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Terror ficción (y III)

Martes, febrero 15, 2011

Las montañas de Tora Bora

(15 de Enero de 2000 – 28 de Noviembre de 2010)

I.

El principio. Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi aterrizan en el aeropuerto de Los Ángeles. Los dos han luchado en las guerras que los musulmanes han librado contra los impíos en los 90. Bosnia. Afganistán. Chechenia. Los dos vienen de Malasia. Allí han asistido a una reunión de gente de dinero. Gente con planes. Los hombres blancos. Traen una misión. Un propósito. Los dos están en las listas negras de la CIA. Visten de traje. En el control de aduana sus nombres no saltan en las pantallas. No hay recuadros rojos. Nadie les para. Se hospedan en unos apartamentos marrones en un suburbio de San Diego. Cubículos vacíos que ellos nunca llenarán con muebles. Una televisión, una playstation, dos colchones sobre el suelo. Son serios. No hablan con nadie. Los vecinos piensan que son estudiantes. Después piensan que son unos gilipollas. Qué se puede esperar de los pakis. Son todos unos maleducados. Por el día trabajan en un túnel de lavado de coches. En ocasiones les recoge una limusina. Salen y entran con maletines negros. Se reúnen de vez en cuando con el imán de una mezquita cercana. A través de las paredes prefabricadas se les oye conversar durante horas. Solo se les ve sonreír cuando se bañan en la piscina. Gritan. Nadan. Juegan a ahogarse el uno al otro como si fueran niños. Un vecino se fija en la enorme cicatriz que recorre el brazo de uno de ellos. La propietaria del apartamento les visita. Ha oído rumores. Ha oído decir que son unos chicos raros. Les encuentra tirados en los colchones jugando a un simulador de vuelo. No le gusta. Pero el piso está limpio y pagan. Los fines de semana los dos hombres toman clases de pilotaje. Quieren aprender a volar YA. Quieren aprender a pilotar jets y boeings ahora mismo. Su instructor está harto de ellos. Son impacientes. Los dos hablan mal inglés. Resulta difícil entenderles. Pagan. Qué coño.
Pasan los meses. Los dos hombres se mudan al otro extremo de San Diego, a un apartamento propiedad de un confidente del FBI. El confidente no sospecha. Cada mes recoge el sobre con la renta. Después los dos hombres se mudan a Virginia. Allí más hombres se reúnen con ellos. Más hombres que no hablan. Que viven sin muebles. Más hombres que duermen en el suelo. Todos van con frecuencia a la mezquita. Escuchan con atención los sermones del imán de San Diego que también se ha trasladado a Virginia. Reciben la visita semanal de un hombre de ojos pequeños llamado Mohammed Atta. Atta es importante. Es su contacto con los hombres blancos. Atta les anima a estar en forma. Les anima a ir al gimnasio. Visitan Las Vegas. Llegan más maletines negros. Se pierden en las mesas de juego del Bellagio, en los reservados del Olympic Garden Topless Cabaret.
Al final de Agosto el Mossad pasa una lista a la CIA con diecinueve nombres. Diecinueve que traman algo grande. Cuando el FBI se entera registra la casa de Virginia. Allí ya no hay nadie.
Un jueves de Septiembre de 2001 al-Hazmi y al-Mihdar entran en el aeropuerto de Washington. Los dos tienen un billete de ida en el vuelo de las 8:10 a Los Ángeles. El principio.

II.

Retrocede. Ahora es Febrero del 2001. Comienza en Nueva York el juicio por los atentados en las embajadas en Kenya y Tanzania. Declara un hombre musculoso y cetrino llamado Jamal El-Fadl. El-Fadl es un informante. Lleva casi tres años en el programa de protección de testigos. Vive entre cajas de pizza vacías. Es depresivo. Se le va la mano con las pastillas y las putas. Sus guardaespaldas están hartos de sacarle de líos. El-Fadl es la bala mágica del FBI. La bala tarada de la acusación contra Osama Bin Laden.

