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Invasiones (y III)

Jueves, junio 9, 2011

(Viene de aquí)

Invasiones interiores

En 1959 el dramaturgo del absurdo Eugene Ionesco publicó Rinoceronte, una obra acerca de un pequeño pueblo de la campiña francesa cuyos habitantes van transformándose en furiosos rinocerontes para pasmo y horror del único vecino que se resiste a claudicar y pugna por mantenerse humano. Pero cuatro años antes la idea de una paulatina suplantación de los miembros de una comunidad ya había sido usada por Jack Finney en su novela Los ladrones de cuerpos que narraba la invasión de un tranquilo pueblo norteamericano por unos alienígenas vegetales que conquistan otros mundos generando copias idénticas de los seres que los habitan. Que la fábula de Ionesco fuera un comentario sobre el auge de los totalitarismos en la Europa anterior a la II Guerra Mundial, permite comprender por qué el texto de Finney ha sido usado por el cine como fábula para describir otros momentos históricos especialmente convulsos. Así en la versión de Don Siegel de 1956 la infiltración de los ultracuerpos era un comentario sobre la paranoia de la Caza de Brujas y el Macartismo; en la de Philip Kaufman de 1978 lo era sobre la omnipresencia de la psiquiatría y la propagación de las neurosis cotidianas; y en la de Abel Ferrara de 1993 se colocaba al ejército como vector de la infiltración y se comentaba sobre el militarismo y el conformismo social de los 80. No es por eso de extrañar que una década tan turbulenta como la pasada también viera su propia versión del clásico de Finney, la fallida pero muy interesante The Invasion (Oliver Hirschbiegel, 2007).

Situémonos. A medida que el miedo y el terror se iban extendiendo por las sociedades occidentales se fue creando una división en su mismo seno. La división entre los que daban primacía a la seguridad y apoyaban sin dudas la ocupación de países lejanos, la intervención en casa y fuera, en oposición a aquellos que contemplaban con terror estas tendencias belicosas y temerosas de sus conciudadanos y el consecuente menoscabo de las libertades. En este caso la infiltración de impostores extraterrestres constituye una excelente metáfora de la stasis que ocurre dentro de la sociedad cuando se trazan líneas divisorias, cuando un grupo poderoso impone códigos de pertenencia e identidad que poco a poco convierten a algunos de tus amigos o familiares en seres extraños, en personas ajenas e incomprensibles que adoptan el lenguaje y los modos maniqueos imperantes. Esta metáfora era la que articulaba el subtexto de The Invasion, una película que pese a sus problemas de producción (el estudio, descontento con la primera versión, despidió a Hirschbiegel y contrató a otro director para terminarla), contenía además un puñado de hallazgos visuales (por ejemplo un montaje entrecortado que aumentaba la sensación de creciente paranoia) y explotaba como ninguna otra versión la ambigüedad del texto de Finney. La protagonista de The Invasion, la psiquiatra encarnada por Nicole Kidman, comprende que algo marcha mal a su alrededor cuando comienza a observar el distanciamiento emocional de su propio exmarido, idéntico al distanciamiento que algunos de sus pacientes sienten de sus seres queridos, personas próximas y amadas que de repente se convierten en extraños porque en realidad han sido infectadas por un organismo alienígena. La infección hacía explícita esa división entre la gente normal, individual, sentimental e imperfecta, y los ultracuerpos, seres tabulados, comunitarios y sin emoción empeñados en hacer del mundo un lugar sin guerras ni sufrimientos.

