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Leyendas y conspiraciones (I)

Lunes, marzo 7, 2011

Hace unos pocos años, en los postres del banquete de boda de unos amigos, uno de los invitados con el que compartía mesa contó el caso, que a su vez le había relatado su primo, de otro casamiento en el que el novio había sido decapitado porque a sus amigotes se les había ocurrido la brillante idea de “mejorar” el consabido ritual del corte y subasta de la corbata añadiéndole una motosierra. El comensal, pobre, juraba y perjuraba que aquello era cierto y se esforzaba en darle veracidad a una historia que todos allí, y supongo que ustedes también, habíamos escuchado decenas de veces: La leyenda urbana del novio que pierde la cabeza por culpa de una sierra mecánica.

La prueba de la existencia de las calcamonías cachondas.

Era asombroso comprobar como alguien, ya crecidito, seguía transmitiendo este tipo de historias totalmente convencido de su veracidad. Tan poderosas resultan. Leyendas urbanas como esa nos han acompañado a todos durante la infancia, extendidas en el patio de recreo, en hogueras de campamento, mediante susurros o fotocopias de fotocopias ya granulosas, que a veces incluían sellos oficiales o el logo de alguna prestigiosa empresa. Leyendas sobre calcamonías bañadas con LSD. Sobre las jeringuillas con SIDA que los drogadictos dejaban a propósito en las butacas de los cines. Sobre la nueva estrategia de ETA que consistía en desperdigar por la ciudad mecheros y llaveros explosivos. Leyendas sobre el código de signos con el que los ladrones marcaban los portales para señalar domicilios apetitosos. Listas de aditivos y conservantes cancerígenos (¡el temido E-330!). Uñas de rata en las hamburguesas del McDonalds y luego, cuando llegaron los primeros restaurantes chinos, de los platos de gato en salsa agridulce. La leyenda de Verónica, la chica muerta, que se te aparece en las noches de tormenta si la convocas repitiendo su nombre tres veces delante del espejo. O la de las tetas de Ana Obregón, que explotaron en un avión a 15.000 metros de altura, o de la orgía zoofila de una adolescente, Ricky Martin y un tarro de mermelada que aún muchos dan por cierta. Estos son solo algunos ejemplos de la forma que ha tomado en nuestros tiempos el folklore, la tradicional trasmisión popular de historias, y que tan ligada está con esa otra forma, la teoría conspirativa, esta sí moderna, de la que les hablaré en una segunda entrega. Pero no nos adelantemos.

Un caso CSI.

Las leyendas urbanas son tan parte de nuestra cotidianeidad que es casi inútil discutir sobre su realidad. Podemos estar seguros de que no hubo un germen real en el caso de la motosierra y el novio, pero no es descartable que la aparición de la leyenda urbana haya llevado a alguien a imitarla. La ficción ademas se retroalimenta con ellas. Así el episodio Scuba Dobbie Doo de la quinta temporada de CSI se abría con un hombre rana muerto que aparece entre las ramas carbonizadas de una árbol tras un incendio, repitiendo la leyenda del buceador elevado a los cielos por un hidroavión apagafuegos. O la historia de la familia a la que se le muere la abuela en mitad de las vacaciones y que para evitarse papeleos con el transporte la sube en la baca del coche, que a su vez es robado en un descuido causando un infarto al ladrón cuando este descubre tan macabra carga. Ese sucedido, con variantes, que ya fue mencionado en 1930 por Anthony Burguess y es que es glosado en el Celtiberia Show de Luis Carandell, aparece en el episodio de Canción Triste de Hill Street titulado Los ladrones de cadáveres mutantes del Tercer Mundo.

Por contraposición a las narraciones de hechos extraordinarios que se contaban frente al fuego en medio de la aldea tribal o del caserón rural, y por ser presuntamente contemporáneas, se denomina a estas leyendas como “urbanas.” Pero en cuanto uno empieza a indagar sobre sus orígenes es posible descubrir que lejos de ser modernas, una gran parte de estas leyendas entronca con mitos y arquetipos atávicos. Es una arqueología fascinante.