Retrocede aun más. Bin Laden es el hijo pródigo de una familia rica saudí. Cuando los soviets invaden Afganistán se marcha a ayudar a los muyaidines. Le han seducido. Le han lavado el cerebro. Le han convencido para que gaste los petrodólares de papá en bazookas y propaganda. En campos de entrenamiento. En misiles Katyushas montados sobre camionetas desvencijadas. Si eres muyaidín solo tienes que buscarle en Peshawar. Osama te comprará un lanzacohetes como quien le compra una piruleta a un niño. A cambio Osama compra rectitud. Compra estar en lo cierto. Osama tiene un amigo especial. Se conocieron cuando Mubarak y el Rey Hussein vaciaron sus prisiones sin hacer ruido. Miles de asesinos, mercenarios, conspiradores, profesores. Les pusieron a cada uno un billete de avión en el bolsillo. Id a Afganistán. No hace falta que volváis. Sed nuestros mártires. Uno de ellos era Ayman al-Zawahari. Un médico egipcio. Tenía mujer, hijos. Familia de catedráticos y embajadores. Por el día pasaba consulta. Por las noches conspiraba con los jihadistas. Repartía libros. Daba charlas sobre la corrupción que traen la democracia y Occidente. Hasta que los servicios secretos le detienen. Le torturan los doberman entrenados por la CIA. Allí, desnudo, atado en el suelo, con una vara de hierro metida en el culo, el odio vampiriza cada célula de su cuerpo. Cuando sale de la cárcel Al-Zawahari llega a Peshawar. Lleva el odio como un aureola santa. Conoce a Bin Laden. Es un amor de otros tiempos. Un flechazo vampírico. Pero el odio es una novia exigente. Al-Zawahari quiere a Osama solo para él. Le separa a de todos sus amigos. Osama no sabe decirle que no. Osama es su putita. Los dos se quedan solos. Nadie más les sigue. No les importa. Los dos se saben rectos. Los dos se saben en lo cierto. Son los últimos santos. Los hombres blancos.

Avanza. Dos cráteres en África. El-Fadl está sentado en el estrado. El-Fadl trabajó como emisario de Bin Laden y Al-Zawahari. Los investigadores del FBI le necesitan para acusar a Bin Laden. El FBI necesita usar la Ley de Organizaciones Corruptas. La misma que han usado durante décadas contra el crimen organizado. Contra la Mafia. Contra los carteles de la droga. Contra los Ángeles del Infierno. El FBI necesitan que El-Fadl testifique que Bin Laden es el líder de una organización criminal. El-Fadl está dispuesto. El-Fadl dirá lo que tú quieras. Se ha pasado a los americanos porque robó miles de dólares a Osama. El santo saudí ha puesto precio a su cabeza. La acusación muestra videos de Bin Laden paseando con arrogancia por Kandahar. Está rodeado de soldados. Los pasamontañas negros hacen que sus bocas sean gigantes. Llevan cuchillos al cinto. Apuntan sus Kalashnikov hacia el cielo. Disparan. Gritan. Odian América. En realidad son pistoleros contratados para ese día. Pagados por horas. Se han traído los Kalashnikov de casa. En realidad Bin Laden no tiene organización, ni seguidores, ni soldados. No tiene ningún ejército.
El video termina. Se encienden las luces.
Estos que hemos visto son miembros de la organización encabezada por Osama Bin Laden, ¿no es cierto Señor El-Fadl?
Sí, todos ellos.
¿Y cuál es el nombre que recibe esa organización, Señor El-Fadl?
Al-Qaeda.

III.