Aparte de The Invasion, la infiltración extraterrestre ha servido varías veces en la ficción como metáfora de la división silenciosa y el conflicto potencial que se han ido gestando en el seno de nuestras sociedades. Que el extraterrestre maligno se camufle como uno de los tuyos, que tu vecino pueda ser un ser malvado disfrazado, oculto bajo una máscara de amabilidad, ha servido para representar esa fractura, esa desconfianza que ha penetrado en la sociedad disolviendo sus cimientos. Así por ejemplo en la serie de cómics Secret Invasion (2008-09), guionizada por Brian Bendis y dibujada por Leinil Yu, se descubre que los héroes Márvel de toda la vida llevaban años siendo infiltrados por los Skrull, una raza de alienígenas polimorfos empeñados en conquistar la Tierra por integrismo religios, radicalizados por un texto sagrado, El libro de los mundos, que profetiza que nuestro planeta está destinado a ser su hogar, y que la emperatriz de los Skrull, como si fuera una Bin Laden cualquiera, abraza fervorosamente y hasta las últimas consecuencias. Convertida en una mega saga que acumuló crossovers a lo largo de todo el catálogo Marvel en una calculada estrategia comercial perfectamente alineada con las enormes dimensiones de su trama, Secret Invasion coronaba una década que había sido tan convulsa en el universo superheroico como en nuestra realidad, un universo sacudido en la serie Civil War (Mark Millar y Steve McNiven, 2006-07) por una guerra civil entre héroes, entre el bando encabezado por Iron Man a favor del Acta de Registro Superheroico y el de los que se oponían a tan flagrante imposición de la seguridad sobre la libertad, liderado a su vez por el Capitán América, que poco después sería asesinado en una evidente metáfora del asesinato por parte de la administración Bush de los valores clásicos norteamericanos. Secret Invasion era en cierto modo la conclusión lógica a todas esas turbulencias. La infiltración Skrull había ayudado a volver a héroes contra héroes, a alimentar la división y la paranoia entre ellos. Una derrota a sus manos habría sido definitiva, absoluta, pues habría aniquilado para siempre la confianza de los superhéroes en sus propias creencias y en sus aliados, aunque finalmente estos consiguen sobreponerse, apartar sus diferencias y unirse contra el enemigo común.

Pero las catarsis que producen las invasiones extraterrestres no se circunscriben únicamente a lo social. También pueden suceder dentro de círculos familiares, íntimos y hasta psicológicos, en consonancia con el creciente personalismo de nuestra cultura. Por un lado, los personajes centrales de casi toda la ficción reciente sobre invasiones suelen vivir en familias rotas -padres divorciados, madres solteras. Tal prevalencia de familias monoparentales no puede ser casual. Por ejemplo en The Invasion, Nicole Kidman es una madre soltera que lucha contra por defender a su hijo de la invasión al mismo tiempo que sostiene un tímido romance con Daniel Craig, aunque se presenta como una problemática opción. Algo muy parecido le sucede al personaje de Jennifer Connelly, otra doctora y madre soltera, que protagoniza The Day The Earth Stood Still (Scott Derrickson, 2008), la revisión ecologista y zen del relato Farewell to the Master (1940) de Harry Bates. Aunque muy inane y bastante desmerecedora de sus precedentes, The Day The Earth Stood Still destaca por su estética inhóspita y fría y por que no tiene apenas un personaje amable, lo que hace aún más patéticos los esfuerzos de la Connelly por convencer al hierático alien Klaatu, interpretado por Keanu Reeves en su papel de siempre, y con el que mantiene un tenue interés romántico, para que no destruya a la raza humana con el fin de salvar a la Tierra de nuestros desmanes medioambientales. Y en la mencionada V, el agente del FBI interpretada por Elisabeth Mitchell, el único personaje de la serie que no es del todo risible, es otra madre soltera que en el primer episodio descubre con horror que su interés romántico era un alien infiltrado y que se verá obligada a proteger a su hijo adolescente de las nocivas y peligrosas influencias de los Visitantes, encarnadas en la bella lagarta Laura Vandervoort. En todos estos casos las tribulaciones de estas madres ocurren con el trasfondo de una invasión alienígena pero son en realidad expresión de las dificultades que un grupo creciente de mujeres encuentra para criar solas a sus hijos sin ayuda y en un entorno exigente y hostil.

Y estos no son los únicos ejemplos. En War of the worlds, The Mist y Signs, los protagonistas son hombres de familia que ya sea por divorcio o por viudedad han de proteger a sus retoños sin la presencia de una compañera. Pero la demostración final de que la invasión extraterrestre es una forma excelente de hablar sobre familias desestructuradas, o simplemente no tradicionales, la podemos encontrar en Invasion (2005-2006) la serie de televisión creada por Shaun Cassidy que narra la invasión pausada y encubierta de un pequeño pueblo de Florida asolado por un huracán, invasión a cargo de unos cefalópodos luminosos que van reemplazando a los vecinos por copias en apariencia idénticas. Invasion era una serie muy interesante, una especie de Invasión de los ladrones de cuerpos a cámara lenta, que va revelándose sutil, atmosférica e inquietante, y que tuvo la mala fortuna de estrenarse casi en simultaneidad con el huracán Katrina, lo que dada la proverbial sensibilidad norteamericana hacia las ficciones que se parecen demasiado a la realidad, terminó por arruinar su recorrido. Los personajes centrales de Invasion son dos familias rotas y recompuestas, con hijos de diversas edades, que con sus rivalidades y problemas afrontan como pueden la amenaza intermitente que habita bajo los pantanos de los Everglades, una familia desde los aún no convertidos, la otra desde el campo de los humanos duplicados que tienen dificultades en comprender el cambio que se ha operado en ellos. Sin duda uno de los atractivos principales de la serie era el personaje del sheriff interpretado por William Fitchner, bienintencionado y manipulador como buen republicano de a pie, que encarnaba muy bien una amenaza doble, la del alien camuflado y la del hombre con el que se ha marchado tu exmujer. Finalmente, Invasion se rebela tanto como la historia de una infiltración extraterrestre como una fábula de reconstrucción tras el desastre, una fábula sobre cómo la familia americana, enfrentada a un mundo incomprensible y cambiante en el que los modelos de felicidad estándares han saltado por los aires, puede asumir la catástrofe y superarla.