La chica de la curva te quiere vender un coche.

Así por ejemplo, el primer caso documentado de novio al que el humor de sus amigotes le juega una mala pasada se puede encontrar en la Cataluña del siglo XIX. La leyenda de Verónica o Bloody Mary ya fue recogida y reconfigurada por Rubén Darío y Apollinaire a comienzos del XX. En los rumores sobre calcamonías alucinógenas resuenan los ecos de la manzana de Blancanieves o de los caramelos envenenados que se decía que los clérigos daban a los niños durante la República. El código de los ladrones es en realidad una deformación del uso de signos que hacían los vagabundos de finales del XIX y principios del XX para marcar si en una casa o aldea iban a ser bien recibidos. Los pechos de silicona explosivos son en realidad una reformulación de los rumores sobre azafatas a las que les explotaban los primeros sujetadores hinchables allá por los años 50. Pero son en especial las leyendas urbanas que hacen referencia a espectros, aparecidos y seres del más allá las más antiguas y las que más tiempo llevan acompañándonos Son tan viejas como el mundo. Muchas de ellas sirven como primera toma de contacto del adolescente con la realidad de la muerte. Casi todas se basan en el arquetipo del psicopompo, un espíritu a caballo entre los dos mundos, que Jung interpretaba como el mediador entre consciente e inconsciente, y que aparece en mitos de todo el mundo como acompañante de los vivos en su tránsito al mundo de los muertos. Los ejemplos mitológicos se remontan al dios Anubis egipcio, en la literatura a Virgilio, el guía de Dante, y a Peter Pan, que acompañaba a los niños recién difuntos para que no pasaran miedo. En la cultura popular tenemos los búhos de Twin Peaks y el Holandés Errante de Piratas del Caribe. El psicopompo también está detrás de la figura de la chica de la curva, esa autoestopista vestida de blanco que se aparece a los conductores en determinados y muy específicos lugares (las curvas de L’Arrabasada en Barcelona o las siete curvas de Navacerrada en Madrid), y que antes de desaparecer, normalmente con un grito, avisa de los peligros de ese tramo en el que ella precisamente murió años atrás. La incorporación del coche a la narración es solo la actualización de una historia que ya se encuentra en la Inglaterra de fines del XIX, sustituyendo al automóvil por unos caballos, en los Estados Unidos del siglo XVIII, en la que una joven fantasmal se aparece a los viajeros de un trineo, e incluso en la Biblia, en los Hechos de los Apóstoles, cuando el apóstol Felipe se aparece a un eunuco que viaja en carromato y desaparece llevado hacia los cielos por el Señor una vez ha terminado de aleccionar al pobre conductor sobre las bondades del Reino de los Cielos.

E-330: El más peligroso y cancerígeno.

No menos fascinante es la genealogía de una leyenda urbana relacionada, la del chico que conoce en una fiesta a una joven bella, pálida y enigmática que siempre tiene frío. Ella le pide que la lleve a casa y él le cede su chaqueta (o abrigo o bufanda, dependiendo de las versiones). Al volver a casa de ella al día siguiente para reclamar su prenda, recibe al chico una mujer afirma que allí no vive ninguna muchacha. La hubo, su hija, muerta ya desde hace tiempo. Cuando el chico, para convencerse, visita la tumba de la joven encuentra la chaqueta prestada sobre la lápida. En esta leyenda vemos un nuevo caso de psicopompo investido en una figura femenina, que en esta ocasión cruza al otro lado para amar a un vivo. Una historia que se encuentra también en el sustrato de La Sirenita de Hans Christian Andersen o de la medieval Melusina de Jean D’Arras, y cuyos orígenes pueden trazarse hasta las narraciones de Gan Bao, un poeta chino del siglo V de nuestra era, en las que la prueba de la presencia de la mujer de ultratumba era un pedazo de túnica blanca. Esta leyenda urbana es especialmente importante porque reúne las dos características más distinguidas de esta forma de folklore. Por un lado, su mencionada recurrencia, sus profundas raíces en formatos y caracteres que conviven con la humanidad desde sus albores. Por otro lado que son narraciones que sirven de advertencia, precautionary tales que ayudan a conformar una comunidad. Las leyendas urbanas son siempre admonitorias, pedagógicas y estereotípicas. A menudo administran justicia poética contra ladrones y malhechores. Contra extranjeros y maricones. Definen claramente los comportamientos que son aceptables y los que no lo son. Avisan de peligros, de lineas que no se deben cruzar, sirven para alertar de amenazas invisibles y nuevas. Es decir, las leyendas urbanas son fundamentalmente conservadoras.