¿Control? Tenemos un problema. Tenemos un avión secuestrado en dirección a Nueva York. Necesitamos que los jets salgan a interceptarlo ahora mismo.
¿Quéeee? responde la mujer con voz de cacatúa.
Nadie en el Control de defensa se lo toma en serio. Te estás confundiendo con el entrenamiento de esta mañana, chico. En la pantalla un segundo blip da la vuelta. Después otro. La pantalla se llena de blips que maniobran como si monos rabiosos los estuvieran pilotando.
Llegan llamadas de pasajeros. Hablan bajo. Escondidos detrás de los asientos. Todos cuentan la misma historia. Unos hombres oscuros han acuchillado a las azafatas y a los pilotos con navajas multiusos. Se han encerrado en la cabina. En Control cunde el pánico. No se ha secuestrado un solo avión en el espacio aéreo americano desde hace veinte años. Ahora hay cuatro. Los secuestradores están en silencio. No responden a las llamadas. No negocian. No aterrizan. Los blips trazan estelas que son flechas. Los jets de combate salen a su encuentro. Van en dirección contraria. Los pilotos han sido entrenados para volar hacia el Este. Para interceptar un ataque de los rojos. Las radios chillan. Control les ordena dar la vuelta. Solo llegan a tiempo para ver un boquete humeante en el Pentágono. Ciento sesenta pisos de las Torres Gemelas comprimidos en treinta metros de cemento y metal fundido.

Mientras tanto en Florida un hombre lee un cuento a unos niños. Mi cabra favorita. El hombre se llama George Walker Bush. Es el presidente de los Estados Unidos. Soldado cobarde, hijo pródigo, santo bebedor, cristiano renacido. El principal mérito de Bush es que nadie entienda aún cómo ha conseguido llegar tan lejos. En otra época, en otro lugar, le habrían ahogado nada más haber nacido. Pero Bush es un muchacho excelente. Sabe hacerte reír. Sabe decirte siempre sí. Sabe hacerte sentir que no eres peor que él.
Uno de sus ayudantes le susurra en la oreja. Algo va mal, Presidente.
Bush se ha rodeado de un grupo de oportunistas que lleva treinta años entrando y saliendo por las puertas giratorias del Capitolio. Cheney. Rumsfeld. Wolfowitz. Perle. Visionarios. Pragmáticos. Demócratas revolucionarios. Unos tienen empresas. Otros tienen ideales. Todos han quedado antes o después desautorizados por la realidad o los demócratas. La última vez que se unieron fue para demostrar que la lefa de Clinton había manchado un vestido. Ha llegado el momento de volver a sumar fuerzas.
Hay un eje del mal, Presidente.
Afganistán. Iraq. Irán. Corea del Norte.
Hay que responder YA, Presidente.
El santo bebedor no sabe decirles que no. El santo bebedor es su putita.

Tres meses después las bombas antibúnker golpean las montañas de Tora Bora. Bombas que revientan las puertas del infierno. Columnas de humo, arboles desintegrados, truenos que acallan el canto de los pájaros. Los talibanes han sido borrados del mapa. Exterminados, fugados, esparcidos. No hay rastro de Osama Bin Laden. La Alianza del Norte insinúa a los americanos que el santo saudí está escondido en las montañas. Protegido por los suyos. Metido en una cueva. La Alianza del Norte no tenía un nombre hasta que la CIA se lo puso antesdeanoche. La Alianza es un grupo jefes tribales que odia a los talibanes por haberles prohibido traficar con heroína. Su misión es limpiar donde no lleguen las bombas yanquis. Capturar prisioneros. Acabar con la resistencia. Son el plumero de los americanos. La Alianza del Norte te vende talibanes al peso. Para sacarse un sobresueldo secuestram pastores. Tipos barbudos y sucios. Inocentes que encajan en un estereotipo. Pastores con un billete en primera a Guantánamo.
Las cadenas de televisión pasan en sesión continua el video de Osama paseando con sus mercenarios pagados. Tras el intermedio, flash informativo. Documentos gráficos que demuestran que el escondrijo de Bin Laden no es una cueva. Es un búnker. Una base de operaciones. Una ciudad subterránea. Un rascacielos al revés. Con oficinas, dormitorios, centrales hidroeléctricas, almacenes de armas, sistemas computerizados. Y no hay solo uno. Hay muchos. Horadan las montañas de Tora Bora. Aunque no los puedas ver, existen.
El viento empuja las nubes de polvo por encima de los riscos. La infantería entra. Todoterrenos llevan a los marines por caminos atroces. Las rocas destrozan los neumáticos. Caminan. Revisan cada uno de los montes. Encuentran cuevas vacías. Agujeros medio tapiados que huelen a mierda de cabra. Ropas sucias. Cajas de munición de tiempos de los soviets. Marines con cara de tonto las van cegando una a una. Bin Laden se ha disuelto en el aire. Alguien dice haberle visto cruzando la frontera subido en un borrico.

