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Ballard contra Lovecraft

Martes, abril 19, 2011

Hace unos meses, encontré en Ballardian.com, web dedicada al universo de JG Ballard, un interesante articulo que comparaba las literaturas del recientemente fallecido escritor británico, santo de devoción en esta casa, y la del genio de Providence, HP Lovecraft. Jamás se me habría ocurrido relacionar a estos dos escritores que como mínimo tienen en común el haber sido dos de los autores más importantes del siglo XX, creadores de obras de influencia radical y universos propios (hasta el punto de que el término “ballardian” está incluido en el Collins English Dictionary). Por eso me interesó indagar más, investigar las similitudes y diferencias entre ellos.

“Nunca leí a Lovecraft,” confesó una vez Ballard.

Empezamos mal.

Y entonces, ¿por qué proseguir con el ejercicio? Primero porque es divertido, como uno de esos mash-ups de monstruos que hacía la Universal en los 40. Segundo porque lo merecen y tercero porque de su comparación pueden extraerse interesantes apuntes sobre el siglo pasado y su cultura. Así que allá vamos con el escalpelo.

JG Ballard (1930-2009).

Queda claro que las relaciones directas entre ambos autores son escasas. Podemos contar por ejemplo que En las montañas de la locura (1936), en la que un grupo de expedicionarios antárticos encuentra entre los hielos las ruinas de una ciudad imposible,  guarda similitudes con el relato de Ballard titulado Zona de espera (1965), narrado por un hombre que ha de permanecer dos años aislado en un puesto de observación en un planeta lejano y que allí descubre las inscripciones dejadas por una antigua raza extraterrestre sobre enormes monolitos de piedra, una raza que espera regrese a reclamar ese mundo antes o después. Por otro lado, el relato Prisionero de los abismos de coral (1964), incluido en 1994 en la antología en tributo a Lovecraft titulada The Starry Wisdom, posee una cercanía superficial con el universo del autor americano. Como sucede en varios relatos lovecraftianos -por ejemplo La sombra fuera del tiempo (1936)- el narrador de Prisionero de los abismos de coral es poseido por visiones de vegetación prehistorica y monstruos antidiluvianos. Pero ese regreso al pasado atávico es tipicamente ballardiano pues sucede de manos de un arquetipo tan jungiano como es el imago, mujer atractiva y enigmática que conduce al protagonista a sumergirse en ese viaje a un mundo ancestral.

Pero aparte de su notable influencia y de la facilidad con la que sus estilos y preocupaciones pueden ser reconocidas por cualquier lector, no parece que mucho más una a estos dos titanes. Uno fue un escritor de terror ocasionalmente cercano a la ciencia ficción, creador de una mitología, profundamente anti tecnológico, racista y recluido en vida. El otro fue un escritor de ciencia ficción, dura primero, “interior” después, casi un analista social preocupado por las cicatrices y traumas que la época moderna deja en nuestras mentes. Pero debajo de esas evidentes apariencias y de la falta de conexión directa, les une su decisión de tomar las mimbres de sus respectivos géneros para hablar sobre lo que ellos veían como la irrupción de una nueva posición de los seres humanos con respecto al mundo.

Esto puede comprobarse el comparar el papel que ocupan la ciencia y la tecnología en la obra de ambos escritores. Lovecraft, que vivió en las primeras décadas del siglo XX, sirve de puente entre la literatura gótica y decadentista, en especial de Poe o Lord Dunsany, y la era del auge de la ciencia y la racionalidad. Los elementos que en sus primeras obras son fruto de sueño y evocación, culto y religión, adquieren hacía el final de su producción tintes cada vez más racionales y materialistas. Así por ejemplo Lovecraft teje una historia alternativa de La Tierra en En las montañas de la locura, una historia de sucesivas invasiones de dinastías extraterrestres, que no deidades, y en El que susurra en la oscuridad (1930) se refiere a Yuggoth como un planeta físico (trasunto de Plutón, descubierto  ese mismo año por CW Thompson). Lovecraft incluso llega más allá. En el estupendo relato Los sueños de la casa de la bruja (1933) identifica hechicería con las matemáticas. Su protagonista, un joven estudiante de física cuántica, invoca con sus cálculos figuras malignas y realiza viajes astrales a realidades que son abstractas, habitadas por criaturas de formas geométricas que pueblan paisajes que son campos vectoriales, fuerzas arcanas cuya expresión en nuestra realidad a lo largo de la historia han sido brujas, trasgos y vampiros. Para Lovecraft por tanto la ciencia y la razón son puertas a un abismo  de horror, un mirador al caos primigenio que subyace en el universo y cuyo conocimiento nos precipita hacía la locura total. Así lo deja claro en su relato titulado Arthur Jermyn (1921):

La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será la que quizá aniquile definitivamente a la raza humana, porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales.