Invasion usaba por tanto el tema de la invasión para expresar nuestra angustia como especie ante el cambio que se avecina, una angustia que también es patente en The day the Earth stood still. La humanidad se encuentra, o así lo percibimos, en una encrucijada, en la que los modos de vida anteriores parecen inútiles o imposibles. Sabemos, intuimos, que va a suceder un cambio, ya sea impuesto por las condiciones de un mundo que se va a hacer más inhabitable o impulsado por nosotros mismos en un esfuerzo de evitar el desastre o de convivir con sus consecuencias.

Cerrando aún más el círculo, la invasión alienígenade puede representar esa transformacion inminente y la ansiedad que ella conlleva en un entorno aun más interior. Así, siguiendo el patrón inaugurado por Cloverfield (Matt Reeves, 2008), en el que el ataque de un monstruo gigante a Nueva York sirve de excusa para contar una historia de reconciliación amorosa, dos películas de invasiones extraterrestres como son Monsters (Gareth Edwards, 2010) y Skyline han explorado el paso a la madurez o las crisis sentimentales de sus personajes. En el caso de Skyline, un totum revolotum que junta el kaiju eiga, Cloverfield e Independence Day, la invasión sirve de catalizador para el protagonista, enfrentado a la decisión vital de convertirse de una vez por todas en un adulto responsable, dejando de lado la vida disoluta y promiscua de sus amigos, y comprometerse a formar una familia, lo que implica proteger a su novia embarazada de cualquier peligro, incluido el ataque de una raza alienígena de devoradores de cerebros.

La modesta en medios pero brillante Monsters narra la invasión en off, casi fuera de campo salvo en contados momentos, de unos gigantescos calamares zancudos que han infestado la frontera entre México y Estados Unidos y que Edwards mantiene como decorado integrando la realidad de la invasión con lo cotidiano, inclunyendo hasta los detalles prosaicos. Monsters es por un lado un comentario obvio sobre la inmigración y la otredad, y por otro plantea de nuevo la problemática del cambio, de la adaptación a una realidad distinta que en este caso es el de una raza humana cuya posición como especie dominante del planeta está siendo erosionada. Pero sobre todo Monsters es un perfecto ejemplo de como el cine de género puede usarse para contar las historias de siempre, porque en realidad está narrando el paulatino romance entre un fotógráfo tarambana y una rica heredera que cristaliza a medida que estos van atravesando mal que pueden la zona infectada, mientras van despojándose de sus prevenciones y su lastre hasta el climax final, en el que queda claro que probablemente lo mejor que podemos hacer ante el cambio que se avecina es darnos un abrazo.

5 comentarios leave one →
  1. citizenchase permalink
    Jueves, junio 9, 2011 11:31 pm

    Felicidades por los tres post, me han parecido magníficos. Tanto hablar de invasiones me ha abierto el apetito para ver Falling Skies, ¿que perspectiva crees que tendrá esta serie?

    • Viernes, junio 10, 2011 12:01 am

      Muchas gracias, ciudadano!

      Me cuesta hablar de proyectos, pero las imagenes y la premisa tienen buena pinta. Ahora bien, podria ser que nos la metan doblada como con The Walking Dead. Esperemos que no

  2. Viernes, junio 10, 2011 10:12 am

    Maravilosas tus entradas. O mejor, monstruosas.

  3. Martes, junio 21, 2011 3:54 pm

    Pone usted muy difícil que en su Gabinete pase lo que en otros blogs: que muchos comentarios sean mejores que las entradas

Trackbacks

  1. Ultimando « Doctor Zito

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