IV.

No importa que parezca increíble. Lo plausible puede enturbiar su sentido. Es de noche en Tailandia. Un hombre desnudo de cintura para arriba está sentado en un hotel de lujo de la costa. No le interesan los burdeles ni la playa. Un hombre de pie frente a él se quita la chaqueta. Deja ver dos manchas enormes de sudor en las axilas. Hay un tercer hombre en la habitación. Va vestido como un turista. No ha dicho ni una sola palabra desde que los tres se han encontrado. Está colocando meticulosamente unos electrodos sobre el pecho del hombre sentado. Unos tubos de goma alrededor de su abdomen. Un grueso brazalete acolchado en su antebrazo. Acerca una silla de mimbre. La coloca detrás de una máquina que parece una fotocopiadora pequeña. Se sienta. El hombre sudado se afloja la corbata. Murmura. Es difícil entender qué dice pero es una queja. Se saca la camisa del pantalón. Toma unas hojas. Comienza a leer preguntas con voz neutra. El hombre sentado las responde una a una. El hombre sentado se llama Adnan al-Haideri. Es ingeniero y es kurdo.
¿Ha conseguido Saddam Hussein armas nucleares o químicas?
Al-Haideri responde que sí. Que naturalmente. Que las ha escondido por todas partes. En sótanos, pozos, almacenes. Incluso en hospitales. Al-Haideiri responde que Saddam desayuna ántrax y merienda gas sarín. Que guarda cabezas nucleares debajo del lavabo.
Entre pregunta y pregunta se escucha el garabateo de las agujas del polígrafo. Febril. Más fuerte aún que la música que sale de las puertas entreabiertas de los clubs de alterne.
Cuando terminan el interrogatorio Al-Haideri se pone una camisa blanca. El hombre sudado le da una palmada en la espalda y le acompaña a la puerta. Bien hecho, ahora tómate algo. Enciende el aire acondicionado. Suspira con alivio. Se acerca al hombre silencioso que ahora está sentado en la cama. Está concentrado leyendo el papel continuo surcado de valles y picos.
¿Y bien?
Todo es mentira.

No importa que parezca increíble. La verdad puede ser muy ambigua. Casi al mismo tiempo en la frontera jordana un taxista está llevando a dos agentes del MI6 al otro lado de la frontera. Atardece. El trasiego de camiones levanta cortinas de arena. La arena filtra la luz con tonos rosas. Los dos agentes conversan entre largas pausas. El taxista no sabe mucho inglés. Quiere entender. Presta más atención. Escucha la palabra “Saddam”.
¿Saddam? Tengo una información quizá pueda interesarles.
El taxista trabaja las palabras. Le cuesta explicarse.
Dos años atrás llevé a dos oficiales iraquíes al otro lado de la frontera. No les prestaba mucha atención. Hasta que escuché la palabra “misiles”. Después escuché “45 minutos”.
Mira a los ingleses en el reflejo del retrovisor.
Eso puede significar algo ¿no?

