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Invasiones (I)

Jueves, mayo 12, 2011

En Noviembre de 2009, el re examen del meteorito Allan Hills 84001, una roca de unos dos kilos desprendida hace 16 millones de años del planeta Marte y caída sobre la Antártida reveló que las extrañas formas que lo marcaban eran probablemente restos fosilizados de bacterias marcianas. “Los extraterrestres casi seguramente existen,” dijo con su voz computerizada Stephen Hawking unos meses después. El genial físico también advirtió a la humanidad contra la posibilidad de un contacto con seres inteligentes procedentes de fuera de nuestro planeta. Según él, el resultado para la raza humana sería similar al que sufrieron las culturas pre-hispánicas tras el desembarco de Cristobal Colón. Pocos meses después, las imágenes tomadas por la sonda Cassini a su paso por Encelado, la sexta luna de Saturno, revelaron la muy probable existencia de un océano de agua salada bajo su helada superficie. En Septiembre de 2010 científicos de la Universidad de California anunciaron el descubrimiento de un exoplaneta, Gliese 581, que orbita en la llamada “zona habitable” alrededor de una estrella de la constelación de Libra. Tres veces mayor que La Tierra, Gliese 581 se encuentra a una distancia de su sol que le permitiría albergar agua líquida, una atmósfera y por tanto vida. Solo dos meses después y tras crear expectación mundial con el anuncio de un “hallazgo revolucionario”, la NASA informaba del descubrimiento en un lago de California de un microorganismo capaz de vivir y reproducirse en un entorno de venenoso arsénico, ampliando así los límites conocidos de la vida. Y mientras usted lee estas líneas es probable que los astrónomos estén descubriendo un nuevo exoplaneta que se añadirá a la lista de más de 500 que han sido ya avistados surcando el cosmos.

No es de extrañar por tanto que este continuo de noticias acerca de formas de vida extraterrestre, mundos lejanos, redeficiniones de lo posible y posibilidades de contacto con otras civilizaciones haya servido de caldo de cultivo a la imaginación colectiva hasta contagiar a la cultura popular. Así por ejemplo, en los últimos meses se han estrenado en nuestros cines dos películas sobre invasiones alienígenas, Battle: Los Angeles (Jonathan Liebesman, 2011) y Skyline (Colin y Greg Strause, 2010), de tématica tan parecida que sus diferencias se han dirimido en los juzgados, y que se verán seguidas este mismo verano por Cowboys & Aliens de Jon Favreau y por la prometedora serie Falling Skies, producida por Steven Spielberg que a su vez también se encuentra detrás de Super 8, la próxima película de JJ Abrams y cuyas primeras imágenes la revelan como una especie de revisión adulta de ET.

Pero en realidad estos proyectos no son más que los últimos ejemplos de una tendencia que en la pasada década ha colocado a la invasión alienígena, un tema clásico de la ciencia ficción y la serie B de toda la vida, en el panteón del mainstream cultural, casi al mismo nivel y del mismo modo en que ha sucedido con Lo Zombi. Y como ocurre con los muertos vivientes, que hordas más o menos silenciosas de extraterrestres de aviesas intenciones hayan invadido nuestras pantallas y nuestras páginas constituye un reflejo de lo que nos preocupa, de nuestros tiempos, de nuestro zeitgest. No es ninguna casualidad que los 2000s hayan visto revisiones y remakes de iconos del género de invasiones de los 50 como fueron The Day the Earth Stood Still (Robert Wise, 1951), The War of the Worlds (Byron Haskin, 1953) y The Invasion of the Body Snatchers (Don Siegel, 1956).

Para demostrarlo lo mejor es que retrocedamos en el tiempo hasta finales de los 90, ese tiempo “feliz” en el que vivíamos supuestamente en un mundo sin conflictos, cómodamente instalados en el Fin de la Historia.

Invasores socarrones

El bienio 1996-97 se rubricó con tres magníficas películas sobre invasiones extraterrestres. Mars attacks! de Tim Burton, la obra maestra absoluta Starship Troopers de Paul Verhoeven y la injustamente menospreciada Independence Day de Roland Emmerich. Las tres son películas de un tono satírico y juguetón, y que dada las dimensiones de sus tramas resultarían imposibles en estos tiempos severos y serios que vivimos.

Las tres películas estaban dirigidas por autores más o menos fuera de la cultura americana mainstream, por mucho que al alemán Emmerich se le denuncie como patriotero mercenario. Aparte de haber acuñado la ya icónica imágen de naves nodrizas apareciendo amenazadoras sobre grandes ciudades, Independence Day era un film gamberro a más no poder, del que se suele recordar lo absurdo del plan que termina abortando la invasión alien pero del que siempre se pasar por alto el hecho de que el mundo acabe salvándose gracias a la alianza de un judío (Jeff Goldblum) y un negro (Will Smith) que se sobreponen al desastre político y militar del establishment blancoprotestante, recuperando así el espíritu de las luchas por los derechos civiles de los 60 en las que ambas minorías unieron fuerzas.

No es casual tampoco  que otro europeo como Paul Verhoeven vertiera una mirada vitriólica sobre la militarista novela del libertario Robert Heinlein en la que se basaba Starship Troopers. Con forma mitad culebrón juvenil a lo Beverly Hills 90210 mitad cine bélico propagandistico a lo Objective Burma! (Raoul Walsh, 1945), la monumental obra de Verhoeven sacaba la lengua a la jactancia del militarismo antidemocrático y a los prejuicios contra el diferente de un modo que resultaría profético, pues el desarrollo del 11-S, la War on Terror y la búsqueda del archienemigo Bin Laden no fueron muy diferentes que la trama del film, el ataque de los Bichos a la Tierra seguida de la invasión de su planeta madre y la caza del Bicho Cerebro por un complejo de sus cuevas. Glosar aquí las virtudes de Starship Troopers sería demasiado, pero digamos que es una película capaz de llamarte gilipollas a la cara sin que te enteres. Es divertida, relevante, feroz y electrizante, algo de lo que debería aprender el solemne “cine importante” de Christopher Nolan y compañia.