La leyenda de la chica muerta y la chaqueta constituye una advertencia contra lo que supone iniciar una relación fuera del grupo cercano de amigos y conocidos. El “Bienvenido al club del SIDA” escrito con carmín en el espejo que encuentra un chico al despertar tras una aventura sexual nos previene contra los riesgos de la promiscuidad. Las historias de amantes que han de ir a urgencias porque no pueden separarse apuntan contra el sexo prematrimonial, ilícito y no sancionado por la moral imperante (como también hacen los asesinatos postcoitales en slashers como Halloween o Viernes 13). Las explosivas tetas de Ana Obregón avisan de los peligros de la cirugía estética y del exceso de vanidad; no en vano la leyenda estalló (risas) cuando estos tratamientos comenzaron a hacerse más comunes en nuestro país. Las supuestas radiaciones letales de los microondas o de los teléfonos móviles, capaces se dice de cocer un huevo a distancia o de inflamar gasolina, resumen nuestro miedo a las nuevas tecnologías. Las calcamonías con LSD quieren prevenir a los niños de la amenaza de las drogas. El poder corrosivo de la Coca-Cola, la carne de rata en las hamburguesas o en los restaurantes chinos nos advierten contra lo foráneo, contra lo extranjero, como también sucede con la historia de esa familia que compra un tronco del Brasil relleno de tarántulas o que se encariña con un perro cuando están de vacaciones por el trópico, se lo traen y descubren con horror que el bicho es demasiado voraz y dentudo para ser un can. Del mismo modo, la leyenda sobre el código de los ladrones es una forma de protección comunal contra los males de fuera, El Mal organizado contra el que solo cabe permanecer unidos, avisados y en guardia.

El código del hampa: Otra muestra del folklore trasmitido con fotocopias.

Es aquí cuando llegamos a una clase de leyendas urbanas especialmente siniestras. Las que se emparentan con la crónica negra. Las que se refieren al tráfico de órganos y a los sacrificios de niños. Historias de personas que están de vacaciones en algún país lejano y que se despiertan débiles, con dos incisiones en la zona lumbar y sin riñones. O historias de niños y jóvenes sacrificados en orgías o rituales satánicos o a los que se despoja de fluidos corporales para alimentar la sed de sangre y juventud de unos cuantos ricachones, argumentos que por ejemplo resuenan en las hipótesis más heterodoxas sobre los crímenes de Alcasser. Los dos son claros casos de leyendas urbanas. Unas advierten contra los peligros de viajar fuera y visitar otros países. Las otras nos previenen de dejar a nuestros hijos libres por las calles y en ellas reside nuestra desconfianza natural contra los poderosos e incluso contra la primera industrialización; no en vano a principios del siglo XX se decía que los niños secuestrados se usaban para engrasar locomotoras y maquinarias. Pero al mismo tiempo ambos tipos de leyendas se fundamentan en realidades. No existe un trafico de órganos como tal, pero si existe un mercado. Personas en los países en desarrollo, especialmente la India, empujados por la miseria, que venden sus riñones por no demasiado dinero y sin conocer exactamente las consecuencias de tener un riñón menos.

Díaz de Garayo: El primer serial-killer español.