Irak es una amenaza para sus vecinos. Para el mundo. No dejes que los detalles te estropeen una buena historia. Colin Powell aparece ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Colin Powell tiene un mensaje. Tiene fotografías. Mapas. Presentaciones en powerpoint. Si lo puedes ver, existe. Los materiales huelen a la Oficina de Influencia Estratégica. O a la Oficina de Comunicaciones Globales. O a la Fuerza de Operaciones de Información. Es lo mismo. Esos chicos son geniales. Pueden convertir una cueva mugrienta en un búnker. Manchas borrosas en tanques. Marcas grises en fábricas de gas nervioso. Esos chicos convierten conversaciones en un taxi en lanzaderas de misiles. Testimonios falsos en la prueba de que Saddam se relaja haciendo largos en una piscina de uranio.
La ONU se niega. El plan se retrasa. El santo bebedor está enfadado. Ordena que pinchen los teléfonos a Kofi Annan. Que le sigan a todas partes. Quiere ver sus trapos sucios. El santo bebedor está furioso. Propone pintar un avión con los emblemas de la ONU. Hacerlo volar sobre Irak hasta que los iraquíes muerdan el cebo.

Pocos meses después los americanos han borrado a Saddam de la faz de la tierra. Entra la infantería. Los marines visitan factorías, almacenes abandonados. Traen a Adnan al-Haideri del brazo. El ingeniero kurdo. Le conducen en todoterreno por Bagdad. Recorren medio país. Dinos. Dinos dónde están esos pozos, esos almacenes, esos sótanos. Al-Haideri se encoge de hombros. Allá donde van encuentran muros caídos. Maquinaria oxidada. Casuchas que huelen a orín. Marines con cara de tonto.

V.

Los hombres blancos no necesitan una organización. Tienen una idea. Cuando tienes una idea puedes franquiciarla. Puedes subcontratarla. No necesitas manuales ni métodos. Necesitas un plan. Por ejemplo, Bali. Una discoteca. Una bomba en una mochila. Otra en una furgoneta. La mochila explota primero. Los chispazos queman las paredes. La onda expansiva proyecta las mesas contra la gente. Los que no caen salen a la calle. Corren entre gritos. Las ropas quemadas. Sangran por los cortes. El humo les ha cegado. Chocan unos contra otros. Más gente sale de cafés cercanos. Se asoman para ver qué pasa. Entonces explota la furgoneta. Vierte fuego. Fertilizante y fuel oil inflamados. Nubes de plasma lo arrasan todo. Devoran el oxigeno. Crean un vacío. Si no mueres incinerado el cambio brusco de presión convierte tus pulmones en líquido.
Para qué necesitas una organización si tienes una idea. Bien empaquetada y servida. En un intervalo de tres minutos diez bombas revientan cuatro trenes de cercanías en Madrid. Trenes abiertos. Desmarañados. Residuo industrial para el desguace. Llegan las ambulancias. Suenan decenas de teléfonos móviles. Más fuerte aún que los lamentos de los supervivientes. Rapidez y servicio. Un año después tres bombas explotan en el metro de Londres. Suicidas con mochilas. Las hacen detonar justo cuando los trenes se cruzan. Los túneles se encargan de ampliar el efecto. Una hora después explota un autobús de dos pisos. La mitad de arriba sale volando. Medio autobús aterriza en Marble Arch.
A los hombres blancos nunca les falta alguien dispuesto a morir por su idea. En Noviembre de 2008 diez hombres salen de Karachi en una lancha. Van armados con AK47, granadas de mano, un revolver. Llevan localizadores y una bomba de ocho kilos cada uno. Se topan con un barco de pescadores. Lo abordan. Matan a los cuatro marineros. Obligan al capitán a llevarles a Bombay. Cuando están a siete millas de la costa le matan. Lo envuelven en redes. Lo tiran por la borda. Se suben de nuevo a las lanchas. Desembarcan en el puerto. Es de noche. Grupos de pescadores conversan mientras fuman. Miran a los diez hombres desconcertados. Más os vale meteros en vuestros asuntos. Los pescadores callan. Agachan la cabeza. Los diez hombres se dispersan. Llevan entrenando meses. Cuatro de ellos entran en dos cafés. Abren fuego a discreción. Cuando ya no se mueve nadie salen y toman dos taxis. Plantan allí sus bombas. El resto del comando se divide entre el hotel Taj Mahal y la estación de tren. A las nueve y media abren fuego contras los pasajeros. Tiran granadas en el hall del hotel. Se escuchan sirenas. Salen a la calle sin dejar de disparar. Van andando al siguiente objetivo. Conocen la zona. Se mezclan con la gente. Entran en un hospital. Saludan con plomo. Los médicos comprenden lo que pasa. Han escuchado las noticias del ataque por radio. Cierran las puertas. Encierran a los pacientes.
El comando del hotel Taj Mahal está rodeado por la policía. Algunos huéspedes tratan de huir. Atan sábanas. Salen por las ventanas. Otros se hacen fuertes en las habitaciones. Bloquean las puertas con mesas y camas. El asedio dura cincuenta horas. Los secuestradores se meten coca y metanfetaminas para seguir despiertos. Dragones indios. Un mal viaje. Una explosión sacude el hotel. Llueven cristales. Entra el ejército. Mientras tanto los otros miembros del grupo toman la sinagoga de Bombay. Torturan al rabino. Violan a su mujer embarazada. Les matan. Les mutilan. Las ventanas revientan. Entran los comandos. No queda nadie vivo ahí dentro.