Por eso, y aunque Lovecraft no tenía una posición anticientífica en sentido estricto, no es sorprendente que sus seguidores sí dieran ese paso, llegando a relacionar a los Primigenios con las consecuencias negativas de los avances tecnológicos, como sucedía por ejemplo en el relato La sombra que huyó del chapitel (1950) de Robert Bloch, que une el apocalipsis atómico con el regreso de los dioses oscuros.

Ballard en cambio escribía ya en pleno siglo XX, después de la II Guerra Mundial y bajo la sombra de una razón que había sipo puesta al servicio del mal y del control social. La actitud de Ballard hacia la ciencia es aún así ambivalente, como la de Lovecraft, y en sus obras es común la presencia de un científico-demiurgo que actúa como guía del protagonista a una realidad intangible, la auténtica realidad de las cosas. En Super-Cannes (2000) es el Dr Penrose quien muestra el camino de la psicopatía, la única forma de cura a las ansiedades del mundo moderno. En el relato Fiebre de Guerra (1989) un tal Dr Edwards revela a un miliciano que la guerra en el Líbano se perpetúa porque es en realidad un experimento sobre el contagio del virus de la agresividad. En Crash (1973), seguramente su novela más famosa, el Dr Robert Vaughan introduce al narrador, Ballard mismo, a los placeres de una nueva sexualidad nacida del choque entre cuerpo y tecnología. Y en Playa terminal (1964) un hombre obsesionado por la muerte de su familia se refugia en una isla en la que se han llevado a cabo pruebas nucleares y allí, entre ruinas y desolación, encuentra a dos científicos que le muestran que la devastación auténtica se encuentra en realidad en su interior.

Ambos autores comparten por tanto su búsqueda por describir situaciones, lugares y conceptos que están más alla de lo aparente y de lo cotidiano. La literatura de Lovecraft es una pugna constante por superar la “crisis de representación” (en palabras de Erik Davies) que se produce cuando vislumbramos lo que aguarda más allá del umbral de lo palpable. Su lucha es la lucha en busca del adjetivo que mejor describa esas realidades inconmensurables sin forma ni nombre que nos acechan, una búsqueda que se complementa a menudo con expresiones ligadas a la geometría como “espacio no-euclidiano” o “ángulos obscenos”. Un ejemplo de esa dificultad para asir una realidad abrumadora que tanto interesaba a Lovecraft puede encontrarse en este fragmento de El color surgido del espacio (1927):

El color, que se asemejaba extraordinariamente al de algunas de las franjas que se veian en el extraño espectro del meteorito, resultaba casi imposible de describir y solo por analogia podia decirse de aquello que era un color.

Ballard se mueve en términos parecidos, trata de hacer caer el velo de la normalidad, el velo de lo real, y en su intento de aprehender lugares no visitados construye paisajes insólitos, paisajes primordiales de abundancia y brutalidad, de abandono y desechos que son expresión de fuerzas interiores también inefables y problemáticas. De ahí que exista un punto de contacto claro entre los dos autores cuando ambos describen sus visiones de ruinas y deterioro, ruinas inmemoriales para Lovecraft, futuras para Ballard. Por ejemplo, en La ciudad sin nombre (1921) el de Providence escribe:

Perdida en el desierto de Arabia se halla la ciudad sin nombre, ruinosa y desmembrada, con sus bajos muros medio semienterrados en las arenas de incontables años,

mientras que el de Shangai describe en El día eterno (1967) la abandonada aparición de unas ruinas en las costas del Norte de África de la siguiente manera:

Más allá de las dunas, los chapiteles de los viejos depósitos de agua y los bloques de apartamentos a medio terminar, las ruinas romanas de Leptis Magna emergían desde la oscuridad.

