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A propósito de Millennium (I): La coda

Jueves, febrero 16, 2012

El siguiente texto contiene moderados espoilers de Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres.

En un reciente y brillante texto, Noel Ceballos, argumentaba que la coda final de Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011), la nueva joya de orfebrería de David Fincher, antes que un apósito sin sustancia como se le ha criticado, documenta una declaración de amor. La del amor punk, la de la rebelde cibernética que administra justicia porque el periodista avant la lettre del que está enamorada permanece aun anclado en la versión 1.0 del cuarto poder y busca restaurar el equilibrio en el mundo, es decir, busca resucitar a los Bernstein y Woodward que destaparon el Watergate, es decir, busca restaurar la visión popular y caduca del periodismo. La chica del dragón tatuado, como dice la acertada interpretación de Noel, quiere obtener el amor de Daniel Craig impresionándolo reinstaurando su cosmovisión, librándole del cinismo.

La coda comienza cuando Lisbeth Salander, la chica del tatuaje, pregunta a su amado periodista sobre el destino del financiero mafioso Wennesrtrom, “¿Crees que le encerraran en la cárcel?”. El responde “Seguramente no. Esa gente siempre se libra”. Por eso Lisbeth decide castigar a los culpables con las mismas armas del sistema, las mismas de Wennesrtrom, armas fraudulentas. Prestamos dudosos, evasión de capitales, desvíos de fondos hacia paraísos fiscales. Juega con sus mismas reglas. El mismo procedimiento lo seguía el personaje de Clive Owen en la estupenda Inside Man (2006) quien también lidiaba (y vencía) sobre nazis encubiertos por la respetabilidad que otorga el dinero utilizando las reglas del capitalismo mas contundente. No en vano su director, Spike Lee, no ha ocultado un discurso vehementemente liberal (en lo económico), discurso que transpira en un film que maneja la tesis de que no es cierto que money is the root of all evil, porque es tan solo instrumento que puede usarse para el bien.

España, 2012. En medio del rugido popular y la polvareda mediática, el caso Marta del Castillo se resuelve con penas inexistentes o leves para los supuestos cómplices encausados.  Semanas más tarde, Francisco Camps es declarado no culpable por un jurado (también) popular que vota mas repartiendo simpatías políticas  que justicia. Apenas una semanas después, el discutido juez Baltasar Garzón es condenado a una pena de larga inhabilitación por su mas que dudosa investigación de la trama Gurtel. El veredicto además, corre el riesgo de provocar la anulación de los procesos abiertos contra aquellos imputados de la trama en cuyos investigación se hayan utilizado las famosas conversaciones interceptadas. En este paisaje, el país mira con escepticismo al inminente proceso judicial contra el yernísimo Urdangarin. Así nos hemos quedado. Con la justicia hecha unos zorros. O así parece. Con la convicción creciente de que hay gente que siempre se escapa, a la que no se puede tocar, gente a la que es mejor no investigar si no quieres meterte en problemas. Aunque puede que nos lo hayamos merecido si resulta que del periodismo de investigación que tenemos mejor no hablar (ahí lo tienen, esforzándose en sacarle los trapitos sucios a Chacón) y si resulta que lo mas parecido a Lisbeth Salander que tenemos es el ínclito Garzón.

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