VI.

El pueblo americano tiene que saber que no solo hay terroristas ahí fuera. Están también aquí. En casa.
La red del terror se ha infiltrado en Estados Unidos. Células durmientes. En Búfalo, Seattle, Detroit, Carolina del Norte. Células durmientes. El FBI detiene a cuatro chavales que han grabado sus vacaciones en Disneylandia. Una misión de reconocimiento. Quieren hacer saltar a Mickey Mouse por los aires. El FBI detiene a ocho tipos que juegan al paintball. Les acusa de entrenarse para cometer actos terroristas. Más células durmientes. Un grupo de pakistaníes son detenidos en España por posesión de lejía y amoniaco. La policía inglesa irrumpe en un apartamento de Londres buscando un arma química. Lo más peligroso que encuentran son archivos de imágenes de niñas en bolas.
Una nueva legislación terrorista. Dos semanas de detención sin cargos. Libertad para registrar a quien sea si hay sospecha. Fotógrafos, periodistas, turistas, manifestantes contra el G8. Una nueva legislación terrorista. Abajo las restricciones a la detención y expulsión de inmigrantes. Aquí no te queremos, chico. Abajo las restricciones a la intercepción de comunicaciones privadas. Si no tienes nada que esconder no tienes nada por lo que preocuparte. Una nueva legislación terrorista. Detén a los culpables YA. Para qué esperar a que suceda. No tener evidencia de algo no significa que no puedas actuar como si la hubiera.
No lo llame detención sin pruebas. Llámelo paradigma preventivo.
Arrestos extrajudiciales. Prisiones negras. LA CIA instala centros de detención en Pakistan y Rumania. Fuera de su jurisdicción. Donde las leyes no pueden tocarte. Allí no te da pan y agua. Te dan tus propios excrementos y una masa agusanada. Hace frío. Estas de pié todo el tiempo. Te despiertan cada cinco minutos. La luz nunca se apaga. Si no cantas te atan a una mesa. Te dan unos cuantos paseitos en submarino.
No lo llame tortura. Es una palabra muy fea. Llámelo técnicas de interrogación mejoradas.
Entonces sucede algo muy extraño. Donde no había nada comienza a haber algo. La realidad rellena los moldes que le han creado. Por ejemplo, nadie diría que un terrorista islámico puede nacer en Nuevo México. Nadie diría que un terrorista puede tener un blog. Página en Facebook. Canal en Youtube. Nadie lo diría porque no conoce a Anwar al-Awlaki. Al-Awlaki es el demonio. Inteligente, carismático. Ha estado en todas partes. Ha llevado su palabra por todo el mundo. Al-Awlaki era el imán con el que se reunían los secuestradores del 11S. Al-Awlaki era el imán con el que se carteaba el oficial del ejército que se peló a trece compañeros de un solo golpe. Go berserker. Al-Awlaki era el imán con el que chateaba el pobre diablo que quiso hacer volar Times Square con un coche bomba. Al-Awlaki era el autor de los libros que leía el hispano convertido que dejó secos a dos en una oficina de reclutamiento. Al-Walaki es un cachondo. Manda dos paquetes bomba a sinagogas de Chicago. En los remites escribe los nombres de un inquisidor español y de un conde francés decapitado en las cruzadas. Al-Awlaki es el hombre más peligroso del mundo. El primer ciudadano americano cuyo asesinato ha sido aprobado por el presidente. Se esconde en Yemen. El primer ministro es pariente suyo. Se ha casado con su prima. Al-Awlaki prefiere no dar la mano a las mujeres. Echa de menos cuando podía ir de putas a Las Vegas. Predicar con el ejemplo siempre es complicado.