HP Lovecraft (1890 -1937)

Y sin embargo es aquí también donde radica la principal diferencia, el casi conflicto podríamos decir, que existe entre Ballard y Lovecraft: El origen de nuestras problematizaciones y desvelos. Por un lado, los relatos de Lovecraft, a menudo escritos en primera persona, narran la aventura de descubrimiento de ídolos, cultos, ruinas o libros arcanos que hacen acceder al protagonista a un mundo trascendente y terrible que efervesce a su alrededor, asediándolo hasta terminar rompiendo su cordura. Las invasiones y las agresiones de ese orbe exterior suelen ser más psicológicas que físicas. Pero mientras que Lovecraft estaba interesado en cómo el mundo externo afectaba al mundo interno, Ballard exploró cómo lo psicológico, lo íntimo, se manifiesta en el mundo exterior. Así sus novelas El mundo de cristal (1966) o Rascacielos (1975) tratan sobre la expresión de las fuerzas dormidas de la psique en la realidad presente, ya sea en forma de paisajes cristalizados o de violencia que hace regresar a los humanos a un estadio prehistórico.

Es por eso que la literatura de Lovecraft es una literatura del temor.  Al mar, al hielo, al espacio, a la decadencia, al diferente, al extranjero, que eran los pavores que poseían al mismo Lovecraft. La de Ballard en cambio era una literatura que aceptaba esos temores elementales y se decidía a investigarlos y con ello a sublimarlos.

Como sus contemporaneos, Lovecraft estaba aterrorizado por las implicaciones de la Teoría de la selección natural enunciada por Darwin en El orígen de las especies (1859) y temía la posibilidad de la regresión de los humanos a estadios inferiores de evolución, la certeza de la decadencia, de la ruina de la sangre y las dinastías, ya fuera como una involución en forma de regreso al mar, como en La sombra sobre Insmouth (1936), o al primate, como en Arthur Jermyn.

Ballard en cambio, como buen freudiano, conocía la naturaleza de sus miedos y ansiedades y dedicó toda su obra a analizarlos. Muchas de sus obras pueden verse de hecho como expresiones literarias de la dicotomía entre el principio de realidad y principio del placer que Freud articuló en El malestar en la cultura (1929), y que aparecen en novelas como Rascacielos o Noches de la cocaína (1996), ambas basadas en la premisa de que la civilización se construye sobre la supresión de las pulsiones que subyacen el comportamiento humano.

Lovecraft veía en las extensiones heladas de la Ántartida o en los fríos estelares la muerte y la aniquilación. Las llamadas del William Dyear de en En las montañas de la locura a detener nuevas expediciones al Polo Sur son análogas a las llamadas a interrumpir el programa Apollo del Charles Kandinski (trasunto del primer “contactado” por extraterrestres, George Adamsky) del relato de Ballard titulado Los cazadores de Venus (1967). Son llamadas a no despertar los terrores que yacen más alla de lo consciente, ya sean Primigenios durmientes o venusinos hostiles. La diferencia entre ambos es que Ballard era consciente de esos miedos.

Lovecraft, quien más de una vez despreció explicitamente a Freud y al psicolanálisis, se mantuvo radical en su negación de la importancia real de esas fuerzas subterráneas. Para Lovecraft si un contenido permanece oculto a la conciencia está mejor así, escondido, porque traerlo a la luz solo puede conducir a la locura. Así lo deja claro en la primera frase de La llamada de Cthulhu (1926):

A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido.

La obra de Lovecraft parece por tanto profundamente anti psicológica, aunque no lo sea en esencia por tres razones: Primero porque como decíamos está preñada de un pavor a lo desconocido. En segundo lugar porque es frecuente que en sus relatos el lector sepa antes que el protagonista que fuerzas sobrenaturales están acechándole, mientras el narrador se aferra a explicaciones racionales. Así, al colocar al lector en un plano más elevado de lucidez, Lovecraft subraya la división entre consciente e inconsciente. Y en tercer lugar porque como sucede en Los sueños de la casa de la bruja o en La sombra fuera del tiempo los sueños constituyen un portal por el que ese exterior innombrable y gélido se cuela en la realidad cercana, del mismo modo en el que en teoria psicoanalítica el sueño es la puerta por la que los contenidos del subsconsciente alcanzan la superficie de la psique.

