por un strip tease de baratillo de aquellos que Ángel Casas repartía a las masas post Transición como los romanos repartían pan y circo,la Nochevieja del 2011, al menos enLa Primera, rezumaba el perfume inconfundible y penetrante de la nostalgia.

Dos días después de Año Nuevo, aún convaleciente por los eventos de esa noche, descubrí entre las brumas de la resaca un programa cuya existencia desconocía: Qué tiempo tan feliz, el magazine nostálgico (como lo definen en la misma web de Tele 5), presentado por la incombustible María Teresa Campos. Como saben (y yo comprobé en aquel momento), QTTF (llamémoslo así) es una versión de andar por casa de aquel noventero Qué pasó con presentado por la mojigata Consuelo Berlanga y emitido por las (ahora agonizantes) cadenas autonómicas. QTTF cada fin de semana glosa la vida de algún artista caduco a quien La Campos Sr entrevista acompañada de una caterva de colaboradores que vivieron mejores tiempos y disfrutaron de figuras más esbeltas. Los interrogatorios a menudo devienen en tertulias que no difieren mucho de esas reuniones de señoras que sacan sillas a la calle en muchos pueblos de nuestra geografía rural. El trascurrir de QTTF está además aderezado por las versiones de hits clásicos españoles a cargo de un grupo de jovenzuelos llamados “Los enrollaos” que parecen salidos de los descartes del casting de Operación Triunfo 12 después de haber pasado por una franquicia cualquiera de Marco Aldany. Al final, como es marca de la casa Tele 5, todos, invitados, colaboradores y enrollaos, salen a cantar unidos por el sentimiento común de que, vivido o no, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Me pongo colorada cuando me miras.

En cierto modo QTTF actúa como espejo (cóncavo) de Sálvame. Y no me refiero a que uno de los colaboradores de QTTF, el rescatado Carlos Ferrando, otrora rey del chismorreo televisivo, denunciara indignado hace años, cuando ya se arrastraba por el lodazal de los canales locales, que el irresistible ascenso de Jorge Javier Vázquez al estrellato catódico se había basado principalmente en el peloteo (ninguna sorpresa ahí) y en sus virtudes felatorias. No. Me refiero a que mientras que Sálvame es un rabioso relato del presente del celebriteo, un “está pasando” del cotilleo patrio, hasta el punto de fabricar sin tapujos su propia actualidad para poder alimentar a la criatura que ellos mismos han creado, QTTF es un sondeo del pasado, de lo que fuimos y de lo que fue, que es modificado y transformado en cada programa desde nuestra visión actual con la intención de acomodarlo a nuestros menesterosos tiempos. El hecho de que La Campos Sr sea precisamente la Defensora del Espectador en Sálvame lo deja bien claro: El pasado se ha convertido en el fiscal del presente.

Y es que el fantasma del pasado cada vez se aparece ante nosotros con mayor frecuencia. Desde que los hijos del Baby Boom se han hecho mayores y ha recaído sobre ellos la responsabilidad de sostener nuestro sistema económico mediante el consumo conspicuo de bienes y servicios, la publicidad ha pasado a centrarse en ellos, a ofrecerles paraísos ochenteros, casitas de Hansel y Grettel construidas con el caramelo de la referencia generacional, como hacía por ejemplo aquel spot de Coca Cola titulado Chaval, lleno de iconos crepusculares como Loquillo o Wham! y cuya sintonía fusilaba el Gold de Spandau Ballet.  Este ejercicio de marketing de la añoranza ha llegado a alcanzar a generaciones anteriores mediante el retruécano meta textual; ya son muchas las marcas (Moussel de Legrain, Codorniu, Juanola) que incluyen en sus campañas más recientes imágenes, jingles y eslóganes usados por ellas mismas en anuncios de décadas pasadas.

Es aquí donde quiero llegar. La naftalina de Nochevieja, el apolillamiento de QTTF, el peterpanismo en la publicidad, son manifestaciones de algo que ya apuntaba Alan Moore en su seminal cómic Watchmen (1985). Allí el magnate Adrian Veidt escribía al respecto de la publicidad de su línea de productos (apropiadamente llamada) Nostalgia:

“En una era de estrés y ansiedad, cuando el presente parece inestable y el futuro poco probable, la respuesta natural es retirarse y escapar de la realidad, buscando refugio bien en las fantasías del futuro o en visiones modificadas de un pasado medio imaginado”

La realidad imitando al arte.

En una época de crisis, sin salida clara en el horizonte, con un futuro que no parece demasiado halagueño en lo económico y en lo medioambiental, el único refugio que nos queda es el pasado, el perfumado fantasma del pasado, que se ha convertido en el lugar más cálido que podemos encontrar en este incierto mundo. Será un pasado irreal. Un pasado construido con nuestra necesidad de certidumbres y alimentado por los proveedores de emociones, que lo han reconocido como la mejor estrategia de marketing. Pero será nuestro último refugio.

Porque como decía el Veidt de Moore al final de su carta, estas condiciones no pueden perdurar eternamente. Habrá catastrofe o no. Si no la hay, el optimismo social regresará, la palabra utopia dejará de sonar a broma y el marketing pasará a proporcionarnos mitos de un futuro próximo. Si la hay, poco importará entonces. El problema es precisamente ese. Que como pasaba en el tebeo de Moore, en el que el ataque de un pulpo alienígena marcaba el punto de inflexión entre estos dos espíritus, optimismo y nostalgia, que poseen a la civilización cíclicamente cada uno de nosotros, convertidos en pequeños Ozymandias, empezamos a pensar que solo una catástrofe podrá llegar a cambiar algo.

Pero esa es otra historia de la que espero hablarles pronto

2 comentarios leave one →
  1. Lunes, enero 10, 2011 9:11 pm

    Muy bueno, Zito. Yo dataría el primer síntoma de la ola nostálgica que nos invade (o que nos empezó a invadir hace tiempo y ha llegado para quedarse) a principios de los Años Setenta, con la llamada “moda retro” (“El Padrino, “El Gran Gatsby”). Quiero decir que hasta entonces todavía quedaba algún resquicio de esperanza en el futuro, y ahí está todo el optimismo de los Cincuenta y, en menor medida, de los Sesenta, que ya empieza con una amenaza de apocalipsis muy real (la crisis de los misiles cubanos) seguida del asesinato de Kennedy. Contra lo que dice, no veo posible un regreso del optimismo; como mucho, algún breve período de euforia seguido de un bajón aún más pronunciado que los anteriores. Vamos, que es como si toda la humanidad estuviera puesta de metanfetamina y cada vez que sufrimos la resaca nos diera por enternecernos recordando un pasado que nunca existió, pero que comparado con el presente y con el cada vez más incierto futuro, se nos antoja paradisíaco.

Trackbacks

  1. Miedo al futuro « Doctor Zito

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