VII.

En agosto del 2006 la policía aborta un plan para detonar líquidos explosivos en siete aviones con destino Estados Unidos. Bombas en bebidas energéticas. Tang y peróxido de hidrógeno. Caos en la aviación civil. La tecnología de escáneres no está preparada. No lo estará nunca. Se prohíbe llevar líquidos a bordo. Padres que son obligados a probar la comida de sus bebés ante la seguridad del aeropuerto. Urnas de metacrilato que se llenan de tijeras, espráis, mecheros. Ese mismo Diciembre un jamaicano intenta hacer estallar un avión en mitad del Atlántico. Lleva explosivo plástico en sus zapatos. Bolsas azules en los pies. Los pasajeros entran ahora descalzos. Pocos meses después un jeep cargado de propano se estrella contra la cristaleras del aeropuerto de Glasgow. Se levantan barreras. Empalizadas. Los aeropuertos se convierten en fortalezas. Un muchacho nigeriano se sube a un avión con una bomba en la bragueta. Espuma abrasiva le quema las pelotas. Pasajeros sin ropa en los aeropuertos. La rutina del cacheo. Mostrar la identidad. Fotografías al llegar y antes del embarque. Impresión de huellas dactilares. Máquinas que miden las pulsaciones. Sudores. Rayos X. Escáneres biométricos. Escáneres que te ven desnudo. Los pasajeros están furiosos. Los pasajeros se rebelan.

Bradley Manning tiene síndrome de Asperger. Trabaja como analista de inteligencia. Maldice cada día que va a la oficina. Le han degradado por pelearse con otro soldado mientras servía en Irak. Sus compañeros le ningunean. Les odia a todos. Maneja material clasificado. Cada día. Miles de cables. Comunicaciones. Videos. Un día se cruza con unas imágenes. Un helicóptero Apache que ametralla a un grupo de hombres. No llevan armas. Son cámaras. Los pilotos se ríen. Después destrozan una furgoneta escolar que llega para socorrer a los heridos. Los pilotos se jactan. Manning está furioso. Está indignado. Ha oído hablar de una organización de hackers. Les investiga. Encuentra videos. Conferencias de un tipo de pelo blanco y absurdo. Entra en contacto con él.
Bradley Manning ya no maldice cada día que va a la oficina. Lleva siempre un CD de Lady Gaga. Telephone. Abre la bandeja. Lo pone. Coloca los auriculares. Mueve los labios. Finge que canta. Está descargando megabytes de documentos secretos. Bradley Manning por fin sonríe.

“Puedes llamar cuanto quieras. Ya no hay nadie en casa.”

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