Para terminar, hay que mencionar un aspecto importante que Ballard y Lovecraft tenían en comúnla enorme influencia que la pintura tuvo en sus imágenes literarias. Como forma de asir esos paisajes indescriptibles y alterados, ambos hacían frecuentes referencias a obras pictóricas. Así que después de esta parrafada que les acabo de soltar concluyamos divirtiéndonos con unos pocos ejemplos:

Sobre el paraje entero se percibía una vaga sensación de inquietud y opresión, un matiz de tonalidad irreal y grotesca, como si se hubiera distorsionado algún elemento esencial de la perspectiva o el claroscuro […] El paisaje guardaba una extraordinaria semejanza con los óleos de Salvator Rosa,

El color surgido del espacio.

Paisaje con Mercurio y leñador deshonesto (Salvator Rosa, 1649).

En la azul luz del desierto me recordó a las madonnas que él había visto en el Louvre dos días antes de su puesta en libertad cuando salió de la sucia prisión en busca de las cosas más bellas del mundo, las chicas de 13 años de cara solemne y más que hermosas que habían posado para Leonardo y Bellini,

Los locos (1962).

Virgen con niño y dos santos (Giovanni Bellini, 1490).

Las ramas de los árboles apuntaban hacia el cielo, coronadas por lenguas de un horrible fuego y sinuosos chorros de aquella horrenda iridiscencia trepaban por las vigas de la casa, al tiempo que cubrían la cuadra y los cobertizos. Aquella escena parecía sacada de una fantasmagórica vision de Fuseli,

El color surgido del espacio.

La pesadilla (Henry Fuseli, 1781).

Permanecia inmóvil entre las rocas, como una visión pre-rafaelita de la madonna de ojos oscuros de una antigua comunidad de pescadores.

Prisionero de los abismos de coral.

Madonna Pietra degli Scrovignia (Marie Spartali Stillman, 1884)

Grandes bloques cuadrados y bajos con lados completamente verticales y líneas rectangulares de paredes verticales como las de los antiguos castillos asiáticos adheridas a las montañas que aparecen en los cuadros de Roerich,

En las montañas de la locura.

Tibet. Himalaya (Nicholas Roerich, 1933).

Aquellos extraños paisajes, inspirados por sueños que los suyos propios no alcanzaban a reproducir, llenaron a Halliday con un profundo sentimiento de nostalgia. Sobre todo El eco de Delvaux que mostraba a una mujer desnuda caminando entre inmaculadas ruinas bajo un cielo de medianoche.

El día eterno.

El eco (Paul Delvaux, 1943).

8 comentarios leave one →
  1. daniel permalink
    Martes, abril 19, 2011 10:17 am

    Me ha encantado… he leído alguna cosa de lovecraft, tengo el primer volumen de las obras completas de valdemar y debo decir que un cuento que suelo ir leyendo es el de la ciudad sin nombre.

    Voy a tener que leer también a ballard que los fragmentos que has puesto me han gustado bastante

    Gracias por la entrada un saludo

  2. salva permalink
    Martes, abril 19, 2011 1:20 pm

    Ocurre a menudo que quien escribe sobre literatura, no sé si para parecer más listo o más culto o porque no es capaz de hacerlo mejor (imagino que una combinación de ambas razones), resulta pesado, innecesariamente denso…

    La claridad expositiva marca de la casa Zito se agradece siempre.

  3. the whisperer in cottolengo permalink
    Martes, abril 19, 2011 10:08 pm

    Gracias por tu iluminador texto, Zito.

    Normalmente la crítica literaria vomita cuatro referencias que el autor ha encontrado por ahí pero se nota que tú te has tomado el trabajo de leer las obras de las que hablas.

    ¡Sigue así!

  4. Martes, abril 19, 2011 10:32 pm

    Gracias por sus comentarios!

    Aprovecho para dejar por aqui un enlace que me ha pasado por Twitter Juanma Santiago. Un articulo que habla sobre la importancia de la pintura en la obra de JG Ballard.

    http://www.revistahelice.com/revista/Helice_13.pdf

  5. Jueves, mayo 5, 2011 8:47 am

    Me he reservado este post unos días porque quería leerlo con calma y sólo diré WOW!

  6. Martes, octubre 14, 2014 3:42 pm

    Hola, alguien me puede explicar el final de el cuento de Ballard “El dia eterno”, lo lei varias veces y por momentos pienso que Gabrielle Szabo es la muerte, la oscuridad y Mallory la luz y la vida. En fin, sin dudas lo pensó así para que nos rompamos la cabeza tratando de entender el final. Saludos

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