En Mars Attacks! un Tim Burton aún sin domesticar bebía de las fuentes clásicas de la invasión extraterrestre, tanto de películas de los 50 como Earth vs the Flying  Saucers (Fred F Sears, 1956) como de la colección de cromos de la que calcó su título y sus vándalos marcianos. Atacando a la sociedad americana desde su periferia, Mars Attacks! no se toma en serio a nada ni a nadie, a los militares menos que a ninguno. Su climax final, en un Washington destruído en el que una banda de mariachis toca el himno americano en la inauguración de Natalie Portman como presidente adolescente antes de que Tom Jones se arranque con It’s not unusual, es una perfecta expresión de la rebeldía e irreverencia que Burton y el género de invasiones extraterrestres en general disfrutaban en aquel momento.

Osama Bin Alien

La historia de cómo el 11-S y los eventos siguientes han influido en la cultura popular está aún por escribir (a ver si un día me atrevo a intentarlo). Es una sombra evidente y alargadísima que en el caso que nos ocupa, el de la invasión extraterrestre, resalta en cuanto se comparan los tres films que mencionábamos arriba con otros tres estrenados durante la pasada década: Signs (M. Night Shyamalan, 2002), War of the Worlds (Steven Spielberg, 2005) y The Mist (Frank Darabont, 2007).

Aunque diferentes, las tres reflejan un escenario común. El del profundo estupor de una nación bajo ataque que se siente amenazada y desorientada, plegada sobre si misma, apenas capaz de entender qué está sucediendo y por qué se ha convertido de repente en objeto de odio de unos alienígenas con turbante. Las naves invisibles que llevan años plagando los campos de maíz con sus señales, los trípodes marcianos que han permanecido ocultos bajo tierra esperando el momento de la invasión o la niebla que trae seres monstruosos son metáforas de los horrores latentes que estaban acechando a los estadounidenses, que estaban creciendo, gestándose bajo la aplacible apariencia de un mundo con EEUU como única superpotencia.

Los extraterrestres de estas tres películas son seres fríos, indiferentes al sufrimiento humano. Ni tan siquiera resultan odiosos. Son criaturas con las que no cabe comunicación ninguna, tan ajenos al ser humano como pueda serlo un taliban afgano o un saudí integrista para una familia de Kentucky.  La invasión de War of the Worlds es espectacular como corresponde, pero también angustiosa y antipática. Fuera de esos momentos maximalistas, Spielberg, como Darabont en The Mist, se detuvieron a observar los efectos que la invasión tiene sobre las personas. El personaje del psicópata interpretado por Tim Robbins o la creciente ola de fervor religioso que aparece entre aquellos encerrados en el multicolor supermercado de The Mist son a su vez reflejo de la locura, del extremismo nacionalista y del uso del miedo como forma de control social que barrieron los Estados Unidos y el mundo entero tras el atentado sobre las Torres Gemelas.

El discurso de Shyamalan en Signs es de signo muy distinto. Colocar en el centro de la acción a un pastor religioso en una crisis de fe evidenciaba el pie del que siempre ha cojeado el director indio. Que para Mel Gibson y su familia la invasión resulte una catarsis con posterior epifanía disminuye el resultado final. Pero el resto de Signs es ejemplar. Shyamalan trabaja como nadie la construcción de la tensión, va cargando la atmósfera de presagios, que  culminan en ese video casero de un extraterrestre que se aparece en una  fiesta de cumpleaños. Ese momento junto con el de la familia alrededor de la TV contemplando la invasión, casi siempre en off, reflejan perfectamente nuestra posición ante los macroeventos recientes. Nuestra percepción de atentados, ocupaciones de países lejanos, guerras, huracanes, tsunamis, desastres nucleares o revoluciones árabes es y será como la de esa familia de granjeros: Fragmentada, parcial, confusa, censurada, alimentada con noticieros que repiten los mismos datos y con las imágenes de amateurs anónimos.

Las muchas obras sobre invasiones extraterrestres que surgieron a continuación se decantaron por una de las dos reacciones a los sucesos fundacionales de Septiembre de 2001. Una fue la del militarismo más beligerante, la del America fights back y del United we stand, que veía en el ejercito un bastión de confianza y resistencia frente a las invasiones bárbaras. La segunda era la del “¿Qué nos ha pasado?”, la del “¿En qué nos hemos convertido?”, surgida cuando los excesos y el integrismo comenzaron a erosionar las emociones sinceras y las libertades y el mal terminó por infiltrarse en nuestras sociedades.

(Continuará).


5 comentarios leave one →
  1. Jueves, mayo 12, 2011 1:59 pm

    Soberbio !!! Plas-Plas-Plas !!!

  2. sindita permalink
    Jueves, mayo 12, 2011 2:13 pm

    me has abducido DrZito🙂
    genial!!

  3. Jueves, mayo 19, 2011 5:02 am

    Enorme post. ¡Starship Troopers reivindicada por fin!

  4. Miércoles, junio 1, 2011 9:22 am

    Iba a decir algo, pero me quedo en lo esencial: BRAVO.

Trackbacks

  1. Ambigüedad y catástrofe « Doctor Zito

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