Las leyendas del “Tío Garrampa”, “El hombre del unte”, del hombre del saco o del hombre de los caramelos también han tenido su correlato real. Ahí están los casos de la Condesa Bathory, y en España, el de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, asesino en serie del 1880 que vendía la grasa de sus victimas como remedio contra la tuberculosis, y el de Enriqueta Martí, la llamada vampira de Barcelona, cuyas conexiones con la alta sociedad barcelonesa de primeros del siglo XX nunca quedaron esclarecidas. Es ahí donde las leyendas urbanas se dan la mano con las conspiraciones. Porque estas narraciones suponen la existencia de un grupo organizado, secreto, oscuro e influyente, que es capaz de cometer atrocidades y de obrar como se le antoje desde las sombras. Es ahí donde las leyendas urbanas se transmutan en teorías conspirativas.

(Concluye continúa el próximo jueves).

Este texto se construye a partir de dos estupendos libros sobre la materia: Leyendas Urbanas de A. Ortí y J. Sempere (Martínez Roca, 2000) y La autoestopista fantasma de J.M. Pedrosa (Paginas de Espuma, 2004).

 



 



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13 comentarios leave one →
  1. tigrona permalink
    Lunes, marzo 7, 2011 1:59 pm

    calcomanias con lsd? donde las venden? 😛

  2. Andrés permalink
    Lunes, marzo 7, 2011 3:52 pm

    Jem, el carácter de mi hijo pequeño se parede demasiado a los síntomas derivados de las “calcamonías cachondas”. Hablaré con su madre a ver qué tipo de pegatinas le ha puesto últimamente :DDD

  3. Lunes, marzo 7, 2011 8:29 pm

    Muy buena y acertada introducción a este tema que me fascina desde hace décadas. Efectivamente coincido plenamente con usted que las “leyendas urbanas” pese a su origen ¿espontáneo? (¿Como los chistes?) enraizan en los inconscientes colectivos. A mí más que leyendas, a veces prefiero hablar de mitos que de una manera reflejan nuestros miedos, nuestros anhelos y acaban condensándose en esos memes fascinantes…

    Esperamos con avidez sus próximas entradas en el blog…

  4. Martes, marzo 8, 2011 1:41 am

    Gracias, Paolo. Lo referente al orígen de estas historias es apasionante, es cierto. Ultimamente me fascinan las historias asombrosas o sobrenaturales que son tomadas como ciertas pero que en realidad están basadas en relatos literarias, como el caso de la teleportacion en el tiempo y en el espacio de un tal Rudolph Fenz o el del ataud que recorrió la peninsula dejando un reguero de muertos.

  5. Martes, marzo 8, 2011 7:58 am

    espero recordar que una vez estuve aquí

    saludos

  6. Martes, marzo 8, 2011 11:55 am

    Me ha encantado. Ha recopilado usted toda la información de forma coherente en un solo articulo. La última leyenda urbana que vi fue Hostel.

  7. Martes, marzo 8, 2011 4:09 pm

    Es posible que estas leyendas urbanas estén sustituyendo a los cuentos y fábulas clásicos como mecanismos de aprendizaje, por eso han heredado ese esqueleto conservador que tienen los cuentos tradicionales. Los cuentos que recopilaron los Grimm, o Propp se pueden encontrar en muchas culturas distintas. Para un niño de ciudad la historia de Caperucita no tiene sentido, el bosque es algo completamente desconocido, y por eso aparecen nuevas formas de inculcar el temor a lo desconocido.

  8. Martes, marzo 8, 2011 5:18 pm

    Una leyenda urbana en la que coinciden el terror a las drogas y lo truculento es la de los bebés asesinados para rellenarlos de cocaína o heroína. No hace mucho la vi publicada por enésima vez.

    snopes.com: Drugs Smuggled in Dead Baby

    Y, frente al tratamiento que dan a estos asuntos Iker Kiménez y otros mangantes de su cuerda, el programa Objetivo EuskadiObjetivo Euskadi, de ETB2, dedicó varios espacios a desactivarlos. En su día pude ver el del Sacamantecas de Vitoria y me pareció excelente.

  9. Martes, marzo 8, 2011 5:32 pm

    Impresionante. Deseando ver la conclusión.

  10. Martes, marzo 8, 2011 9:57 pm

    Un gran artículo sobre las calcomanías con LSD en España

    LEYENDAS SIN DESPERDICIO

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